Categoría: Relatos
5 Noviembre 2010
Nahum estaba en la puerta de salida de pasajeros y sonreía burlonamente. Sabía lo que le iba a decir porque siempre le decía lo mismo al llegar a Tel Aviv:
- Esta será la última vez que venga a verte. Ni una más. Ningún otro aeropuerto del mundo es tan desagradable como éste. Controláis hasta la ropa interior de los pasajeros, pero no les miráis a la cara. La cara es el espejo del alma, amigo, y en ella se ven las buenas y también las malas intenciones.
- Shalom. Dame un abrazo, hombre, y no te enfades tan pronto, que acabas de llegar a Israel.
Esta vez la culpa había sido mía. No se puede, ni siquiera por motivos comerciales, viajar a Israel desde Dubai con escala en El Cairo. Y yo lo había hecho y había pagado por la osadía. Fui aislado en una sala de espera y tuve que explicar repetidas veces de dónde venía, a dónde iba, para qué, si era la primera vez que visitaba el país -yo estaba decidido a que fuera la última-, qué llevaba en la maleta, qué información contenía mi agenda electrónica, qué había hecho en Dubai y en El Cairo. Los minuciosos controles me habían sacado de quicio y casi se me agotó la paciencia cuando, después de esperar media hora, vi que no estaba en la cola correcta.
Nahum seguía sonriendo burlonamente a pesar de que llevaba más de una hora esperándome, ya que yo había sido el último pasajero del vuelo en salir.
- Todos los controles son necesarios para salvaguardar nuestra seguridad. Estás en el aeropuerto más seguro del mundo y te quejas de las molestias que cuesta lograrlo.
- A mí me molestan las colas de todos los aeropuertos, pero las de éste me molestan el doble.
- Piensa en los controles que te harán cuando salgas, por si te sirve de consuelo.
No hacía falta que me lo recordara. Si entrar en Israel es un chequeo, salir es una tortura, como explicaré más adelante.
Enfilamos la autopista del norte y en una hora llegamos a Haifa. A la altura de Netania me había explicado que Yoná estaba allí haciendo la mili. Llevaba dos años y medio y sólo le quedaban unos meses para acabar. Edda, en cambio, estaba empezando pero, como todas las chicas, sólo tenía que hacer dos años de servicio militar y dormía todas las noches en casa.
- No es lo mejor que uno desea para sus hijos, pero el país necesita que los jóvenes velen por su seguridad. Tenemos el enemigo en casa y hemos de hacer lo posible para convivir en paz.
Al hotel, situado en el Carmelo francés, accedimos por una calle empinada y llena de curvas, que más parecía una carretera de montaña que una vía urbana. Estaba en una zona tranquila y elevada, con vistas preciosas al casco antiguo de la ciudad y al puerto.
Como habíamos convenido la noche anterior, Nahum llamó a la puerta de mi habitación a las nueve de la mañana. Era un sábado primaveral de cielo azul y sol radiante.
- ¡Qué mal judío eres! A estas horas de la mañana ya has incumplido la ley talmúdica haciendo a saber cuántos de los treinta y nueve trabajos básicos prohibidos en sábado. Te has duchado, te has afeitado y perfumado -le dije, siempre en tono jocoso, husmeando su cuello- y has venido en coche a recogerme. Eres un pecador impenitente.
- Lo sé, pero voy a dejar de serlo enseguida. Vamos a pie a la sinagoga y pasaremos allí el día leyendo la Torá sin fumar ni comer ni hablar apenas.
Este era siempre el tono irónico de nuestras conversaciones desde que nos conocíamos, pero el respeto de cada uno por la cultura del otro era tanto que nunca habíamos tenido una discusión seria en doce años de amistad.
Por supuesto que no fuimos a la sinagoga. Preferimos irnos de excursión, pero -en esto Nahum era muy experto- no a visitar los lugares que cualquier cristiano conoce de Tierra Santa, sino los sitios turísticos del moderno estado de Israel. De camino hacia el lago Tiberiades pasamos por Nazaret -Nazerat le llaman ellos- y emprendimos el descenso. Al salir de una curva, una placa como las de tráfico nos informó que estábamos al nivel del mar Mediterráneo. Seguimos bajando hasta Tiberias, doscientos metros bajo el nivel del mar, y desde allí las aguas del lago discurren por el Jordán hasta el mar Muerto que está cuatrocientos metros por debajo del nivel del mar. Bordeamos el lago por el sur y empezamos a subir hacia los altos del Golán. De tanto en tanto, un monumento junto a un mirador conmemoraba una acción militar de la guerra del 73. Nahum me traducía con todo detalle las inscripciones de cada lápida y me hacía ver la importancia estratégica del lugar para los planes de aquella guerra.
- En nuestras excursiones por el Maestrazgo -le dije, harto de tanta explicación militar- nunca me he entretenido contándote las correrías de Cabrera durante la guerra carlista. Así es que corta ya, vamos a un sitio de paz y olvidemos los malos recuerdos.
- Elige, subimos al monte Hermón, la única estación de esquí que tenemos en Israel, o bajamos a En-Gev y comemos tranquilamente junto al lago.
- Por mayoría absoluta, queda elegido En-Gev.
De joven tuve en mis manos el folleto de un kibutz y estuve tentado de apuntarme para vivir una experiencia de producción y consumo comunitarios, pero me faltó idealismo y me quedé en casa. Ahora tenía la ocasión de visitar uno como turista y al llegar me pareció un camping inmenso con mucho personal de servicio y muchas instalaciones. Había también muchos niños jugando en completa libertad. Por las respuestas que Nahum iba dando a mis numerosas preguntas pude deducir que el sistema de los kibutz era para él un proyecto acabado que actualmente servía de refugio a mucha gente falta de valentía para enfrentarse en solitario a los problemas de la vida moderna. Elegimos una mesa al aire libre y nos dispusimos a comer. En la mesa de al lado un hombre solo, de aspecto orondo, comía con buen apetito un enorme pescado. En el cinto llevaba sin disimulo una pistola de gran tamaño.
- ¿Es un policía fuera de servicio? -pregunté.
- No. Es un particular que va armado. Completamente normal. Yo también llevo pistola. Me la he dejado en el coche. Puede plantearte algún problema con la policía, pero vas más seguro.
Como hacía yo con él en España, Nahum eligió el menú sin consultarme: una ensalada variada para empezar y un pescado como segundo, el mismo que se estaba zampando el vecino del pistolón.
- Es un pescado típico del lago, "el pez de san Pedro". Está riquísimo.
- Y además -añadí-, debe ser un pescado limpio, que vive en aguas medias, no como el marisco que se arrastra por los fondos y come toda la suciedad que encuentra.
Para los judíos, incluso para los no practicantes, el tema de la comida es importante. Las normas talmúdicas sólo autorizan a comer alimentos kosher.
- ¿Y cuáles son esos alimentos? -pregunté con ganas de saber.
- Los que venden en las tiendas de judíos. Es el criterio más práctico para no equivocarse. El carnicero pregunta al rabino qué animales puede matar y cómo lo ha de hacer para no incumplir la ley. El cliente no pregunta nada. Sólo compra, cocina y come.
Kosher o no, nuestra comida tenía muy buen sabor y la comimos con fruición. El lugar y la temperatura invitaban a una larga sobremesa que compartimos con quien se nos puso a tiro. El camarero que nos sirvió era de Haifa, pero estudiaba medicina en Budapest y había venido a pasar unos días de vacaciones con los suyos.
- Sirviendo te sacas unos cuartos para los pequeños vicios, ¿no?
- En el kibutz nadie cobra un duro. Vengo para ayudar y pasar unos ratos con mi chica, que también trabaja aquí.
En una mesa cercana un matrimonio de argentinos disfrutaba como nosotros de aquella tarde primaveral. Eran de Córdoba, médicos los dos, y vivían también en Haifa.
- ¿Os conocéis? -pregunté a Nahum-. Aquí sois todos de Haifa.
- Piensa que Haifa es una ciudad grande, la tercera del estado de Israel, con más de doscientos cincuenta mil habitantes -me dijo el médico mientras me daba su tarjeta de visita-. Vinimos de Argentina hace quince años y aquí nos quedaremos para siempre porque es la patria de nuestro pueblo. Por nuestra profesión hemos podido cumplir el sueño que nuestras familias no pudieron realizar. Nuestros antepasados huyeron de Israel a Polonia, luego de Polonia a Argentina y nosotros hemos podido volver a la patria. Todá, gracias sean dadas a Yavé.
- Tengo un cliente polaco que lleva tu mismo apellido -le dije mirando su tarjeta.
- ¿De dónde es?
- De Lublin.
- Allí vivieron también nuestros antepasados y quizá seamos de la misma familia, pero no guardamos ningún contacto en Polonia.
La vuelta a Haifa nos ocupó toda la tarde porque fuimos parando en muchos sitios. Como las visitas de la mañana habían sido laicas, Nahum quiso darme mi ración religiosa por la tarde. Bordeando el lago por el norte paramos en Cafarnaún, la ciudad de Jesús, como dice un letrero con muy poco fundamento, ya que, como todos saben, Jesús nació en Belén. Al poco, una flecha anunciaba que el montículo hacia el que apuntaba era la montaña de las bienaventuranzas. En una tienda de suvenires junto a la carretera Nahum me hizo comprar una botellita con agua del Jordán, recogida en el lugar del bautismo de Cristo, para que se la trajera a mi madre.
- Y no has visto el monte Tabor porque, cuando esta mañana hemos pasado cerca, estabas dormitando y no he querido molestarte.
- Nahum, el papel de guía turístico en Tierra Santa no te va en absoluto. Y, además, lo haces muy mal. Así es que deja de enseñarme lo que crees que me interesa y muéstrame tu país como tú lo conoces.
Antes de llegar a Haifa me preguntó tímidamente:
- ¿Quieres subir al parque Carmelo y visitar la cueva de Elías? Se puede ir en funicular desde el puerto. Hay vistas fantásticas sobre la ciudad y ruinas de algunas fortalezas de los cruzados.
- Lo de los cruzados no me interesa. Y lo del profeta Elías es más tema tuyo que mío. Se narra en el Antiguo Testamento, ¿no?
- Sí. La cueva de Elías es el lugar desde donde el profeta emprendió viaje a los cielos en un carro de fuego. Volverá al fin de los tiempos.
- Espero no estar yo aquí cuando vuelva. ¿Te imaginas el susto que puedes llevarte viendo bajar de las nubes un carro de fuego?
El domingo por la mañana acompañé a Nahum a visitar a un amigo. No sé si fue realmente una visita de cortesía o una excusa para que su amigo me enseñara el centro mundial bahái. En la ladera de una colina que baja hacia la ciudad vieja y el puerto, hay una finca inmensa en cuyo centro destaca una cúpula de oro que corona un grupo de edificios singulares, semejantes a un capitolio. El amigo de Nahum era, como él mismo, un comerciante instalado en una oficina del puerto, desde la que manejaba con soltura la entrada de materiales del sector de la construcción. Creo que su amistad nacía sólo del trabajo y del trato diario. Quiero decir que el hombre que nos recibió en el centro bahái no era un judío, pero bromeaba alegremente con Nahum mientras me daba mil y una explicaciones sobre el centro, del que él era miembro destacado.
- Nuestra religión fue fundada hace apenas ciento cincuenta años por un persa de mente privilegiada, elegido de Dios como Jesucristo y Mahoma, que nos inculcó el cultivo de lo más noble y generoso que anida en el corazón del hombre. Si nuestra posición social y nuestra economía nos lo permiten -que sí se lo permiten, vaya si se lo permiten-, procuramos influir en la sociedad que nos rodea llevándola hacia el máximo desarrollo económico y social. Aspiramos a la alianza de todas las civilizaciones bajo un gobierno único que dirigiera los destinos de la humanidad.
- Ya sabía que erais una organización altruista, como la masonería, más o menos. ¿Sois también humanos o vais siempre disfrazados de naturaleza angélica?
- Somos humanos y practicamos la moderación sobre todas las cosas. Ayunamos un mes al año y cuidamos tanto nuestro cuerpo que lo mantenemos alejado del alcohol, del tabaco y de las drogas. Promovemos el matrimonio de un hombre con una mujer y, fuera de él, renunciamos a cualquier actividad sexual.
El amigo de Nahum siguió explicándome lo guapos que eran y el buen tipo que tenían los fieles de su religión. No en vano los Estados Unidos son el país donde más se han desarrollado. Después de deslumbrarme con el fasto de todas las instalaciones interiores -salas de conferencias, salones de confraternización, bibliotecas, capillas de reflexión y aprendizaje- me llevó al exterior y remató la faena mostrándome los jardines que, colina arriba y abajo, rodean el centro. Comparados con éstos, los jardines colgantes de la antigua Babilonia no eran sino un ribazo lleno de zarzales. El encuentro con otros visitantes y sus guías daba lugar a breves conversaciones en las que cada uno averiguaba que al otro todo le iba bien y se alegraba por ello.
El contacto con la fe bahái me subió la moral y el apetito. Nuestro anfitrión nos invitó a comer en un refectorio comunitario donde, arrullados por la lectura en inglés de unos textos de espiritualidad intimista, degustamos en silencio una colación tan exquisita como sencilla.
- ¿Qué te ha parecido? -me preguntó Nahum luego de despedirnos de su amigo.
- Magnífico. Ha sido una visita fuera de guión pero sorprendente. Estos bahái son tan progres en unas cosas como carcas en otras. Me ha quedado claro algo que siempre he sabido: que los humanos, en cuanto dejamos de lado las cuatro o cinco chorradas que nos creemos definitorias -lenguas, banderas, himnos, colores, fronteras-, pensamos todos igual y aspiramos a lo mismo.
El lunes tocaba trabajar un poco.
- Vamos a Yenín, a visitar a nuestro cliente Ibrahim, que tiene muchas ganas de verte. ¿Recuerdas que le cediste tu despacho para que pudiera hacer sus rezos en soledad? Pues con eso te lo ganaste para siempre. De verdad que te aprecia mucho.
En el moderno estado de Israel, quien avanza desde la costa al interior antes o después ha de tropezarse con una frontera que, en contra de lo que indica su nombre, no separa dos países sino dos mentalidades. Con el coche nuevo de Nahum bajamos hasta Baka el Garbia para saludar a otro cliente y desde allí avanzamos hacia Yenín por una carretera secundaria. Pronto vimos la frontera. De lejos creí que acababa de suceder un accidente porque había varios coches parados y un hormigueo de gente moviéndose a derecha e izquierda. De más cerca distinguí a varios policías empuñando con firmeza ligeras ametralladoras.
- Son muy jóvenes, Nahum. ¿No temes que se pongan nerviosos?
- Procura no ponerte nervioso tú cuando te encañonen por la ventanilla. Son muchachos que están haciendo el servicio militar y son tan eficaces como la policía profesional. No les opongas ninguna resistencia y no pasará nada. Tendremos que identificarnos y quizá también nos cacheen. Así estarán seguros de que no vamos a provocar ningún incidente al otro lado.
Todo pasó como Nahum me había explicado. Hubo inspección de documentos, registro del coche y una ametralladora a un palmo de mis narices. Cuando nos dieron vía libre, Nahum cruzó unas palabras con uno de aquellos muchachos, dio media vuelta y aparcó el coche a cincuenta metros de allí junto a la carretera.
- No quiero entrar con mi coche. Temo que me lo destrocen. Dice el muchacho que hoy el personal está especialmente soliviantado. Llamaré a Ibrahim al móvil y vendrá a recogernos.
No tardó ni diez minutos. Apenas le vimos, cruzamos a pie la frontera sin ninguna oposición y nos dimos efusivos besos y abrazos de bienvenida como es costumbre hacer entre la gente bien educada. Subimos en su coche -comprobé que su matrícula no era del mismo color que la del coche de Nahum- y nos llevó a su casa. Yendo con él, nadie nos haría daño porque éramos amigos de un palestino notable y, sin duda, gente pacífica.
La casa de Ibrahim, como otros hogares musulmanes, era espaciosa y cómoda, aunque su decoración no andaba sobrada de buen gusto. El jardín exterior era también grande, pero carecía de ese cuidado meticuloso tan aparente en los jardines de las villas de postín. En cambio, la hospitalidad que nos dio merecía un sobresaliente cum laude. Con poco esfuerzo y mucha naturalidad, Ibrahim consiguió que al poco de llegar me sintiera tan a gusto como en mi propia casa. Los anchos sillones del salón invitaban a recostarse en ellos más que a sentarse. No osé descalzarme pero vi con envidia lo cómodo que andaba mi anfitrión sobre la mullida alfombra. Menos aún llegué a hurgarme los dedos de los pies como hizo mi amigo con una naturalidad que denotaba buena forma física a pesar de su edad. Me llamó la atención que las bandejas del aperitivo sólo contenían frutos secos, pero recordé el apetito con que se comía en Castellón las virutas de jabugo y los langostinos a la plancha. Nahum, que, como muchos miembros de familias que nunca abandonaron Israel, hablaba indistintamente en hebreo y en árabe, llevaba el peso de la conversación y de tanto en tanto me traducía la orden del jefe de que comiera más cacahuetes y bebiera más cerveza.
- Dile que el alcohol se sube a la cabeza aunque no esté prohibido. Dale las gracias, pero voy a reservarme para probar la comida.
- Enseguida llega -me calmó Nahum creyendo que tenía hambre.
A pesar de que por aquella casa se movían al menos una docena de personas, a la mesa sólo nos sentamos cinco: nosotros tres, un yerno y el hijo pequeño, que no tenía más de quince años, pero era, a las claras, el preferido de su padre, con edad de ser su abuelo.
- Es el hijo de su tercera y última mujer, que es más joven que su hija mayor, esposa de este señor que nos acompaña.
- ¿Está enfadado? -le pregunté, pues me extrañaba lo malcarado que era y lo ausente que estaba de cuanto acontecía en la mesa.
- Está cogiendo las riendas del negocio y se cree muy importante. Además, no le gusta que su suegro tenga buenas relaciones con un judío como yo y se abastezca de proveedores cristianos como tú.
La comida nos fue servida por las mujeres de la casa. Vi enseguida que tenía que degustar en vez de comer y así lo hice. Todo estaba exquisito. Aunque Ibrahim era un musulmán de buena posición y rondaba ya los setenta, las costumbres de su casa eran bastante europeas en las formas y rigurosamente cumplidoras de los preceptos del Corán en el fondo. Comimos cordero halal, presentado de varias formas, y una pastelería deliciosa, hecha en casa, de la que recuerdo unos rollitos con pistacho como no he comido dulce mejor en ninguna parte. Con los postres tomamos café turco, que allí llaman árabe y en Grecia, griego. Al acabar, Ibrahim invirtió mi taza y leyó mi destino en los posos del café. No se prodigó en explicaciones pero me preguntó por mi salud. Le dije que era buena, que la que estaba enferma era mi mujer. Desvió la conversación y hasta que nos fuimos no habló de otra cosa sino de la relación comercial que nos unía. Cuando, meses después, murió mi mujer, se lo hice saber. Creí rendir culto, así, a los ritos ancestrales que manejan curanderos y adivinos.
Pasamos la tarde entre la casa, el almacén y la tienda viendo y tocando toda clase de materiales de construcción. Ibrahim me agradeció la cortesía de mi visita con un generoso pedido a pesar de que su yerno se entrometía continuamente para intentar arruinar el encuentro. A la hora de marchar, vi con sorpresa que el malcarado iba a ser quien nos acercara a la frontera a recoger nuestro coche.
- Despídete de Ibrahim -me dijo Nahum-, que tiene que asistir a un consejo de comerciantes de la ciudad y no podrá acompañarnos.
Le di un prolongado abrazo seguido de los besos de costumbre. Le recuerdo cogiéndome las manos y mirándome con bondad. Sí, su mirada era bondadosa. Todo lo contrario de la mirada de su yerno que nos metió en un todoterreno lleno de suciedad y nos condujo a la frontera. Nahum trató de convencerle de que nos dejara bajar antes de llegar a los soldados. Él se empeñó en llevarnos hasta nuestro coche. Se alzaron la voz, discutieron y paró con cara de perro desafiante ante el primer control.
- Es un provocador -dijo Nahum-. Quiere que le registren para reírse de ellos cuando reconozcan no haber encontrado nada peligroso en su coche. Pero van a registrarnos, aunque se ría de ellos, porque éstos son los viajes más sospechosos, los de un palestino que al principio o final del día entra en Israel con su propio coche y puede llevar escondida una trampa mortal para hacerla estallar en el primer poblado que encuentre.
Por la expresión de la cara y sus gritos comprendí que el yerno le decía al soldado que aun gracias que nos traía hasta nuestro coche. Ni el muchacho ni Nahum entraron en su juego. El policía hizo su trabajo hasta el final y en pocos minutos fuimos descargados junto al coche nuevo de Nahum que había pasado el día al sol y estaba lleno de polvo. El yerno se despidió con educación, pero su mirada no era bondadosa ni al darle la mano a Nahum ni al abrazarme a mí.
- ¡Qué ganas de buscarse motivos de enfado!
- Es un follonero -dijo Nahum-. Le gusta la provocación y el enfrentamiento. Palestina está llena de tipos así. Por eso la paz no llegará nunca.
- ¿Y ahora volverá a tener problemas para entrar?
- No creo. El soldado lo reconocerá y lo hará pasar. Además, hay muchos coches que vienen a trabajar a este lado y por la noche regresan a casa. El regreso no es peligroso, no van a tirar piedras contra su propio tejado. El control es necesario cuando vienen hacia nosotros porque no sabes qué intenciones traen.
De regreso a Haifa, Nahum quiso que tomáramos una cerveza junto al mar Mediterráneo en la playa de Cesarea. Señalando con el dedo la puesta del sol, dijo: -Ahí delante vives tú- como yo se lo decía cuando en Benicàssim mirábamos el horizonte sentados en la terraza del Voramar. Las dos terrazas eran igual de bellas, pero en la de Cesarea no paraba de sonar, como música de ambiente, el concierto que, a pocos metros de allí, había dado poco antes Emma Shapplin, en el teatro construido por el rey Herodes hace más de dos mil años. Aquella cerveza, rubia como las notas de Spente le stelle, me supo a gloria.
- Mañana, cuando venga a recogerte, ten la maleta preparada. Iremos hacia el sur y nos quedaremos en un hotel de Tel Aviv hasta el fin de semana. Tenemos visitas que hacer en Jerusalén, Belén, Hebrón y Tel Aviv.
-¿Se repetirán los trámites fronterizos?
-Sí. Menos en Tel Aviv, podemos tener controles en cualquier parte. ¿Quieres quedarte el fin de semana en En Gedi, junto al mar Muerto? Conozco al director de un hotel-balneario y te hará un buen precio.
-Eso no te lo crees ni tú. Además, no me entusiasma la idea de bañarme en aguas espesas ni de leer el periódico acostado en ellas. Eso es lo que dice la publicidad, ¿no?
-Hay muchos balnearios y puedes elegir el tipo de cura que más convenga a tu salud. Tenemos clientes de todas partes del mundo.
-Pues a mí no me verán. He venido a trabajar, no a pasar unas vacaciones.
El martes nos instalamos en Tel Aviv, cerca del aeropuerto Ben Gurion. Desde allí fuimos haciendo todas las visitas programadas y nos quedó tiempo para hacer algo de turismo.
En Hebrón presenciamos una algarada popular que nos obligó a refugiarnos en un bar para evitar ser alcanzados por las piedras que lanzaban un grupo de mozalbetes contra unos militares que pasaban por la calle escoltando y protegiendo a tres matrimonios norteamericanos en edad de jubilación, que no tenían nada mejor que hacer sino visitar un cementerio judío, famoso por los jaleos que se armaban siempre que alguien lo visitaba. Quizá los pensionistas americanos tuvieran a algún ser querido enterrado allí y los manifestantes no lo supieran. O quizá los folletos turísticos que llevaban en las manos señalaban el cementerio israelita como la visita más importante a hacer en Hebrón. Lo cierto era que aquellos chiquillos no paraban de tirar piedras contra los soldados que, ametralladora en ristre, avanzaban vigilantes para que los americanos saciaran su curiosidad o rindieran emotivo homenaje a sus muertos.
Poco más recuerdo de Hebrón sino que me pareció una ciudad sucia e insegura donde todo parecía y era palestino menos los uniformes de los soldados israelíes. Y descubrí que mi cliente no era sólo aquel joven de andar acelerado y sonrisa fácil, sino también sus otros seis hermanos, de los que él era el menor y el encargado de las relaciones de la empresa con el mundo. Su imagen de poco hablador y duro en la negociación se me vino abajo viéndole hablar por los codos -en árabe, claro, el único idioma que conocía- y ausente de la negociación que sus seis hermanos mantuvieron con Nahum. Al despedirnos, el hermano mayor me regaló una kefia, ese pañuelo que popularizó Arafat, me la colocó en la cabeza y mandó que me hicieran una foto. Nunca he visto aquella foto, pero Nahum me jura que está colgada en la pared de aquel despacho destartalado donde nos hartamos de té y pastitas. Conservo la kefia como uno más de los objetos inútiles que todos solemos traernos de los viajes, pero nunca me la pongo ni siquiera como bufanda, aunque es de un algodón muy suave, porque el dibujo que lleva estampado tiene unas connotaciones con las que no quisiera ser identificado.
En Belén visitamos a un cliente en la misma explanada donde está la basílica de la Natividad y, al terminar, Nahum me propuso entrar en Jerusalén e ir a la Via Dolorosa a comprar suvenires para los amigos.
- Yo no me voy de aquí sin entrar en la basílica y tocar con mis manos la estrella que señala el lugar donde nació Jesús de Nazaret. ¿Te has enterado?
- Es por ahí -dijo, poniendo cara de condescendencia con el capricho de un niño-. Te espero en el coche.
La puerta es tan pequeña que no se puede entrar sin agachar la cabeza. Supongo que la basílica tendrá una fachada principal acorde con su fama, pero estaba lloviznando y no la busqué. Entré. Fuera por el mal tiempo o porque no era día de peregrinaciones, la iglesia estaba casi vacía.
- Aproveche. Tan solo como hoy no volverá a estar nunca en este lugar.
Era un fraile quien se había dirigido a mí en perfecto castellano.
- ¿Y usted quién es y cómo ha sabido que soy español? -le pregunté.
- Soy el padre Tarsicio, de la orden de frailes menores, y pertenezco a la comunidad franciscana que tiene a su cargo la custodia de esta basílica. Recibimos a muchos peregrinos españoles y me ha parecido que usted era un compatriota. ¿Viene solo o en grupo?
- Estoy solo y he entrado por curiosidad. Mi amigo es judío y se ha quedado fuera.
- Sabrá usted que para ellos Jesucristo fue poco menos que un impostor. Pero allá cada cual con sus creencias.
- Tengo un primo cura, el padre Leonardo, que hace de guía de peregrinos en Tierra Santa. Es carmelita descalzo. A lo mejor le conoce usted.
- Es poco probable. Vienen tantas peregrinaciones...
- Y al obispo auxiliar de Valencia ¿tampoco le conoce? Es primo de un amigo mío. Se conoce Israel mejor que el barrio del Carmen.
- Recibimos cada día feligreses de todo el mundo con sus pastores y a la mayoría ni siquiera los vemos. Creo que le estoy entreteniendo. Tómese su tiempo y visite el templo con tranquilidad. Al fondo hay una escalinata que baja a la cripta. Allí podrá besar la estrella. Pida a Dios por todos nosotros y por la paz del mundo.
- ¿Puedo hacerle una foto como recuerdo?
- Claro que puede, pero fotografíe sobre todo los Santos Lugares. En una mezquita o una sinagoga no le dejarán hacer fotos, pero a nosotros no nos molesta, bien al contrario. A los popes ortodoxos y a los rabinos no les haga fotos, no les gusta. Y tampoco a los judíos integristas ¿sabe?, a esos señores siempre vestidos de negro, con sombrero, barba larga y trencitas. Se lo digo por si visita en Jerusalén el barrio Mea Shearim, donde viven muchos de ellos.
El padre Tarsicio era un tipo de esos con quien te tomas una copa y acabas sabiendo mil cosas que antes no sabías. Pero tenía prisa y hube de bajar a la cripta solo. No daba crédito a lo que veía. En uno de los lugares más emblemáticos de la Cristiandad, yo estaba prácticamente solo. Ante la estrella de plata que marca en el suelo el lugar donde, según la tradición cristiana, nació Jesucristo no había más que dos ancianas en oración. Yo también me arrodillé y besé la estrella.
- ¿Me hace una foto? -dije a una de ellas, que era argentina. No se negó, pero no era diestra con la cámara y no apretó el botón hasta el fondo. Lo supe porque no se disparó el flash. Insistí y volvió a suceder lo mismo. Para no quedarme sin foto del lugar, la hice posar y quedó inmortalizada en mi álbum.
- Vos sos español, ¿sí? ¿Sabés que el veinte por ciento de la población de Israel es capaz de hablar en español como nosotros?
No lo sabía ni sé si es cierto, pero ¿a qué venía una observación tan pagana en un lugar tan sagrado como aquél? Cuando acabé de hablar con ella, que no era una turista cualquiera sino que conocía muy bien el lugar que visitaba, salí de la basílica y me reuní con Nahum en el coche, convencido de haber estado hablando con una anciana sabia o enferma, tal era la impresión que daba de estar empezando a perder la cabeza.
- ¿Podemos visitar a algún cliente antes de regresar al hotel? -pregunté, viendo en el mapa de carreteras que estábamos a pocos kilómetros de Jerusalén.
- Ya no, es demasiado tarde.
- Pues vayamos al muro de las lamentaciones. Sabes que no me puedo privar de esa visita.
- A sus órdenes, mi capitán -dijo Nahum ceremoniosamente soltando las manos del volante.
En pocos minutos llegamos a Jerusalén y aparcamos fuera del recinto amurallado. Por una rampa empedrada bajamos a la explanada del muro. Era ya de noche y el muro estaba iluminado. Avanzamos lentamente y en silencio. Nahum sacó del bolsillo de la chaqueta su kipá y se la puso en la cabeza. Era un solideo de seda granate, con ribetes bordados en hilo de oro, que se sujetó al pelo con un clip para que no se le cayera. Cerca del muro había un gran cesto lleno de kipás de cartulina a disposición de los que no teníamos la propia para rezar. Cogí una y me cubrí la cabeza. Avanzamos unos pasos más y me situé justo detrás de unos judíos ortodoxos embutidos en sus caftanes que leían a coro algunos pasajes de la Torá, la ley que Yavé dictó a Moisés. Todos sostenían en sus manos el mismo libro viejo y, sin dejar de hacer continuas y aceleradas reverencias al muro, leían la Torá en monótona cantinela. Eran la atracción del lugar pero nadie se fijaba en ellos excepto yo, que los miraba con embeleso y con la secreta esperanza de verlos levitar, como dicen que levitaba santa Teresa cuando rezaba.
- ¿No dejas tu plegaria en el muro? -preguntó Nahum en un susurro casi inaudible.
Saqué mi agenda y escribí mi petición a Dios. Arranqué la hoja, hice con ella una bolita y la presioné contra otros miles de bolitas que llenaban las juntas de las piedras de cantería que forman la base del muro. Nahum no imitó mi ejemplo, pero vi que miraba hacia la pared quieto y muy serio. Aunque raro en él, estaba rezando. Más tarde me explicó que la policía vigila mucho aquel lugar, especialmente sagrado, para que nadie profane el ambiente.
En la explanada que hay encima del muro se levanta la mezquita de Omar, inconfundible por su cúpula dorada.
- La mezquita de la Roca es lugar sagrado para judíos y musulmanes. Allí Avraham quiso sacrificar a su hijo Itzjak para aplacar la ira de Yavé. Los mahometanos dicen que desde allí Mahoma ascendió al cielo a lomos de un caballo.
Para chincharme, Nahum insistía siempre en darme explicaciones de lugares y hechos que no concernían a los cristianos.
Antes de volver al parking de pago donde teníamos el coche, me propuso de nuevo comprar recuerdos de Jerusalén para los amigos en la Vía Dolorosa. Esta calle del barrio musulmán por la que, según la tradición cristiana, Jesucristo arrastró la cruz en la que iba a ser crucificado, nace junto a la explanada del muro y está llena de bazares que mueven a cualquier cosa menos a la devoción. Sus paredes están sucias o llenas de grafitos. Junto a una chapa de propaganda de Coca-Cola, una baldosa de cerámica informa al paseante que aquella es la quinta estación del viacrucis y que en aquel lugar Simón de Cirene tuvo compasión de Jesús, extenuado y lleno de sangre, y le ayudó un rato a arrastrar la cruz. Un poco más arriba, Verónica le limpió la sangre de la cara con un paño de algodón que llevaba en la bolsa de la compra. Pero al tendero que regenta el bazar de la sexta estación sólo le interesa advertirnos que vayamos con cuidado al comprar iconos rusos, que hay mucha falsificación, que los auténticos son los que se venden en su tienda.
Al final de la Via Dolorosa está la iglesia del Santo Sepulcro, levantada sobre el lugar que ha inspirado cientos de crucifixiones que cuelgan de las paredes de los mejores museos del mundo. El aire bizantino que tiene la decoración interior contrasta con las estaciones finales del viacrucis, que están dentro del templo.
Era ya muy tarde pero los bazares seguían abiertos.
- Estos no cierran ni en viernes -comentó Nahum con ironía-. No quieren dejar de ganar ni un solo shekel. En cambio las tiendas de judíos cierran todas en shabat; y las de cristianos, en domingo.
Sólo compré un suvenir, un portatarjetas de plata con el nombre de Yerushalayim y su traducción al castellano: la ciudad de la paz.
Nahum nunca me dejaba acabar mis visitas a Israel como peregrino de Tierra Santa. Por eso, antes de finalizar mi viaje, quiso acompañarme de nuevo a su Jerusalén. A la izquierda de la escarpada autovía, en varios lugares de la antigua carretera nacional, restos bélicos jalonan las laderas de los barrancos: aquí, un tanque oxidado y casi irreconocible por el paso del tiempo; allá, un carro de combate patas arriba tal como lo dejó la bomba que acabó con él; más allá, restos de camiones militares y de tanquetas ametralladoras tal como quedaron después de la campaña del 48. Los sucesivos gobiernos de Israel no han querido limpiar aquellos montes para que todo el que pase vea o recuerde lo dura que fue la lucha por la libertad.
Ya en la ciudad, me llevó al Parlamento, la Knesset, creyendo que aquel día había sesión parlamentaria, pero estaba confundido y no la había. Me hizo una foto junto al monumento a la menora que hay enfrente, para que la guardara como recuerdo.
- Yo también te haré una junto a los leones del Congreso la próxima vez que nos veamos en Madrid.
Y luego fuimos a comer y a tomar copas a la zona peatonal. Paseamos por Ben Yehuda, Yafo, Salomon Mall, calles sin tráfico con amplias terrazas y las mismas tiendas, los mismos pubs y la misma música que en cualquier zona peatonal de cualquier ciudad abierta de cualquier parte del mundo. Un camarero me explicó en sefardí que el rincón donde estábamos fue lugar preferido de Rubinstein cuando pasaba por aquí. Otro, que en mi silla había estado sentado unos días antes no sé qué artista famoso. Para no ser menos erudito, les dije que hacía tres mil años el rey David también había estado por aquí. Y que poco después, hacía sólo dos mil años, Jesucristo había nacido a pocos kilómetros del bar donde estábamos tomando aquella cerveza. Y que ayer mismo, hacía unos mil años, hordas de locos, guerreros sin escrúpulos, fanáticos de todo tipo y algún devoto habían estado aquí en cruzada para evitar que el infiel siguiera profanando este sagrado lugar.
Al final de la tarde fuimos al aeropuerto. Nahum no quería marcharse hasta que yo no hubiera desaparecido tras la puerta de vuelos internacionales. Menos mal que no me dejó solo. De pronto sonó una sirena y los altavoces lanzaron mensajes estentóreos en tono imperativo.
- Amenaza de bomba -dijo Nahum empujándome hacia la puerta-. Salgamos corriendo.
Me volví para coger mi maletín de viaje.
- Déjalo -gruñó Nahum- y vámonos de aquí.
Corrimos los dos juntos durante diez o quince segundos hacia el aparcamiento de coches, pero mucho antes de llegar a ninguna parte Nahum se paró en seco y dijo con la respiración entrecortada:
- Fin de la amenaza de bomba. Volvamos.
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo han dicho por altavoces.
Volvimos sin perder el paso porque yo quería recuperar cuanto antes mi maletín. Todo estaba en el lugar donde cada cual lo había dejado. Disciplinadamente rehicimos las colas. Como pasa siempre, la mía era la más lenta. Nahum me explicó lo que ya sabía, que aquella soldado jovencita que hablaba español con acento sudamericano me haría una entrevista personal para intentar averiguar si yo era un terrorista camuflado de pasajero o simplemente un pasajero que quería viajar en paz. Cuando al fin me llegó el turno, empezó el interrogatorio: a qué había venido a Israel, por qué había ido a Hebrón, a quién visité allí, qué relación mantenía con él, qué papeles llevaba en mi maletín, qué era una proforma, por qué guardaba la factura del hotel... Las preguntas se sucedían de modo inquisitorio. A veces, me repetía una pregunta ya hecha para ver si yo daba la misma respuesta. Como llevaba la lección bien aprendida, ni me equivoqué ni me puse nervioso. Podía irme sin levantar sospecha.
Quise dar el abrazo de despedida a Nahum pero mi bella centinela no me dejó. Le envié un beso con la mano. Se tocó la boca con la suya y esbozó una sonrisa burlona.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.
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19 Octubre 2010
- ¿Prefiere a Mao o al presidente Deng?
No, no era una pregunta capciosa para recabar información sobre la ideología política del extranjero que era yo. Quien me la hacía era mi vecino de asiento, un venerable anciano de larguísima barba rala, enjuto de cara y vestido con túnica, junto al que Tony y yo nos habíamos sentado apenas subir al tren en la estación de Kowloon. Un vendedor uniformado, con su carrito lleno de refrescos, chucherías y suvenires, esperaba la respuesta del anciano, que me quería regalar, como recuerdo de nuestro encuentro, uno de los dos relojes que tenía en la mano, con la imagen de Mao en la hora 12 uno de ellos, y el otro con el relieve del presidente Deng. Antes de contestar a mi dadivoso vecino, desperté a Tony, que roncaba a mi lado, y le pedí ayuda con disimulo y discreción. No, no era una pregunta política. Podía elegir con libertad.
- Prefiero a Mao -le contesté sonriendo-. En Europa todos conocemos a Mao. Su Libro rojo fue un superventas entre la juventud. A Deng Xiaoping no lo conocen ni en los restaurantes chinos. Sólo los estudiosos de la historia moderna y algunos militantes de izquierda saben que Deng es el presidente de la República Popular China.
- ¿Y usted lo sabe porque es de los primeros o de los segundos?
- Modestamente, de los primeros. Carezco del necesario sentido de la disciplina para ser de los segundos.
Con gesto ceremonioso me regaló una perfecta copia de Rólex, hecha enteramente en China, y me pidió que escribiera mi nombre en un libro que llevaba en sus manos. Saqué mi Cross y crucé las columnas de caracteres chinos con esta dedicatoria horizontal: En recuerdo de un viaje a Cantón con un compañero inolvidable. Le regalé el bolígrafo y lo aceptó con alegría.
- Vale más tu boli que su reloj -sentenció Tony desde su aparente sopor.
- Tú duerme, que nadie te ha dado vela en este entierro -le dije acercándole al cuello el pequeño cojín que se le había deslizado hasta el asiento.
De buena mañana, Bei Ng -Tony para los amigos occidentales- me había llamado al hotel y citado en recepción a la media hora. Nos íbamos a Guangzou, la antigua Cantón, a visitar a unos clientes.
- Menos mal -me dije-. Al menos hoy no perderemos el tiempo recorriendo sastrerías donde uno puede encargarse un traje de seda y tenerlo listo en veinticuatro horas.
Nunca me he hecho un traje a medida, y menos de seda, pero Tony se empeñaba, cada vez que iba a verle, en llevarme de visita a algún sastre por si quería hacerme uno.
Al llegar a la estación, revisé mi pasaporte y vi que tenía el visado caducado. Por un momento sentí enfado conmigo mismo por dejar cosas tan importantes en manos ajenas. Pero a Tony, el verdadero causante del fallo, por su imprevisión, pareció no importarle. Tomó el pasaporte de mis manos y entró en una salita atiborrada de gente sudorosa, se saltó las dos colas que había ante sendas ventanillas y en pocos minutos me devolvió mi pasaporte en regla. Tony era un maestro en el delicado arte del pequeño soborno y consideraba normal que un funcionario recibiera un poco de dinero a cambio de pequeños favores que no requerían esfuerzo alguno. Era manifiesto que el hombre de la ventanilla conocía a Tony y estaba acostumbrado a redondear sus fines de mes con las propinas.
Sacamos los billetes y nos dirigimos al tren. Debía ser hora punta o aquella era la plaza del pueblo en día de fiesta mayor o empezaba la operación salida de la Semana Santa de Hong Kong, tal era el gentío que deambulaba arriba y abajo por los andenes. Siguiendo las indicaciones de un porteador, nos instalamos en un cómodo, limpio y espacioso vagón de primera clase. Y tomé asiento junto al venerable anciano que tenía un libro en las manos. Me saludó en inglés y se dispuso a darme conversación sin ningún disimulo. Sabía de España y de algunos de sus músicos: de Albéniz, Falla y Turina. De este último, del que yo apenas conocía la existencia, me contó vida y milagros. Supuse que él también era músico, pero no quise preguntárselo para no darle pie al discurso erudito y poder así echar una cabezadita, como ya estaba haciendo Tony, sentado frente a mí. Quizás fuera sociólogo, a juzgar por los detalles que me daba de aquellos enormes bloques de viviendas que se veían por la ventanilla, antes de llegar a la frontera, donde varias decenas de miles de personas compartían casa durmiendo en horarios diferentes; o por la definición que me dio de parque público como lugar abierto donde las familias entran en contacto con el campo, los niños juegan sin freno y los ancianos hacen gimnasia como es debido. O quizás fuera un filósofo, por el empeño que puso en hacerme ver, mientras el tren cruzaba quedamente un inmenso arrozal, que la figura humana forma parte del paisaje rural chino. En efecto, los pardos traseros de centenares de campesinos inclinados sobre el suelo punteaban la brillante planicie de campos anegados que el sol empezaba a dorar. Claro, que también podía ser arquitecto, por la precisión con que me describió la gran "casa de piedra" que había en su barrio, que yo identifiqué como una catedral católica y que luego supe que era la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.
Tras dos horas de viaje, en las que Tony no hizo otra cosa que dormitar y yo que platicar con el anciano, llegamos a Cantón y nos instalamos en un lujoso y céntrico hotel, de los muchos que se han hecho en la era post-Mao en las grandes ciudades chinas. No pertenecen a ninguna cadena internacional de hostelería pero saben dar al viajero lo que espera: tiendas de lujo, restaurantes de cocina local e internacional, salones de Spa con saunas y bañeras de hidromasaje, duchas finas y gruesas, frías y calientes, y muchas cabinas de masajes corporales atendidas por solícitas fisios para que ningun músculo del visitante se quede ocioso. Y por la noche, espectáculos danzantes interpretados por las más bellas señoritas que uno haya visto nunca, llegadas de la vecina, fría y misteriosa Rusia. Y todo a precios soportables para el bolsillo de cualquier viajero acostumbrado a tener que pagar en otros países mucho más por muchísimo menos.
Desde mi habitación, en la vigésima planta, se divisaba una parte de la gran ciudad. Del inmenso bosque de letreros que cubrían la ciudad como cielo luminoso, sólo tres eran legibles: Hitachi, Salem y Lucky Strike. Los restantes estaban escritos en caracteres chinos y eran, sin duda, anuncios de conocidas marcas internacionales de electrodomésticos, bebidas y tabaco. Saben muy bien que el que quiere vender ha de hacer de manera que se entere el que puede comprar. Pasé largo rato contemplando el tránsito del gran puente que, a los pies del hotel, cruzaba el río. Los cuatro carriles del centro, dos de ida y dos de vuelta, eran para coches y motos. Al lado de éstos, otro ancho carril servía para que circulasen las bicicletas. Y en los bordes del puente había otro carril en cada sentido para los peatones. Me llamó la atención que hubiera tantas bicis y tantos peatones en una ciudad donde a pie no se llega a ninguna parte y donde las bicis sólo sirven para moverse de día, porque ninguna lleva faro. También que, cuando el semáforo cambiaba a verde, los coches y las motos se pusieran en movimiento con lentitud y torpeza, mientras que las bicis y los peatones se movieran en bloque, como un enjambre de abejas o una bandada de vencejos.
Las visitas a los clientes eran tan parsimoniosas como los actos sociales. Cuando fuimos a ver al señor Cheung en su vieja tienda de un barrio antiguo y cutre, tuve la impresión de ser el primo que regresa de América después de largos años de ausencia. Tal fue la efusión y cariño con que me vi abrazado. Tony fue interrogado prolijamente sobre su salud y la de su familia. Yo, sobre mi viaje, pues el conocimiento que Cheung tenía de mí no era sino el de mi propia persona. Su despacho era oficina y salón-comedor a partes iguales. En él pasaba dieciséis horas diarias ininterrumpidas recibiendo a clientes y charlando con amigos, tomando té, comiendo, pagando y cobrando, yendo de su mesa, adornada con objetos kitsch, al tresillo tapizado con sufrido y desgastado terciopelo. Mientras Tony contaba con portentosa habilidad y rapidez grandes fajos de mugrientos yuanes, una empleada rellenaba las diminutas tazas de té cada vez que habíamos bebido de ellas. Debía ser bueno aquel té -dulce sí que era-, porque, distraído y ocioso, estuve dos horas tomando sorbitos y acabé temblando como un flan. Como Tony andaba entretenido en lo suyo y el lenguaje de Cheung no tenía ni una tilde en común con el mío, nos hacíamos compañía sentados el uno junto al otro como dos enamorados pelando la pava. Alguien llamó a la puerta. Eran unos muchachos que querían cobrar.
- ¿En qué trabajan? -pregunté a Tony.
- Reparten pedidos en bicicleta.
Salí a ver cómo lo hacían y admiré su destreza. Con unos viejos cordeles llenos de nudos sujetaban dos cajas de azulejos -unos cuarenta kilos- al "portamaletas" de la bicicleta y, manteniendo con la mano libre su equilibrio indiferente, las transportaban a la otra punta del barrio y volvían por más hasta que la entrega quedaba totalmente servida. Aunque la paga era exigua, nunca faltaban voluntarios para hacer el trabajo. Viendo cómo aquellos jóvenes y chapuceros transportistas operaban con la misma seriedad que si fueran chóferes de camiones con tráiler, comprendí que China avanzaba con rapidez imparable hacia el club de los dragones que mueven la economía de Extremo Oriente y pronto se convertiría en el centro manufacturero del mundo.
Aprovechando que Tony y Cheung llevaban rato conversando sobre temas que no me concernían, me di una vueltecita por el barrio, atento a no perder la orientación, no fuera a extraviarme en aquel laberinto de callejuelas. Me paré ante una tienda de alimentación. En la acera había grandes jaulas con animales vivos: gallinas, tortugas y serpientes. Una clienta, que salía con el cesto de la compra lleno, se paró en la puerta y llamó al interior. Señaló una jaula. El dueño de la tienda metió la mano en ella y, en no más de quince segundos, cogió una serpiente, le cortó la cabeza, escurrió la sangre en un vasito de plástico, se lo ofreció a la clienta para que se la bebiera "calentita" si quería -que no quiso-, peló la serpiente con gesto enérgico y la metió, aún enroscada como un ovillo, en una bolsa de plástico. Ni que decir tiene que no la pesó. El precio era por unidad, ya que todas eran del mismo o parecido calibre.
Las visitas a clientes en Cantón, Foshan y otras ciudades del sur se sucedían a diario. Tony iba cobrando sus facturas en abundantes fajos de yuanes que le llenaban de contento. Con ello, el primer paso estaba dado. Pero faltaba dar el segundo para respirar tranquilos. Sacar aquellos billetes de China era ilegal. Conseguir allí su equivalente en dólares, imposible. No había más remedio que pasarlos por la aduana camuflados en la ropa, en los zapatos, en un cartón de tabaco vacío de cajetillas, donde fuera. Nos hubiera servido el típico saquito de tela a cuadros azules que usan los campesinos para llevar la merienda, pero no lo teníamos. Tampoco disponíamos de un maletín de doble fondo, que nunca suele faltar a las personas que han recorrido mundo, porque, aunque entonces anduviéramos en apuros, éramos gente honrada. Había, pues, que jugarse el tipo y Tony no era de ésos que le ahorran problemas a uno. Yo también tenía que ayudarle, aunque no me agradara la idea de cometer ilegalidad en terreno tan peligroso. A veces es difícil negarse a las peticiones de un amigo. Decidió que saliéramos de China no por donde habíamos entrado, sino por la frontera de Macao, donde tenía amigos expertos en cambiar fajos de yuanes por fajitos de dólares. Tomamos un taxi y allá nos dirigimos en larga carrera de tres horas. Ya en la frontera, entramos en la recepción de un hotel para tomar un refrigerio y preparar el camuflaje de los billetes: seis fajos en la cartera de mano, dentro de la funda de la agenda electrónica, en medio de paquetes de clínex, salteados en diversos dosieres; un fajo en cada bolsillo del pantalón, que son cuatro, y otro en cada bolsillo de la chaqueta, que son cinco; y cuatro fajos más, envueltos en plástico, debajo del eslip, marcando paquete como los toreros cuando visten de luces. Según Tony, este último escondrijo era totalmente seguro ya que, tratándose de un viajero occidental, la policía de aduanas no iba a extremar los palpamientos en semejante lugar. Ya equipados, entramos en el edificio de la aduana y allí mismo empezó mi calvario. La cola era doble, una para los genéricamente chinos y otra para los extranjeros del resto del mundo. Tony desapareció de mi vista en un santiamén, porque su cola, la primera, era de tráfico fluido. La mía avanzaba muy lentamente. En completo silencio, miraba a los que me precedían y seguían y todos parecíamos estar avergonzados y asustados. Yo me sentía como un contrabandista al que en unos instantes iban a detener y confiscarle el cuerpo del delito. Tenía las manos sudadas. Un vaho agrio y espeso castigó mi olfato con despiadada crueldad. Cuando, por fin, me llegó el turno, entregué el pasaporte y esperé. El agente lo examinó con desdén, me lo tiró a la cara y me empujó hacia la puerta de entrada. Me resistí, enfadado por haber malgastado mi tiempo en aquella cola inútil y nervioso porque tenía que pasar la aduana como fuera y reunirme con Tony en Macao según lo convenido. Me puse en la otra cola y también fui rechazado con energía. Desesperadamente, requerí la presencia de algún funcionario con el que pudiera hablar en inglés. No fue fácil, pero lo conseguí.
- Su visado lo dice bien claro -me explicó con calma aquel hombre uniformado de rostro hierático-. Es válido para una sola entrada y estancia máxima de cinco días en Shenzhen.
Cerró el pasaporte y me lo devolvió con una leve inclinación de cabeza. Me miró lentamente con lástima, como si me estuviera perdonando la vida. Y sí que me la estaba perdonando, porque yo llevaba siete días en China, dos más de los que me permitía el visado, y había salido de la ciudad fronteriza, en la que no llegué a poner los pies, y viajado a Cantón, Shantou y otros lugares sin tener licencia para ello. Y ahora pretendía salir de China por una frontera a la que no podía haber llegado. Sí, aquel capitán de aduanas me estaba perdonando la vida o la cárcel o alguna multa edificante; y a Tony, los fajos de dinero que yo llevaba escondidos y que me hubieran quitado -no impunemente, por cierto- si alguien me hubiera sometido al más mínimo registro. Aquel día estuve de suerte y nadie me registró. Di media vuelta y salí a la calle verificando de reojo que ningún policía me siguiera. Me puse a pensar qué tenía que hacer que no quebrara el razonamiento lógico de Tony. ¿Tomar un taxi y marcharme a Shenzhen de donde nunca tuve que haber salido? Por dinero no sería. Como si quisiera coger una limusina. Pero no, no era razonable pensar que Tony no extrañara mi tardanza y no volviera a ayudarme. Tenía que esperarle. ¿Y dónde mejor que en el único sitio donde habíamos estado juntos? Volví al hotel, me arrellané en un sofá, me pedí un refresco e intenté tranquilizarme.
- Tengo demasiado dinero suyo para que me olvide -pensé-. Volverá a buscarme.
Entre la preocupación por el embrollo en que me había metido y la alegría por verme lejos de cualquier policía, lo segundo llenaba mi ánimo. Comprendí el miedo al tricornio que, según dicen, tienen algunos gitanos. Pasé media hora ordenando mis pensamientos, como piezas de un puzzle sobre la mesa, y, al cabo, apareció Tony como si mi drama no fuera con él. Estaba enfadado porque en Hong Kong no tenía tantas facilidades como en Macao para cambiar dinero.
- Yo también estoy enfadado contigo -le espeté-. ¿No sabes leer chino, burro? Mira lo que dice el visado que me sacaste.
Al ver mi pasaporte, se echó a reír. Le conté lo sucedido y, para no perder más tiempo, tomamos un taxi y rehicimos parte del largo camino que habíamos hecho unas pocas horas antes. Adiviné que en Macao había contactado con su gente, porque volvía ligero de equipaje. Y no logré que me aliviara ni siquiera de uno solo de los fajos que llevaba en el suspensorio. Con el cuello dolorido por las cabezadas que di en el trayecto, llegamos a la frontera correcta. Por suerte, el control policial fue rutinario. Tomamos el primer tren de cercanías y, en noche cerrada, llegamos a la estación de Kowloon sanos y salvos. Un taxi nos condujo, por el túnel subterráneo que une el continente con la isla, a la oficina de Tony en Wanchai. Allí me liberé de todos los fajos de billetes que llevaba encima desde hacía cinco horas. Los que marcaban paquete me los arranqué como si fueran una costra purulenta y, al fin, pude mear a gusto.
- Vamos a la sauna -dijo Tony como si tal cosa.
Fuimos andando hacia una cercana y rutilante fachada que anunciaba relajamiento total para los cuerpos cansados.
- Eres un mariconazo -concluí siguiendo sus pasos.
Aquella noche sólo dormí cuatro horas. Muy de mañana salía mi avión para Pekín y tuve que madrugar.
-Adiós, colonia británica de Hong Kong. Disfruta, el poco tiempo que te queda, de ser el país con la renta per cápita más alta del mundo. La próxima vez que pise tu suelo ya estarás unida a China y seréis, en acertada fórmula propagandística, "un país, dos sistemas".
Hanna me esperaba en el aeropuerto de Pekín, a donde llegué sin contratiempo alguno. El nuevo visado que me había conseguido Tony no tenía los defectos del anterior, sacado con prisas y propinas.
- Bienvenido a Pekín -me dijo con una leve inclinación de cabeza.
- Bien hallada, bella Wang Jin Ding -le dije al tiempo que la besaba-. Cada vez que te reencuentro estás más guapa.
Y era verdad. Aunque debía rondar los cincuenta, parecía una lozana y joven señora de treinta y pocos. Como nunca había tenido que adelgazar, tenía una piel tersa y sin arrugas. Y un aire encantadoramente despistado que el uso caprichoso de unas gafitas de présbita ponía de relieve.
Además, Hanna tenía una biografía de novela. Había nacido en el hogar de unos importantes funcionarios de la República Popular China. Su padre, veterano de la Larga Marcha, tuvo mucho poder al principio de la revolución, pero más tarde fue represaliado y torturado por supuesto revisionismo. Como otras compañeras, Hanna fue guardia roja durante la revolución cultural y tuvo que dejar la universidad para marcharse a una aldea, a dos mil kilómetros de su casa, a aprender la verdadera cultura del campesinado. Fue como una mili, pero a lo bestia. Hanna era tan espabilada que pronto comprendió el camelo y, por si tanta cultura no fuera a serle útil en la vida, apenas regresó a Pekín se las arregló como pudo para acabar sus estudios de economía en la universidad. Se casó con un joven director de cine de animación, tan famosillo como mujeriego, al que pronto dejó plantado. Cuando yo la conocí, vivía con su hija sin ataduras de pareja. Trabajó en un ministerio y ascendió en el funcionariado hasta que un día perdió por completo la fe en el sistema y desertó, se fue a su casa y empezó a ganarse la vida, como cualquier diablo, al más puro estilo capitalista, trabajando para empresas europeas. Siempre le dije que no me creía su versión, pero ella juraba que era cierta y que, desde que tomó la decisión de pensar por su cuenta, se sentía liberada.
Viajar con Hanna era un lujo porque no sólo hacía de guía sino también de maestra.
- China es tan compleja que las diferencias de unas provincias con otras son tan grandes como las de cualquier país europeo con sus vecinos.
- Vosotros, al menos, habláis igual, escribís igual, coméis lo mismo.
- Estás equivocado. En las provincias del sur el idioma oficial es el cantonés. Aquí, en el norte, hablamos mandarín. Escribimos los mismos signos, pero los leemos de manera diferente. Hablamos dos idiomas distintos.
- Pero tú entiendes a Tony. Muchas veces te he visto hablar con él.
- Porque él sabe hablar un poco de mandarín. Pero cuando habla con un cliente del sur, no los entiendo.
- O sea, que si te digo un piropo que me han enseñado en Cantón no lo entiendes.
- Pero si me lo escribes, entonces me pongo colorada.
Tan china era que, aunque viajaba regularmente a Europa por su trabajo de representación, nunca había reparado en la fascinación que siente Occidente por algunos símbolos chinos. En plena plaza de Tiananmen, llena mi cabeza de imágenes que eran por sí solas historia del siglo XX, me decía con rubor:
- La Plaza Mayor de Salamanca es más bonita.
- Toma, y la de Madrid, y la de mi pueblo. Porque son pequeñas y se ven, y puedes pasear bajo sus soportales y tomarte una cañita y unas tapas de rechupete al sol de primavera, aunque a ti te dan asco los chipirones en su tinta y las virutas de jabugo, que no te comes nada si antes no lo has sumergido en un tazón de salsa de soja.
Aquella plaza es tan grande que no se ve. La Puerta de la Paz Celestial, el mausoleo de Mao, el Parlamento, el Museo de la Revolución, todo en una explanada descomunal frente a la tapia de la Ciudad Prohibida. Pero para un occidental, la plaza de Tiananmen es el símbolo de las revueltas estudiantiles del 89 y, en cualquier punto de ella, uno se puede imaginar a un muchacho con los brazos en alto frente a una hilera de tanques. Conviene ensoñarlo cuando aún tiene los brazos en alto y los tanques están detenidos, porque, una vez que el furor del fanatismo doctrinario levanta el pie del embrague, es conveniente no imaginar nada, devolverle a aquel niño que corretea el balón que se le ha escapado y no alcanza, y seguir silbando esa milonga que le viene a uno a la garganta desde que sonó el despertador.
En las visitas que hacíamos a nuestros clientes, todos trataban a Hanna con el cariño propio de una vieja amistad.
En Dalian, ciudad de amplias avenidas y pocos semáforos, a medio camino en el mapa entre Pekín y Seúl, visitamos a su amigo Chan, que era un alto funcionario, director de un gran hospital o residencia de ancianos o casa de acogida, que nunca supe lo que era exactamente aquel conjunto de bloques grises y espaciosos. La categoría política de Chan debía ser elevada porque tenía tarjeta de crédito de papá-estado y tiraba de ella con alegría y desparpajo. Cualquier trato con él se hacía en el restaurante, siempre uno de lujo con saloncito privado, karaoke y compañía de amables señoritas que no le dejaban a uno comer tranquilo, tan solícitas eran en mantener siempre llenos los platos y las tacitas de té y en hacer lo que fuera para que el cliente se encontrara a gusto: quitarle la chaqueta, aflojarle la corbata, sacarle a bailar en cuanto sonaban las primeras notas del karaoke.
- Lo que coméis en los restaurantes chinos de España es una pequeña parte de la oferta gastronómica cantonesa -me explicaba Hanna que, en su papel de maestra, nunca perdía la ocasión de expectorar tesis-. Aquí, como puedes probar, comemos deliciosa sopa de aleta de tiburón, crujientes tendones de venado en salsa agridulce, gelatinosas patas de gallo, tallos de verdura escaldados al gusto en hornillo individual. Olvida los rollitos de primavera y el arroz tres delicias hasta que vuelvas a España.
Las explicaciones y consejos que Hanna me daba no tenían desperdicio y me ayudaban, puesto que sólo yo la entendía cuando me hablaba, a comportarme en la mesa como si fuera un experto gurmet. Siempre comí con sticks y evité caer en el ridículo de pedir un tenedor. Sólo probé, en cantidades insignificantes, el arroz y la sopa que me presentaban al final de las comidas para dar a entender a mi anfitrión que había quedado saciado. Del pato laqueado comí sólo la piel, que es lo que hacen los chinos con clase.
- La grasa es lo más perjudicial del pato y pone el colesterol por las nubes -le reprochaba yo a menudo.
- Peor coméis vosotros, que os hartáis de foie en cuanto se os presenta la más mínima ocasión, y os quedáis tan tranquilos con vuestros michelines.
Hanna tenía una bellísima voz de ópera china, impensable si sólo se la oía hablar, y el karaoke le gustaba más que el caviar. Ponía en marcha el televisor y empezaba a soltar gorgoritos. Aunque de la ópera china se puede decir lo que se quiera, menos que sea música bailable, Chan me mostraba el ejemplo a seguir y me invitaba a desinhibirme. Hanna, mientras cantaba, me miraba con ojos de reproche como si en vez de mi amiga fuera mi novia, pero mi geisha, siguiendo instrucciones de Chan o quizás improvisando, me mantenía constantemente ocupado.
- ¿Estás envidiosa? -le pregunté-. Pídele a Chan que te traigan un boy y dile a gritos a toda China que no sea tan machista. ¿O quieres bailar conmigo?
- Ni con un boy ni contigo. ¡Toma! -me gritó poniendo el micrófono en mis manos.
A Chan y a las chicas les pareció bien que yo cantara.
- Manos a la obra -me dije mientras ojeaba la carpeta de las partituras.
De los títulos no escritos en chino sólo conocía It's now or never y la ataqué con premura. Pese a que mi pareja no cesaba de estorbarme y pretendía seguir bailando sin importarle que yo tuviera que mirar la pantalla porque no me sabía la letra de memoria, y pese a que el tono de la canción era demasiado alto para mi voz, que uno no es Elvis, conseguí cantarla hasta el final con más pena que gloria, a mi juicio, pero no al de la compañía, que aplaudió con agrado mi actuación.
En Shenyiang, aún más al norte y más cerca de Seúl, nuestra clienta era íntima amiga de Hanna y también directora de una empresa estatal. En su trato amistoso y familiar no se notaba ni un ápice que ideológicamente estuvieran tan lejos las dos amigas. O quizá no lo estaban tanto como debieran. Su tarjeta de crédito era tan traviesa y juguetona como la de Chan, y servía para pagar no sólo en lugares elitistas y reservados, sino también en comedores populares de ni se sabe cuánto el menú. Fuimos a uno donde podían estar comiendo mil personas a la vez. Ocupamos mesa y el camarero nos pasó enseguida a una gran sala, contigua al restaurante, llena de innumerables peceras donde los comensales elegían a dedo lo que deseaban, desde la langosta más bien parecida a la lamprea más pavorosa. En algunas peceras había serpientes, pero no pequeñas como las que vi en la tienda de Cantón, sino gruesas como maromas. Manjar exquisito, delicatessen, boccata di cardinale. Para no pecar de gula, me elegí una pequeña langosta. Pecaría ahora de fantasía si dijera que vi a alguien que se pidiera una serpiente de cascabel.
Paseamos por la ciudad y nos hicimos fotos, siempre ante alguno de los incontables monumentos a Mao que la habitan. Luego fuimos a Shanghái y cruzamos la bahía en barco hasta Ningbo sobre las aguas más sucias que imaginarse pueda en mar abierto. Desde el pequeño camarote que ocupamos, veíamos flotar ingentes cantidades de maderas, plásticos, cañizos, telas y ramas de árboles que, en algunos momentos del trayecto, cubrían por completo las aguas muertas y sin oleaje.
La última vez que Hanna vino a España, fui a esperarla al aeropuerto. Como siempre, apareció en la puerta de llegadas con cara de infinito despiste. Me situé frente a ella con mi tarjeta de visita entre las manos, le hice una reverencia y se la entregué con una ligera y forzada sonrisa al más puro estilo chino. No se inmutó. Mi fría y distante bienvenida le habría parecido lo más normal del mundo si a los pocos segundos yo no hubiera roto el hielo con un par de besos y el regalo de costumbre: un sostén de su marca preferida. Ella también me había traído un presente: dos bolas cantarinas, que se hacen girar en el cuenco de la mano y liberan del estrés con la suave musiquita que emiten. Cenamos poco y hablamos mucho. No cantamos porque en aquel restaurante del Grao no había salitas privadas con karaoke ni señoritas de compañía. Sólo había comida; buena, pero comida al fin y al cabo, lo que menos le gustaba de los restaurantes. De postre, le pedí un par de mandarinas.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.
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4 Octubre 2010
Me gustaría recordar, para contarlo como cierto, que aquella sala estaba llena de un público exigente y entendido que aplaudía a rabiar. Pero no fue así. La sala estaba casi vacía. Ni siquiera era una sala de conciertos sino el modesto piano-bar de un hotelito coquetón. En la única mesa ocupada, cuatro hombres inclinados sobre un gran papel desplegado intentaban ver su contenido a la tenue luz del local, más propicia para el acercamiento corporal que para el examen minucioso de los planos de un edificio de viviendas. Una muchachita delgadísima y monísima, de pie sobre una tarima de madera, se aplaudía a sí misma.
Yo había llegado unas horas antes a Kaliningrado, procedente de San Petersburgo, sin tener que pasar ningún control aduanero, cosa muy de agradecer en la Europa del Este de los años noventa. Ir de Rusia a Rusia era como pasear por casa. El hotelito que me había reservado mi cliente era el de siempre, limpio y económico. Por eso nunca quise alojarme en otro mayor, que los había, según juraba Fedor, tan limpios y aseados como el mío.
Tras cenar frugalmente, que es lo que conviene cuando se ha amanecido en San Petersburgo y se ha tomado café y pastas en las dos visitas comerciales de la mañana y más café en el aeropuerto y un sucedáneo de cena a las cinco de la tarde en el avión, pasé al piano-bar a regalarle un digestivo a mi estómago. O no había clientes en aquel hotel o estaban todos más cansados que yo o se habían retirado a sus habitaciones a homenajear a don Manuel Kant, que nació en esta ciudad, con la lectura de alguna de sus soporíferas obras. Sobre un altillo a medio metro del suelo, un pianista y su batería acompañaban, muy bien por cierto, a la mentada muchachita delgadísima y monísima que no cantaba mal. El contratista, el arquitecto, el aparejador y el maestro de obras seguían discutiendo casi a oscuras. Sólo bebían y hablaban, eso sí, en voz bajísima, cortesía muy de agradecer porque, al menos, no molestaban. Cierto es que en mitad de una canción el contratista eructó con estruendo, pero nadie se lo tomó a mal porque a nadie pareció que lo hubiera hecho con ostentación. Yo era, pues, el único público de las canciones que iban interpretando aquellos buenos músicos. Con un digestivo italiano en la copa me acerqué a la tarima en actitud de arropar su actuación. Sonrieron con gratitud y en un segundo se sacudieron la rutina del artista que actúa para nadie y me dedicaron el bonito bolero que lleva por título Bésame mucho. Cuando acabaron, aplaudí y pregunté a la cantante si sabía que acababa de cantar el bolero más versionado de la historia y que su autora fue la sin par mexicana Consuelo Velásquez. No me entendió. Le cogí el micro y pregunté a los músicos si me acompañaban. Tampoco entendían el inglés. Con mi dedo escribí en el atril una D y una C, siglas que todos los músicos del mundo entienden como da capo, al principio otra vez, y se pusieron a tocar de inmediato. Nunca me he sabido de memoria la letra de ninguna canción y por eso no sé si canté bésame mucho como si fuera esta noche la última vez o bésame mucho como si luego en el coche te fuera a comer. No importaba. Nadie entendía el significado de las palabras pero mis músicos acompañaban con tanto sentimiento como el que yo ponía al cantar lo que se me iba ocurriendo que, si no era la letra original, bien podía haberlo sido: Quiero tenerte muy cerca, besarte en los labios, verte muy feliz. Siento que tal vez mañana yo ya estaré lejos -en Vilnius, con seguridad-, muy lejos de aquí. Al acabar la canción nos aplaudimos unos a otros y devolví el micro a la artista sin besarla ni mucho ni poco, ni en los labios ni en ninguna parte. Escuché dos canciones más, por cortesía, y a la tercera abandoné el piano-bar dejando a los músicos en completa soledad, pues el constructor y sus amigos ya hacía rato que habían hecho mutis por el foro.
A la mañana siguiente vino a recogerme Fedor y, tras entretenernos largamente en su oficina sobre el motivo comercial de mi visita, me acompañó a la estación del ferrocarril. Antes de acceder a mi vagón, un funcionario verificó que mi pasaporte y visado estuvieran en regla, ya que el tren, con origen y destino en Rusia, atravesaba Lituania y en la frontera había que enseñar los papeles. Subí al vagón. Su aspecto interior me era familiar. De un lado, un largo corredor junto a las ventanillas; del otro, una sucesión de compartimentos cuyas puertas de corredera daban al pasillo. Mi pequeña habitación era para dos pasajeros, si bien en cada uno de los dos asientos enfrentados cabían holgadamente cinco personas sentadas. Un pasajero ocupaba ya una de las dos banquetas y me invitó a instalarme en la otra. Era Serguéi y hablaba correctamente en inglés.
- ¿De dónde eres?- pregunté enseguida para entrar en conversación.
- Soy ruso y Kaliningrado es la ciudad donde nací. ¿Y tú?
- Soy español y nací en Castellón hace 56 años.
- Por la edad podrías ser mi padre. Tengo 32 años.
- ¿Qué edad tiene tu padre?
- Mi padre murió cuando yo era pequeño. ¿Qué haces aquí?
- Trabajo en una fábrica de azulejos y he venido a visitar a mis clientes. Ayer en San Petersburgo, hoy aquí en Kaliningrado, mañana en Kaunas. ¿Y tú en qué trabajas?
- Soy actor porno y vuelvo a mi trabajo en Moscú después de unos días de descanso con mi familia.
Alguien llamó a la puerta con los nudillos de los dedos. Detrás del cristal había una mujerona en uniforme paramilitar de empleada del ferrocarril que abrió la puerta corredera del compartimento y se dirigió a mí con brevedad. No entendí sus palabras pero vi que llevaba bajo el brazo cuatro o cinco almohadones. Serguéi se incorporó y cogió uno para mí mientras le daba unas monedas que luego no quiso cobrarme.
- Con el pago del alquiler del cojín se adquiere el derecho a tumbarse. Así es que ponte cómodo porque el viaje será largo. No tengas escrúpulos. La funda está limpia. Las cambian después de cada viaje.
Mi compañero empezaba a caerme simpático. Nunca antes había conocido a ningún actor porno y no creo que sea imprescindible para su trabajo ser guapos de cara. Serguéi lo era, pero no tenía un físico espectacular, al menos en apariencia. Vestía un pantalón anchísimo, al estilo de los que suelen llevar en los grabados los cosacos de Kazán, y una sudadera preciosa, marca Timberland, que se me antojó cara de solemnidad a menos que procediera de algún hurto o la hubiera comprado en tiempo de rebajas.
- Veo que te ganas bien la vida. Además, tu trabajo debe ser muy divertido.
- Eso creen también mis amigos, pero estáis todos equivocados. Mi profesión es muy dura y requiere un grado altísimo de concentración.
- ¿Qué me dices? Si no sale a la primera, se repite. He visto algún rodaje y el claquetista tiene más trabajo que las maquilladoras.
- Es que yo no hago películas, amigo. Trabajo en una sala de fiestas, en vivo y en directo, y la concentración es lo más importante en mi trabajo. Claro que también hay que tener buenas dotes naturales y mejorarlas con el entrenamiento.
Dio por supuesto que yo le había entendido y me pareció que no deseaba darme más explicaciones sobre su trabajo. En cambio, sí se interesó por el mío y concluyó que estar un día aquí y otro allá, ése sí que era un trabajo fácil y divertido. Le contesté que mi trabajo no era ir de aquí para allá sino convencer a mis clientes de que necesitaban lo que yo quería venderles y dejarme convencer por ellos de que yo los necesitaba para seguir existiendo.
Llegamos a la frontera lituana y el tren paró en una pequeña estación, blanca por la nieve que caía desde hacía rato. Un funcionario de aduanas, que por su uniforme parecía al menos coronel del ejército, abrió la puerta y me pidió el pasaporte y el visado. Dio media vuelta, bajó del tren y lo vi alejarse hacia la estación, bastante alejada de la vía, dejando las huellas de sus zapatotes en el blanco impoluto de la nieve.
- No me hace ninguna gracia perder de vista mi pasaporte. ¿Por qué no se ha llevado el tuyo? ¿Qué hago yo si el tren se pone en marcha antes de que me lo devuelva?
- Es normal que se lleven tu pasaporte porque han de controlarlo en la oficina. El mío no lo controlan porque soy un ruso en tránsito a Moscú. Puedes estar tranquilo, que el tren no se pondrá en marcha hasta que te lo hayan devuelto. Por cierto, como estaremos parados al menos una hora, podríamos ir a cenar al vagón-restaurante.
- Son las cinco de la tarde, Serguéi.
- Pero ya es de noche y el restaurante cierra a las seis y media. Vamos.
Tampoco me hacía gracia perder de vista mi maleta, mi maletín de trabajo, mi abrigo, mi gorro, mi móvil -ah, el inservible y aparatoso móvil de la empresa que yo llevaba conmigo en los viajes, siempre apagado, para contentar al jefe y que luego pudiera contar a sus colegas que su gente viajaba con los últimos adelantos tecnológicos-, aunque viera cómo Serguéi cerraba con llave nuestro compartimento. Miré mis pertenencias, las huellas de las botas del "coronel" sobre la nieve y la puerta apenas iluminada de aquella pequeña oficina por la que había desaparecido mi pasaporte y me pregunté por qué coño iba a cenar si no tenía ni pizca de hambre.
- Vamos, -me arrastró Serguéi-. El restaurante está en el vagón de cabeza.
Recorrimos al menos cinco vagones por los largos pasillos laterales, llenos de toda clase de gente en cualquier posición, y llegamos al restaurante. Antes de entrar, Serguéi habló brevemente con el maître mientras yo leía en voz alta, para sacudirme los nervios, el letrerito que había junto a la ventanilla: È pericoloso sporgersi. Ya decía yo que estos vagones me resultaban familiares. Claro, son italianos y primos hermanos de los de la Renfe de los años sesenta.
- Entra, nos sentarán en la mejor mesa, como a los comensales ilustres.
Y así fue. En una mesa para ocho, con una iluminación tan ingeniosa como íntima, dimos cuenta de una sopa caliente y espesa, buena aunque de sabor irreconocible, y de un guisado de carne con salsa de color guinda cuyo gusto tampoco reconocí. Serguéi se empeñó en pagarme el vino, una botella de medio litro, tamaño poco habitual en España, que allí sirven como ración individual. Durante la cena volvimos a nuestros temas: Serguéi, que yo tenía un envidiable trabajo que me permitía conocer mundo sin gastar un duro; yo, que el trabajo interesante era el suyo y que mejor me parecía concentrarse en practicar jocundos juegos de pareja que en marcar objetivos alcanzables a cada uno de los clientes que visitaba.
No quise comer postre para abreviar nuestra estancia en el restaurante.
Hacía más de media hora que habíamos abandonado nuestro compartimento y, cuando volvimos a él, respiré con alivio al ver que nadie había robado mis pertenencias. Pero mi pasaporte seguía en paradero desconocido y yo, nervioso e indocumentado, me disponía a hacer una larga y pesada digestión en medio de aquella llanura que, por la luz de unas pocas farolas, se adivinaba completamente nevada. Aunque fronteriza, aquella no era una estación importante, poco más que un cobertizo no lejos de la vía, y no me cabía en la cabeza que tuvieran siquiera conexión a internet para chequear mi pasaporte. Pero debían tenerla o quizá hubiera quedado ya satisfecha la curiosidad del aduanero por saber qué otros países había yo visitado antes de Lituania, el caso fue que, de repente, el "coronel" apareció tras el cristal de la puerta, la abrió y me devolvió el pasaporte mostrándome el bonito cuño que había estampado en él. Me saludó militarmente y se fue. El tren pitó con estrépito, dio una seca sacudida y empezó a deslizarse lentamente sobre los raíles. Miré a Serguéi. Me estaba sonriendo.
Antes de llegar a Vilnius, lugar de nuestra despedida, quiso que le contara mi plan de trabajo.
- Pasaré la noche aquí, en un hotel que ya tengo reservado, y mañana iré a Kaunas a visitar a un cliente. Por la tarde regresaré a Vilnius, iré al aeropuerto y partiré hacia Frankfurt.
- Te pondré un taxi para que te lleve al hotel esta noche y mañana a Kaunas. Es un amigo y puedes estar tranquilo. ¿Te parece bien pagarle veinticinco dólares por todo el servicio?
- Me parece cojonudo.
- Pues dalo por hecho. Dame el dinero, billetes americanos, claro, y yo se lo daré a él con instrucciones precisas.
Pensé que no me iba a engañar por tan poco dinero. Y, en caso de hacerlo, yo no perdería demasiado. Cuando el tren llegó a Vilnius, esta sí que era una estación importante, bajamos ambos del vagón después que Serguéi hubo cerrado de nuevo el compartimento. Buscó entre la gente y al punto apareció su amigo el taxista. Hicieron el trato, hablaron de sus cosas y nos despedimos con efusivos besos y abrazos como si fuéramos amigos de toda la vida.
El taxi me llevó al hotel sin darle yo ninguna indicación.
A la mañana siguiente fuimos a Kaunas por una carretera helada y por la tarde el taxista me devolvió al aeropuerto sin pedirme ni un céntimo por su trabajo. Evidentemente, Serguéi le había dado mi dinero.
A veces pienso en él con cariño y lo veo recostado en su asiento en actitud desinhibida, pero nunca me lo imagino actuando en el cabaret porque no me dio pistas para ello. No sé si era un actor bueno o malo, pero se portó conmigo como un caballero.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.
servido por vigarpita
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1 Agosto 2010
- Por si acaso, hermano, no me vuelvas a Cuba hasta, cuanto menos, dentro de un año. La policía anda loca buscándote. A mí llevan dos días interrogándome.
Era Pancho quien así me hablaba por teléfono cuando, tras regresar de La Habana y haber descansado el domingo entero, le llamé para agradecerle de nuevo sus atenciones y recordarle que me mandara aquella tarjetita con la explicación de cómo se hacía el mojito que -eso, al menos, era lo que decía la carta de tragos de La Bodeguita del Medio- tomaba Hemingway cuando pasaba por allí, o sea, todos los días a razón de varias tomas en cada visita. Sucedió que, en la butaca de recepción donde estuve sentado esperando a Pancho una hora y media antes que me llevara al aeropuerto, se sentó luego un italiano regordete que falleció allí mismo mientras mi avión calentaba motores. En la papelera de plástico que había en el rincón junto al sofá, alguien había colocado un contundente petardo que explotó al poco de haberme marchado y despanzurró la papelera con tan mala suerte que uno de sus trozos, cual cuchillo afilado, causó en el cuello del italiano una profunda herida que le cortó la yugular. Por más que lo intentaron nerviosos recepcionistas y atónitos turistas que acudieron desde la piscina con los bañadores chorreando agua, nadie pudo evitar que aquel hombre se desangrara como un cordero degollado. Debió suceder que aquel día no había en la piscina ningún médico -los hay a veces tomando el sol con alguna jinetera- que pudiera asistir al herido con los primeros auxilios. La policía, que llegó enseguida, tampoco debió encontrar forma de echar el alto a aquella muerte inoportuna que galopaba desbocada: ni brazos en alto ni pitidos de silbato ni órdenes intimidatorias sirvieron de nada. La muerte no hizo caso a la autoridad y segó sin remedio la vida de aquel hombre.
Las preguntas del jefe de los policías a los recepcionistas del hotel y a la cigarrera, que pasaba el día entero elaborando puros de encargo en un rincón del vestíbulo, pusieron en el punto de mira de todas las sospechas a un señor con poco pelo que estuvo sentado allí por espacio de una hora, o sea, a mí.
- ¿Y cuándo se marchó ese señor?- preguntó el policía.
- Vino a recogerle don Pancho sobre las once y media. Don Pancho Arapiles, ¿sabe quién digo?
- ¿Y quién más estuvo por aquí?
- A veces don Pancho venía con don Gumersindo Torquemada, ¿lo conoce usted? Es un señor importante de los ministerios.
- ¿Y el señor con poco pelo?
- Un español. Ha estado aquí cinco días. A veces desaparecía con ellos y a veces platicaba con alguna mulata, pero esta mañana liquidó la cuenta y se lo llevó don Pancho al aeropuerto. Parece que regresaba a España.
Según me explicaba Pancho por teléfono, la policía le interrogó para saber quién era yo y si me creía capaz de haber puesto la bomba.
- No habrás sido tú, supongo.
- No, hombre, no. Aunque nos conocemos poco, ten la completa seguridad de que no he hecho en Cuba nada que tú no sepas.
Era bien cierto que nos conocíamos poco. Una casualidad me puso en contacto con Pancho hacía sólo un año y, por mediación suya, con Gumersindo, un alto funcionario a quien le gustaba todo de Cuba, hasta su apellido, menos su coche.
Pancho era un "relaciones públicas" nato. Se decía más revolucionario que Fidel y tenía casa en Miramar, una confortable casa con terraza elevada a la entrada -un pequeño bosque de macetas-, donde recibía y charlaba con sus invitados a la vista de los transeuntes. Las paredes de su despacho estaban adornadas con grandes pósters en blanco y negro: uno de Fidel con el perfil envuelto en volutas de humo, uno del Che con su gorra de siempre, uno de Camilo Cienfuegos y Fidel entrando en La Habana sobre un carro de combate y otro de una joven miliciana de belleza turbadora cuyo envidiado fusil oprimía su seno izquierdo. Tanto fervor revolucionario no le impedía dedicarse con provecho a trabajos de intermediación y a ayudar a algún banco extranjero a hacer operaciones oficialmente imposibles.
Gumersindo, en cambio, era "el funcionario". Ingeniero de carrera, dirigía un negociado del Ministerio de Fomento, relacionado con temas de construcción y obra pública. Para los intereses de mi visita a Cuba, Gumersindo era quien tenía que decidir qué comprar y a quién. Por eso procuré no separarme de su lado mientras estuve en Cuba y fingir que escuchaba embelesado la doctrina oficial revolucionaria que destilaba de su boca. Aunque no era de palabra tan fácil como Pancho, se notaba que sus explicaciones eran sinceras y le salían de bien adentro. Fue él quien se empeñó en llevarme a la Punta del Morro para que viera lo hermosa que luce La Habana desde el Mirador; y quien me compró un Granma, el periódico del partido, para que me lo trajera a España; y quien me llevó a pasear por la Habana Vieja y me enseñó la catedral, las iglesias barrocas, los palacios columnados y la calle, la gente de la calle que pasea sin prisas, curiosea en mercadillos artesanales y se para a escuchar la música de un conjunto de músicos longevos que interpreta sones y boleros en cualquier plazuela y hasta se pone a bailarlos si el cuerpo se lo pide. Gumersindo me enseñó lo que más amaba de La Habana y más quería que yo amara: la plaza de la Revolución, donde millones de cubanos se han congregado en los últimos cuarenta años para escuchar bajo soles de justicia centenares de horas de discursos de Fidel bajo la atenta mirada del Che, que vigila recortado en la pared lateral de no sé qué ministerio; el Malecón, ese infinito paseo junto al mar donde los cubanos sueñan al atardecer en solitario o en buena compañía, se enamoran hoy y se desenamoran mañana, leen, filosofan y, si tienen necesidad de aliviarse, hacen aguas menores -cuidado, está prohibido- junto a uno de los viejos cañones españoles que allí quedaron.
Cuando Pancho me sugirió que invitara a cenar a Gumersindo en privado, como cierre formal de los acuerdos comerciales que habíamos concluido, lo hice con gusto y le di a elegir restaurante. Quedamos en que vendría a recogerme al hotel. Llegó puntual en su vieja berlina y venía acompañado de Hilario, que debía ser su adjunto, su secretario o su jefe, no llegué a averiguarlo porque casi no habló en toda la cena. Hilario pudo comer con más sosiego que Sindo -así de familiar quiso que le llamara durante la cena y él decidió llamarme Tito-, quien, además de comer todo lo que le sirvieron, no dejó en ningún momento de conversar. Hilario no conversó, sólo comió y dejó los platos limpios como patenas. El restaurante donde me llevaron estaba en la plaza de la Catedral y era uno de los que llaman restaurantes del Estado. Como funcionarios que eran, supuse que se encontrarían cómodos en él, pero me equivoqué. O no habían comido nunca allí o muy pocas veces. Estaban nerviosos y se movían con torpeza, lo cual no les impidió pedirse en voz muy baja aperitivos, primeros y segundos platos y postres variados. Para beber se conformaron con la cerveza nacional Bucanero, modalidad fuerte, eso sí. Sindo quería que yo probara de todo: arroz criollo, judías negras, bananas fritas, pero tenía muy poca gana y sólo me pedí unas colitas de langosta a la plancha. Para entrar en conversación, Sindo me pidió excusas por haber ido a recogerme en su coche tan destartalado.
- Es el que tengo, chico, y puedo darme por satisfecho porque en Cuba casi nadie tiene coche. Estos carros nos llegaron de Rusia, cuando todavía era una confederación de repúblicas soviéticas, y algunos funcionarios tuvimos acceso a ellos por si podíamos necesitarlos en función del cargo. El problema es que ya no se encuentran piezas de recambio y casi todos los arreglos acaban siendo chapuzas.
Aunque no se lo dije, no me había extrañado que su coche fuera tan viejo. Tener un coche u otro no es algo por lo que uno deba sentir orgullo o vergüenza. Lo que me extrañó de veras fue que lo tuviera tan sucio por dentro y por fuera, con una suciedad que, más que de aspirador, requería remedio de escoba.
Cuando de los aperitivos ya no quedaba ni la cortesía, llegaron los primeros y más cerveza y más pan, por favor. Y luego los segundos, que exigieron otra cerveza y otra cesta de pan. La conversación no era profunda, pero sí muy interesante porque transcurría por la casuística de la vida diaria: que cuánto valía el alquiler de una vivienda en España y lo que pagaba Sindo por la suya, un precio simbólico; que cuánto ganaba un obrero en España y su equivalente en Cuba; que cómo se vivía aquí y allá...
- La vivienda, la electricidad y el agua son necesidades primarias que cubre el Estado. Por eso no tenemos sueldos altos, porque no tenemos grandes necesidades.
- Lo que yo sé de la vida diaria en Cuba -le dije- lo he leído en novelas de cubanos. En La Habana para un infante difunto, Cabrera Infante describe la vida de su adolescencia en un bloque de viviendas con servicios, terrazas y salas de reunión comunes.
Comprendí que mi aporte de erudición no había sido muy oportuno cuando ambos a una me advirtieron que había que tener cuidado con lo que se leía, porque muchos escritores cubanos del exilio sólo escribían al dictado de impulsos antirrevolucionarios.
Tomar postre después de haber comido tanto era del todo innecesario, pero no se privaron de él ni del puro ni de la copa de ron. Se pidieron un ron añejo y se lo tomaron a secas, como yo tomaba mi coñac.
Pagué la factura con dos billetes de cien dólares y me devolvieron uno de diez y unas cuantas monedas sueltas, poco más que calderilla.
- Lo que has pagado por esta cena -me comentó Gumersindo en voz baja mientras íbamos caminando hasta su coche, serenos pero contentos,- es mi sueldo de dos meses.
Luego, ya en mi hotel, siguió hablando de revolución y economía, del sentido que tenía la paridad -para mí, irrisoria- del peso cubano con el dólar americano, de los buenos grupos de rumba y bolero que podría oír en algún palacete de El Vedado si me quedaba una semana más en La Habana, de lo arrepentido que estaría toda la vida si no iba una noche al Tropicana y me dejaba llevar por la alegría comunicativa de bailarinas y músicos. ¡Ah! Y que no me fuera sin comprar en algún mercadillo una gorra negra al estilo del Che y otra caqui al estilo de Fidel, y alguna caja de cigarros puros, muy apreciados en España, para obsequiar a los amigos. Y que aquellas muchachas tan apetitosas que revoloteaban en torno nuestro a la una de la madrugada eran la prueba de que la prostitución en Cuba estaba prohibida, pero era "tolerada en atención a los amables turistas que nos visitan".
Sin esta cena amistosa, Gumersindo nunca hubiera llegado a ser Sindo para mí, porque en los días previos apenas si había hecho concesiones a la camaradería.
Caminando un día por Miramar en dirección al banco, Gumersindo me preguntó:
- ¿Sabes quién es Alberto Juantorena?
- Ya lo creo -le contesté orgulloso-. Un atleta de zancada prodigiosa que dominaba los ochocientos lisos cuando yo era joven.
- Pues ese atleta cubano que ganó en Montreal el oro en cuatrocientos y ochocientos es ahora el presidente del Instituto nacional del deporte y tiene el despacho aquí arriba. Te lo voy a presentar.
Subimos los tres por una escalera ancha y luminosa -no sé si no había ascensor o si estaba estropeado- y entramos en una sala grande con unas pocas mesas y ningún detalle decorativo. Juantorena estaba allí -el perfil de su cabeza es inolvidable- y saludó con alegría a Gumersindo y Pancho como si fueran amigos que se ven a diario, que a lo mejor lo eran. Me presentaron y le dije lo que se me ocurrió en aquel momento, que le había visto muchas veces por televisión y recordaba su larga zancada progresando desde atrás para acabar siempre el primero. Me contestó en político ponderando lo mucho que hacía el gobierno cubano en atención al deporte y cómo en cualquier disciplina había un atleta cubano en los primeros lugares del mundo: Sotomayor en altura, Pedroso en longitud... Tuve suerte que no me hizo seguir la lista porque no hubiera sabido ampliarla.
Casualmente, volvimos a encontrarnos con él al día siguiente en un lugar distinto de su despacho y comentó sonriente:
- Siempre les veo a ustedes juntos. No serán el Trío Matamoros, ¿verdad?
Dije que Pancho vivía en Miramar en una casa muy confortable, que encendía la envidia de Gumersindo, pero no dije aún que su mujer era más joven que sus dos hijos mayores y que también excitaba la envidia de Gumersindo porque parecía ser como una golosina. Y es que Pancho era un triunfador en todos los terrenos que pisaba. Más cubano que nadie a la hora de justificar la revolución y tolerar sus incomodidades, era también un taimado transgresor que, contra ley y costumbre, ejercía múltiples actividades de lucro personal aprovechándose de su perfecto conocimiento de la burocracia y de su amistad con algunos jerifaltes de la política. Si es cierto que nunca rehuyó acompañarme a donde necesité ir, también lo es que nunca fue puntual en la hora de recogida. En el hotel me hizo esperar cada día cuanto quiso. En su casa pasé una tarde al cuidado de su hijo pequeño de año y medio y hube de cambiarle los pañales dos veces porque él, que había salido "sólo un instante" a casa de un amigo, estuvo ausente tres horas; y la sirvienta que le dejó el niño a él tampoco volvía; y su mujer, que le dejó el niño a la sirvienta, también tenía poderosas razones para demorarse.
Caminando un día por El Vedado, pasamos delante de una bella casa colonial. Pancho quiso que entráramos a tomar algo, o sea, pensó que seguramente encontraría allí a alguien con quien tenía que hablar. Entramos y, en un amplio patio trasero cubierto de enredaderas y recién regado, tomamos asiento y nos pedimos un mojito. Era una terraza acogedora y fresca en donde hubiéramos estado casi a solas si en un extremo del patio un grupito de gente joven no hubiera andado en preparativos de un desfile de modelos. Pancho entabló conversación con alguien y desapareció enseguida. Yo me arrellané en el sillón y me dispuse a tomarme los dos mojitos presenciando el ensayo de aquel desfile. Las modelos eran, sin lugar a dudas, locales y el color de su piel fluctuaba entre la almendra y la avellana. Ni una sola de ellas tenía aspecto de anoréxica. Sus pechos tendían a la admiración como aguijones de alacrán y sus culitos -decir nalgas sería carecer del más mínimo rigor descriptivo- eran respingones y salientes. Y, a pesar de todo, el director de ceremonias, moreno como ellas y también cubano, estaba descontento con todo lo que hacían y no cesaba de abroncarlas. Ni siendo un paladín de la perfección, que no lo era, se puede mostrar tamaño encono y permanecer insensible a tanta belleza. Seguramente era homosexual, y así quedó confirmado por la manera como se besó con un chico que llegó de la calle. Al beso siguió la conversación y la orden de alto para el descanso de las modelos. Algunas se acercaron a mi mesa -no había otras ocupadas- y dieron por hecho que las invitaba a un mojito.
- Con mucho gusto. Tomaos uno, mi amigo pagará.
- ¿Quién es su amigo? -preguntaron.
- Pancho. Entró conmigo y anda por ahí dentro hablando con alguien.
Todas conocían a Pancho y se hartaron de abrazarle cuando al fin apareció y quedó atónito al ver que tenía que pagar tantos mojitos sin poder tomarse siquiera el que había pedido para sí. También conocía al director del desfile y coincidía con las modelos en llamarle de manera despectiva mariconazo.
Ya en la calle siguió explicándome que un desfile de modelos no era lo más normal que podía verse en La Habana, pero que empezaban a permitirse actividades de ese tipo como parte de la política cultural.
- ¿Sabes? Las tres puntas de lanza de la política revolucionaria son la cultura, la sanidad y la enseñanza. Y en cultura lo más importante es el cine. En la capital hay más de cincuenta salas de cine, siempre llenas de un público locamente cinéfilo. Claro, que las entradas valen lo que una bolsita de papas.
Precisamente, estábamos pasando por la puerta de un cine y su larga cola corroboraba las palabras de Pancho.
- ¿Seguro que no es la cola del autobús? -le pregunté bromeando.
- No. Las dos colas están perfectamente separadas. El único punto que tienen en común es aquel vendedor de nubes de azúcar con sabor a fresa que las abastece.
Dos grandes y estrambóticos coches, un Buick de color rosa y un Cadillac verde claro, viejos los dos pero de cromados relucientes, se pararon en la puerta y descargaron a unos tipos de aspecto normal que entraron en la sala saludando a los colistas. Pancho me explicó que eran actores conocidos y que seguramente iban a asistir al estreno de la película. Me extrañó que no vinieran a saludarle como habían hecho hasta entonces todos los famosos con quienes nos habíamos encontrado.
- El cine cubano es muy bueno -peroraba Pancho-. Popular, sí, pero muy bueno; para que el espectador aprenda y mejore. Por eso el cubano habla tanto, pero no de banalidades, sino de los temas que dan sentido a la vida.
- En eso os parecéis a los griegos, que tienen a gala ser los descendientes de Aristóteles y Platón, y hablan de filosofía hasta cuando comen.
Como sabía que Gumersindo me iba a llevar, al final de mi estancia en Cuba, a un restaurante del Estado, Pancho quiso mostrarme cómo era la restauración privada y me llevó a comer a un paladar. La entrada del edificio precisaba con urgencia de una buena mano de pintura. El primer piso era una gran sala rodeada de columnas que, a falta de tabiques que hicieran habitable el espacio, servían para sujetar unos hilos de los que pendía abundante ropa tendida, bragas y calzoncillos, sobre todo, y algunas otras prendas livianas en no muy buen estado de conservación. Y en el segundo piso estaba el paladar.
- Un paladar -me explicaba Pancho- es un restaurante privado que el Estado autoriza si se cumplen requisitos muy estrictos. En su explotación sólo pueden trabajar los miembros de una familia y, según cuántos sean, el Estado les permite servir más o menos comidas y cenas diarias. Los precios y la calidad de los menús están severamente controlados. Todo ello con objeto de que quien lo explota pueda ganarse la vida, pero no enriquecerse.
La dueña tardó bastante tiempo en salir a recibirnos y, cuando lo hizo, abrazó con cariño a Pancho e hizo con él un largo aparte de cuchicheos. Pronto se pusieron de acuerdo y, en vez de hacernos pasar a una de las salitas, nos acompañó a la cocina y nos sentamos en una mesita que había en un rincón.
- Veo que te trata como si fueras de la familia -le dije para quitar importancia a aquel contratiempo.
- No es eso. Es que sólo está autorizada a servir veinticinco menús y ya tiene a todos los comensales sentados. Pero nos dará de comer en este rincón de la cocina y, si nos sorprende la inspección, dirá que somos miembros de su familia y que nos invita.
- Tu amiga es muy ingenua. ¿Cree que los de la inspección no te conocen?
Comimos muy bien y fuimos tratados como si fuéramos de familia querida. La cherna a lo caimanero que nos sirvió requería ser degustada con mucha pausa porque estaba perfecta de sabor y cocción, y ello, más el discontinuo parloteo con la dueña que entraba sin parar en la cocina a recoger los platos que servir, prolongó la sobremesa hasta que el paladar quedó vacío. Accedimos entonces a una habitación más confortable y el daikiri que nos sirvió dio alas a la conversación, intemporal y sin escenario, entre una madre cuya hija ha quedado prendada de un canadiense que la corteja pero que no parece de fiar, y su amigo que le aconseja usar de mucho tacto para no herir la sensibilidad de la niña que, aunque ya está muy buena, es una cría todavía.
El último día, Pancho me tuvo esperándole en el hotel desde las diez, hora que con optimismo me anunció, hasta las once y media, cuando finalmente apareció con su ranchera para llevarme al aeropuerto. Por suerte, esa última vez no se demoró más de hora y media. Un retraso mayor, fuera por la conversación con un amigo que se hubiera cruzado en su camino o con una amiga que por fin lo hubiera encontrado después de buscarle largo tiempo, habría complicado mi regreso a España o quizá lo hubiera cancelado para siempre, a saber si la explosión me hubiera pillado allí sentado o desaguando en los vecinos urinarios.
La despedida en el aeropuerto -de La Habana en boca mía, de José Martí para Pancho- fue breve, pues casi nada quedaba por decir después de haber pasado cinco días de mutua compañía. En la puerta del control de pasaportes, un italiano casi imberbe y con ostensible cojera apuraba los últimos besos con una nativa que lloraba desconsoladamente. En la escalera de acceso a pistas, un empleado de la compañía me apartó de la fila y me preguntó si viajaba solo y sin equipaje de mano. Le dije que sí y en el resguardo de mi tarjeta de embarque cambió con un boli el número del asiento. Iba a viajar a Madrid en clase preferente.
- Muchas gracias -le dije sin disimular mi contento-. ¿Se puede saber por qué?
- Se ha cancelado un asiento a última hora y responde usted al perfil de la persona que buscamos: solo, sin bultos de mano y con apariencia tranquila.
- ¿Cómo sabe que no voy a molestar a mis nuevos compañeros, los pasajeros que han pagado un billete de primera clase?
- Porque usted viaja con corbata.
Me sorprendió su respuesta, pero la acepté como razonable porque me convenía. Fue la corbata la que me salvó la vida. Cuando la parca sacó de su bolsillo el puro que acababa de robar a la cigarrera, viéndome encorbatado, apartó la mecha del petardo con la larga uña de su dedo meñique, hizo un guiño malicioso a la eternidad, encendió la cerilla, aspiró con fruición, saboreó el humo con avaricia y expulsó lentamente una profunda bocanada.
Al teléfono, Pancho estalló en una larga carcajada que aún resuena en mis oídos.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.
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18 Julio 2010
Las dos eran morenas y guapas, prototipos de esa belleza andalusí que a veces florece con lujuriante exuberancia a una y otra orillas del Estrecho, pero Nadia iba vestida a la europea, mientras que Zamira lucía emperifollada de los pies a la cabeza, portando un velo lleno de perendengues y firuletes y un atuendo folclórico que se había puesto, según me dijo luego, para impresionar a mis hijas. Nadia y Zamira eran las encargadas de la tienda que mi amigo Chafik tenía en Tánger.
- ¿Y el jefe? ¿Ni siquiera tiene tiempo para venir al aeropuerto a recibir a sus invitados? -les pregunté, mientras colmaban de besos y abrazos a mi mujer y a mi hija.
- ¿Y Bárbara, no ha venido con ustedes? El señor Chafik nos dijo que llegaba la familia al completo.
- Esa información se la ha debido inventar, porque yo no se la he dado. Bárbara no ha venido porque no queremos que sufra el calor agobiante que, sin duda, vamos a padecer esta semana. Pero, ¿dónde está el señor Chafik?
- Nos ha pedido que le presentemos sus excusas. Ocupaciones imprevistas le retienen en Casablanca -aclaró Zamira que no dejaba de abrazar a Lara y hacerle cosquillas en el cuello con los perifollos.
- Entonces, vamos al hotel. ¿Habéis hecho alguna reserva? -les pregunté, temeroso de que hubieran decidido sin consultarme.
- Sí, claro. Le hemos reservado dos habitaciones en el Minzah. ¿Le gusta?
- ¿Y a quién no? -contesté con un incipiente mosqueo-. Pero vamos a ver si cambiamos los planes, que no necesitamos tanto lujo. Llévanos al hotel de la playa en donde me alojé en mi última visita y cogeré una habitación con tres camas. Tenemos más que suficiente.
- Pues va a ser que no. El señor Chafik ha dejado instrucciones muy concretas y habremos de cumplirlas a rajatabla -dijo Nadia con autoridad y sonrisa-. Así es que voy al parking y paso a recogerlos en cinco minutos.
Así lo hizo. Llegó con la Chrysler de la empresa y quince minutos después estaba aparcando en doble fila en la callejuela empinada del Minzah. Entramos en el palacete mientras unos porteadores se hacían cargo de nuestras dos maletas, tres bolsas de mano, una cámara fotográfica, un bastón y tres sombreros de paja. Zamira se ocupó de rellenar los papeles en recepción y controlar el estado de las habitaciones. Nosotros, con Nadia, pasamos al umbrío patio andaluz a tomar un refresco y enterarnos de las instrucciones que había dado el jefe. Sonó el móvil de Nadia y me lo pasó enseguida. Era Chafik. Estaba en Casablanca y no se podía ausentar en los próximos días, pero nos había organizado un viaje que esperaba que nos gustara. Sí, las cuentas de los hoteles iban todas a su cargo. Yo sólo tenía que pagar las comidas que hiciéramos fuera, las tarifas de los guías y los regalos que compráramos en los zocos. Y que le llamara todos los días, que quería saber si a mi mujer y a mi hija les gustaba Marruecos.
- ¿Con vosotras también es tan autoritario? -pregunté.
- Más aún -respondió Zamira que acababa de bajar de las habitaciones y me indicaba con el pulgar enhiesto que todo estaba en orden-. Por favor, no anule las reservas de hotel que le hemos hecho porque el señor Chafik nos echaría la culpa a nosotras, ¿prometido?
- Tranquilas, que no os pondré en apuros. Ya sabía yo que tanto interés para que viniera de vacaciones con mi familia era una invitación sin reservas. En Marruecos sabéis practicar la hospitalidad con mucha elegancia.
- Pues disfrútela. Y no se preocupe por los gastos, que su amigo es muy rico.
Llamaron a la oficina y el chico de los recados les leyó un fax con aparente dificultad. Íbamos a estar una noche en Tánger. Al día siguiente, me traerían un coche de alquiler y con él iríamos a Fez para pasar allí dos días. Un viaje de más de trescientos kilómetros, por carreteras cruzadas a menudo por rebaños y transitadas por burros, caminantes solitarios y algún coche destartalado, requiere calma, prudencia y no ir con prisas. Este, al menos, era uno de los consejos que me daba Chafik en su fax, que un recepcionista acababa de poner sobre nuestra mesa.
Apuramos los refrescos y nos despedimos de las chicas.
- Gracias por vuestra acogida. Ahora id a la tienda, que no están los tiempos para perder ventas. Hasta la semana que viene.
Mi hija se hubiera ido con ellas, de simpáticas que eran, pero comprendió que tenían que hacer su trabajo, ya que no estaban de vacaciones como nosotros.
Camino de la habitación nos cruzamos en el pasillo con una pareja, ella vestida con chador y velo, y él con un rico caftán que le cubría por completo, a pesar del calor que hacía en el exterior. Ante esta visión y la de todos los empleados del hotel, que iban uniformados con indumentaria folclórica, mi hija decidió que dormiría en nuestra habitación. Elegimos la del cestillo de frutas y anulamos la segunda.
Un hotel como el Minzah en una ciudad como Tánger invita al viajero a disfrutarlo más que a salir a la calle. El noble inglés que se mandó construir el palacete como residencia privada, allá por los años veinte o treinta, debía ser un príncipe de la exquisitez y andar con la cartera holgada. Pero le debió fallar lo uno o lo otro porque pronto lo puso en venta y una sociedad hostelera lo reformó para el disfrute de quienes en él se alojan. Las habitaciones son exclusivas; el servicio, festivo; los restaurantes, caros; y el patio de los naranjos, envolvente y acogedor.
La calle es distinta: sucia y ruidosa en general, pero, en algún lugar concreto, bella como una fachada de estilo colonial, o sibarita como la terraza del bar donde tomamos un té verde con hierbabuena y un briuat de almendra molida, canela y huevo, bañado en miel aclarada en agua de azahar.
- ¿Qué es aquello? -pregunté a mi vecino de mesa, que vestía una chilaba blanca con gemelos en los puños, señalando al otro lado del Estrecho.
- Es Gibraltar, en Europa. Aquí es Tánger, en África -respondió en voz baja como si nos estuviera desvelando un secreto. Lo dijo en francés, como la breve conversación que mantuvimos con él.
- ¿Te gusta África? -preguntó a mi hija.
- No tengo la sensación de estar en África. Menos usted, casi todo el mundo viste con pantalón y camisa. Y se oye hablar en francés y español tanto como en árabe.
- Pero huele a África. Aspira -le dijo, aspirando él mismo mientras se tocaba la nariz con el índice. Un extraño y agradable olor de ajonjolí, proveniente de una vecina pastelería, acarició nuestra pituitaria.
De vuelta al hotel, elegimos cenar con música porque teníamos más curiosidad que hambre. Fue un acierto. En el más castizo de los tres restaurantes del Minzah, éramos unos pocos comensales. La disposición de las mesas convergía hacia un centro entarimado que pronto ocuparon los músicos de un conjunto bereber. Tocaban bien, con esa sorprendente maestría que se logra con la práctica diaria más que con los años de conservatorio. O, al menos, eso es lo que uno se imagina, quizá porque no suele ser frecuente ver a músicos profesionales con faltas en la dentadura y, en cambio, tres de ellos estaban ostensiblemente mellados. Pero tocaban bien y llevaban en volandas a las bailarinas de la danza del vientre que, una tras otra, nos electrizaron con sus temblores. Cuando salió la primera, mi hija me llamó la atención sobre sus prominentes michelines. Tuve que explicarle en voz baja y con disimulo que la danza del vientre es más sensual si la bailarina está entradita en carnes. Que ninguna se tomara a mal nuestros cuchicheos nos quedó probado porque todas se acercaron a recibir con regocijo la propina que tímidamente enganché en la goma de sus sostenes. Claro, que la fiesta no estaba en nuestra mesa sino en la del rincón, hacia la que iban a exhibirse las artistas, sin duda porque el saudí que la ocupaba las requería sin cesar y les dejaba suculentas propinas en todos los pliegues de su anatomía.
La sobremesa duró lo que el espectáculo y Lara observó que sólo en nuestra mesa no se consumía alcohol, pese a que ni la religión ni la cartera -los gastos no corrían de nuestra cuenta- ni el estómago nos lo impedían, mientras que en otras mesas abundaban las bebidas espiritosas, cuyo consumo estaba prohibido por su religión y desaconsejado por su estómago. Algunos rictus de dolor, evidentes en sus caras, se alternaban con muchas conductas estúpidas, impropias de gente con educación en colegios de pago.
Dormimos bien y desayunamos mejor. Por si no fuera suficiente la variedad de ofertas que había en el bufet, un simpático cocinero nos sugería otras tantas que estaba dispuesto a prepararnos con sólo pedirlo. No le dimos mucha opción para el lucimiento, pero aún recuerdo aquella tortilla con queso rallado como un pequeño monumento culinario a la perfección.
Alguien preguntó por mí en recepción y me dio las llaves del R-25 que Chafik había alquilado para nosotros. Releí el fax con las instrucciones del viaje y enfilé la calle de Fez hacia el aeropuerto, Larache y Suk el Arba. Cuando puse el aire acondicionado, me percaté de que no funcionaba. No me sirvió de consuelo pensar que el alquiler me resultaba gratis, porque el calor del sol era ya insoportable cuando en una bifurcación abandoné la carretera nacional que discurre por la costa hacia Rabat y Casablanca y me dirigí hacia el interior, camino de Meknés y Fez. Las detalladas instrucciones del fax no habían previsto ningún tipo de avería y, por tanto, no teníamos otro medio de aliviar el calor que viajar con las ventanillas bajadas, con lo desagradable que resulta ese tipo de viajar tan rumoroso. Sí que habían previsto, en cambio, la escasez de restaurantes en la carretera, por lo que en el Minzah habíamos cargado con el suficiente acopio de sándwiches y agua que nos permitiera llegar a Fez sin necesidad de repostar. Me resultó simpático que mi amigo, previendo que no íbamos a encontrar lugar adecuado para comer y beber, diera por hecho que tampoco encontraríamos unos servicios en condiciones. Su sugerencia era lógica: el inmenso campo marroquí, escaso en agua y abonos orgánicos, recibiría con provecho nuestro pequeño óbolo. Así, al amparo de la escasa circulación, unos árboles junto a la carretera nos acogieron para aliviarnos en tres o cuatro ocasiones. En uno de esos "oasis", un gracioso y ocurrente turista francés había clavado en un árbol un letrero que decía: Toilettes.
Antes de llegar a Meknés, el croquis de mi amigo sugería desviarnos para visitar las ruinas romanas de Volubilis y saludar allí a su amigo Karim, que estaba construyendo un hotel con materiales suministrados por nosotros.
- ¿Entramos a ver las ruinas o seguimos camino? -pregunté a mi mujer que, desde hacía rato, iba dando señales de cansancio.
- Sigamos -contestó-. Al señor Karim no es seguro que lo encontremos ni sabemos siquiera para qué. Hoteles en construcción he visto muchos, y ruinas romanas, algunas. El Arco de Cabanes nos cae más cerca y no entramos a verlo cada vez que pasamos por allí. Sin hablar del Teatro de Sagunto, que aún no he ido a verlo.
Llegamos a Fez a la hora prevista y, apenas entrar en la ciudad nueva, divisamos nuestro hotel. Era como tantos otros de la cadena francesa a la que pertenecía, pero estaba decorado con motivos marroquíes que le conferían un encanto especial.
Antes de cenar llamé a Chafik y le di cuenta del penoso viaje que acabábamos de hacer por culpa del calor. Como suponía, montó en cólera. Durante la cena hicimos planes para el día siguiente, pero nos sirvieron de bien poco.
El taxista casi nos sacó de la cama. Ni lo habíamos llamado ni teníamos previsto contratar a uno hasta las diez, pero a las nueve ya nos estaba dando prisas y se adivinaba que obedecía órdenes. Nos llevó a la medina y con él visitamos una medersa, que es como el seminario donde estudian los "curas" musulmanes, y la mezquita Carauyín, una de las mayores del mundo, capaz para albergar el doble de fieles que la basílica de San Pedro en año de jubileo, pero tan sólo la quinta parte que un gran estadio de fútbol en la ceremonia "religiosa" de una tarde cualquiera de domingo. En ella han estudiado y rezado miles de alumnos desde el siglo XII y fue tan famosa en la Edad Media como las universidades de Bolonia, Oxford y La Sorbona. Pero lo que más nos gustó de la medina fue su zoco, un laberinto de callejuelas donde se alternan las puertas de las casas con todo tipo de tiendas. Unas calles tienen el suelo de barro pisado, surcado por hilillos de agua dudosa, y el cielo cubierto por esteras o cañizos; otras, siempre muy estrechas, tienen el cielo raso y el suelo empedrado. En ellas se pasea, se vive, se negocia, se conversa, se riñe. Decenas de niños, muchos de ellos descalzos, nos abordaban saludándonos en castellano y pidiéndonos conversación, cariño o alguna moneda con la palma de la mano extendida hacia nosotros.
- En cuanto volvamos a casa -sentenció Lara- guardaré en una caja todos los llaveros, bolígrafos y mecheros de propaganda que encuentre y la próxima vez que venga repartiré jirones de felicidad entre todos estos niños.
- A fe que estáis harto literaria, mozuela. ¿No has desayunado bien?
- No te rías, papá. Es que me da mucha pena ver a tantos niños pidiendo limosna. Ellos no tienen la culpa de haber nacido aquí.
- Tranquila. No parecen desgraciados. Yo creería más bien que son felices, a juzgar por sus caras y la pasión que ponen en sus juegos.
La visita al zoco nos dejó con ganas de volver y regresamos al hotel planeando una nueva visita. Como estábamos cansados, dimos la tarde libre a nuestro guía y nos regalamos una siesta reparadora. Tras el descanso, nos pusimos a buscar una cena agradable con la ayuda de unos folletos turísticos que había en recepción. A las afueras del barrio histórico había un restaurante junto a la muralla que ofrecía justamente lo que buscábamos: comida tradicional fasí y música en la sobremesa. Era el más recomendado y no dudamos en elegirlo. Mientras nos arreglábamos, sonó el teléfono de la habitación. Era el señor Karim. Nos invitaba a cenar y pasaría a recogernos en media hora.
- Me había extrañado que el taxista se marchara tan tranquilo sabiendo que necesitaríamos otro taxi para salir a cenar -comenté a mi mujer.
Llegaron en Mercedes. Eran una pareja de mediana edad, no llegaban a los cincuenta, y vestían como cualquier matrimonio elegante de Castellón. No era constructor, como yo me había imaginado, sino restaurador. Tres de los mejores restaurantes de Fez y Rabat eran suyos, y le estaban haciendo un hotel en Volubilis, pero hicimos bien en no entrar a verle porque no lo hubiéramos encontrado. Sólo iba una vez por semana para dar solución a los problemas que la constructora le planteaba a diario. Entramos en la medina por unas calles que no recordaba haber transitado por la mañana. Paró su coche donde le convino y, sin sacar la llave del contacto, lo dejó en manos de un empleado que se hizo cargo de aparcarlo correctamente. Sobre el dintel de una puerta de la estrecha calle leímos el nombre de su restaurante. Era el segundo de nuestra lista, y no lo habíamos elegido porque nos pareció que sería difícil encontrarlo. Tras la puerta, recorrimos un largo pasillo y subimos una escalera que nos llevó al restaurante, una gran sala redonda, con bóveda transparente, rodeada de arcos encortinados que separaban del centro otros tantos saloncitos privados.
- Este es nuestro restaurante -dijo Karim-. Supongo que no esperabais hallar aquí dentro un salón de estas dimensiones, pero habéis de saber que la medina está llena de mansiones y palacios ocultos a la curiosidad del paseante. Si paseáis por las calles del Albaicín, en Granada, tampoco adivináis la grandiosidad y belleza de los cármenes que se esconden tras cualquier puertecilla sin relieve. En España tenéis casas bonitas por fuera y por dentro. Aquí no es posible. Los antiguos habitantes de la medina pensaban más en vivir bien que en aparentar.
Nos habíamos sentado en la mesa del centro y, desde que entramos, todo indicaba que Karim era el dueño. Él no se decía dueño sino gestor del restaurante y, aún charlando con sus invitados, no cesaba de dar órdenes mudas a los camareros. Debió encargar el menú degustación y era tan variado y abundante que no llegamos a probar ni la mitad de las fuentes que sacaron. Recuerdo una harira con lentejas en la que, además del tomate triturado que le daba el color, reconocí pequeños dados de carne de cordero, abundante zumo de limón, cilantro, perejil y mucha pimienta.
- La harira se ha de servir caliente y muy especiada -explicaba Zaída a mi mujer con la que hablaba sin cesar-. Así se combate el calor más eficazmente que con vuestros gazpachos fríos. Y ha de servirse untuosa. Si espesa, es mejor no servirla.
También recuerdo varias bandejas de briuats, salados al principio, dulces a los postres, doblados en triángulo, en rectángulo, o presentados en bolsita, como los monederos de las películas de época.
- El secreto del briuat es el punto de fritura que lo deje crujiente sin llegar a endurecerlo -seguía explicando Zaída-. Con una fina hoja de bastela envuelves un poco de kefta, cualquier carne picada, o unos sesos y ya tienes el briuat listo para freír.
- ¿Cómo conociste a nuestro amigo común? -me preguntó Karim.
- Vine a visitarle para venderle azulejos. Sabía, por la aduana, que era un gran importador y con paciencia y honradez me fui ganando su confianza para ofrecerle los materiales que necesitaba. De la buena relación comercial nació el afecto que nos profesamos. Y tú, ¿cómo lo conociste?
- Somos miembros de la junta del club de Rotarios de Marruecos y nos vemos con mucha frecuencia. Nuestras familias también se han hecho amigas. ¿Te gusta Fez, Lara?
Mi hija dudó un segundo y respondió:
- Sí, pero esta mañana me ha dado mucha pena ver a tantos niños caminando descalzos en el zoco y pidiendo limosna.
- No te debes apenar, mujer, porque muchos de esos niños que has visto son muy felices. Yo también soy un niño del zoco y, de pequeño, jugaba en esas mismas callejuelas. Hasta los doce años no tuve zapatos, pero recuerdo mi infancia como una época muy feliz. Iba a la escuela, jugaba, nunca me faltó de comer, tenía el cariño de mis padres. Has de pensar que los niños están ahora de vacaciones y no pueden pasar todo el día encerrados en casa. Y no piden limosna sino lo que quieras darles para tener un recuerdo, como un trofeo del turista que pasó: un bolígrafo, un llavero... Seguro que más de cuatro se han quedado enamorados de ti.
La conversación de las señoras -mi mujer llevaba rato tomando notas en su agenda- era totalmente culinaria: cómo se hacía el cuscús que acababan de sacar a la mesa y se lograba que sus granitos estuvieran sueltos; que la tajine no era el nombre de una receta sino la bandeja en que se presentaba con su tapadera en forma de cono, alguna tan bonita como la de barro esmaltado que había en nuestra mesa con un guiso de cordero con cebollitas, almendras, aceitunas verdes y cortezas de limón confitadas.
Al final de la cena, nuestra anfitriona regaló unas pulseras de plata, típicas de los bereberes del desierto, a mi mujer y mi hija, y nos invitó a ocupar uno de los saloncitos privados, desde el que presenciamos el espectáculo musical, cómodamente recostados en dos amplios sofás que nos podían dar la privacidad de una alcoba con sólo correr las cortinas. La sobremesa fue larga, pero hubo en ella tantos tramos de conversación cortés que nos distrajimos del espectáculo central y acabamos cansados. Nos devolvieron al hotel y nos despedimos con cariño y gratitud..
La mañana del día siguiente la pasamos en el barrio antiguo de la ciudad visitando palacios y mezquitas, unas veces, y zambulléndonos, otras, en algunas de las infinitas tiendas de la kisaria practicando el antiguo arte del regateo. Las lecciones que nos daba nuestro taxista eran tan fáciles de entender como difíciles de practicar: pregunta al vendedor cuánto vale lo que quieres comprar; piensa cuánto pagarías por ello si fuera un chollo y ofrécele la mitad de lo pensado. No te ablandes y no subas tu oferta. Al fin conseguirás lo que quieres. O sea, un imposible ejercicio de psicología que acababa siempre adquiriendo objetos inútiles a un precio excesivo. Allí fue donde compramos el bongo de dos timbales, hecho con madera de ébano y piel de estómago de camella, que nunca ha tenido sitio en el armario; o los killims bereberes que nos parecieron ideales para decorar cualquier suelo pero que nunca han decorado ninguno; o los vasos para tomar el té, pintados con pan de oro, que regalamos a la asistenta; o las cajitas de henna, para hacerse tatuajes delebles en manos y tobillos, que nunca se han utilizado.
Por la tarde, el guía se empeñó en llevarnos a la montaña para sacarnos del calor de la ciudad. Por una carretera ondulante que ascendía hacia el Atlas, pronto alcanzamos los mil metros de altitud y llegamos a Ifrane, un pueblo-balneario muy frecuentado por turistas franceses que están como en casa cuando visitan las antiguas colonias. El hotel que elegimos para cenar no necesitaba aire acondicionado. Caía la noche y empezaba a sentirse el fresco. Nos refugiamos en el interior y cenamos a la europea rodeados de franceses de la tercera edad. El camarero nos explicó, sin que nadie se lo hubiera pedido, que días antes había servido la cena, allí mismo, al presidente español y su señora. Me extrañó, porque sabía que pasaba sus vacaciones en Doñana, pero, al regresar a España, ojeé la prensa atrasada y vi que el camarero no había mentido. Espero que pusiera mayor celo en el servicio del presidente que en el nuestro, porque a nosotros nos tuvo abandonados. Lógicamente, no hubo propina, aunque salió a despedirnos reclamándola tácitamente hasta el último momento.
Cuando a la mañana siguiente, temprano, abandonamos Fez, la nostalgia ya había hecho mella en el corazón de mi mujer y de mi hija. Sintieron decir adiós a una ciudad tan bonita y a un hotel tan acogedor, sin saber si algún día estarían de regreso. Hasta el adiós al taxista fue doloroso, pero no era hora de sentimentalismos sino de rehacer el camino hasta Meknés y enfilar desde allí la carretera hacia Rabat y, luego, la autopista hasta Casablanca. El viaje, de más de trescientos kilómetros, nos iba a ocupar gran parte del día y lo hicimos aprovechando la experiencia pasada en cuanto a comidas, bebidas y paradas de ocio, recreo y alivio. Nada extraño sucedió durante el mismo a excepción de la "emboscada alauita", que así la calificó Chafik cuando le expliqué mi peripecia. A pocos kilómetros de Rabat, un polizonte nos echó el alto. No fue en carretera abierta sino ante la puerta de entrada de una enorme finca cuyo muro protector lindaba con la carretera en, al menos, dos kilómetros. Además de los soldados que hacían guardia en la puerta y en las garitas, había allí un grupito de militares ociosos, uno de los cuales se adelantó hacia mi coche parado y, tras acomodarse el quepis, me pidió la documentación.
- He de ponerle una multa por exceso de velocidad -dijo, en actitud indiferente.
- No he visto ninguna señal de limitación. Además, iba a sesenta por hora cuando usted me ha dado el alto. Ya ha visto que he frenado con suavidad.
- ¿No sabe que está circulando frente a un palacio del monarca alauita? -preguntó como si de un profesor se tratara.
- No lo sabía. Pero no hay señal alguna de limitación y, por tanto, no he cometido ninguna infracción punible.
- Tranquilo -intentó calmarme en tono amistoso-. Usted no conoce las leyes del país, pero ha cometido una falta muy grave que merece sanción. Yo se lo puedo arreglar, a menos que prefiera seguir viajando sin pasaporte.
- Necesito mi pasaporte. ¿Quiere hacer el favor de devolvérmelo? -tercié contrariado y bastante cabreado.
- Son cien dólares. Déme el billete y le devuelvo su pasaporte.
- ¿Me dará un recibo de la multa? -pregunté con ironía.
- ¿Está usted loco? -respondió sonriendo-. Venga, dése prisa y desaparezca de aquí enseguida, no sea que salga alguno de mis jefes y le ponga otra multa.
Cien dólares me costó recuperar mi pasaporte y ésta fue la respuesta de Chafik al explicarle mi contratiempo desde el teléfono de una gasolinera:
- Has caído en una emboscada alauita porque, aunque no la practique la casa real, la motiva y la tolera. Si el rey pagara mejor a los funcionarios, no tendría que consentirles las extorsiones que continuamente hacen al pueblo y, sobre todo, a los incautos turistas que nos visitan. Pero puedes darte por satisfecho. Cien dólares te son mucho menos necesarios que el pasaporte.
- Pero duele que te los roben -le contesté-. Siempre podré decir que la policía de tu país me ha robado.
- Y eso que el rey no estaba en palacio. Pero olvídalo ya y oye bien lo que voy a decirte. Estoy liadísimo de faena y mi mujer está ingresada. Nada grave. Ha ido al hospital a hacerse una revisión y ha quedado ingresada hasta mañana en espera del resultado de un análisis. El caso es que no puedo recibirte como quisiera. Será cuando vuelvas de Marrakech. Estás en Rabat, ¿no? Pues coge la autopista y ven al almacén de Berrechid. Pasaréis la noche en un hotel que ya conoces y mañana seguiréis viaje. Hasta ahora.
Sabía que era un hombre muy ocupado, pero también muy atento y detallista. Por eso me extrañó que no viniera a recibirnos en Tánger y que ahora pospusiera nuestra visita a Casablanca. ¿Estaría su mujer más enferma de lo que me decía?
En su almacén de Berrechid había estado ya otras veces y no me fue difícil llegar. Por fin podía abrazar al amigo y agradecerle cara a cara su generosidad. Él sólo se interesaba por mi mujer y mi hija: si no estaban muy cansadas, si les había gustado Fez, si habían quedado satisfechas de la cena con sus amigos Karim y Zaída, si habían practicado ya el arte del regateo en las compras del zoco... Yo le pregunté por la salud de su mujer y su respuesta tranquila me confirmó que sólo era prisionera de un chequeo rutinario. Él, a quien no veía desde hacía tres meses, estaba en perfecto estado, como siempre, y atento a todos los detalles.
- Mañana, a primera hora, alguien te llevará al hotel un coche de alquiler en condiciones para que no sufráis calor en el resto del viaje.
- Me fastidia incomodarte -le dije-, teniendo a tu mujer en el hospital. Vete a tus obligaciones, que me apaño solo para llegar al hotel.
- Recuerda: el miércoles por la tarde os espero de nuevo en Casablanca. Os alojaréis en casa y así pasaremos el fin de semana en familia. Son doscientos cincuenta kilómetros de carretera buena y recta. Salid después del desayuno, preparados para hacer picnic a mediodía, y a primera hora de la tarde os espero en casa.
- A tus órdenes, chef. ¿Manda usted algo más?
- Sí. Irá un taxista-guía a recogerte al hotel para enseñarte Marrakech. Si quieres visitar la ciudad tranquilamente, no lo dejes ni a sol ni a sombra. Un guía a tu lado es el mejor antídoto contra las decenas de otros guías que acechan en todas partes para ponerse a tu servicio. Que tengáis buen viaje y buena estancia.
El hotel estaba junto a la carretera, en un polígono industrial, y no carecía de nada que fuera preciso a un viajero, pero, por primera vez en el viaje, no nos sobraron los lujos. Eso sí, el servicio fue impecable, tanto que ni hubimos de cambiar el equipaje de maletero ni de asegurarnos que el aire acondicionado funcionaba correctamente. Todo había sido ya hecho cuando fuimos al párking después de desayunar, y emprendimos viaje sin prisa pero sin pausa.
La carretera era tan recta y el campo tan abierto que teníamos la impresión de estar adentrándonos en el corazón de África. La escasez de tráfico nos hacía celebrar con regocijo el encuentro fugaz con algún solitario corredor de fondo o con algún pastor de cabras que, cubierto con una chilaba y un turbante a pesar del calor extremo de la canícula, guardaba su ganado con silbo amoroso. Siempre nos hacíamos la misma pregunta: ¿de dónde venían y a dónde iban esos solitarios del desierto? Sin duda que se movían por los pueblos vecinos, pero nos parecía raro que esos pueblos no estuvieran junto a la carretera. Algunos sí que cruzamos y en todos ellos era día de mercado, anunciado desde lejos por mujeres que caminaban con enormes fardos en la cabeza llevando en ellos cosas para vender o géneros que ya habían comprado.
El hotel de Marrakech, como el de Fez, estaba a la entrada de la ciudad, en el barrio francés, y tenía un espacioso párking privado. Tenía también habitaciones grandes y refrigeradas, restaurante marroquí y una piscina redonda, grande como una plaza de toros y rodeada de árboles frondosos, con una isla rocosa en el centro de la que manaba el agua a borbollones.
- Papá, yo de aquí no me muevo -dijo Lara al verla-. Hace un calor insoportable.
- ¿Ves que hemos hecho bien en viajar sin tu hermana? -apostilló mi mujer-. Se hubiera derretido, la pobre.
- ¿Dónde fue que estuviste en una cena con Chafik y te presentaron como su secretario? -preguntó mi hija.
- Fue aquí en Marrakech, pero no en este hotel sino en La Mamunia. Era una cena del club de rotarios y, como Chafik había venido conmigo por un tema de trabajo, no quiso dejarme solo y me invitó a cenar. Una vez sentados, el presidente del club fue nombrando en voz alta a cada asistente y señora y, cuando tuvo que presentar a Chafik, sonrió y dijo que traía de acompañante a su secretario. No sé por qué, pero a todos les hizo mucha gracia y rieron a placer.
- Podía haber alguna pareja gay, ¿no? -dijo Lara.
- No sé si en la buena sociedad marroquí de entonces podía haberla, pero en aquella cena no la había. Por eso, aún no sé por qué les hizo tanta gracia que me anunciaran como el secretario de Chafik.
A la mañana siguiente llegó nuestro guía y nos propuso un programa de visitas que nadie le había pedido. Pretendía no sólo que visitáramos la ciudad sino llevarnos también a lugares tan peregrinos como una estación de esquí que hay a unos cien kilómetros de Marrakech y al pico más alto del país, siempre cubierto de nieve, que vigila, desde sus cuatro mil metros de altitud, la llanura al sur de la ciudad. Le pedí que no se empeñara en impresionarnos con las bellezas del país, porque ya sabíamos que las tenía.
- Entonces, ¿prefieren conocer la ciudad roja, maravilloso oasis en medio del desierto, la vida de sus gentes y la historia de sus monumentos?
- Has adivinado -le dije-. Sobre todo, la vida de sus gentes.
- Pues vamos enseguida a la plaza. ¿Han oído hablar alguna vez de la plaza Djemaa El Fna, la más famosa del mundo? Puesto que todo en Marrakech confluye en ella más pronto o más tarde, vayamos cuanto antes a verla.
Aunque también era algo petulante, nuestro guía era un hombre erudito que no desaprovechaba ninguna ocasión para soltar sus peroratas. Al caer de la tarde fuimos a tomar un té en la terraza del Café de France y desde allí contemplamos el bullir de la gente. Todo el embrujo del sur, el alma del desierto, el delirio y la magia del pueblo están en aquellos bailarines ácratas, en los contorsionistas, en aquel macaco que alguien te pone en el hombro para cobrarte la foto a precio de oro, en los gimnastas sin escuela que ejecutan imposibles piruetas en medio de un círculo de curiosos, en los charlatanes que dicen cosas tan bonitas que nadie entiende. ¡Ah!, y en los encantadores de serpientes que, sentados junto a sus cestos de mimbre, abren uno del que sale una cobra negra de fina cabeza, y la miran fijamente a los ojos con el rostro sudoroso, el cabello apelmazado y un ribete de saliva espumosa dibujando el contorno de sus labios. Ni la noche pone fin a tanto espectáculo. Y, cuando en la madrugada empieza a apagarse el resplandor de la plaza, la vida sigue hirviendo en los zocos cercanos, enjambre de callejuelas inacabables cubiertas de esteras de cañas trenzadas, donde con curiosidad y paciencia se puede encontrar de todo. Los oficios están agrupados por barrios. Aquí se venden mantas hechas a mano con rayas de colores al estilo bereber. Allí, chilabas, tapices, babuchas, bolsos, pufs, puñales en tahalíes repujados, fíbulas de plata, cruces del sur. El buen hacer de nuestro guía nos abría todas las puertas, pero él no entendía que no aceptáramos tomar el té al que nos invitaba, de tanto en tanto, el vendedor de una tienda.
- Si aceptamos, nos vemos obligados a comprar -le decía mi mujer.
- No. Comprar es libre, pero si un vendedor te invita, debes aceptar. Y puedes regatear cuanto quieras. Regatear es un pretexto para dialogar y conocerse -insistía nuestro profe particular.
- El caso es que nosotros no tenemos muchas ganas de conocer a un desconocido. Yo sólo quiero saber el precio de lo que me interesa. Y sobre ese precio estoy dispuesta a regatear hasta la muerte, pero el regateo como ejercicio dialéctico y pretexto para conocerse no me interesa.
Ni mi mujer lo convencía, ni él a ella, ni falta que hacía.
La visita a un taller de curtidores nos dejó un recuerdo imposible de borrar. Su hedor aún persigue a mi hija cada vez que lo recuerda. Los curtidores sumerjen las pieles de camello, cordero o vaca en redondos depósitos de cemento, llenos de líquidos viscosos de todos los colores y un único hedor, y las trasvasan de uno a otro cogiéndolas con largas horcas de madera o con las propias manos. Aunque el taller que visitamos estaba al aire libre, el mal olor del ambiente era insoportable para cualquier visitante que no hubiera tomado la precaución, al entrar, de coger de un cesto ad hoc unas ramitas de hierbabuena y restregarlas con sus manos junto a la nariz intentando solapar con el perfume de la menta aquella hediondez que hería como un dardo. En nuestra apresurada salida, la vista tuvo un regalo parejo al agravio que había recibido el olfato cuando, en el patio contiguo y en las calles adyacentes, contemplamos centenares de telas de mil colores que el gremio de tintoreros tendía al sol, a guisa de banderas, sobre hilos de alambre atados a largos mástiles.
La belleza geométrica de los jardines del palacio de Bahía nos ayudó a recobrar la calma, que más tarde completamos con un paseo en calesa por la ciudad vieja.
- ¿Qué es esto, papá? Se parece a la Giralda.
- Es su hermana mayor, la Kutubia, el minarete más alto de Marrakech -aclaró el calesero, obligado por la pregunta a adelantar su explicación.
Por la noche, fuimos a cenar al Palmeral, en visita contratada en el hotel. Micrófono en ristre en el moderno autocar, el guía explicaba con insistencia que aquel bosque de más de cien mil palmeras datileras se extendía sobre una superficie de quince mil hectáreas en donde gente adinerada de todo el mundo tenía sus chalets de lujo en medio de gigantescas parcelas acotadas por sólidas tapias. Pero nosotros andábamos más preocupados en tomar asiento en primera fila que en saber si el palmeral era mayor o menor que el de Elche. Y lo conseguimos. Nuestra mesa estaba en un palco que daba al escenario. Y el escenario era una pista en el desierto en la que diestros jinetes, montando lustrosos y bien domados caballos, escenificaron, a los postres, un ruidoso espectáculo musical de fantasía. Al ritmo de una música atronadora, veinte caballos en formación avanzaban a galope tendido y sus jinetes descabalgaban sincronizadamente con saltos a derecha e izquierda en un imposible ejercicio de agilidad. Luego de atronadoras descargas de arcabuces, decenas de caballos, lanza en ristre sus jinetes, galopaban con estrépito hacia otros tantos caballos y jinetes y, al cruzarse, se oían estentóreos alaridos guerreros, como si el suelo hubiera de quedar poblado de caballos malheridos y jinetes ensartados como brochetas. Pero no hubo accidentes. Todos los cruces fueron milagrosamente incruentos y el espectáculo volvía a empezar después de cada embestida. Tanto trajín de caballerías levantaba densas polvaredas y todos salimos de allí con un dedo de polvo rojo sobre las cejas. Regresamos al hotel, literalmente ansiosos de recuperar la paz del guerrero, y en recepción nos pasaron nota de una llamada de Chafik:
- Os espero mañana por la tarde en casa. ¡Feliz viaje!
Los marroquíes abrevian siempre el nombre de su ciudad más populosa, Casablanca, y, cuando dicen "casa", uno no sabe si se refieren a ella o han querido tener la deferencia de decirte en castellano su palabra maison. De cualquier modo, la nota era clara: al día siguiente teníamos que regresar a Casablanca y a media tarde nos esperaban en su casa.
La vuelta fue tranquila, por la ausencia de tráfico, y confortable, porque nuestro coche era como un iglú sobre ruedas cortando el denso calor del desierto. No faltaron los sobresaltos, porque un carro, primero, y un rebaño, después, invadieron indebidamente la carretera en nuestras propias narices.
La ciudad de Casablanca, que durante el siglo XX ha crecido de veinte mil habitantes a tres millones y ha llegado a ser la segunda ciudad del continente africano, sólo inferior en población a El Cairo, se ha hecho grande de un modo más inteligente que la mayoría de las ciudades españolas. Junto a barrios donde los bloques de viviendas cuadriculan el suelo, hay otros donde impera la vivienda unifamiliar. Chafik tenía su casa en un barrio de grandes áreas de parques y jardines, aislada de la calle por un alto muro cuyo único hueco era la puerta de entrada a la finca, una reja maciza de pesado hierro.
Cuando aparcamos junto a la puerta, alguien estaba descargando de una furgoneta unos grandes altavoces y un juego de timbales. La reja estaba abierta y entramos al jardín sin llamar. Enseguida fuimos vistos y la calurosa bienvenida que nos dio toda la familia parecía formar parte del trasiego que reinaba en aquella casa. Mientras Zoraida, la hija pequeña, secuestraba a Lara como si fueran amigas de toda la vida, Abdelatif, el mediano, metía mi coche en el garaje y dos electricistas instalaban guirnaldas con bombillas de colores por todo el jardín. Mi amigo y su mujer, mientras tanto, se ocupaban de nosotros ofreciéndonos una bebida fresca antes de pasar al interior de la casa.
- Pero, ¿queréis explicarme qué es todo este follón? -pregunté, ya que no entendía nada de lo que estaba viendo.
Fatma sonreía pícaramente, satisfecha de ver que no se nos había desvelado el secreto, pero fue mi amigo quien nos hizo toda la explicación:
- Mañana por la noche celebraremos la fiesta familiar de la boda de Latifa. Se casaron hace dos meses, ¿recuerdas que te lo dije?, pero entonces no pudimos hacer la celebración familiar porque el abuelo de Omar acababa de fallecer. Pospusimos la fiesta a mañana y por eso hemos estado tan ocupados en preparativos.
- Esto sí que ha sido una emboscada alauita -le dije a Chafik con sorna-. ¿Ya tienes el resultado de tus análisis, Fatma?
- ¿De qué me estás hablando?
- O sea, que tampoco has estado ingresada -les dije como cayendo de una nube por tanta mentira piadosa-. Mejor así.
Reímos largo rato celebrando la discreción con que habían guardado el secreto.
Pasamos el final de la tarde charlando en el amplio salón donde Chafik y Fatma no cesaron de recibir visitas de amigos que venían a darles la enhorabuena, a muchos de los cuales volvimos a ver la noche siguiente, durante la fiesta y el baile.
La cena fue ligera y la sobremesa, a pesar del cansancio y de lo que nos esperaba el día siguiente, estuvo muy animada y se prolongó hasta bien entrada la noche. El trabajo de la cocina y de la casa estaba atendido por dos sirvientas eficacísimas, que trabajaban fijas en el hogar, y otras contratadas para la ocasión, que continuamente obedecían órdenes.
Cuando por la mañana bajamos a desayunar, la casa estaba tan limpia y ordenada como si nadie la hubiera visitado la noche anterior. Y en un rincón del gran salón, sobre una tarima, estaban ya instalados los instrumentos que por la noche utilizarían los músicos.
Empezaron a llegar los familiares y algunos amigos, todos vestidos como se viste uno cuando va a una boda. Las mujeres, sin excepción, llevaban la túnica tradicional, ceñida a la cintura por dorados cíngulos. Mi mujer y Lara vistieron las túnicas que Fatma les había hecho confeccionar para la ocasión y que aún conservan. Los hombres, en cambio, iban casi todos en mangas de camisa. Las chaquetas y las corbatas eran abandonadas sobre cualquier silla y una sirvienta se las iba llevando al guardarropa. A pesar de la ilusión que me hubiera hecho, no hallé excusa para "disfrazarme" y permanecí todo el día en mangas de camisa, muerto de envidia cuando saludaba a algún pariente de Chafik o Fatma, vestido con impoluta chilaba.
Karim también llegó vestido con traje. Zaída, en cambio, lucía una túnica preciosa y estaba deslumbrante. Nos alegramos mucho de verlos de nuevo, lo mismo que a Nadia y Zamira, que acababan de llegar de Tánger, cargadas de regalos para Lara.
A mediodía, alguien hizo sonar una campanilla invitándonos a pasar al comedor. Una sirvienta de aspecto orondo y piel muy morena -luego supe que era sudanesa- se acercó a Chafik con un aguamanil de plata repujada para que se lavara las manos. Después se las lavó Fatma. La mayoría de nosotros hicimos lo mismo en los lavabos.
En el comedor había seis mesas, tres para los veinte hombres y tres para las veinticinco mujeres. Las mesas eran redondas y bajas; los asientos, pufs muy confortables, pero incómodos para comer. Una sirvienta puso una gran tajine sobre la mesa de Chafik que, por suerte, era también la mía. La destapó y todos exhalamos un suspiro de admiración al contemplar el humeante mechui. Callaron todos y Chafik murmuró el bismillah que el cabeza de familia reza antes de comer pidiendo a Alá que dé pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan. Pusieron una tajine sobre cada una de las mesas y empezamos a comer. Vi que nadie usaba los cubiertos de plata e imité su ejemplo. Con los dedos pulgar, índice y corazón de la mano derecha fui cogiendo trocitos de cordero, los más dorados y crujientes, alternados con hojas de lechuga y virutas de zanahoria. A veces Karim ponía en mi plato, con sus dedos, trozos exquisitos de carne, la que está junto a los huesos, y me indicaba que la comiera untada en comino molido, del que había varios platitos sobre la mesa. Se notaba que tanta ceremonia era un poco postiza, pero seguíamos con gusto la tradición. Se comió poco y se habló mucho, de modo que las tajines se iban retirando de las mesas con mucha comida en ellas. A la tajine del mechui siguió la de la caza de pluma, la de la bastela y la de los briuats. El cuscús se sirvió al final, pero más que comer no hice sino probarlo. Después de cada plato, uno a uno nos retirábamos a lavarnos las manos, menos Chafik, su mujer y los novios a quienes se acercaba la sirvienta sudanesa del aguamanil y les presentaba toallas secas de hilo blanco cada vez que se enjuagaban las manos. Las bebidas no aparecieron hasta mitad de la comida y se servían a petición del comensal: zumos de frutas, leche de almendras y agua de azahar. Para no prolongar la incomodidad de los tradicionales pufs, Chafik propuso subir al salón a tomar los postres y el té. Le seguimos algunos comensales. Los otros, más habituados al uso de los pufs, se encontraban bien cómodos y no abandonaron sus sitios.
El salón estaba fresco y perfumado con madera de sándalo. La repostería -no hace falta decir que todo estaba hecho en casa- era exquisita. Fatma, que llevaba puesto un caftán precioso para la ocasión, nos sirvió el té a la menta. Aguanté despierto mientras hablaron en francés. Cuando pasaron al árabe, eché una cabezada.
Al caer la tarde empezaron a llegar los invitados a la fiesta. Saludaban a los anfitriones y a los novios y se instalaban donde más les apetecía. Pronto el salón estuvo lleno a rebosar y empezaron a ocuparse las mesas del jardín. Todas las puertas de la casa estaban abiertas. También las de la verja de entrada. Vi que Fatma y unas sirvientas, cargadas con grandes cacerolas, salían a la calle. Allí fueron repartiendo porciones de la comida sobrante a algunos menesterosos del barrio que, sabedores de que se celebraba una boda, habían acudido a recoger la caridad de los dueños cumpliendo con la tradición musulmana.
A un lado del salón, sobre un podio con baldaquino, se sentaron los novios en sillones dorados. Sólo se movieron de allí para saludar y hablar con los invitados, para bailar en la pequeña pista que había ante ellos y para ser objeto de algún agasajo ritual. Al principio de la fiesta empezó la sesión de fotos. Quien quiso una foto con los novios se acercó a su trono y un fotógrafo profesional plasmaba el momento con rapidez. Todos quisimos nuestra foto y los pobres novios hubieron de soportar más de una hora de flashes.
Las sirvientas no cesaron en toda la noche de ofrecer dulces y bebidas a los convidados, en grandes bandejas que transportaban de aquí para allá. Como no había bebidas alcohólicas, Chafik me preguntó si quería un whisky on the rocks. Naturalmente, le dije que no y me limité a tomar zumos.
Aquella orquestina tocaba muy bien, pero no hizo ninguna concesión a ningún ritmo que no fuera música tradicional marroquí. La pista de baile, frente a los novios, se quedó pequeña apenas empezó la música. Quienes primero la ocuparon fueron, sobre todo, mujeres mayores que se contoneaban con gracia y buen ritmo. Los pocos hombres que salieron se movían torpemente y demostraron tener poco sentido del ridículo. Los jóvenes se animaron entrada ya la noche y fueron los reyes hasta que acabó la fiesta. Zoraida enseñó a Lara la técnica del contoneo de caderas, esencial para ese tipo de danza, y a la segunda canción Lara se desenvolvía con tanta soltura como Nadia y Zamira, que nos deleitaron con sus interpretaciones. Casi ningún chico bailaba -quizá esos aires no son adecuados para que los bailen hombres-, pero, sorpresivamente, Abdelatif se unió a la orquesta y tocó una pieza con los músicos haciendo un espléndido solo de laúd. En un descanso, los amigos de los novios ocuparon la pista y pusieron en ella una gran bandeja circular de bordes elevados, en la que Latifa y Omar se sentaron en cuclillas. Coordinados a la perfección, los amigos levantaron la bandeja a la de tres y pasearon a los novios por el salón exhibiéndolos brevemente ante cada grupo de familiares, que aplaudían emocionados y lloraban sin vergüenza. Algunas señoras mayores emitían ante ellos ese grito vibratorio que tanto se oye en las fiestas marroquíes, tapándose la boca con la mano, nunca supe si para ocultar las mellas o el lujurioso e incitante movimiento de la lengua.
La orquesta tocó hasta el amanecer, pero los invitados fueron retirándose a medida que se iban cansando. Como no se bebió alcohol, nadie tuvo excusa para hacer tonterías tales como pellizcar el culo a las muchachas o retirar la silla del que se va a sentar.
El viernes todos nos levantamos tarde. El cansancio de la víspera, unido a la celebración del día de descanso semanal, nos hizo pasar el día haraganeando, charlando y dormitando. Menos mal que el servicio no dejó de trabajar. A pesar de comer sobras, disfrutamos de la comida más que el día anterior. Comer sentados en sillas colaboró no poco a que así fuera. Chafik y Fatma quisieron que comiéramos con cuchillo y tenedor, pero no lo consiguieron. Comimos con los dedos de principio a fin.
Y el sábado, después de una larga y emotiva despedida, emprendimos el regreso a Tánger para coger el avión a primera hora de la tarde. Nadia y Zamira habían regresado la víspera para abrir la tienda a primera hora, pero Chafik quiso acompañarnos porque tenía cosas que hacer en la tienda. Como su coche era mejor y más espacioso que el nuestro, propuso que devolviéramos el alquilado y viajáramos con él hasta Tánger. Lo agradecí, porque no me imaginaba cómodo siguiendo a un coche más potente que el mío y a un chófer más experto que yo en viaje de casi cuatrocientos kilómetros a través de carreteras con obstáculos previsibles y de ciudades como Rabat y Kenitra. Una multitudinaria manifestación contra Occidente pudo entorpecer nuestro paso por Rabat si el imponente coche de Chafik y sus modales poco fraternos en el trato con sus hermanos de la calle no se hubieran abierto paso a golpes de claxon.
- Menos mal que viajáis conmigo -dijo Chafik una vez hubimos dejado atrás la manifestación-. En vuestro coche y con esa pinta de guiris hubierais tenido serios problemas para salir de aquí sanos y salvos.
- ¿Quieres decir que por llevar pantalón corto y este sombrero americano de cazador de búfalos ya no parezco marroquí? -bromeé.
- En efecto, no lo pareces, aunque tu piel sea tan morena como la mía.
Al llegar a Tánger fuimos directamente a su tienda, aunque sólo faltaban dos horas para la salida de nuestro vuelo. Mientras Chafik se ocupaba de sus cosas -siempre hablando por teléfono, a gritos, como dando órdenes-, mi mujer y Lara tomaron un ligero refrigerio que Nadia y Zamira nos habían preparado en el despacho y yo intentaba convertir siete bolsas de compra en un solo bulto que pudiera ser embarcado. Cuando ya todo estuvo hecho y Lara acabó de ver el tercer álbum de fotos que sus amigas le habían traído, Chafik colgó el teléfono y salió corriendo de la tienda mientras con una sonrisa nos pedía tiempo al estilo de los partidos de baloncesto. Aún faltaba una hora y media para el vuelo, pero ya no podíamos perder ni un minuto más. Y Chafik se demoró aún media hora. Cuando regresó, los tres viajeros estábamos al borde de un ataque de nervios. Del centro de Tánger al aeropuerto hizo un eslalon lleno de infracciones. Hasta se permitió el lujo de saludar sonriente a un gendarme que -seguro que lo había reconocido- se echó las manos a la cabeza en gesto de estupor. Cuando llegamos, la puerta de embarque ya estaba cerrada, pero nos esperaba en ella un señor en traje y corbata -me fue presentado como "mi amigo, el señor director"-, que nos acompañó hasta un coche aeroportuario, donde un empleado etiquetó nuestras maletas, nos dio los resguardos y nos condujo hasta el avión. El murmullo que nos recibió cuando entramos en cabina no fue de aprobación. Todos los pasajeros clavaron sus ojos en mi sombrero de cazador de búfalos con manifiesto reproche. Algunos no disimularon su desprecio.
- Papá, esto nos pasa por tener amigos ricos, poderosos y fardones. Chafik se ha pasado de principio a fin del viaje.
- Por encima de todo, hija, Chafik ha demostrado que nos quiere y debemos estarle agradecidos.
Cuando aterrizamos en Barajas, ya nadie se acordaba de haber salido con retraso por culpa de tres viajeros que llegaron tarde. Nosotros, tampoco.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.
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8 Junio 2010
Al volver de un viaje le conté a Chantal que el espíritu de un monje budista había cristalizado, tras la cremación de su cuerpo, en una perla irregular como gota de ámbar. Le gustó tanto la imagen poética que ya no ha cesado de pedir que le cuente lo que me pasa en cada uno de los viajes que hago.
Chantal viaja a donde quiere y cuando quiere, porque es muy rica y no tiene ocupaciones. ¡Ah!, y porque tiene curiosidad por conocer mundo y vivir experiencias nuevas. Pero nunca le pasa nada en sus viajes. Oírselos contar -y me los cuenta todos- es como un castigo que me inflige mientras en la pantalla de su portátil van apareciendo fotos anodinas en cascada.
Yo, en cambio, sólo viajo por razones de trabajo. Mis destinos de turismo son las citas comerciales, y mi cámara sólo contiene fotos de materiales defectuosos que he vendido o de otros que propongo imitar.
Y, sin embargo, a Chantal le parece fascinante todo lo que sucede en mis viajes.
Al principio se conformaba con que le contara detalles curiosos de aquí y allá: la cantidad de cruces, coronando iglesias, que hay en el paisaje urbano de Seúl; lo negro que se pone el cielo de Lomé a mediodía, minutos antes de que descargue una tormenta tropical, y lo azul y luminoso que queda media hora después de haber diluviado; los kilos de patatas fritas, rociadas con kétchup, y de helados cremosos, decorados con chocolate fundente, que engulle una familia americana de obesos en un área de servicio de la autopista entre Miami y Orlando, a donde han ido a pasar el domingo como quien va a la playa; el insoportable tufo que despide mi compañero de asiento omaní, en vuelo a Mascate, que me obliga a viajar, con permiso del comprensivo azafato, en el lavabo del avión; la placa conmemorativa -"éste es el lugar habitado más alto del mundo"- que hay en el bar de una carretera andina entre Cochabamba y La Paz, en donde hemos parado a tomar una infusión de hojas de coca para combatir el mal de altura; el ruidoso "estado de sitio" al que los nueve hijos de un jeque saudí someten a los clientes de un hotel de lujo de Abu Dhabi donde papá se ha instalado con sus esposas para pasar el fin de semana; la brutal ceremonia iniciática que los jóvenes componentes de un equipo de béisbol hacen pasar a dos de sus compañeros en el aeropuerto de Caracas -parada técnica, tres de la madrugada- infligiéndoles golpes de bate sobre sus desnudas nalgas entre alaridos de dolor, lágrimas ridículas y salpicaduras de sangre; la caída de un enjambre de motos, paradas ante un semáforo en rojo de Taipéi, que, como piezas de dominó, se derriban unas a otras por efecto de una ráfaga huracanada; la zozobra del adiós al amigo que acaba de sufrir un amago de infarto y la crudeza de la voz de su secretaria respondiendo a mi llamada que "el señor Rumah falleció ayer en un hotel de Túnez".
Pero pronto no le bastó que le contara detalles y empezó a requerirme anécdotas con principio y final.
De Taiwán le encantó lo que me pasó aquella vez que viajé con el director de fábrica. Habíamos ido para ver in situ las sorprendentes destonificaciones que sufrían nuestros azulejos en un región de la isla. Viajamos en coche hacia el sur, dimos con la causa de la reclamación y, antes de regresar a la capital, ya de noche, el cliente quiso comprarnos para que fuéramos generosos en atender su reclamación. Tratándose de dos hombres solos, ¿qué mejor que llevarlos a cenar a una mancebía? El palacete era grande; el hambre, escasa; la comida, abundante; las candidatas al meretricio, muchas, hermosas, serviciales, educadas. Y la conversación, nula. ¿Por qué una puta china tiene que saber inglés si un ejecutivo occidental no sabe expresarse en chino? De repente, se abrió una puerta grande y entraron cinco hombres uniformados de militar que se cuadraron ante nosotros. Mi compañero opinó que era la policía en visita de inspección y que, sin haber movido un dedo, podíamos salir en los periódicos del día siguiente. Yo creí que era un grupo de bailes regionales que venía a deleitarnos con alguna modalidad del ball plà. Acertó mi amigo, aunque no salimos en los periódicos. O sea, que hicieron su inspección y allí no pasó nada.
También de Taiwán le gustaba que le contara con qué naturalidad la mujer del dueño me dijo una vez que le apetecía comer paella y con qué rapidez encontré un restaurante español -cocinero taiwanés marida en España con muchacha aragonesa, abre un chino en Zaragoza, le entra morriña de su tierra, vuelve a Taipéi- donde comimos arroz caldoso y dimos conversación y ánimos a la maladada maña que soñaba con volver a España.
En Singapur, y en el mismo viaje, de nuevo la dueña meó fuera del tiesto, se acordó que era domingo y quiso ir a misa. Le pude dar ese placer, pero sólo a medias. La misa no era en español -no se pueden pedir imposibles- y ella no se enteró de nada, pero, seguramente, Dios no se lo tuvo en cuenta.
Un regocijo especial le causaba a Chantal lo que me sucedió en Bolonia. Asistía a una feria y compartía habitación con un amigo en un hotel del centro. Dos hombres, o dos mujeres, no comparten cama si no es por necesidad o por pasión. Lo nuestro era necesidad, porque el hotel cobraba las habitaciones a precio de oro. Se entiende que era un buen hotel cercano a Piazza Grande. Tras cenar con unos clientes, mi amigo subió a la habitación y -sin encender la luz, para no despertarme- se acostó en la mitad vacía de la cama de matrimonio. Al rato, llegué yo de cenar con otros clientes, abrí la habitación con la tarjeta y me metí en el baño con cuidado de no hacer ruido para no despertar a mi amigo. La tenue luz que salía del baño por su puerta entreabierta me dejó ver que mi lugar de la cama estaba ocupado. Pude entender que mi amigo hubiera encontrado fortuna en algún recodo del camino de vuelta al hotel, pero no que no me hubiera dejado ningún mensaje explicativo. Abrí la luz para buscarlo y vi que ella no era ni rubia ni morena, sino un kazajo calvo al que habían alojado en nuestra habitación -Madonna, ma cosa succede?- y que desalojaron de ella con más dificultad de la prevista, ante la mirada atónita de mi amigo que, medio dormido, tardó en comprender lo que había pasado y por qué yo exigía con tanta firmeza que cambiaran las sábanas a media noche.
Lo de Riad le puso el vello de punta. Fue un viernes por la mañana, día de descanso musulmán, y yo dormía a pierna suelta porque me había acostado a las tres. Llamaron a la puerta de mi habitación. Era mi acompañante libanés, el jefe de la oficina que mi empresa tenía en Jeddah, y me despertaba para decirme si quería acompañarle a una plaza cercana donde, según acababa de oír en la radio, podríamos presenciar una lapidación. No me lo pensé dos veces y de un salto me vi ante el espejo con la barba enjabonada. Me miré a los ojos y empecé a retroceder. Presenciar cómo mataban a pedradas a una mujer adúltera podía quitarme el sueño un año entero y marcar mi memoria como el hierro que marca las reses. Me lavé la cara a medio afeitar y le dije al compañero que tenía sueño y me quedaba en la cama. Luego me contó que la lapidación no había sido tan cruel como yo la imaginaba, que la mujer pecadora no moría por el impacto de las pedradas que le lanzaba el público, sino por el certero golpe que un verdugo propinaba en su cabeza con un objeto contundente. Chantal quedó horrorizada por la narración, tanto que omití contarle que lo realmente cruel, según el testigo presencial, fue ver cómo de un golpe amputaron la mano derecha a un joven ladrón reincidente. Preguntó también qué se puede hacer en Riad para acostarse a las tres de la mañana y hube de explicarle que un cliente me había invitado a una fiesta en el desierto -una orgía, precisó mi acompañante- que no acabó hasta altas horas de la madrugada. El morbo de la orgía se disipó cuando, una hora después de haber llegado a la jaima plantada en el desierto, aquellos diez hombres, hartos de whisky prohibido y cacahuetes salados, no cesaban de bailar y hacer el ridículo dando saltitos simiescos sobre la mullida alfombra. Y yo que pensaba que habría huríes y algo de marisco...
Cuando la curiosidad de Chantal quedó saciada, empezó a pedirme relatos formales y hube de explicarle mis visitas a Egipto de la mano del amigo Sudki, las vacaciones en Marruecos con mi familia, la feria de Bagdad a la sombra de Sadam, los paseos por Pekín con la bella Hanna, el viaje a Moscú en compañía de un actor porno, la contemplación de un suicidio en una playa búlgara, los sones del llamado trío Matamoros, mi visita irreverente a Tierra Santa.
Aquí iréis encontrando los relatos con pelos y señales. Deseo que os gusten tanto como gustaron a Chantal.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.
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24 Mayo 2010
Las campanas de la torre de la iglesia estaban doblando a muerto.
- Ése le salvó la vida a tu padre.
Me giré y vi que quien me hablaba era el anciano que la noche anterior, en la gala de fiestas, bailó sin parar hasta que acabó de tocar la orquesta.
- ¿Quién?
Con el dedo en su oreja me sugirió que oyera. Sí, estaban doblando a muerto. Comprendí que tocaban a muerto por alguien que había salvado la vida a mi padre, pero no sabía quién era ni cuándo le había salvado la vida.
- ¿Usted qué toma? -le pregunté.
- Un cortado descafeinado de máquina con leche natural -susurró quedamente.
- Le invito yo y nos lo tomamos fuera juntos, ¿vale?
- Vale.
La conversación era imposible a causa del vocerío que reinaba en el pequeño local. Llevábamos largo rato en el interior de la panadería del pueblo en fiestas, haciendo cola para pedir una consumición, mientras otros clientes pedían a gritos -no por enfado, sino para hacerse oír- las barras de pan, las hogazas, los trozos de empanada de tomate y las coques amb pebre roig, especialidad de la casa -que sí que te las he encargado, que las tienes ahí apuntadas-. Cuando por fin nos sirvieron, pagué las consumiciones, cogí la bandeja y salimos a la calle, nos sentamos en el extremo de una mesa compartida y -yo con azúcar, él con sacarina- nos tomamos lo que de los cortados había quedado en las tacitas a salvo de empujones y codazos. En la calle era algo más fácil que en el interior oír las campanas que tocaban a muerto, pero seguía siendo casi imposible conversar. Mediodía es la hora establecida para anunciar a los vecinos que por la tarde habrá un entierro, pero, como eran las fiestas mayores del pueblo, también era la hora establecida para que toros y vaquillas cruzaran la calle mayor en tropel con el consiguiente alborozo del vecindario torero. Pasó el encierro -como decenas de otra gente, el tío Batiste y yo ni nos movimos de la mesa, no está bien visto moverse de su silla cuando pasa corriendo el ganado al lado de uno-, pero quedó pendiente entre nosotros la conversación sobre el muerto, del que yo seguía ignorando quién era y cuándo le había salvado la vida a mi padre.
- ¿Quién se ha muerto? -le pregunté.
- Cornelio -dijo.
- Pues sigo sin enterarme. Mire, yo soy de aquí, pero, como no he vivido nunca en el pueblo, no conozco a la gente. Usted sabe quién soy, ¿verdad?
- Sí, claro. El hijo de Alejandro.
- Pues yo a usted le conozco de cara, pero no sé quién es. Para mí usted es sólo el señor que anoche estuvo bailando toda la velada. ¿No se cansa de bailar tanto? ¿Cuántos años tiene?
- Dos menos que tu padre. Cornelio era de su quinta.
Noventa son muchos años para pasarse bailando toda la noche, aunque se baile "agarrao", que, a esa edad, es como bailar apoyado.
Como había invitado yo y el barullo de la gente se iba desplazando hacia el recinto de las vaquillas, intenté estimular la parquedad en palabras de la que, hasta entonces, había hecho gala mi interlocutor.
- Sigo sin enterarme de cuándo y por qué el finado Cornelio salvó la vida a mi padre. Y, al paso que vamos, tendré que desistir de saberlo.
- Historias de la guerra. ¿No te lo ha contado nunca tu padre?
- Mi padre nunca fue prolijo en hablarme de su guerra. Sé vagamente que lo hirieron en el frente y que en el hospital se encontró con un médico que había ejercido de tal en el pueblo y que le prestó atención y ayuda. Y que, al acabar la guerra, lo metieron en un camión con destino a Valencia y, en el camino, un compañero le vendió un saxofón -mi padre era músico- por dos chuscos de pan y unas pocas monedas.
- Si tu padre te hubiera hablado más de la guerra, no serías tan amigo de los Chatos y le hubieras hecho más caso a Elundina.
- Mire, vamos a empezar desde el principio y dígame con claridad lo que quiera decirme porque, si no, yo no me entero de nada.
Batiste era muy parco en palabras, pero conseguí que poco a poco se fuera animando. Así supe -muchas cosas las hube de adivinar- que, al empezar la guerra, un comité revolucionario se autoproclamó gestor del pueblo y empezó a tomar decisiones. Algunos miembros del comité eran gente sensata, pero los más eran unos insensatos. Digo esto sin ánimo de insultarlos, sólo para expresar que sus decisiones no se regían por el sentido común. El Chato, sin una pizca de sentido común, puso a mi padre en la lista de los que habían de ser recogidos por los milicianos en una camioneta para darles el paseíllo. Este eufemismo significaba que, cuando en su viaje al matadero llegaran a un lugar protegido de las miradas curiosas, serían fusilados sin darles explicaciones.
- Pero, ¿mi padre no era republicano lo mismo que el Chato?
- Lo mismo, no. Muy joven aún, tu padre ya había mostrado discrepancias con el gobierno central y, como muchos otros que no veían con simpatía las actuaciones de la unión republicana, frecuentaba la sede del partido radical, a la que pronto acudió la gente más sensata y menos extremista del pueblo.
- Y ¿qué más había hecho mi padre para que el Chato lo denunciara? -pregunté a Batiste temeroso de enterarme de algo vergonzoso del pasado de mi padre, que hasta entonces hubiera ignorado.
- En su casa iban a misa.
- ¿Sólo eso? No me parece que ir a misa o dejar de hacerlo, frecuentar las tertulias de un bar o de otro, sean delitos que puedan castigarse con una ejecución.
- Pues al Chato le pareció que eran delitos suficientes y lo denunció.
- ¿Y por qué no le dieron el paseíllo?
- Porque Cornelio se opuso. Cornelio y tu padre eran muy amigos y tenían las mismas aficiones: la música -los dos tocaban el clarinete en la banda- y los motores. Tu padre tenía un coche -entonces casi nadie tenía coche- y ellos le desmontaban el motor y se lo volvían a montar con los ojos cerrados. Y nunca les sobraban piezas, que conste.
- Y Cornelio sería del comité, ¿no?
- No, pero logró convencer a casi todos -al Chato, no- de que tu padre era una persona cabal y consiguió que no lo fusilaran. Luego, cuando reclutaron a tu padre para ir al frente, el Chato lo denunció de nuevo y por eso estuvo en primera línea de fuego hasta que lo hirieron y se lo llevaron al hospital.
- Pero aquí luchaban todos contra el alzamiento, ¿no?
- Claro. Esto era zona republicana. Pero las familias que iban a misa eran sospechosas de traición. Y las de la Ceda, más todavía. Pero ése no fue el caso de tu padre.
Con lentitud y dificultad, Batiste me siguió contando que muchos en el pueblo debían favores a mi abuelo. Cuando alguien sufría algún revés familiar y necesitaba disponer de dinero que no tenía, acudía a mi abuelo, le contaba su apuro y recibía el dinero que precisaba a cambio de trabajarle unos cuantos jornales en los días venideros. También el ayuntamiento le debía favores. Cuando se hicieron las escuelas, el camión de mi abuelo transportó los materiales necesarios, pero nunca acabaron de pagarle todos los viajes ni él lo reclamó siquiera.
- ¿Y todas éstas no eran razones suficientes para que se respetara a mi familia?
- No. Para algunos lo importante era que iban a misa y, por eso, había que liquidarlos.
Poco más duró mi conversación con el tío Batiste, porque un nieto que pasaba le recordó que era la hora de comer. Yo también me fui a comer y, luego, me acosté a dormir la siesta. No pude pegar ojo pensando por qué mi padre nunca me contó lo que ahora sabía. Le recuerdo explicándome que, para no echar leña al fuego de la división, dejó de tocar el clarinete cuando la banda del pueblo se desdobló en dos, una de cada bando; que, incomprendido por muchos, él era a la vez amigo de los dos médicos del pueblo, el de un bando y el del otro; que, como en casa tenían tienda, hacía favor a quien lo necesitara sin mirar de qué bando era. Y le recuerdo, sobre todo, riéndose mientras me explicaba que ser de un bando u otro no tenía ningún sentido, que sólo lo tenía ser del bando de la razón.
Al rato, las campanas de la torre volvieron a doblar a muerto. No lo dudé un segundo y me fui al entierro. Al llegar a la iglesia observé que muchos hombres se quedaban fuera. Querían acompañar a Cornelio hasta la sepultura, pero no tenían la costumbre de ir a misa. Yo tampoco, pero quería estar al lado de Cornelio y su féretro estaba frente al altar. Entré. Durante la misa, le dije a Cornelio que -los vivos pueden hablar con los muertos en cualquier momento y lugar; los muertos con los vivos, no estoy tan seguro-, si alguien lo denunciaba para darle el paseíllo por estar ahora en misa, yo saldría en su defensa alegando que era un hombre bueno y que había salvado la vida a mi padre. Y le pregunté que quién me salvaría a mí si alguien me denunciaba por haber venido a misa, yo que no había pagado a nadie jornales antes de trabajarlos ni había acarreado arena y cemento para hacer las escuelas nuevas. No sé si Cornelio me respondió, pero yo me sentí de pronto envalentonado. Cuando acabó la misa, di el pésame a Elundina con dos sentidos besos -si era cierto, como me dejó entender Batiste, que de joven me miraba con agrado, le debieron parecer reconfortantes-, le di las gracias a Cornelio tocando con mi mano el féretro, y salí de la iglesia. Entre otros, allí fuera estaba Batiste, el único que, de verlos, hubiera entendido el significado de mis besos a una persona a la que apenas conocía. No sé si, en aquel momento, alguien se juramentó para denunciarme al comité. Y si así fue, ¿qué le iba a hacer yo?
De vuelta a casa, un amigo interrumpió mi camino a la puerta de un bar y me enseñó dos esquelas de sendos periódicos. Ninguna era la de Cornelio. En ellas, unos sobrinos recordaban a su tío que, hacía setenta años, había desaparecido en las cárceles fascistas; y unos nietos le decían a su abuelo cuánto lo estarían queriendo ahora si, setenta años atrás, no hubiera muerto a manos de las ordas marxistas. Imaginé a mi padre riéndose de estas entelequias y comprendí por qué nunca me habló de su guerra, porque pensó que era preferible el silencio a que no la entendiera. Y de seguro que no la hubiera entendido, porque no tenía sentido.
No quise entrar en casa. Tenía un nudo en la garganta y asquerosas ganas de vomitar. Puse el coche en marcha y, automáticamente, la plañidera voz de Bob Dylan, con su vieja armónica, me recordó que-for the loser now will be later to win, for the times they are a-changin'-, aunque hoy estés del lado de los perdedores, no te impacientes, que las tornas volverán, porque los tiempos están cambiando.
- Vale, viejo Bob. Llevo cuarenta años oyéndotelo y me lo sé de memoria. Ya sé que los tiempos están cambiando, pero las personas, no tanto. Y no sabes tú bien cuán poco a poco.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados
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18 Mayo 2010
Los treinta años que siguieron a la desbandada del colegio pasaron en un santiamén, nunca mejor dicho, ya que se trataba de un internado de curas, de los curas de antes, de los de sotana y alzacuello, que en los recreos jugaban al baloncesto con los alumnos y, en los meses más calurosos del curso, sudaban como potros y lucían un ribete blanco de sal en las sobaqueras de la sotana. Es difícil de entender que cinco o seis años de vida en común puedan acabar sin dejar un vacío de amistad que no haya que llenar con contactos, al menos intermitentes. Pero, al acabar sexto, los padres recuperaron a sus domados -antes, díscolos- retoños para darles carrera u oficio en sus lugares de origen, cerca de casa. Y el nuevo escenario vital y las nuevas relaciones de cada uno fueron poniendo sordina a sentimientos que, hasta entonces, habían parecido inquebrantables.
De tanto en tanto, una cara, un apellido, un suceso, recordaban -con sordina, he dicho- los rosados mofletes de Quintana, la envidiada identidad de Balmaseda, la amistad más que fraternal con Melchor. Pero aquella noche y en aquel teatro de un pueblo de Cuenca, yo estaba esperando gozoso que don Antonio Cañete me hiciera entrega de un talón de quinientas mil pesetas como ganador del premio de narrativa que la asociación gastronómico-cultural "La sopa de ajos" había convocado meses antes y que yo acababa de ganar con un original de doce folios, en letra Arial de cuerpo 12, a doble espacio.
Antonio Cañete era el nombre de uno de mis mejores amigos del curso y, cuando entró en aquel teatro alquilado, lo reconocí enseguida. Desde los quince o dieciséis años no había crecido ni un centímetro pero, como es natural, había ensanchado bastante. Su cara, que de joven le hacía mayor de lo que era, ahora de mayor le quitaba algunos años. Su envidiada mata de cabellos lisos -yo los tenía rizados y me los planchaba inútilmente, para regocijo de mis compañeros- era ahora una escueta cortinilla que cubría su brillante -por grasienta e ingeniosa- calva. Tomó asiento en la mesa que había en el centro del escenario y el secretario de la asociación convocante leyó el acta de la concesión del premio. Cuando dijo mi nombre, miré a Cañete por ver si, al menos, pestañeaba. Ni se inmutó. Seguro estoy de que, si hubieran dicho mis dos apellidos, los hubiera asociado con sus años de colegio. Pero no los dijeron y subí al escenario, me estrechó la mano, me dio el talón sin soltarlo y, en el momento de recibirlo sin cogerlo, brillaron unos flashes, sonaron unos aplausos de compromiso y los miembros de la mesa, mucho más formales y calurosos que su presidente, me felicitaron uno por uno y hubo hasta quien me abrazó, por ejemplo, el secretario, que aprovechó que tenía su boca junto a mi oreja para recordarme que, después de la entrega del premio, se celebraría una cena a la que las bases del concurso me obligaban a asistir y a pronunciar a los postres un pequeño parlamento si así era mi deseo. Le dije que sí, que cenaría y parlamentaría de mil amores. El talón doblado en mi bolsillo empezó a causar en mí un efecto euforizante que culminó a la tercera copa de aquel reserva de Valdepeñas que regó toda la cena. Hasta entonces, Cañete no me había hecho ningún caso. Éramos trece a la mesa y uno solo quien se encargaba de darme conversación, el secretario. El resto de comensales estaba pendiente de Cañete. Su conversación, por lo que a mi oído llegaba, no trataba de otra cosa sino de ajos, cebollas, melones, sandías, grúas y cédulas de habitabilidad. Deduje que Cañete comerciaba en hortalizas y era constructor. Así me lo confirmó el secretario.
- No hay nadie en La Mancha que mueva las cantidades de hortalizas que maneja este hombre. Cada día distribuye por todo el país decenas de remolques de melones y sandías. Sin hablar de los ajos. Es el auténtico rey de los ajos manchegos, ¿los conoce usted?, cabezas grandes y piel morada.
- ¿Me creerá usted, Alfonso, si le digo que, hace cuarenta y tantos años, Cañete y yo fuimos compañeros de curso en un colegio de Valencia?
El secretario me miró con asombro y me espetó incrédulo:
- ¿Qué me dice?
- Déme entrada en su conversación apenas pueda y verá que es verdad -le dije, mientras sacaba mi DNI de la cartera.
Unos golpecillos del cuchillo contra la copa de cristal hicieron el silencio. Alargué mi carnet a Cañete.
- Don Antonio, lea mis dos apellidos y el nombre de mi madre, por favor.
Miró el documento con aire distraído durante unos segundos y de repente torció el gesto con teatralidad.
- ¡Hostia, eres tú! -gritó sobresaltado dando un brinco para abrazarme y darme repetidos y fuertes golpes en la espalda con sus gruesas manos.
- No digas palabrotas, joder. ¿Tan pronto has olvidado lo que nos enseñaron los curas?- respondí alborozado sin dejar de abrazarle.
- Eres tú quien ha olvidado lo que nos enseñaron los curas. Hostia no es una palabrota sino un pecado. Lo que es palabrota es joder y lo has dicho tú.
Tras unos minutos de abrazos y bromas con intensa emoción, volvimos a sentarnos, ya el uno junto al otro, ante la mirada sorprendida y también emocionada de los otros once comensales que, seguramente, nunca antes habían asistido al encuentro de dos amigos tras cuarenta años de incomunicación.
- Secretario -dijo Cañete con voz chillona y autoritaria dirigiéndose a Alfonso-: quiero que mi amigo sea miembro de "La sopa de ajos" desde ya mismo. Prepara el escrito cuando puedas y mándaselo. Si nadie se opone, claro.
Un murmullo de aprobación confirmó la gozosa entrada de mi persona en aquella asociación gastronómico-cultural que nunca me ha dado ni trabajo ni gasto, pero sí a alguno de mis mejores amigos.
El final de la cena ya sólo tuvo tres protagonistas: Cañete, yo y nuestro continuo arañar en el saco de los recuerdos colegiales, urgido a veces por nuestra propia curiosidad y casi siempre por las preguntas de los demás comensales. Sí, estudiamos en Valencia, en aquel colegio de la calle Sagunto que tenía una parada de tranvía frente a la puerta , desde segundo hasta sexto de bachillerato. Al acabar sexto, quizá nuestros padres consideraron que ya estábamos domados y que podíamos hacer el preu más cerca de casa.
- Yo no hice preu, tío. Yo me puse a trabajar enseguida con mi padre -me apuntó Cañete y lo siguió haciendo cada vez que la conversación lo requirió.
En el colegio nos lo debimos pasar muy bien porque los dos lo estábamos recordando con añoranza. En los estudios, yo siempre había sido algo mejor que Cañete. En el deporte, también. Donde él brillaba con más esplendor era en las salidas a la ciudad de los jueves por la tarde: sabía el recorrido de todos los tranvías, las calles donde estaban los colegios de las chicas, los horarios de los cines...
- ¿Te acuerdas de aquel cura tan cachondo que nos daba geometría y siempre ponía ejemplos como "si trazamos una línea imaginaria desde la punta de mi dedo al lugar de la pared donde está colgado nuestro invicto caudillo..."? -me preguntaba Cañete con risa franca.
- ¿Y del jolgorio que se armaba cada vez que don Digno celebraba la misa y decía aquello de Domine, non sum dignus...?
- ¿Y del cabrón de Miravete que no perdía ocasión de reprocharle a don Justo cualquier decisión que tomara con la frase Usted no es justo?
- ¿Y de los castigos que nos ponían? Yo llegué a dar veinte vueltas seguidas al patio, que era más grande que un campo de fútbol, con aquel cura cabrón vigilándome a la sombra desde el porche y gritándome que corriera más -le comentaba yo.
Y él apostillaba:
- Cabrón no se dice, ¿vale? Y ya van dos veces.
- Deja de corregirme, que tú no eres el cura.
- ¿Y de las asambleas de disciplina de los miércoles por la tarde? -terciaba Cañete-. A ti te pusieron una vez una observación en conducta y nadie supo por qué.
- Pues te lo explico ahora. No se supo entonces porque el padre consejero me prohibió a mí mismo que dijera el motivo. Resulta que Melchor y yo -¿te acuerdas de Melchor Marqués, que se llevaba conmigo como carne con uña?- nos mandábamos en clase mensajitos escritos y un día el cura me pilló uno y lo interpretó como evidencia de una incipiente amistad pecaminosa. Para cortar por lo sano me pusieron una observación en conducta -el castigo más grave del colegio, sólo inferior a la expulsión- cuyo motivo no quisieron explicar ni a mi padre. Pero no sirvió de nada. Melchor y yo seguimos mandándonos mensajitos cuarenta y tantos años después de aquello.
- ¿En qué se ocupa Melchor?
- Lleva la tienda de electrodomésticos que tenían sus padres en Segorbe, ¿recuerdas? ¡Ah!, y hasta hace poco tocaba la guitarra en un conjunto de rock.
La emoción y euforia de Cañete iban en aumento a medida que avanzaba la sobremesa. De repente, sacó el móvil y llamó a su mujer.
- ¿Has tirado a la basura el saco de papeles que llenamos el otro día cuando limpié los cajones de la habitación de mi padre, que en paz descanse?... Pues ponlo en el coche y acércate aquí, al de Monleón, que estoy cenando con unos amigos... No te preocupes que ya te conocen. Lo importante es el saco de papeles.
Le di el pésame por la muerte de su padre y expliqué a los amigos que Antonio -me costaba llamarle así, porque en el colegio casi todos nos llamábamos por el apellido- era tan noble y sin complejos que nunca intentó ocultarnos que sus padres tenían nombres con el género cambiado. Su padre se llamaba Elviro y su madre, Ricarda. Quizá porque ello causaba hilaridad a los compañeros, yo quise solidarizarme con su "desgracia" revelándole que el nombre de pila de mi madre era un nombre de varón. Por eso quise que lo leyera, cuando le enseñé mi carnet de identidad, porque estaba seguro que así me reconocería.
Fina entró en el restaurante Monleón con un enorme saco gris de plástico lleno de papeles. Era una mujer natural y espontánea, acostumbrada a todo sin dar importancia a nada. Me cayó bien desde el primer momento. Aún no había acabado de presentármela y Antonio ya había vaciado el saco de papeles y rebuscaba en ellos como poseído por el demonio.
- Aquí está lo que buscaba. Mira.
Era una foto amarillenta, foto a su vez de un tablón de anuncios, con seis rostros y seis nombres. Decía: "Cuadro de honor. Marzo de 1955". El primero de aquel mes o aquel trimestre -no recuerdo bien- era José Ignacio Redón.
- ¿Sabes algo de ese tío?
- Nada.
- Nunca me cayó bien.
- A mí tampoco.
- Tenía una cara extraña. Y se meaba en la cama. No se sabía muy bien si era carne o pescado, aunque yo nunca hablé de nada serio con él.
- Lo mismo digo. Pero todos decían que era de la acera de enfrente. Muy empollón, sí, pero marica. Y eso, entonces, estaba muy mal visto.
La segunda foto correspondía a Roberto Balmaseda, un chaval de sonrisa forzada y cara de hogaza, dicho sea sin faltarle ni así, sino sólo como descripción objetiva.
- ¿Qué ha sido de él?
- Me contó Melchor no hace mucho que se había hecho cura y que era obispo en Centroamérica.
- Recuerdo que tocaba muy bien el piano.
- Sí, pero Melchor no lo quería en su conjunto de rock -ya entonces tenía uno- porque decía que sólo tocaba clásico.
El tercero del cuadro era José Vicente Quiles.
- De ese tío no me acuerdo.
- Y yo casi tampoco. Era un chaval bajito, de un pueblo de Alicante -Villena, creo-, muy escurridizo y que no se comprometía con nada ni con nadie.
- ¿Y éstos eran los más listos de la clase? -protestó Cañete, molesto de ni siquiera acordarse de tanta celebridad.
- Espera, que ahora viene lo bueno -le dije, habiéndome ya reconocido en la última foto del cuadro de honor.
El cuarto de la clase había sido aquel mes Melchor Marqués.
- Tu amigo, el de la guitarra. ¿Pero hubo o no hubo merengue entre vosotros?
- Que no, coño. Éramos muy amigos y seguimos siéndolo, quizá porque vivimos cerca.
- Sube un día con él y comeremos juntos. Me caía bien ese Marqués.
El quinto era Emilio Quintana
- Quintana. De ése me acuerdo. Era el más bien plantado del curso, guapo y hablador, sin complejos, sin vergüenza de nada. Seguro que ése ha arrasado en la vida.
- Pues no. Acabó mal. Me contó Melchor que se fue a estudiar a Barcelona y, al acabar la carrera, dio clases en la universidad, pero se metió en un lío de faldas y un matón de encargo lo cosió a navajazos y lo mandó al otro barrio. No tenía ni treinta años.
- ¡Joder, qué clase la nuestra!
- ¿Y el sexto de la clase? -le dije llamando su atención sobre la foto-. A ver si lo conoces.
- El sexto eres tú. Hay que ver la cantidad de pelo rizado que tenías entonces y lo poco que tienes ahora.
- Pues mira, que tú... Suerte que tus notas no daban para figurar en el cuadro de honor y no apareces en la foto. Pero recuerdo que tenías un abundante pelo liso, bueno hasta para hacer sirgas de barco.
Fina contemplaba escéptica la escena, como no reconociendo a su marido en aquella conversación de chiquillos, y quiso echar algo de leña al fuego.
- ¿Qué pasa, que tú estabas en el pelotón de los torpes o qué? -le dijo, mofándose alegremente de su marido.
Acudí en ayuda de mi amigo, pero no sirvió de nada porque él seguía siendo tan noble y sincero como de joven.
- Mujer, que no fuera de los primeros de la clase en el mes de marzo no quiere decir que no lo fuera nunca -le razoné sin apelar a la memoria.
- Ni en marzo ni en abril ni nunca -sentenció Antonio-. En todos mis años de colegio nunca salí en el cuadro de honor.
- Y yo, pocas veces -le dije-, por si te sirve de consuelo.
- Pero no recuerdo que ni tú ni yo estuviéramos en el pelotón de los torpes. Si acaso, en gimnasia, que a mí me costaba un calvario saltar el potro, el caballo o el plinto, como se llamaran aquellos cajones apilados de madera. Pero en todo lo demás, yo no era del pelotón de los torpes ni lo he sido nunca en la vida. En estos tiempos que corren, que los que mejor viven son los funcionarios y los que chupan del bote de las autonomías, yo nunca he ganado un duro con facilidad, pero he multiplicado por cien el negocio que me dejó mi padre. Él hacía los mercados de los pueblos con un camión que no subía las cuestas si no cambiaba de marcha con el doble embrague, y yo tengo diecisiete camiones modernos dando vueltas por toda España.
- Y ejerces de mecenas de concursos literarios para reencontrarte con viejos amigos.
- Tienes razón. Todo esto ha empezado porque tú has sido el ganador del concurso de este año. ¿Qué pasa, que eres escritor o qué?
- No, escribo sólo por afición. ¿O es que me ves cara de muerto de hambre?
Cuando acabó la sobremesa y los camareros del Monleón se acercaron a recoger el montón de papeles sobrantes de la foto del recuerdo, nos despedimos de los miembros de la asociación, a los que nunca circunstancia alguna había quitado tanto protagonismo como la de nuestro casual encuentro aquella noche, y Cañete me acompañó al mesón en el que Alfonso, a petición mía y a mi cargo, me había reservado una habitación para pasar la noche. Me costó cuarenta y ocho euros, pero, considerando lo amplia, confortable, limpia y silenciosa que era, y que al romper el día unos pájaros cantores se acercaron a mi balcón para ponerle música a las horas venideras, y que en mi vieja cartera esperaba paciente el talón de tres mil euros que Cañete me había dado, aunque le costó soltarlo, no me pareció cara.
Me dijo Antonio que no emprendiera viaje de regreso antes de las diez, que, si podía, pasaría a despedirse.
Era una mañana otoñal de un domingo fresco y despejado y yo estaba alargando el desayuno con un innecesario segundo croissant y el inútil hojeo del diario local. ¿Cómo podía interesarme que una anciana hubiera aparecido muerta en el interior de su hogar calcinado, que un concejal le hubiera llamado fascistas -en plural, no sé por qué- a otro y que el otro le hubiera contestado ladrones, eso es lo que sois, ladrones -también en plural, quizá porque se refería al colectivo-, o que una novia no hubiera acudido al juzgado donde le esperaba de etiqueta su novio para casarse, si eso son cosas que ocurren todos los días en todas partes y yo había amanecido feliz y contento con cien mil duros gastadores en el bolsillo? Como Antonio tardaba y un tercer croissant me hubiera parecido inoportuno, releí mi relato ganador y me vi retratado en esta frase: "Camino hacia el pasado y araño con los dientes las huellas de mi vida que no serían tales si no pensara en ellas".
Llegó por fin Antonio en su Mercedes. Me traía una cesta llena de tentadoras uvas y de unos higos blancos, apetitosos y agrietados como el vientre de una embarazada.
- ¿Quién te ha dicho que los higos son mi fruta preferida?
- Nadie. Si he acertado, ha sido por azar. Si no sé nada de ti, si anoche no hablamos de nosotros sino del colegio y de algunos compañeros...
Cambió de conversación. Se notaba que tenía prisa.
- Me he alegrado mucho de volverte a ver. Hemos de hacer algo para que esto se repita regularmente porque hacía años que no disfrutaba tanto como anoche recordando contigo los años mozos. La próxima cita será el sábado tres de noviembre en el Parador de Alarcón. Como te invito a comer, elijo yo el sitio, que me queda bien cerca de casa. Vente con Marqués y charlaremos toda la tarde.
Acudimos a su invitación, pero llegamos algo tarde al Parador. Tarde y consternados. A la altura de Requena, una corta retención del tráfico nos hizo imaginar lo peor. Sí, era un accidente en el paso de la carretera por el casco urbano. Un agente nos dijo que estaríamos parados unos veinte minutos. Salimos de la calzada y estacionamos junto a uno de los tres bares que había en el lugar. Miembros de la policía acababan de cubrir con un paño un cadáver que yacía en medio de la carretera. Otros hablaban con un joven de aspecto abatido que se había sentado sobre el capó abollado de su coche. Dentro del bar, nadie esperaba que le sirvieran su consumición. Como los otros clientes, pegamos nuestras narices al cristal de la ventana, que era un mirador sobre el lugar del accidente. El dueño del bar -era evidente que aquel señor era el dueño, hay cosas que son tan evidentes que no necesitan demostración- no comprendía cómo había podido ocurrir el accidente con el poco tráfico que había aquella mañana de sábado, que cada vez aquí para menos gente por mucho que la tele se empeñe en decir que las carreteras van llenas. Para dos jóvenes vestidos con traje y corbata -debían ser representantes de comercio-, la culpa del accidente la tenía el gobierno por no haber desviado ya la carretera del casco urbano. Ocupados como estaban en engullir dos suculentos bocatas de tortilla de ajitos tiernos, no precisaron de qué gobierno era la culpa, si del regional o del central. Si lo hubieran dicho, Marqués y yo hubiéramos sabido cuáles eran sus preferencias políticas, aunque, bien pensado, no es cosa importante saber a quién votan o dejan de votar dos jóvenes encorbatados que se comen un bocata de tortilla al lado de uno. La información objetiva nos llegó por boca de la señora de la limpieza, tía de la camarera, que entró en el bar con el rostro demudado.
- Han atropellado a la Sole. Está muerta.
La sobrina dio un gritito histérico de sorpresa y añadió:
- Venía muchos días a tomarse un poleo con menta.
- Pues ya no vendrá más -concluyó el dueño-. Era una mujer rara, ¿no? ¿La conocía usted mucho?
La señora de la limpieza debía conocerla muchísimo porque, con gran dificultad y sin encontrar nunca la palabra exacta, explicó al dueño y a quien quiso oírla que, de joven, Soledad había sido hombre y se llamaba Nacho, pero que, al morir sus padres intoxicados por la inhalación de los gases de un lagar que tenían, vendió el negocio y se gastó el dinero en una operación tras otra para cambiarse de sexo. Pero que no creyéramos que era una mujer de mala vida, sino todo lo contrario. Trabajaba en la Cooperativa del pueblo y, fuera de horas de trabajo, se dedicaba al cuidado de enfermos terminales, junto con un grupito de amigas a las que lideraba.
Un policía municipal que entró en el bar confirmó la versión de la señora de la limpieza.
- Es la Sole, ¿verdad? -le preguntó la señora.
- Sí -respondió el policía-. Esa señora que se encarga del cuidado de enfermos y ancianos.
El policía se pidió un cortado. Sobre la barra del bar, junto a su gorra de uniforme, depositó un papel en el que había escrito un número de carnet de identidad y el nombre de la difunta: Soledad Redón. Al leerlo, me estremecí.
- Oiga -me dirigí a la señora de la limpieza, que aún no había empezado su faena-. ¿Ha dicho usted que de joven se llamaba Nacho? ¿Lo conoció usted?
- Sí, desde pequeños. Somos de la misma edad y fuimos a la escuela juntos.
- ¿Sabe si estudió fuera?
- Sí, en Valencia. Sus padres eran ricos y lo mandaron a Valencia a estudiar no sé qué carrera. Pero él no quería ser chico y, cuando murieron sus padres, se lo gastó todo en operaciones para ser mujer.
Cuando reanudamos el viaje, Melchor ya había atado todos los cabos del suceso y estaba tan al corriente de la identidad de la difunta como yo. Saber que un peatón acababa de morir atropellado nos había impresionado a los dos. Pero enterarnos, en una intrascendente conversación de bar de carretera, que el muerto era nuestro compañero de colegio, el primero del cuadro de honor, aunque ya no se llamara José Ignacio sino Soledad, nos había dejado traspuestos. En poco más de un mes, habíamos localizado, sin pretenderlo, a dos de los viejos compañeros de curso sobre los que Melchor no tenía ninguna pista.
Al entrar en el restaurante del Parador, Antonio saludó alborozado a Marqués, pero adivinó enseguida que nos había pasado algo malo. Se lo explicamos con todo detalle mientras íbamos eligiendo los platos de la carta. Entonces, él desenrolló unas cartulinas que tenía junto a la silla y las rompió con parsimonia.
- No está bien robarle nada a nadie, pero menos a un muerto.
Curiosos por ver lo que había roto, rejuntamos los trozos y nos echamos a reír. Era una foto del cuadro de honor original donde la cara rolliza y cincuentona de Cañete había desplazado del primer puesto a la cara extraña de Redón, el empollón, el marica, el que a veces se meaba en la cama.
- Iba a regalaros la foto para que la enmarcarais, pero, después de lo que ha pasado, la broma no tiene ninguna gracia.
- Lástima que la hayas roto porque gracia sí que tiene.
- Bueno, pero ni en broma me atrevería a robarle el primer puesto de la clase a Nacho Redón. Después de saber lo que ha hecho, a qué se ha dedicado y cómo ha muerto, el primero de la clase siempre será él.
La comida y la larga sobremesa estuvieron presididas por el recuerdo de Redón. Tan mal que nos caía en el colegio y ahora, redimido por su vida agónica y su trágica muerte, le recordábamos como si hubiera sido el centro de nuestros juegos y travesuras.
- Brindo por los que quedamos y por los que ya se han ido. Y, sobre todo, por la Sole, una tía divina de la muerte.
No sé de dónde la sacó, pero la frase la puso Antonio.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.
servido por vigarpita
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