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La Coctelera

vigarpita

Reflexiones y relatos

Categoría: Relatos cortos

16 Febrero 2012

Como un juguete roto

Cuando empezamos a vivir juntos, Bruno ya tenía diecisiete años. Era un muchacho muy guapote y guasón y le tomaba el pelo a su madre porque se había buscado un novio más joven que ella. Cuando paseábamos juntos, la gente del barrio nos decía que parecíamos hermanos, pero en casa las relaciones entre la madre y el hijo adolescente eran acordes al rango de cada cual y respetaban el principio de autoridad. Cuando surgía algún conflicto –raras veces y de poca monta-, yo me ponía siempre del lado de mi pareja, como si fuera el verdadero padre. Recuerdo que el primer conflicto importante entre los dos fue por motivo de estudios. Bruno era buen estudiante y, a poco para acabar la ingeniería informática, llegó un viernes a casa con una bomba en la mochila. Fanáticos del tenis como éramos los tres, el sábado encargamos una pizza para ver el partido con tranquilidad. Bruno abrió la puerta al repartidor. Por casualidad, era un amigo suyo. Hablaron un momento entre risas y empezamos a comer sin dejar de ver el tenis. En el primer descanso, su madre indagó:

- ¿Qué es lo que vas a estrenar?

- Una obra de teatro, mamá. Perdona que no te lo haya dicho. No es muy importante.

- Una obra de teatro ¿dónde y con quién?

- Con un grupo profesional que hace sketchs para televisión. Pasé el casting y me puse a ensayar con ellos.

- ¿Y los estudios?

- Que es sólo por las noches, mamá. No te preocupes que acabaré la carrera.

Han pasado siete años desde aquello y el muchacho, que ya tiene veinticuatro, aparece todas las tardes en una serie de televisión, se llama Luis Enrique y está a punto de separarse de la hija del colono con la que tiene dos hijos en escena y un encelamiento de cojones entre bambalinas.

En la vida real las cosas no le fueron mal. Pronto empezó a ganar dinero y necesitó su propio espacio. Los sketchs tuvieron mucha audiencia y el contrato con la televisión se prolongó cuatro o cinco años. Luego vinieron las series. Aunque no hubiera acabado la carrera, su madre estaba orgullosa de su hijo y siempre tenía en la mesa de trabajo fotos firmadas para dárselas a los clientes que se las pedían. Lástima que, siendo tan joven, se liara con una compañera de reparto con lazos firmes como maromas. Eso a su madre no le pareció bien, no porque tuviera algo contra el compromiso serio –de hecho ella también se había comprometido conmigo-, sino porque la compañera de su hijo era ocho años mayor que él. No lo parecía, pero le llevaba ocho años, los mismos que ella me llevaba a mí.

- No entiendo cómo te importa tanto que Cloti sea ocho años mayor que Bruno y tan poco que tú seas ocho años mayor que yo.

- No es lo mismo –me decía ella-. Mis sentimientos son los de una madre, los mismos que tuvo la tuya cuando supo que habías decidido juntarte con una mujer mayor que tú.

-Pues ha debido cambiar de sentimientos, porque está encantada con su nuera y también con su nieto, aunque no lleve su sangre.

- Yo también estoy encantada con Cloti y creo que se quieren de verdad, pero me da pena pensar que un día Bruno se líe con otra más joven y ella se encuentre tirada como un juguete roto.

- Los juguetes rotos pueden arreglarse. Se limpian y encolan y vuelven a funcionar de maravilla. A veces hacen más ilusión que los juguetes nuevos.

-Tú ya me entiendes. En una profesión tan farandulera como la de Bruno los líos de faldas son continuos. Como dijo aquél, en cada puerto una mujer espera, los marineros besan y se van.

- Eso es de Neruda.

- Ya lo sé, pero es así. Me gustaría que se serenara un poco y pensara sólo en el trabajo, que es muy joven. Ya tendrá tiempo de tener una relación estable, como la tuya y la mía, con Cloti o con otra, que ocasiones no le van a faltar. No sé por qué, me temo que el día menos pensado nos hará abuelos. ¿Te parece eso bien?

- Claro que no, mujer, pero la vida es como es y cada uno se la monta a su manera.

Por mucho que intentara hablarle de Cloti, a mi madre sólo le preocupaba de Bruno que rompiera con la hija del colono. Hacían tan buena pareja y tenían unos niños tan hermosos que se le rompía el alma cada tarde de pensar que aquel podía ser el último episodio en que los viera juntos. Yo le explicaba que la ficción no debía importarle, que los niños no eran suyos, que no iban a separarse de verdad sino todo lo contrario, que gracias al trato íntimo que tenían en la serie había nacido entre ellos una atracción irrefrenable que los mantenía enlazados día y noche, pero que eso no salía en la serie sino que era realidad, que en la serie podían estar firmando los papeles de separación mientras que en la vida real se comían a besos.

Mi madre no quería saber nada de esto y me cortaba en mis explicaciones para que no le estropeara las tardes. Y de Cloti no quería saber nada por mucho que aún fuera la pareja de su nieto, aunque no llevara su sangre, y… No me dejaba hablar, no quería que le explicara nada porque todo lo que yo intentaba contarle la distraía del argumento de la serie: una finca que daba gozo verla, un colono disminuido a consecuencia de un accidente vascular y un yerno, su nieto, bien plantado que paraba cuenta de todo sin ensuciarse las manos ni siquiera despeinarse. Y que, con un poco de suerte –al final todo se arreglaría, lo deseaba con toda el alma-, iba a convertirse en dueño de la hacienda que su suegro sólo explotó.

A mi pareja pronto dejó de importarle que su hijo se liara con otra más joven y dejara a Cloti tirada como un juguete roto. La nueva relación de Bruno parecía seria y no había entre ellos aquella diferencia de edad que le llevaba Cloti y que tanto había preocupado a su madre.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijeron que ella lo sabía, pero en el fondo me sentí aliviado.

- Te ha pillado -me explicaba el amigo- y ahora se toma la revancha.

- Ni me ha pillado ni me creo que sea cierto lo que cuentas.

- Pues puedes estar bien seguro. En Cheek to cheek ayer a las siete. Él es su jefe, enviudó hace unos años y se va a jubilar pronto. Todo legal, ¿eh?, que contigo no tiene papeles firmados.

Es cierto que la convivencia había enfriado bastante nuestra relación y que las salidas en moto le apetecían cada vez menos. Ahorcajarse sobre una moto no debe ser muy agradable para alguien que tiene proctitis, o lo que fueran aquellos tumorcillos sanguinolentos, pero nos permitía seguir frecuentando a mis amigos de toda la vida y le subía la autoestima de ver que la edad la trataba a ella con más cariño que a muchas otras. No supimos encontrar alternativa a la moto y eso ajó nuestra relación, pero de ahí a tontear con su jefe había un trecho. Al menos, a mí me lo parecía, porque no tenía ningún sentido, como decía mi amigo, que hiciera aquello en desquite por haberme pillado. Imposible. Mi madre nunca me hubiera delatado. Y sólo ella había sido testigo de las pocas citas que tuve en su casa.

Un día, mientras cenábamos, me dijo:

- Voy a ser abuela.

- ¿Tú sola?

- Sí. Tú aún no tienes edad para ser abuelo.

Paró un instante, se me acercó hasta rozarme y en actitud seria, pero sin dramatismo, me dijo bien despacio:

- Lo nuestro se ha acabado, ¿verdad?

- Pues no va bien, es cierto. Fue bonito pero hace tiempo que se acabó. Lo tenemos muy hablado. ¿Y lo tuyo?

- ¿Qué sabes de lo mío?

- Me han dicho que tienes un amigo muy especial.

- ¿Te duele?

- No. Me alegra si llena el hueco que yo no he podido llenar.

- Somos muy compatibles, sí. Estoy ilusionada, enamorada.

- Me alegro porque eso es muy bonito y absolutamente necesario para vivir juntos.

- Aunque se nos acabara el amor hace tiempo, tú y yo siempre seremos amigos. Dime, ¿cuántas veces nos hemos peleado?

- Nunca.

- Y nos seguiremos queriendo, estoy completamente segura. De otra manera, pero nos seguiremos queriendo.

Se casaron muy pronto, antes de que naciera su nieto. Mi madre no me acompañó a la boda –recibí dos invitaciones- porque pensó más en mí que en sí misma.

Nunca olvidaré la cara que puso cuando me vio del brazo de Cloti, pero no fue reproche lo que leí en sus ojos sino una honda sensación de alivio. Me lo confirmó de palabra cuando bailé con ella. Y nos hicimos guiños de complicidad cuando Bruno sacó a Cloti y comprobamos que no tenía aspecto de juguete roto y que funcionaba de maravilla.

 

Vicente García Pitarch. (2012). Todos los derechos reservados.

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6 Febrero 2012

La furia de los cormoranes

En los rostros del público asistente se leía con claridad la veneración que sentían por el abuelo, de cuerpo presente, bien que velado por la recia tapa de la caja mortuoria, y el desprecio incontenible por su hijo, al fin cabeza de lo que antes fuera un imperio y hoy un edificio en ruinas.

El viejo había levantado la empresa conservera con el trabajo leal de cuantos vecinos del pueblo quisieron ayudarle y ayudarse. Su hijo estaba arruinando la herencia familiar porque de sus libros de estudio se habían caído las viejas páginas que aprendiera su padre. Hacía tiempo que las malas compañías le llevaban por un camino funesto, gente fría de toga con puñetas que sabía muy bien lo que no le convenía pero nunca le habló del talión y los despechos.

Los que exudaban veneración por sus rostros preocupados eran, al fin, los únicos asistentes al sepelio del hombre que jugó a los cromos con sus padres y siguió haciéndolo con ellos, cambiando trabajo por dinero, sacrificio por vivienda, esfuerzo por comodidades.

Antes del funeral, el cura le había comentado que, con su permiso, al final de la misa rogaría a los asistentes que dieran la ceremonia por acabada para evitar, así, las escenas lacrimógenas y dolorosas que se dan en cualquier pésame. El cura no obtuvo su permiso y hubo de callarse después de la bendición a los fieles.

Por el pasillo central de la iglesia, repleta de vecinos que eran, además, operarios, comerciales, contables, limpiadoras, salía él, seguido de su familia enlutada hasta los pensamientos, con un extraño rictus en la cara, ni de dolor ni de alegría, ese rictus tirante de quien se ve blanco de todas las miradas. Caminaba despacio y con pasos cortos. No miraba fijamente a nadie, pero todos tenían la sensación de que estaba pasando revista de armas. Cuando llegó al atrio del templo, formó como general en incómoda posición de firmes y se dispuso a recibir el pésame de cuantos abandonaban el recinto eclesial, estrechando las manos de unos, abrazando a otros y besando a cuanta mujer pasaba por sus narices, joven o vieja, guapa o fea, conocida o por conocer.

A Rosildo ni le dio la mano ni lo abrazó ni lo besó. Rosildo no estaba allí. Decían que había perdido la cabeza y que ya no hablaba con las personas, sólo con los pájaros

La iglesia se fue vaciando y sus manos estaban cada vez más sudorosas y sucias. Se las limpió con un clínex y se dispuso a presidir la comitiva funeraria que, tras el féretro, empezó a desfilar a diez kilómetros por hora en coches que fueron fabricados para alcanzar los cien en siete segundos y ponerse, a los quince, a una velocidad de doscientos kilómetros a la hora.

El pueblo seguía la comitiva a pie. Hacía un frío del carajo y soplaban malos vientos, pero el pueblo seguía a pie, con ropa de mucho abrigo y las manos guarecidas en los bolsillos, no por devoción al vivo sino al muerto. Caminaban en grupos, algunos en silencio, los más hablando por no callar y sólo unos pocos haciéndose reflexiones con enjundia y fundamento. Rosildo no estaba allí. Nadie sabía dónde estaba. De seguro que el muerto hubiera extrañado su ausencia si hubiera vuelto la cabeza y no lo hubiera visto acompañándole al cementerio. Rosildo siempre se llevó bien con el muerto, discutiendo con él cada día los derechos de sus compañeros, pero hablándole de usted y con respeto, como le enseñaron sus padres que se había de hablar al amo. Cuando el muerto dejó de ir por la factoría y calló, Rosildo dejó de hablar, lo prejubilaron, perdió la cabeza y ya no volvió a comunicarse con nadie sino con los pájaros.

El corto camino al camposanto discurría junto a la tapia de la antigua ladrillera, solar polvoriento, que sólo conservaba enhiesta la emblemática chimenea. Al fondo y en lo bajo, junto al mar, estaba la conservera –sólo el vivo sabía por cuánto tiempo aún- y la piscifactoría, o lo que quedaba de ella, que era casi nada. Su cierre había dejado sin trabajo a algunos operarios y sin comida a muchos cormoranes, o los dejó a todos enojados, sin trabajo y sin comida. Los cormoranes tuvieron la comida fácil hasta que el vivo cerró la piscifactoría. De ahí su enojo. Por eso, tampoco asistían al sepelio, se ve que pesó en ellos más el desprecio por el vivo que la veneración por el muerto. Como en Rosildo, que había perdido la cabeza y ya sólo hablaba con los pájaros.

Por efecto del fuerte viento, como de proa, la distancia entre los coches familiares y el andar cansino del pueblo a pie se había agrandado. De repente, una espesa bandada de cormoranes resueltos avanzó en escuadrilla desde los acantilados, circunvoló el cementerio y se abalanzó suicida contra la copa de la chimenea que se inclinó lentamente y cayó a plomo sobre el camino dejando en el suelo un amasijo de plumas, ladrillos y carne en piltrafas y levantando una polvareda que envolvió la huida en estampía del pueblo a pie y se detuvo, al fin, sano, salvo, sucio y tembloroso. Aquella chimenea, que había resistido en cien años el embate de vientos huracanados y aguaceros torrenciales, no pudo soportar la furia de los cormoranes, presa, quizás, de un impulso suicida, o adoctrinados, tal vez, por alguien de inteligencia superior.

Los bomberos trabajaron hasta la noche para desalojar el lugar. De los coches de la comitiva fúnebre sólo el del muerto quedó incólume. El del vivo –es un decir, lo llamo así para que ustedes me entiendan- quedó reducido a ferralla y los restos de su ocupante formaron amasijo con la carne en piltrafas de los cormoranes suicidas y asesinos.

De Rosildo nadie supo nada. Hacía tiempo que había perdido la cabeza y ya no hablaba con nadie, sólo con los pájaros.

 

Vicente García Pitarch. (2012). Todos los derechos reservados. 

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26 Enero 2012

Fue por culpa de una hembra

Es inaudito que tal cosa pueda sucederle a alguien y hete aquí que me ha pasado a mí. Voy camino de la comisaría y no de buen grado. Supongo que es allí donde me llevan estos jóvenes que hace un rato llamaron a mi puerta y me ordenaron con educación que les acompañara hasta el coche que esperaba en la calle alertando al vecindario con destellos intermitentes. Por suerte no me pusieron las esposas ni hicieron sonar la sirena, detalles que agradezco desde mi modestia y discreción.
Me llevan a declarar, supongo, pero no sé qué esperan que yo les diga. Algo malo habré hecho en todo esto, pero no sé qué. Ni ellos me lo aclaran. Sólo me piden que guarde la calma y me sosiegue, que tiempo tendré de desfacer entuertos y demostrar mi inocencia.
He pasado la Navidad completamente solo, pero no me tengan lástima por ello, que no es lo que ustedes se imaginan. Tengo cinco hijas y ocho nietos y cené con todos ellos el día de Nochebuena en armonía y paz. Después de la cena y los regalos, fuimos a la misa del Gallo, como siempre hemos hecho en mi familia. Y, tras besar al Niño, cada uno se marchó a su casa y yo a la mía. Soy mayor, pero no necesito que nadie me acompañe hasta la puerta de mi casa, como tampoco necesito que nadie viva conmigo, que puedo valerme por mí mismo. Vivo solo, pero rodeado de toda mi familia. Si les dije que pasé la Navidad completamente solo es porque, al llegar a casa, intuí que nadie más que yo iba a dormir en la finca esa noche. Ninguna luz en la fachada me dejaba barruntar la presencia de inquilinos detrás de alguna ventana. El ascensor estaba abierto en la planta baja, donde me había dejado unas horas antes. Caminé hacia él para subir a casa –el zaguán de la finca es enorme y hay que caminar al menos veinte metros para llegar desde la puerta de entrada al ascensor- y, al coronar los cinco escalones que separan el zaguán del rellano, miré instintivamente hacia el lado opuesto donde está el otro ascensor y vi claramente cómo un hombre entraba en él en aquel mismo instante.
Cuando yo abrí la puerta de la calle y encendí la luz para dirigirme a mi ascensor, él ya debía estar esperando el suyo, pero, cuando yo lo vi, ni siquiera volvió la cabeza para mirarme. Si lo hubiera hecho, yo le hubiera dado las buenas noches, le hubiera deseado feliz Navidad y así me hubiera enterado de quién era realmente. No lo hizo y me dejó sumido en la extrañeza y la desazón, porque me pareció que aquel hombre era Joseba, aquel tipo campechano con el que me cruzaba en la piscina y que a todos saludaba en vascuence, egun on por aquí, gabon por allá y kaixo siempre que alguien pasaba a su lado. Pero Joseba de seguro que no era, porque hacía dos o tres años que había muerto en un accidente de moto.
Pude pensar que era un ladrón o un extraño, pero mi curiosidad venció al miedo. Salí de nuevo a la calle para mirar la fachada de frente y no atisbé ninguna luz que no fuera la mía, la que dejo encendida en la terraza cuando me ausento para volver de noche. Volví a entrar y subí a casa con parsimonia pensando aliviado que, estando solo, ningún ruido turbaría mi sueño o, si acaso, los que pudiera hacer el aparecido Joseba, pero él estaba en la otra escalera y no era probable que sus ruidos llegaran a molestarme. Apagué la radio, que siempre dejo en marcha para ahuyentar a los ladrones, y la luz de la terraza que también dejo encendida para advertirles que pagarán cara su osadía si vienen a por mí. Hice mis abluciones vespertinas, me enfundé el pijama y el gorro de dormir y me acosté feliz agradeciendo a Dios el cariño de los míos, que había disfrutado una Nochebuena más.
Me despertó el ruido de la cañería del agua. Le tengo dicho al conserje que purgue las cañerías para que salgan las burbujas de aire, pero no atina con la solución y cualquier grifo que se abre en la finca provoca unos ruidos que, en la noche, han llegado a obsesionarme. Como eran las siete de la mañana, el conserje estaba de vacaciones y yo seguía entre sábanas, concluí que alguien en algún lugar de la finca había abierto un grifo o descargado una cisterna, vayan ustedes a saber por qué, aunque es fácil imaginarlo.
El día de Navidad hubo de nuevo reunión familiar y comida formal en casa de otra de mis hijas. La larga sobremesa quedó interrumpida por la marcha de los más pequeños, que fueron al circo, pero siguió hasta la noche con bromas, recuerdos y comentarios sobre la vida de cada cual. Aunque cada año digo que me corto la coleta, tampoco esta vez pude librarme de interpretar a Jorge en el Brindis de Marina, a beber, a beber, a ahogar el grito del dolor, que el vino hará olvidar las penas del amor. ¡Ay, si Arrieta nos oyera! No les hablé de la aparición de Joseba la noche anterior porque ello me hubiera condenado a perder mi soledad y mi privacidad y hubiera acrecentado en la familia la idea de que el abuelo se va de la cabeza y cualquier día tendremos que organizar turnos para tenerlo en casa o buscarle una residencia donde se encuentre a gusto, si no le incomoda.
Cuando mis nietos pequeños regresaron del circo y después que me contaran lo mucho que se rieron cuando el payaso se quedó con el culo al aire al hacer una reverencia, hube de explicarles una vez más, aprovechando que al día siguiente se iban a la nieve, las caídas que sufrí durante mi servicio militar en una escuela de montaña del Pirineo, meses enteros esquiando en condiciones adversas por pura obligación, que no por gusto, esperando que llegara el verano para verme libre de aquel infierno, con efe, sí, con efe.
Al volver a casa vi que ya tenía compañía. Además del mío, había otro piso iluminado, el séptimo D.
A la mañana siguiente, saludé al conserje.
- ¿Cómo se han pasado estas fiestas, Alfonso?
- Pues tranquilos y en casa, con la familia. ¿Y usted?
- También con la familia, al calor de la llar. Escuche, anoche vi luz en el séptimo D. ¿Hay alguien allí?
- He venido esta mañana temprano, pero no me consta que en la finca haya habido estas fiestas nadie más que usted. Los pocos que viven aquí se marchan. Y venir, no viene nadie. Pero descuide que subiré a ver qué pasa con la luz.
- ¿Quién vive en ese piso?
- Claudia y su familia, pero sólo están en verano.
Arqueé la cejas en señal de no haberme enterado y el conserje me aclaró en voz baja:
- ¿Se acuerda usted de Joseba?
- Sí.
- Pues su mujer. Bueno, su viuda. Este verano tenía pareja, pero no sé si están casados.
- No deben estar casados, que la Queni no me dijo nada. ¿Sabe quién le digo? La mujer del cirujano. Se pasa el verano en la piscina y se entera de todos los chismes de la comunidad.
Los dos días siguientes empecé a tener compañía con el regreso de alguna familia, pero estar solo o acompañado es algo que no me preocupa en demasía, y prefiero estar solo que mal acompañado. Aproveché que hizo días soleados para barzonear a derecha e izquierda y tomar el sol en mi banco del parque.
No vi a Alfonso ni un día ni otro y me extrañó que no me aclarara el misterio de la luz del séptimo D. Llamé a su puerta.
- ¿Qué ha averiguado sobre la luz del piso de Claudia?
- Perdone, pero me olvidé por completo. Subo ahora mismo a ver si sigue encendida y consigo averiguar qué ha pasado.
- No hay prisa. Ya me dirá.
Subí a casa a retirarme y la zarabanda me sorprendió en batín. No uno, cuatro coches con luces de destello pararon en la puerta y allí empezó el trasiego de gente que entraba y salía. Bajé, más por curiosidad que por ganas de auxiliar, y no pude esclarecer gran cosa. Los agentes de la policía me rogaron que regresara a casa y que durmiera tranquilo, si podía, que no corría ningún peligro.
- Pero, ¿pueden decirme qué ha pasado?
- No puedo decirle nada porque tampoco lo sé a ciencia cierta, pero sepa que tenemos la situación bajo control. Usted no corre ningún peligro.
- Pero estoy muy alterado y no podré conciliar el sueño si antes no me dice alguien qué ha sucedido. ¿Dónde está el conserje? Quiero hablar con él.
- Está arriba con los agentes, pero no intente hablar con él, que no le dejarán. Serénese y vuelva a su casa, por favor.
¿Qué iba a hacer yo sino volver a casa por favor o sin favor? Pegué mi nariz al cristal de la ventana y me puse a ver desde lo alto la película que daban en la calle. Como llegué tarde, no entendía el argumento, pero era, de seguro, una película de acción. No había más que ver el trajín de los actores. Unos entraban, otros salían y nadie paraba quieto. Llamé al teléfono de Alfonso, pero no lo descolgó.
Pasaba ya un rato de la hora a que me acuesto cada noche cuando sacaron de la finca a alguien tendido en una parihuela, bien arropado, y lo introdujeron en un coche sin destellos. ¡Cielo santo, era un coche funerario!
Allí se acabó la película y se desveló la intriga. Acompañando a los últimos agentes que abandonaron la finca vi a Alfonso. Bajé enseguida y lo encontré en la puerta de su casa, nervioso y preocupado.
- El novio de Claudia. O su marido. Habrá venido a recoger algo del piso y ahí se ha quedado. Han dicho que llevaba dos o tres días muerto.
- ¿Con violencia?
- Sangre no había, pero han estado un rato mirándole el cuello.
- ¿Le han preguntado cuántos vecinos había estos días en la finca?
- Sí.
- ¿Y qué les ha dicho?
- Que usted.
Así, es normal que hace un rato hayan llamado a mi puerta y me hayan ordenado que les acompañara hasta su coche.
- Dice usted que no reconoció al hombre que tomaba el ascensor el día de Nochebuena.
- Así es, señor comisario. Ni le reconocí ni me saludó ni le saludé.
- Además de la luz encendida que vio usted el día de Navidad, ¿notó u oyó algo raro en la finca?
- El pitido de la cañería que me despertó. Ya se lo he dicho, señor comisario.
No me sacó sino lo que quise decirle y, al poco rato, me pidió disculpas por las molestias y me mandó a casa. Alfonso me contó el final de la historia, tal como él la creía y la policía se la contó.
- Estaba en el piso porque fue a robar, que con Claudia había roto después del verano. Debió sufrir un infarto y allí se quedó.
Titular de los periódicos: “Murió de un infarto mientras estaba robando en el apartamento de su ex-pareja”. Bonito.
Qué inocente es y con qué poco se contenta la policía. Si yo les dijera que fue Josefa, o su espíritu, ¿qué más da?, el que estranguló al novio de su mujer, no me creerían. Ese novio no era trigo limpio y por eso rompieron, porque ella se dio cuenta a tiempo o Joseba se lo hizo ver. Los vivos perdonamos fácilmente y sabemos disimular, pero con los muertos hay que irse con tiento, que no tienen doblez ni les importa un carajo dejar que afloren sus sentimientos. Lo mató por celos, lo sé yo, y para castigar el maltrato que dio a su mujer. Pero, ¿cómo se lo explico al comisario sin que me tome por loco, o a mis hijas sin que se apresten a internarme en una residencia de ancianos? Mejor haré si me marcho a tomar el sol en mi banco del parque, que de tanto sobresalto me he quedado traspuesto.

Vicente García Pitarch. (2012). Todos los derechos reservados

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3 Diciembre 2011

La soprano ensimismada

(Dedico este relato a los miembros del Cor Carnevale, de Burriana, y a mi hija Déborah que los oye cantar embelesada).

El correo que tenía en pantalla era tan halagador que decidió reenviarlo a todos los miembros de la coral y llamar al director para compartir la euforia, pero no hizo ni lo uno ni lo otro. El consejo rector de la Schola Stonata florentina invitaba al Cor Carnevale a participar en el concierto que diez corales de todo el mundo iban a dar en la Piazza della Signoria para recordar en llanto el medio milenio transcurrido desde que el fuego inquisidor de Savonarola redujera a cenizas la obra completa -madrigales, sobre todo, pero también misas y motetes- del músico toscano Rosselino Rosselini, del que no quedó ni una nota para el recuerdo sino sólo la memoria de su genio creador de catedrales de viento, como los musicólogos definieron su desconocido legado.

A nadie podía halagar aquella invitación más que a ella, Carmina Buriana, -lo primero porque su nombre era Carmen, lo segundo por alusión gentilicia y el todo por lo mucho que le gustaba la cantata orffiana- puesto que ella era el alma de la coral. Si no cantaba en ella era porque no había en el repertorio piezas para su voz, pero se encargaba de las relaciones con otras corales y con la prensa. Como decenas de músicos antes que ella, estaba entusiasmada con la imaginaria obra polifónica del gran Rosselini y algún día plasmaría en el pentagrama, a modo de aproximación a la obra del florentino, una psicofonía que había oído en una reunión con videntes y médiums.

El Cor Carnevale, que era una sociedad cultural con ánimo de lucro pero sin empeño en conseguirlo, aceptaría sin duda la invitación. Tres meses serían suficientes para preparar el concierto y organizar el viaje, pero no había tiempo que perder.

Carmina se puso a trabajar sin dilación. No sería difícil encontrar tiempo para los ensayos porque la coral se hallaba inmersa en la preparación de los conciertos navideños que tenía contratados y alguno de los villancicos del repertorio serviría para la cita florentina. O habría que ensayar más horas. Ella hablaría con el director y estaba segura de que los miembros del coro harían con gusto cualquier sacrificio que se les pidiera con tal de alcanzar la gloria.

El mayor obstáculo a salvar iba a ser técnico. En el Cor Carnevale no había soprano capaz de interpretar la voz solista de la pieza, cualquiera que fuera ésta, a cantar en el monumental escenario de La Signoria. Si acaso ella, por una vez y no más, santo Tomás, podría echarles una mano, pero eso le daría un protagonismo que no buscaba y le restaría tiempo para atender a la prensa como debía. Mejor sería que tratara de localizar a su amiga la hippy, que cantaba a capela en galerías de Metro, en pasajes comerciales o en calles peatonales bajo la lluvia, según le conviniera. Recordaba con escalofríos de emoción su figura espiritada y su bella voz, pero no sabía dónde estaría trabajando ahora. Lo averiguaría y conseguiría que se uniera a ellos para subirse al carro de la fama.

Los ensayos prenavideños se desarrollaban con normalidad y nadie en la coral sabía nada de los planes de Carmina, que no es frecuente saber lo que pasa por la cabeza de alguien aunque ese alguien sea tu vecino o tu compañero o ambas cosas a la vez, y eso y más era Carmina para todos. Siempre dispuesta a ayudar aunque nadie la necesitara, Carmina era la persona más importante del grupo porque así lo sentían sus compañeros. No podía cantar en el coro porque desafinaba con estridencia, pero ponía toda su pasión en los ensayos y actuaciones de la coral. Alguna vez habían logrado que actuara con ellos sin voz pero con voto, sin emitir sonido alguno pero moviendo los labios y gesticulando como un mimo. Nunca nadie se dio cuenta del engaño. Ni que decir tiene que Carmina figuraba en la foto oficial de la coral como soprano ensimismada.

Como todos los años, el sábado posterior a la Purísima el Cor Carnevale viajó a Valencia para actuar en la inauguración del Belén del antiguo Hospital de los Milagros, en el centro histórico de la ciudad. Era una salida apreciada porque la mecenas del Belén invitaba a cenar a la coral después del concierto, lo cual, si no de lucro, era motivo de refocilo para la tripa y de agrado para el paladar. Carmina llevaba las partituras y los billetes de tren para la vuelta en una cartera de piel que le colgaba en bandolera. Caminando por el barrio, antes de llegar a la iglesia, escenario de la actuación, oyeron una bella voz de soprano interpretando It came upon a midnight clear, una de las piezas que ellos iban a cantar en el concierto. Doblaron la esquina y la vieron junto a la pared, a resguardo del relente de la noche, menuda y frágil, manifiestamente embarazada, cantando sobre la orquesta de dos pequeños altavoces que había a sus pies. Pararon un instante sobrecogidos por la belleza del momento, con ánimo de esperar hasta el final de la interpretación. Antes de que acabara, Carmina avanzó lentamente hacia la soprano embarazada y se paró sonriente a dos metros de ella, que seguía cantando con fraseo espontáneo y rotundo. Cuando se apagó la última nota, los transeúntes aplaudieron con entusiasmo mientras Carmina abría los brazos esperando que su amiga se fundiera en un abrazo con ella. La soprano embarazada, avezada artista callejera, no se inmutó ni cuando Carmina avanzó unos pasos y le dio un beso. Estaba con la mirada fija en una caja de zapatos que había a sus pies, entre los pequeños altavoces. Algunos transeúntes se acercaron para echar una moneda. También los miembros del coro premiaron la bella actuación y, tras lanzar la moneda y felicitarla, se retiraron llevando del brazo a Carmina, que se había quedado traspuesta por el feo que le había hecho su amiga imaginaria.

El concierto en el Hospital de los Milagros la devolvió a la realidad. Una a una repartió a cada cantor su partitura y en el facistol del director, además de la suya, puso la batuta y el diapasón de horquilla. Luego, se sentó entre bambalinas y aplaudió con frenesí cada una de las obras interpretadas. Los insistentes aplausos al final del concierto les obligaron a cantar un bis, It came upon a midnight clear, naturalmente, y Carmina fue llamada a unirse a sus compañeros sin voz pero con voto. Tan tenue fue su voz y tan imponente su voto que por algunas mejillas del público rodó una lágrima espontánea igual que brotan los aplausos, los olés y los requiebros de entre las rocas.

Cenaron en hermandad y sin deterioro de su economía, se felicitaron las Navidades y brindaron por un próspero año nuevo, que brindar es ejercicio de artistas.

De vuelta a casa, Carmina leyó con tristeza el correo que tenía en la pantalla del ordenador: la Schola Stonata le comunicaba la cancelación del macroconcierto de Florencia por causas mayores. El pueblo llano había convertido el escenario frente a la fachada del Palazzo Vecchio en una enorme pira donde chisporroteaban las magras carnes del incómodo Savonarola en justo castigo por sus rarezas inquisitoriales.

Borró el mensaje y decidió no comunicárselo a sus compañeros para no desconcertarles. Sobre planes de conciertos venideros tampoco les dijo nada, no fuera que causas mayores obligaran también a suspenderlos.

 

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

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19 Noviembre 2011

El heredero del pueblo

Todos los empleados de la gestoría estaban allí, extraños en el escenario impropio que formaban los adustos bancos de aquella iglesia fría y desorbitada, excesiva para un pueblo de dos o tres millares de habitantes cuya fe en el más allá del catecismo del padre Astete no era sino un pálido reflejo de la fe de sus ancestros que levantaron con sus manos aquella bóveda de crucería y aquellos arcos apuntados para que cobijaran al pueblo en torno a su Dios todopoderoso. Amparo no tomó asiento en los bancos centrales porque quería pasar desapercibida o porque temía no ser capaz de dominar el llanto. Acompañada de su hijo, buscó discreto refugio tras una columna del templo que la ocultaba del resto de los asistentes pero que no le impedía ver el féretro al pie del altar. La esposa de Ramiro estaba en el primer banco, el lugar adecuado para la viuda de cualquier entierro, a cobijo bajo el ambón del evangelio hacia donde todas las miradas se dirigieron cuando el cura lo ocupó para dar la despedida al muerto. Además de los vecinos del pueblo, al entierro habían acudido muchos amigos de la ciudad, clientes del despacho, compañeros de barra de los cafés y almuerzos de cada día. Así fue cómo Ramiro recibió el adiós de los allegados de su mujer, con los que convivía los fines de semana, y de los amigos propios, con los que pasaba la mayor parte de los días de hacienda. Y de Amparo y su hijo que, como habían imaginado, no pudieron contener el llanto durante el funeral.

Ramiro había sido un hombre muy especial. Como tantos otros de su generación, había hecho la mili lejos de su Castilla natal y en Castalia se quedó cuando lo licenciaron. La culpa la tuvo una chica. Le preguntó dónde paraba el autobús a Morelia y ella le contestó que era de allí y que lo llevaría en su coche, si quería. Claro que quiso. Ella se excusó de que su coche no fuera bonito y le explicó que lo necesitaba práctico, que en el pueblo siempre estás llevando cosas de un sitio para otro. Él le dijo que iba a ver a un compañero de la mili con el que había planeado salir a cazar. Ella conocía a su compañero de mili y lo dejaría en la misma puerta de su casa, si quería. Él no consintió que ella se molestara y le rogó que lo dejara en la puerta de la suya, que ya caminaría él en busca de la casa de su amigo. Después de casi cien kilómetros y decenas de curvas a derecha e izquierda, de largos y embarazosos silencios, de preguntas tontas y respuestas sin sentido, de fugaces exabruptos por los baches de la carretera y de sonrisitas ocultas tras miradas de reojo, ella entró con el Land Róver en el amplio garaje de su casa y él vio a las claras que aquel caserón había hecho fortuna. Su amigo, el cazador, le acabó de explicar lo que no pudo apreciar a simple vista: que su amiga del Land Róver, además de acomodada, era soltera, muy buena gente y de muy buena familia.

Cuando, al cabo de unos días, la chica soltera del Land Róver preguntó al cazador que cuándo volvería a subir su amigo, éste le dijo:

-Nuestro amigo, querrás decir. Más tuyo que mío, por lo que veo. Ojo con él.

Ella se ruborizó al instante y emprendió la retirada, pero el cazador le dijo que su amigo empezaría a subir cuando se abriera la veda, en una o dos semanas.

Y la veda se abrió y él empezó a subir para cazar y ella se ruborizaba cada vez menos.

Ramiro era un chico muy apañado. Mientras hacía la mili, preparó las dos asignaturas que le quedaban y, al acabarla, se sacó el peritaje mercantil y entró a trabajar en la gestoría, llevando contabilidades y asentando partidas y balances de pequeñas tiendas y talleres.

La chica del Land Róver no pudo estudiar fuera del pueblo porque la mala salud de sus padres la tuvo siempre retenida en casa. El último negocio que hizo su pobre padre fue la venta del Masiero. Cuando en aquella enorme y agreste finca empezaba a adivinarse el futuro campo de golf, sufrió una embolia y quedó impedido. Y ella, que no su pusilánime madre, tomó las riendas de la casa.

No es fácil entender en qué consiste la labor de llevar las riendas de una casa, pero algo deben manejar esas riendas porque ellos se amonestaron en Fallas y se casaron por Pascua.

Eran una pareja tranquila, como de conveniencia, sin puntas de pasión ni valles de enfado. No tuvieron familia, pero a nadie extrañó eso, sino que Ramiro siguiera trabajando en la gestoría y pasara más tiempo en Castalia que en casa. Decían algunos que el despacho era suyo y por eso a nadie extrañaba que sus obligaciones se multiplicaran. Los viernes o sábados subía al pueblo y trajinaba de aquí para allá. Al empezar la semana volvía a la ciudad. En tiempo de caza subía más, pero aún paraba menos en casa. El amigo de la mili era su compañero habitual. Rastreaban la maleza, batían el monte, tiraban al vuelo y cobraban alguna pieza, perdices sobre todo. Los perros del amigo hacían el resto.

Hacía poco que subía a cazar, o lo que fuera, con el hijo de Amparo, un muchacho despabilado y guapetón, el hijo de una empleada de la gestoría, decían. Por suerte, el día del accidente el chico no estaba. Quién sabe si no le hubiera alcanzado algún perdigón del tiro de escopeta que mató a Ramiro tras la maleza, casi a bocajarro. Como si el infortunio no hubiera colmado el dolor del amigo de la mili que cazaba con él, a los pocos días del accidente una pareja de la Guardia Civil pasó por su casa y se lo llevó a declarar. La declaración debió de ser larga porque al cabo de una semana todavía no había regresado al pueblo. Volvió al fin, pero por poco tiempo. Se le halló culpable de homicidio e ingresó en prisión. En el juicio confesó que siempre había vivido en arrobamiento por la mujer de Ramiro y que una crisis de sinrazón y de rabia le llevó a disparar contra el amigo junto al que tantos sentimientos había malgastado y tanta indiferencia había sufrido.

Tras el funeral, al caer la noche, Ramiro quedó para siempre en su tumba, rodeado de búcaros floridos y coronas de recuerdo, más solo que un muerto.

Amparo y su hijo regresaron a Castalia arropados por la caravana de los coches que habían subido de la gestoría. Ya en casa, recogió las pertenencias de Ramiro -sentimientos de amor profundo, recuerdos inolvidables de momentos felices, planes de un futuro que nunca llegaría- y las inmoló en el infiernillo de las cenas secretas y arrimadas. Recogió las cenizas, las puso en el cuenco de las violetas y lo depositó en la hornilla de la chimenea junto a las palomas de cerámica que se trajeron de México.

El lunes la gestoría abrió sus puertas con un vago sentimiento de extrañeza. Y Amparo acudió a su despacho y se aplicó al trabajo con ahínco, que ya no contaría más con la ayuda de su compañero y aún no había llegado el momento de pasar el testigo a su hijo, que estudiaba con provecho como le dijo su padre que hacía cuando tenía su edad.

Al cabo de unos años el chico jubiló a su madre y tomó las riendas de la gestoría con el mismo ánimo despierto y espíritu pronto que demostró su padre al acabar la mili.

Ramiro estaría orgulloso de su hijo si viviera ahora para verlo subir al pueblo algunos fines de semana, trajinar de aquí para allá y regresar a Castalia para empezar la nueva semana. Tanto trajín le resultaba incómodo, pero lo hacía a gusto porque se lo había pedido la buena persona que era la mujer de su padre. Y poco a poco fue arreglando los papeles, como había hecho su padre, porque "todo esto ha de ser tuyo, como hijo que eres de mi difunto marido, que en paz descanse, a quien tanto quise y querré siempre".

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

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22 Octubre 2011

El testamento de Borja

La costalada fue sobrecogedora porque nada la hacía presagiar. La sinuosa carretera, circuito de desfogue en otras ocasiones, no era esta vez sino un lugar de tránsito obligado para llegar al mesón, en cuya terraza iban a tomar unos montaditos como quien cena. Además, Borja y Adolfo llevaban a sus novias de paquete y, como siempre en semejantes casos, se comportaban como caballeros, sin acelerones bruscos ni derrapadas de canguelo. Pero aquella furgoneta, parada en el camino esperando que pasaran las dos motos para entrar en la carretera, se avalanzó sobre la de Borja y la derribó con horrísono y dramático estruendo. Cloe salió por los aires y su grito desgarrado quebró el húmedo anochecer. Adolfo y Dana, que seguían a Borja, pararon en medio de la carretera y saltaron de la moto. Por instinto, Adolfo corrió hacia Cloe, que ya se levantaba alocada, y Dana se agachó junto a su hermano que yacía palpándose el costado con las manos en sangre y agarrando su pierna desgajada del cuerpo. Un coche que paró tras ellos llamó al hospital. Cuando llegó la ambulancia, el payés de la furgoneta seguía llorando como un niño y pedía a Dios que rebobinara la escena y así vería que no embistió porque quiso sino porque le resbaló el pie enfangado que apretaba el freno. Y Borja, primero, con el cuerpo a trozos, y Cloe, después, casi indemne pero angustiada o presa de un ataque de nervios, ingresaron en urgencias.

Los médicos no pudieron hacer nada por salvar a Borja, tal era la magnitud de los graves traumatismos con que ingresó. Falleció al alba, cuando los hombres jóvenes y sanos como él apagan el despertador de un manotazo y entran en la ducha medio dormidos. Ni un chorro de agua fría lo hubiera despertado ahora ni pudo despertarlo la mano cariñosa de Dana que lloraba impotente el tránsito imparable de su hermano. Apenas certificado el óbito, en presencia y con el consentimiento de Dana, un médico de oficio le hizo una punción sobre la oreja y salió de la habitación con la jeringa por trofeo.

Cloe salió del batacazo aparentemente ilesa, pero las pruebas que le practicaron durante toda la noche detectaron que el golpe en su cabeza había lastimado su hipófisis, un recóndito y diminuto órgano alojado en la silla turca del esfenoides y cubierto por el diafragma de la duramadre. Nada grave de inmediato, pero potencial causante en el futuro de una pérdida de la visión sin remedio o de una alteración de las secreciones hormonales que pueden interferir no sólo sobre el soma sino sobre los sentimientos.

Explicaciones como éstas interesaron por igual a Adolfo y Dana, que pasaron la noche yendo de aquí para allá, del dolor a la esperanza, de la vida a la muerte.

Y, puesto que el remedio era tan natural, Dana autorizó que extrajeran unas gotas humorales del cerebro de su hermano y Adolfo que las inocularan en el cerebro de su hermana.

Cuando le practicaron la microcirugía, Cloe estaba rota por la muerte de su novio. Al despertar, era una mujer nueva y no tardó en dar pruebas de ello a cuantos la rodeaban. La "herencia" de su novio la enajenó por completo y, en menos que escampa una niebla fina, se transformó su carácter. Pronto surgieron las primeras desavenencias con su cuñada por la propiedad de la casa donde vivía, del chalet que por Navidad disfrutaba en la nieve y de las acciones del laboratorio de sus suegros, los difuntos padres de Dana.

El chalet de la montaña era un bien mancomunado de los hermanos y Dana no puso ningún inconveniente para seguir disfrutándolo juntos, pero no revueltos. La casa de sus padres y las acciones de la empresa eran de Dana, heredera única de su hermano Borja. O, al menos, eso es lo que decían los abogados. Pero Cloe no pensaba lo mismo.

Adolfo, ajeno a los cambios que las gotas humorales de Borja habían causado en la hipófisis de su hermana, esperaba imparcial el resultado de las artimañas que se llevaban entre manos las cuñadas, seguro de que, de un modo u otro, todo revertiría en su propio beneficio.

Las discusiones entre las cuñadas se alzaron a mayores, tanto que un juez con bigotillo pardo hubo de sentenciar que Dana era la dueña de la casa de sus padres y que Cloe podía enmarcar las acciones de la empresa y colgarlas en el salón de su casa, si así le placía, pero que la titularidad de las mismas era también de Dana.

Nadie obligó a Cloe a abandonar la casa que había compartido con Borja. Lo decidió ella misma, para marcharse a vivir, velis nolis, en la casa cuya propiedad compartía con su hermano y que Adolfo habitaba con su novia. La convivencia de los tres en la misma casa, bien que holgada y laberíntica, se hizo insoportable, y los continuos y enojosos  enfrentamientos tensaron tanto el arco que se rompió la cuerda. Cada una reprochaba a Adolfo que no se pusiera de su parte y él les reprochaba a ambas que lo apremiaran a elegir entre lo que más quería. La cuerda se rompió por el lado de los sentimientos. Dana dejó de querer a Adolfo y regresó a su casa, ahora libre por la muerte de su hermano y el desalojo de su cuñada. Y Adolfo se quedó sin saber a quién quería, desorientado y dolido por la muerte de su mejor amigo, por la pérdida de su novia y por la invasora presencia de su hermana bajo un techo que no había cobijado otro amor que el de Adolfo y Dana.

De la nueva convivencia de los hermanos no podía esperarse nada bueno, pero surgió la sorpresa. Cloe empezó a sentir los efectos de las gotas humorales de Borja en su cerebro y se despertaron en ella no sólo sentimientos de amistad hacia su hermano sino los propios impulsos amorosos que movieron el corazón de Dana. Al principio consiguió dominarse, pero no por mucho tiempo. Adolfo se sentía acosado por su hermana y no sabía cómo desembarazarse de ella. Se lo contó a Dana y supo, con sorpresa, que ella lo seguía queriendo. Tramaron un plan: Dana renunciaría a la decisión judicial sobre su casa y reconocería ante Cloe que los haberes de su novio le pertenecían porque ése hubiera sido el testamento de Borja.

El plan satisfizo a Cloe. Dana volvió con Adolfo y disfrutó de su amor, de su casa recuperada, de los paseos en moto y de las barbacoas con los amigos. Y Cloe empezó una nueva vida en el escenario que le dio felicidad junto a Borja, con el corazón arrobado por el amor de una morena de cabello corto, sosegada adentro y bulliciosa afuera, cocinera delicada de platos para dos, amante del jazz y de las setas y de haraganear en casa los domingos y fiestas de guardar.

El chalet en la nieve no los volvió a ver ni juntos ni revueltos. La morena de esta copla no gustaba de esquiar.

 

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

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29 Septiembre 2011

El médico del general y su asistenta

En la frutería no había pasado desapercibida la presencia de un nuevo vecino en el barrio. Y en la escalera, menos. El sexto b tenía nuevo inquilino y los primeros temores quedaron rápidamente apagados por la discreción y la buena educación del general retirado -el cajero del banco no podía precisar si de infantería o de artillería- que entraba y salía sin molestar a nadie. Algo raro sí era. Rehusaba compartir el ascensor con cualquier otro vecino y, por eso, muchas veces era el último en tomarlo, o el primero, si se topaba con una vecina condescendiente. Quizá temía que, de cerca, alguien pudiera descubrir que bajo el sombrero usaba un bisoñé manifiesto. De cerca y de lejos todos le veían como un tipo afeminado. En la cola de la pollería se juraba que iba siempre con la cara maquillada, y en la pastelería, que su mostacho era postizo. Pero en la calle, cualquiera podía ver que vestía con elegancia, siempre con traje y corbata, siempre con sombrero, siempre con bastón, siempre con gafas oscuras, como si, además de dandi, fuese alérgico a las radiaciones solares.

El sexto b tenía dos asiduos visitantes cuya presencia no extrañaba a nadie: la asistenta del general y su médico.

Debía ser la asistenta no porque así lo dijeran en la cola de la pollería, sino porque sólo se la veía comprando en el supermercado y en las tiendas cercanas. Pero no era una asistenta al uso. Si algo llamaba la atención en ella era su prestancia, su acicalada manera de maquillarse y sus andares y gestos hombrunos. Ya era mayor, pero se adivinaba que de joven debió ser un bellezón. Se adivinaba, porque, al igual que el general, se cubría cuidadosamente del sol con una pamela y unas gafas oscuras algo extravagantes.

El galeno era el más normal de aquella "familia". Era de talla similar al general y a su asistenta, pero no le importaba pasear al sol con la cabeza descubierta y, aunque vestía siempre con elegancia, aparecía informal y relajado. Nunca lo vio nadie con el maletín de urgencias ni con el fonendoscopio colgando del cuello sobre la bata blanca, pero se sabía que era el médico del general porque él mismo se lo había confesado al cajero del banco de la esquina:

-Es mi médico.

-¿Está usted enfermo?

-No, pero viene a casa para curarme las heridas de la guerra.

No se puede insistir preguntando a alguien que te contesta así y el cajero sólo quería ser amable con su cliente. Ni Dios podía saber de qué heridas se trataba, pero nadie negará que las heridas de la guerra necesitan curación si no se quiere que permanezcan siempre abiertas.

El movimiento de los habitantes del piso era similar un día que otro.

A primera hora salía de casa el general, tomaba el ascensor si no le venía ocupado y salía a la calle a hacer gestiones materiales o espirituales. Si materiales, iba al banco de la esquina y tomaba la vez en la cola de su cajero, siempre el mismo, con el que a veces hablaba y le hacía confidencias tales como la del médico que le curaba las heridas de la guerra. Si alguna vez le hizo otras confidencias, el cajero nunca lo dijo a nadie. Un cajero de banco ha de ser discreto, que a nadie importa si este cliente tiene mucho dinero y aquél poco, o si éste ordena transferencias y aquél ingresa cheques. Si espirituales, iba a la biblioteca a devolver y recoger libros, o a alguna sala de arte donde expusiera un pintor figurativo, ya que abstractos y naífs no eran de su agrado. A la iglesia, aunque el rezo es actividad espiritual si se practica en silencio, no iba. No debía ser un hombre muy religioso, que la milicia y la guerra endurecen los sentimientos.

Al poco de regresar a casa el general, salía la asistenta, a la que nunca nadie vio entrar, tomaba el ascensor si le llegaba vacío y salía a la calle con el carrito de la compra que arrastraba con pareja dignidad que si hubiera llevado un perrito faldero y pachón bien perezoso. La compra era siempre meticulosa pero escasa, ya fuera porque el general estuviera a dieta de jilguero o porque sus visitantes llegaran de la calle bien comidos y bebidos.

Al final de la mañana paseaba el médico, sin haber entrado en el piso ni salido de él. Simplemente paseaba, con la cabeza descubierta si el sol no era acuciante, o tocado con sombrero de jipijapa, como si fuera un indiano, si hacía un sol de justicia.

Por la tarde uno no se entretenía en gestiones bancarias ni la otra iba a la compra ni el tercero paseaba siquiera. El general debía ser hombre de largas sobremesas en duermevela y lecturas salpicadas de cabezadas indolentes, hojaldres de anís y sorbitos de Oporto Tawny, ligeramente frío, envejecido allí donde el Douro, Duero entrado en carnes y en saudade, se ve engullido por la inmensidad del océano. O debía dormir siestas de persiana bajada y pijama puesto o ver series televisivas, quién sabe, a nadie importa lo que cada uno haga cuando le vence el sueño.

De repente, no hubo más general ni más asistenta ni más médico del general. En su lugar sólo había un Mercedes blanco habitado por un cuerpo de mujer granada con largas piernas morenas y nervudos brazos firmes. Entraba y salía del aparcamiento siempre con prisa pero sin atolondrarse y, como a nadie conocía, a nadie saludaba.

Luego, también de repente, no hubo más Mercedes blanco ni mujer granada, sino un coche funerario negro con coronas de flores y estolas al viento como brindis al cielo: Tus hijos y nietos no te olvidarán (sólo dos, ambos varones, de la mujer granada y su marido altísimo, todos vestidos de riguroso negro que, cuando no es frivolidad, duele en el alma), Tus compañeros de la Facultad (muchos y de todos los colores), Tus amigos y enemigos (los hay con ganas de significarse)...

Había muerto el general y lo llevaban a enterrar. A su asistenta y al médico nadie los vio en la comitiva fúnebre. Al cajero del banco de la esquina, sí. En el supermercado del barrio alguien dijo que había muerto la asistenta. Los paseantes del final de la mañana creían que el finado era aquel señor que parecía un indiano, a veces con sombrero de ala ancha y otras con la frente lampiña y reluciente al sol.

 

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados

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10 Agosto 2011

Querida mamá

El caso no me hubiera sido encomendado si el único escrito que hallaron en los bolsillos del muerto no hubiera sido una carta en español. Por muy ciudadano alemán que uno sea, por mucho que uno hable el idioma como lo hablaría Goethe si hubiera nacido español y, luego de servir a la Patria, se hubiera marchado a Alemania a buscar trabajo y lo hubiera encontrado en una fábrica de golosinas, si uno se llama Pérez García y trabaja en la comisaría de Aachen, lo normal es que a uno le encomienden los casos que requieren conocimiento del español.

Querida mamá, comenzaba la carta. Las cartas que uno escribe a su madre empiezan siempre así. Esto, que parece tan evidente, no lo sabe casi nadie porque casi nadie escribe ya cartas a su madre. La gente se manda mensajes con ortografía infame y se queda satisfecha porque no necesita más. Por lo que se ve, el muerto cultivaba el género epistolar. En eso nos parecíamos. Yo también lo he cultivado siempre y sigo creyendo que no hay manera más exquisita de decirle a una madre que la quieres que una carta escrita a mano con estilográfica sobre papel blanco sin pautar. La del muerto estaba escrita a mano, sí, pero no sobre un folio blanco sino sobre un trozo de basto papel de envolver, color mostaza, manchado de grasa.

Te escribo esta carta para que no sufras por mí. Estoy bien y confío que tú también. Aunque no puedo estar a tu lado para cuidarte, sé que las monjas lo hacen mejor que yo, que nunca he sabido hacer otra cura que poner un apósito sobre la piel dañada. Pronto volveré y me ocuparé de ti como te mereces.

Más que una carta para ser enviada ─aquel papel arrugado no parecía escrito para ser metido en un sobre─ el texto parecía un desahogo o una justificación. Por cierto, el pordiosero tenía buena letra y trazo firme y se expresaba sin faltas de ortografía, quizá porque en su edad escolar le enseñaran caligrafía y ortografía, artes marciales con las que uno aprende los recovecos de su lengua y se respeta a sí mismo.

Te escribo sobre la mesa de un bar, en una terraza floreada de la Plaza Mayor. El camarero me acaba de traer una copa de cerveza y, antes de acercar su espuma a mis labios sedientos, brindo por ti.

Me parece poco creíble que aquel mendigo indocumentado hubiera compartido espacio, poco antes, con los ociosos pobladores de la plaza que empezaba a describir. Esto de emboscar los males propios es el recurso que usan muchos para no hacer sufrir a la persona querida. Ojos que no ven, corazón que no siente, aunque, a veces, no ven pero intuyen y adivinan.

Deja que te cuente todo lo que veo a mi alrededor. Cerca de mí hay un puesto de venta de flores, muy frescas y coloridas, que un jardinero orondo y campechano refresca con una manguerita que les pulveriza el agua cual si las perfumara con un espray.

Para apreciar esos detalles su madre debía ser una de esas mujeres que se rodean de flores porque tienen floreada el alma, que ponen macetas con flores desde el umbral de su casa hasta la cancela, los alféizares de las ventanas y los balcones, que pueblan de jardineras las aceras de su entorno, como si marcaran territorio.

Al lado del bar en que me siento, hay una casa grande que es tienda y restaurante a la vez. Nunca vi un negocio así en España, pero aquí parece que funciona bien. La comida se presenta en bandejas de colores y se sirve en platos de colores: pastas y arroces en bandejas verdes, ensaladas y verduras en bandejas amarillas, carnes y pescados en bandejas rojas, pasteles y frutas en bandejas blancas. Y se paga al peso. Cada color tiene un precio por kilo. Y no es cara. Por unos diez euros se come bien, aunque no tanto como en casa.

El dato que me permitió iniciar la investigación fue el trozo de la tarjeta de embarque que llevaba en un bolsillo del pantalón. Había salido del aeropuerto de Reus doce días antes de su muerte y no llevaba consigo la tarjeta de vuelta ni su documento de identidad, lo cual me hizo pensar que ya había renunciado no sólo a ser quien era sino sencillamente a ser. De lo que hizo en la ciudad antes de su muerte me hablaron algunos callejeros que lo habían frecuentado. Sin descartar a priori ninguna posibilidad, parecía que su muerte no hubiera sido violenta sino natural o, quizás, provocada por alguna sustancia venenosa que se hubiera tomado voluntariamente. Estaba cualificado para elegir cuál, puesto que al paro había llegado desde un laboratorio de farmacia. Quizá fuera titulado superior, ya que su trabajo le permitió llevar una vida holgada. Se había casado y tenía una hija, pero poco más pude saber al principio sobre los detalles de su vida familiar. Cuando uno se va es porque le echan o porque quiere irse. Cuando uno se muere es porque el corazón ha dicho basta o porque un gendarme cruel le da el alto.

Alrededor de la plaza, pero sin impedir el paseo de los caminantes por las aceras, hay cuantiosas casetas en las que se venden productos de artesanía: juguetes de madera como los de antes, mantelerías bordeadas con aguja de gancho, sombreros para guardarse del sol o adornarse la cabeza, hasta abrigos de piel para señora o caballero. Todo lo que se te ocurra comprar lo puedes encontrar en estas casetas que las brigadas del ayuntamiento montan y desmontan cada día, como hacen los muchachos con las tiendas de campaña cuando van al monte.

Antes de esfumarse, ya hacía tiempo que no vivía con su familia, sino sólo con su madre, cuidándola. Parece ser que su mujer y su hija lo echaron de casa cuando se le acabó el subsidio del paro. Él no puso impedimento porque nada malo quería para ellas, pero también sentía la obligación de cuidar a su madre. Se quedaron con todo lo suyo y se aprestaron a vivir una nueva vida sin grandes carencias, puesto que la mujer ejercía algún tipo de funcionariado bien remunerado y la hija estaba opositando para emular a su madre.

La idea de internarla no nació de él sino de un amigo médico:

─Mientras ella sepa que eres su hijo, nada será mejor que tu presencia, tu sonrisa, tu mano y tu palabra. Cuando deje de saberlo, el cuidado profesional será más efectivo que tu cariño.

En el centro de la plaza un grupo de chicos baila sobre el suelo numeritos imposibles girando su cuerpo sobre el frágil apoyo de un brazo o de la cabeza. Por la calle pasa una calesa tirada por dos bellísimos caballos, cuyas riendas gobierna una chica uniformada, ocupada por una pareja sudorosa que se empeña en localizar en su guía las maravillas que podrían ver son sus ojos si los alzaran del libro. Ahora es un triciclo motorizado el que pasa junto a mí, transportando en su minúsculo habitáculo a unos enamorados que se besan con embeleso y no miran otra cosa que a sí mismos.

Pronto averigüé que, antes de marcharse, había conseguido ingresarla en una residencia de ancianos regentada por monjas de la caridad, quizá por la influencia de su tía Reme, la hermana menor de su madre, que era monja de la misma congregación, pero en otra residencia, y acaso porque la pensión íntegra que le quedaba de su marido satisfacía las exigencias de la casa de acogida. Aunque ya hacía tiempo que su madre no sabía quién era ni dónde estaba, él se sintió aliviado cuando la vio ingresada y liberado de amarras que lo ataran a este mundo donde ya nada le quedaba.

Una abuela jipi, vestida con ropa ibicenca y una cinta roja en la frente, se acerca a mi mesa y me tiende la palma de la mano pidiendo limosna que no le doy. Lleva en sus brazos a un crío moreno que podría ser su nieto si no se le pareciera como un hijo, o quizá no sea ninguna de las dos cosas. Tres músicos gitanos pasan por las mesas interpretando canciones populares con un saxo, un violín y un acordeón. No tocan mal, aunque lo mejor del grupo son los gitanillos que recogen las propinas con profesional afán recaudatorio.

Seguramente, como su madre ya no le necesitaba, y su mujer y su hija ya no le querían, y él ya no tenía de qué ni para qué vivir, tomó la decisión de excluirse de la mala vida que le esperaba. Si buscó otro escenario donde interpretar el final de su papel, fue por pudor.

Cuando mis colegas hubieron concluido que su muerte había sido voluntaria y que el hondo surco que tenía en el cuello había sido causado por el elástico que le oprimió con fuerza el saco de basura que se puso en la cabeza y que alguien debió quitarle cuando lo encontró inerte, yo presenté mi informe al comisario y me vi liberado de cualquier ulterior investigación. Su madre, sumida en el oscuro pozo del alzhéimer, nunca recibió la carta cariñosa de su hijo ni hubiera sentido alegría o tristeza si la hubiera recibido. Su mujer y su hija se habrán, al fin, enterado del finamiento por el volar de una libélula o el silbido del viento, pero no por mí, que tenía que haberlas avisado y no lo hice.

Un grupo de chicos recorre calles y plazas en monopatín o en tabla y, aunque tienen asustada a la población foránea, milagrosamente no chocan con nadie. Otros se desplazan en bicicletas suicidas haciendo imposibles eslálones en continuo desafío contra sí mismos.

Ya poco más decía la carta, que acababa bruscamente, sin despedida ni firma, como la vida.

 

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados

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