El muerto que salvó a mi padre
Las campanas de la torre de la iglesia estaban doblando a muerto.
- Ése le salvó la vida a tu padre.
Me giré y vi que quien me hablaba era el anciano que la noche anterior, en la gala de fiestas, bailó sin parar hasta que acabó de tocar la orquesta.
- ¿Quién?
Con el dedo en su oreja me sugirió que oyera. Sí, estaban doblando a muerto. Comprendí que tocaban a muerto por alguien que había salvado la vida a mi padre, pero no sabía quién era ni cuándo le había salvado la vida.
- ¿Usted qué toma? -le pregunté.
- Un cortado descafeinado de máquina con leche natural -susurró quedamente.
- Le invito yo y nos lo tomamos fuera juntos, ¿vale?
- Vale.
La conversación era imposible a causa del vocerío que reinaba en el pequeño local. Llevábamos largo rato en el interior de la panadería del pueblo en fiestas, haciendo cola para pedir una consumición, mientras otros clientes pedían a gritos -no por enfado, sino para hacerse oír- las barras de pan, las hogazas, los trozos de empanada de tomate y las coques amb pebre roig, especialidad de la casa -que sí que te las he encargado, que las tienes ahí apuntadas-. Cuando por fin nos sirvieron, pagué las consumiciones, cogí la bandeja y salimos a la calle, nos sentamos en el extremo de una mesa compartida y -yo con azúcar, él con sacarina- nos tomamos lo que de los cortados había quedado en las tacitas a salvo de empujones y codazos. En la calle era algo más fácil que en el interior oír las campanas que tocaban a muerto, pero seguía siendo casi imposible conversar. Mediodía es la hora establecida para anunciar a los vecinos que por la tarde habrá un entierro, pero, como eran las fiestas mayores del pueblo, también era la hora establecida para que toros y vaquillas cruzaran la calle mayor en tropel con el consiguiente alborozo del vecindario torero. Pasó el encierro -como decenas de otra gente, el tío Batiste y yo ni nos movimos de la mesa, no está bien visto moverse de su silla cuando pasa corriendo el ganado al lado de uno-, pero quedó pendiente entre nosotros la conversación sobre el muerto, del que yo seguía ignorando quién era y cuándo le había salvado la vida a mi padre.
- ¿Quién se ha muerto? -le pregunté.
- Cornelio -dijo.
- Pues sigo sin enterarme. Mire, yo soy de aquí, pero, como no he vivido nunca en el pueblo, no conozco a la gente. Usted sabe quién soy, ¿verdad?
- Sí, claro. El hijo de Alejandro.
- Pues yo a usted le conozco de cara, pero no sé quién es. Para mí usted es sólo el señor que anoche estuvo bailando toda la velada. ¿No se cansa de bailar tanto? ¿Cuántos años tiene?
- Dos menos que tu padre. Cornelio era de su quinta.
Noventa son muchos años para pasarse bailando toda la noche, aunque se baile "agarrao", que, a esa edad, es como bailar apoyado.
Como había invitado yo y el barullo de la gente se iba desplazando hacia el recinto de las vaquillas, intenté estimular la parquedad en palabras de la que, hasta entonces, había hecho gala mi interlocutor.
- Sigo sin enterarme de cuándo y por qué el finado Cornelio salvó la vida a mi padre. Y, al paso que vamos, tendré que desistir de saberlo.
- Historias de la guerra. ¿No te lo ha contado nunca tu padre?
- Mi padre nunca fue prolijo en hablarme de su guerra. Sé vagamente que lo hirieron en el frente y que en el hospital se encontró con un médico que había ejercido de tal en el pueblo y que le prestó atención y ayuda. Y que, al acabar la guerra, lo metieron en un camión con destino a Valencia y, en el camino, un compañero le vendió un saxofón -mi padre era músico- por dos chuscos de pan y unas pocas monedas.
- Si tu padre te hubiera hablado más de la guerra, no serías tan amigo de los Chatos y le hubieras hecho más caso a Elundina.
- Mire, vamos a empezar desde el principio y dígame con claridad lo que quiera decirme porque, si no, yo no me entero de nada.
Batiste era muy parco en palabras, pero conseguí que poco a poco se fuera animando. Así supe -muchas cosas las hube de adivinar- que, al empezar la guerra, un comité revolucionario se autoproclamó gestor del pueblo y empezó a tomar decisiones. Algunos miembros del comité eran gente sensata, pero los más eran unos insensatos. Digo esto sin ánimo de insultarlos, sólo para expresar que sus decisiones no se regían por el sentido común. El Chato, sin una pizca de sentido común, puso a mi padre en la lista de los que habían de ser recogidos por los milicianos en una camioneta para darles el paseíllo. Este eufemismo significaba que, cuando en su viaje al matadero llegaran a un lugar protegido de las miradas curiosas, serían fusilados sin darles explicaciones.
- Pero, ¿mi padre no era republicano lo mismo que el Chato?
- Lo mismo, no. Muy joven aún, tu padre ya había mostrado discrepancias con el gobierno central y, como muchos otros que no veían con simpatía las actuaciones de la unión republicana, frecuentaba la sede del partido radical, a la que pronto acudió la gente más sensata y menos extremista del pueblo.
- Y ¿qué más había hecho mi padre para que el Chato lo denunciara? -pregunté a Batiste temeroso de enterarme de algo vergonzoso del pasado de mi padre, que hasta entonces hubiera ignorado.
- En su casa iban a misa.
- ¿Sólo eso? No me parece que ir a misa o dejar de hacerlo, frecuentar las tertulias de un bar o de otro, sean delitos que puedan castigarse con una ejecución.
- Pues al Chato le pareció que eran delitos suficientes y lo denunció.
- ¿Y por qué no le dieron el paseíllo?
- Porque Cornelio se opuso. Cornelio y tu padre eran muy amigos y tenían las mismas aficiones: la música -los dos tocaban el clarinete en la banda- y los motores. Tu padre tenía un coche -entonces casi nadie tenía coche- y ellos le desmontaban el motor y se lo volvían a montar con los ojos cerrados. Y nunca les sobraban piezas, que conste.
- Y Cornelio sería del comité, ¿no?
- No, pero logró convencer a casi todos -al Chato, no- de que tu padre era una persona cabal y consiguió que no lo fusilaran. Luego, cuando reclutaron a tu padre para ir al frente, el Chato lo denunció de nuevo y por eso estuvo en primera línea de fuego hasta que lo hirieron y se lo llevaron al hospital.
- Pero aquí luchaban todos contra el alzamiento, ¿no?
- Claro. Esto era zona republicana. Pero las familias que iban a misa eran sospechosas de traición. Y las de la Ceda, más todavía. Pero ése no fue el caso de tu padre.
Con lentitud y dificultad, Batiste me siguió contando que muchos en el pueblo debían favores a mi abuelo. Cuando alguien sufría algún revés familiar y necesitaba disponer de dinero que no tenía, acudía a mi abuelo, le contaba su apuro y recibía el dinero que precisaba a cambio de trabajarle unos cuantos jornales en los días venideros. También el ayuntamiento le debía favores. Cuando se hicieron las escuelas, el camión de mi abuelo transportó los materiales necesarios, pero nunca acabaron de pagarle todos los viajes ni él lo reclamó siquiera.
- ¿Y todas éstas no eran razones suficientes para que se respetara a mi familia?
- No. Para algunos lo importante era que iban a misa y, por eso, había que liquidarlos.
Poco más duró mi conversación con el tío Batiste, porque un nieto que pasaba le recordó que era la hora de comer. Yo también me fui a comer y, luego, me acosté a dormir la siesta. No pude pegar ojo pensando por qué mi padre nunca me contó lo que ahora sabía. Le recuerdo explicándome que, para no echar leña al fuego de la división, dejó de tocar el clarinete cuando la banda del pueblo se desdobló en dos, una de cada bando; que, incomprendido por muchos, él era a la vez amigo de los dos médicos del pueblo, el de un bando y el del otro; que, como en casa tenían tienda, hacía favor a quien lo necesitara sin mirar de qué bando era. Y le recuerdo, sobre todo, riéndose mientras me explicaba que ser de un bando u otro no tenía ningún sentido, que sólo lo tenía ser del bando de la razón.
Al rato, las campanas de la torre volvieron a doblar a muerto. No lo dudé un segundo y me fui al entierro. Al llegar a la iglesia observé que muchos hombres se quedaban fuera. Querían acompañar a Cornelio hasta la sepultura, pero no tenían la costumbre de ir a misa. Yo tampoco, pero quería estar al lado de Cornelio y su féretro estaba frente al altar. Entré. Durante la misa, le dije a Cornelio que -los vivos pueden hablar con los muertos en cualquier momento y lugar; los muertos con los vivos, no estoy tan seguro-, si alguien lo denunciaba para darle el paseíllo por estar ahora en misa, yo saldría en su defensa alegando que era un hombre bueno y que había salvado la vida a mi padre. Y le pregunté que quién me salvaría a mí si alguien me denunciaba por haber venido a misa, yo que no había pagado a nadie jornales antes de trabajarlos ni había acarreado arena y cemento para hacer las escuelas nuevas. No sé si Cornelio me respondió, pero yo me sentí de pronto envalentonado. Cuando acabó la misa, di el pésame a Elundina con dos sentidos besos -si era cierto, como me dejó entender Batiste, que de joven me miraba con agrado, le debieron parecer reconfortantes-, le di las gracias a Cornelio tocando con mi mano el féretro, y salí de la iglesia. Entre otros, allí fuera estaba Batiste, el único que, de verlos, hubiera entendido el significado de mis besos a una persona a la que apenas conocía. No sé si, en aquel momento, alguien se juramentó para denunciarme al comité. Y si así fue, ¿qué le iba a hacer yo?
De vuelta a casa, un amigo interrumpió mi camino a la puerta de un bar y me enseñó dos esquelas de sendos periódicos. Ninguna era la de Cornelio. En ellas, unos sobrinos recordaban a su tío que, hacía setenta años, había desaparecido en las cárceles fascistas; y unos nietos le decían a su abuelo cuánto lo estarían queriendo ahora si, setenta años atrás, no hubiera muerto a manos de las ordas marxistas. Imaginé a mi padre riéndose de estas entelequias y comprendí por qué nunca me habló de su guerra, porque pensó que era preferible el silencio a que no la entendiera. Y de seguro que no la hubiera entendido, porque no tenía sentido.
No quise entrar en casa. Tenía un nudo en la garganta y asquerosas ganas de vomitar. Puse el coche en marcha y, automáticamente, la plañidera voz de Bob Dylan, con su vieja armónica, me recordó que-for the loser now will be later to win, for the times they are a-changin'-, aunque hoy estés del lado de los perdedores, no te impacientes, que las tornas volverán, porque los tiempos están cambiando.
- Vale, viejo Bob. Llevo cuarenta años oyéndotelo y me lo sé de memoria. Ya sé que los tiempos están cambiando, pero las personas, no tanto. Y no sabes tú bien cuán poco a poco.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
Carolina Quílez Knowles dijo
Muy bueno el relato. Que cierto que en los pueblos las cosas se ven de manera diferente y los cambios van mucho más despacio.
Enhorabuena Vicente, sigue así y tendrás una lectora segura. Un saludo.
12 Junio 2010 | 01:56 PM