Publicidad:
Terra
La Coctelera

vigarpita

Reflexiones y relatos

15 Junio 2010

Mamá, de mayor quiero ser taxista en El Cairo

     Sudki no era un taxista como los demás. Se hacía llamar taxi driver y, cuando yo le decía: -Te gusta Jodie Foster, ¿eh, tío?-, le brillaban los ojitos de deseo.

      Cada vez que yo llegaba a la puerta del hotel desde el aeropuerto de Heliópolis, antes de sacar mi equipaje del portamaletas de su colega aparecía Sudki, me daba dos besos, se apoderaba de mi maleta  y ya no me dejaba hasta que al cabo de una semana me devolvía al aeropuerto.

     Un fuerte apretón de manos en la habitación sancionaba el compromiso de que, por cuarenta dólares diarios, sería mi fiel escudero hasta el fin de mi estancia en Egipto. Por la mañana le entregaba las tarjetas de los clientes a visitar y él me llevaba con precisión a los lugares deseados, no siempre fáciles de encontrar. Lejos quedaban ya los tiempos en que, tras dar una y mil vueltas en el primer taxi que encontraba, el chófer confesaba incomprensiblemente enfadado que no sabía llevarme a la dirección de la tarjeta que yo le había dado. Lo que no sabía era leer la dirección en caracteres latinos, porque apenas se la daba escrita en árabe me llevaba con rapidez al lugar deseado. Muchos hombres de negocio se hacen escribir sus tarjetas de visita en caracteres latinos por un lado y en árabe por el otro. Pero algunos, más occidentalizados, sólo las tienen en caracteres latinos y los nativos que han ido poco a la escuela no las entienden. Entonces hay que acudir a algún profesional con estudios superiores -un médico, un abogado o un recepcionista de hotel- para que reescriba la tarjeta en caracteres árabes. Y ésta sí que la entienden los taxistas cariotas que, por regla general, pertenecen al grupo de los que han ido poco a la escuela.

     El Cairo es una ciudad enorme, de tráfico caótico, donde los coches se abren paso a golpe de claxon en las distancias medias y a grito pelado en las distancias cortas. Menos mal que su calle mayor es el Nilo y aún no admite circulación rodada.

     A veces las esperas de Sudki se hacían eternas porque mis visitas a los clientes habían durado más tiempo del previsto, pero él me recibía siempre sonriente y listo para lucirse como mi personal y peculiar guía turístico.

     Lo que él consideraba interesante para mí no siempre era lo que figura en las guías de viaje que consulta cualquier turista extranjero. Suponía que esas visitas podía hacerlas yo solo o con la ayuda de un guía oficial. Sudki se esforzaba siempre en enseñarme su Cairo y, pasados ya algunos años, se lo agradezco, porque mi recuerdo de la ciudad es muy personal y muy poco turístico.

     Un día me llevó a la que él denominó con sorna mejor zumería ambulante de la ciudad. Sobre un enorme carromato había una plataforma de madera de unos veinte metros cuadrados y sobre ella se apilaban frutas de todas clases perfectamente amontonadas en forma de pirámide. El cliente señalaba las frutas que quería y, en un abrir y cerrar de ojos, el vendedor le ofrecía un líquido espumoso de infinitos sabores. Convenía no mirar con detalle los frascos que empleaba, no fuera que a uno le diera asco beber su zumo, sino fijarse en su habilidad para sacar frutas de los cuatro lados de la pirámide sin que ésta se desmoronara.

    Otro día se empeñó, casi por desafío, en que yo oyera el crujir de los pepinos al crecer. En la feraz huerta que es todo el delta del Nilo se cultivan unos pepinos finos y retorcidos que crecen en una noche. Después de cenar nos internamos en la huerta y, lejos de toda luz y todo ruido, quedé envuelto en un mar de crujidos que Sudki juró que provenían de los pepinos al crecer, aunque yo pensé que eran producidos por insectos o, quizá, por diminutas ranas que pudiera haber en aquella tierra siempre húmeda.

     Otro, me llevó a visitar el barrio de Gezirah, una isla en el Nilo llena de verdor y de mansiones señoriales, escenario casi desierto de una vida holgada y lujosa que no se podía barruntar en casi ningún otro lugar de El Cairo. Al salir de la isla le hice parar en mitad del puente para fotografiar una espléndida mansión que se extendía a mis pies. Una caterva de policías brotó de la nada y se abalanzó sobre mí para impedirme hacer una sola foto. Mi amigo, guía y escudero acudió en mi defensa para que no me hicieran nada. Conmigo no se pasaron, pero a él lo zarandearon con violencia y en un santiamén nos metieron en el taxi y lo empujaron a puntapiés para que desapareciésemos de allí. No me supo explicar otra cosa sino que aquella casa que yo quería fotografiar era la embajada de un país importante y no estaba permitido ni arrimarse a ella. Debía ser la embajada americana, aunque no comprendo cómo podía estar protegida por policías egipcios teniendo los yankis tantos marines en cualquier zona del mundo.

     Una tarde fuimos a visitar a su amigo Sabri que se estaba haciendo, según Sudki, una  casa en el centro de la ciudad. No acababa de creerme que mi taxista tuviera un amigo tan rico que pudiera permitirse semejante lujo. Y acertaba al no creerlo. En realidad, Sabri se estaba haciendo una barca que le serviría también de vivienda. Su astillero era un recodo de tierra de aluvión que las aguas habían depositado contra el dique vertical que separa el río de la gran avenida de El Cairo. En cien metros cuadrados tenía su feracísima huerta, su casa-chabola, su taller y su almacén de madera. Le pregunté qué pasaba cuando subía el nivel de las aguas y por toda respuesta arqueó las cejas.

     Otra, me llevó a visitar el mercado de Khan el Khalili, en un barrio de calles bulliciosas, tan llenas de gente que los coches desistían de transitar por ellas. De cada planta baja un comerciante, a veces un mozalbete, salía a mi encuentro y en cinco segundos intentaba convencerme en mi propia lengua de que Alá me había guiado hasta allí para que entrara en su tienda y comprara de todo, objetos insólitos e inútiles que no encontraría en mi país. De entrada, decía: -Hola, amigo, buenas tardes, bienvenido- en francés, español, inglés, italiano, alemán... Me miraba a la cara y enseguida sabía en qué idioma debía seguir hablando conmigo y no sólo lo hacía con desparpajo sino que además conocía la vida y milagros de los famosos de la prensa del corazón con tanto detalle que, al oírlo, me parecía estar esperando turno en la peluquería unisex donde me cortan el pelo. No todas las puertas eran tiendas y bazares. También había muchos cafés. Sudki quiso que nos sentáramos en el Fishawi, en la misma mesa donde una vez él había visto sentado a Omar Sharif y otra vez a Naguib Mahfuz escribiendo sobre un fajo de papeles. Por no hacerle un desprecio, acepté fumar el narguile que había a disposición de los clientes. Con boquilla nueva, eso sí, empecé a inspirar con fuerza llenando mis pulmones cada diez segundos. Al poco rato estaba tan mareado que, despreciando el té con menta que ceremoniosamente me había vertido desde muy alto un anciano camarero tocado de un precioso gorro rojo, salí precipitadamente a la calle ruidosa y polvorienta y respiré hondo para liberarme de aquel anormal resuello. En aquel viejo barrio muchas casas y tiendas estaban en obras de reforma. Observé con perplejidad que los escombros y trastos viejos iban a parar a las terrazas de las casas, que quedaban convertidas así en basureros. No es mala solución guardar los trastos en el tejado cuando no se tiene otro lugar donde dejarlos. En España llenamos los tejados de antenas de televisión. Allí, además de antenas ponen bañeras oxidadas, lavabos rotos y marcos de ventana sin cristales.

     No quise que Sudki me llevara a Alejandría porque la distancia era excesiva para su vetusto taxi. Viajé en tren. Cuando el convoy se puso en movimiento, una nube de muchachos y mayores, unos con fardo en la mano y otros a pelo, asaltaron literalmente el tren y se instalaron en las pequeñas plataformas que hay entre los vagones y al pie de cada puerta. Los más ágiles trepaban encima de los vagones para viajar tumbados.  Desde el interior del vagón se oían sus pisadas, con el tren ya en marcha, en su intento de acomodarse lo mejor posible. Supe que nadie intentaba entrar en los vagones porque una vez dentro había que pagar el viaje. Al llegar a la siguiente estación y antes de que el tren parara, cada uno de los asaltantes se tiraba con agilidad al suelo y esperaba a que el tren se pusiera en movimiento para asaltarlo de nuevo. Pensé en lo fresco que se debe viajar en esas condiciones y en lo arriesgado del sistema aunque en aquel trayecto no hubiera túneles. Y comprendí por qué hay siempre tantas víctimas en los accidentes de tren que ocurren en todos los países en vías de desarrollo.

     Tampoco quise adentrarme en su taxi por el desierto, a donde tenía que ir a encontrarme con un cliente que estaba en su fábrica, ochenta kilómetros al suroeste de El Cairo. Alquilé un coche y Sudki me hizo de chófer. Al principio la carretera no era mala, pero pronto dejamos de ver cualquier vestigio humano y la calzada empezó a solaparse bajo pequeñas dunas de tierra finísima y seca. Mirando al frente se veía que era recta, pero no podíamos avanzar a más de cincuenta kilómetros por hora porque el coche iba dando saltos sobre la tierra. En algunos tramos estaba limpia y podíamos correr algo más, pero el viaje nos costó dos horas en las que no vimos nada ni a nadie, sólo tierra en polvareda. La fábrica estaba enclavada en un oasis con nombre de ciudad en el mapa, pero lo que yo vi no tenía aspecto de ciudad. Sin la fábrica aquello hubiera quedado reducido a un pozo con agua y unas docenas de casuchas. El director técnico de la fábrica era un amigo español que acababa de renovar por tercera vez el contrato dorado que le ataba al desierto, de día, y a un piso en El Cairo, de noche. A pesar de eso, gruñía y me decía sentirse muy desgraciado rodeado de tanto analfabeto. Charlé con el dueño y me invitó a comer en el pequeño refectorio de la fábrica en mesa preparada para seis comensales. A mitad de la comida se oyó el cantar del almuecín que, desde lo alto de un alminar cercano, invitaba a la oración. Los cuatro musulmanes dejaron la mesa al instante, desenrollaron sus alcatifas en el suelo y se postraron a orar con tanto fervor como naturalidad. El amigo español me advirtió en voz baja que dejara de comer hasta que ellos hubieran acabado. Así lo hice. El rezo musulmán es, además de rezo, una tabla de gimnasia de repetidas flexiones y, practicado a mitad de una comida, da paz al espíritu y hambre al cuerpo. Lo noté cuando se sentaron de nuevo y seguimos todos comiendo. Pregunté si los obreros de la fábrica también paraban para rezar y me dijeron que sí. El español asintió siete u ocho veces con la cabeza. Cuando hubimos acabado la visita y mucho antes de que anocheciera, me despedí para regresar a El Cairo. La vuelta me pareció más breve porque iba contento y relajado. Si nuestro coche sufría alguna avería, nos recogería mi cliente o mi amigo que esa noche habían de volver a El Cairo por la misma carretera.

     Una tarde libre pedí a Sudki que me llevara a ver un espectáculo de luz y sonido junto a la esfinge de Gizah. El desvencijado taxi enfiló la avenida de las pirámides, diez kilómetros de calle proyectada en 1869 para que la emperatriz Eugenia de Montijo llegara a las pirámides cuando fue a Egipto con su esposo Napoleón III a inaugurar el canal de Suez y se alojó en el palacio Mena House, que el rey Faruk utilizó como residencia de verano a mediados del siglo XX y que hoy en día es el hotel más emblemático de El Cairo, el Mena House Oberoi. Llegamos a la explanada final y bajé del taxi protegido por mi cancerbero de los ataques de decenas de guías, prestos a contarme lo que nadie me había contado antes. Que las pirámides son imponentes lo sabe cualquiera. Jofu, Jafra y Mánjara, como nombraba mi amigo a Keops, Kefrén y Mikerinos, te tumban de estupefacción en cuanto las ves. Alguien paciente y desocupado calculó alguna vez que la mayor de las tres grandes y la más cercana al área urbana, la de Keops, está formada por unos dos millones y medio de piedras de unas dos toneladas cada una. Yo sólo vi que las piedras de la base son enormes y sí que pesan más de dos toneladas cada una. Casualmente no había mucha gente allí y un camellero amigo de Sudki me señaló el camino hasta la entrada de la tumba del faraón. Trepé pirámide arriba por los enormes peldaños que son cada piedra y, a unos veinte metros sobre el nivel del suelo, vi el hueco de la puerta de entrada. Unos turistas alemanes, sin duda jubilados pero con aspecto de boys scouts, me dijeron algo que no entendí ni quise que me aclararan por señas. Enfilé el largo túnel hacia la tumba del faraón, consciente de que allí no encontraría nada pero impresionado por la idea de que, unos 4500 años antes, alguien pensara que para perpetuar su memoria no bastara con una lápida o con un mausoleo, sino que había que meterse bajo unos cuantos millones de toneladas de enormes pedruscos tallados en cubos. El túnel, casi siempre en subida, era de lo más cutre y estaba sucio de papeles y colillas. Un cable eléctrico, como los que aún quedan en algunas casas viejas de pueblo no restauradas, a veces clavado a la pared y a veces suelto por el suelo, alimentaba la tenue luz de unas bombillas de cuarenta watios totalmente cubiertas de polvo secular y tan estratégica como escasamente distribuidas por los recodos de la escalera. No había ni siquiera una barandilla donde agarrarse. A medida que avanzaba, casi siempre ascendiendo, el aire estaba más enrarecido. Me sentí minero en lo hondo del pozo y empecé a sudar. Me asaltaron ganas de dar marcha atrás y salir de allí, como los alemanes, con cara de triunfador para disimular mi fracaso. Pero me sobrepuse al miedo y seguí avanzando hacia no sabía dónde. Por fin llegué a la cámara mortuoria, supongo: una habitación semioscura, tan cutre como el resto. Dos mozalbetes, escondidos tras unos ladrillos que imitaban malamente el sarcófago original, intentaron meterme miedo con los típicos sonidos guturales que suelen emitir los muertos y los fantasmas, y lo consiguieron. Luego, me pidieron la voluntad en premio a su imbécil conducta. No les di nada y, en respuesta a sus veladas amenazas, giré sobre mis pasos y, más que salir, huí de aquel siniestro lugar para liberarme de tanta opresión y sudor. Cuando vi de nuevo el cielo busqué instintivamente con la mirada a los boys scouts alemanes para darles las gracias por las advertencias que me habían hecho veinte minutos antes en alemán y que ahora, con efecto retardado, entendía a la perfección. Para acabar de tranquilizarme, me acerqué a la taquilla del espectáculo de luz y sonido junto a la esfinge y compré una entrada. El miércoles sólo había una función, justo después de expirar el día, y era en alemán. Hoy o nunca, me dije. Y animado por lo bien que había entendido, con retraso, el alemán de una frase parecida a ten cuidado, forastero, que en la cámara del sarcófago hay escondidos unos fantasmas de carne y hueso que no se conforman con cualquier propina, crucé la puerta de entrada y acomodé mis posaderas en una silla plegable, polvorienta y resbaladiza. Comenzó el espectáculo. Potentísimos haces de luz iluminaban alternativamente la esfinge y las pirámides con música de fondo de la Aida de Verdi. De vez en cuando una voz tan bella y grave como segura de sí misma explicaba en alemán el sentido de aquellas maravillas de la escultura y la arquitectura de 2500 años antes de la era cristiana. O, al menos, eso fue lo que supuse, porque yo ni entendía ni entiendo una palabra de alemán, salvo la ya mentada traducción libre intuida de los boys scouts. La función, bellísima de principio a fin, acabó y yo volví al hotel donde, antes de subir a mi habitación, hube de consolar a un recepcionista enfurecido con unos jóvenes yankis que, me dijo, a punto de acabar la segunda semana de vacaciones en Egipto, aún no habían visitado las pirámides ni hecho otra cosa que jugar a tenis y salpicar de agua la recepción cada vez que volvían a sus habitaciones desde la piscina, que usaban siempre sin pasar antes por la ducha.

     La última noche le pedí que me llevara al Felafel, restaurante del hotel Ramsés Hilton, y le invité a cenar, pero no le sentaron a mi mesa ni le sirvieron mi comida. Desde su rincón, me espiaba atento. Primero se acercó para decirme que debía beber whisky durante la cena. En efecto, vi que en todas las mesas de clientes locales sólo se consumía whisky on the rocks. No le hice caso, porque aquello me pareció un esnobismo fuera de lugar, y bebí cerveza egipcia. Al final de la cena, y antes que empezara el espectáculo, se me acercó de nuevo para decirme que debía dar un billetito a la bailarina que más se me insinuara. En esto sí que le hice caso y, cuando la sacerdotisa de la danza del vientre hubo acabado su baile pleno de infinitos y localizados temblores, enrollé un billete de diez libras y lo introduje con trémula mano en su aún trémulo triángulo mamario reservado a turistas dadivosos y a personas de mucha confianza. Tenía la cara perlada de gotas de sudor. No era una impúber ni una sílfide. Vulgo, era una señora entradita en carnes. Me sonrió. Le faltaba un incisivo superior.

 

Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.

servido por vigarpita sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí


Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.com

Castellón, España

Fotos

vigarpita todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera