La emboscada alauita
Las dos eran morenas y guapas, prototipos de esa belleza andalusí que a veces florece con lujuriante exuberancia a una y otra orillas del Estrecho, pero Nadia iba vestida a la europea, mientras que Zamira lucía emperifollada de los pies a la cabeza, portando un velo lleno de perendengues y firuletes y un atuendo folclórico que se había puesto, según me dijo luego, para impresionar a mis hijas. Nadia y Zamira eran las encargadas de la tienda que mi amigo Chafik tenía en Tánger.
- ¿Y el jefe? ¿Ni siquiera tiene tiempo para venir al aeropuerto a recibir a sus invitados? -les pregunté, mientras colmaban de besos y abrazos a mi mujer y a mi hija.
- ¿Y Bárbara, no ha venido con ustedes? El señor Chafik nos dijo que llegaba la familia al completo.
- Esa información se la ha debido inventar, porque yo no se la he dado. Bárbara no ha venido porque no queremos que sufra el calor agobiante que, sin duda, vamos a padecer esta semana. Pero, ¿dónde está el señor Chafik?
- Nos ha pedido que le presentemos sus excusas. Ocupaciones imprevistas le retienen en Casablanca -aclaró Zamira que no dejaba de abrazar a Lara y hacerle cosquillas en el cuello con los perifollos.
- Entonces, vamos al hotel. ¿Habéis hecho alguna reserva? -les pregunté, temeroso de que hubieran decidido sin consultarme.
- Sí, claro. Le hemos reservado dos habitaciones en el Minzah. ¿Le gusta?
- ¿Y a quién no? -contesté con un incipiente mosqueo-. Pero vamos a ver si cambiamos los planes, que no necesitamos tanto lujo. Llévanos al hotel de la playa en donde me alojé en mi última visita y cogeré una habitación con tres camas. Tenemos más que suficiente.
- Pues va a ser que no. El señor Chafik ha dejado instrucciones muy concretas y habremos de cumplirlas a rajatabla -dijo Nadia con autoridad y sonrisa-. Así es que voy al parking y paso a recogerlos en cinco minutos.
Así lo hizo. Llegó con la Chrysler de la empresa y quince minutos después estaba aparcando en doble fila en la callejuela empinada del Minzah. Entramos en el palacete mientras unos porteadores se hacían cargo de nuestras dos maletas, tres bolsas de mano, una cámara fotográfica, un bastón y tres sombreros de paja. Zamira se ocupó de rellenar los papeles en recepción y controlar el estado de las habitaciones. Nosotros, con Nadia, pasamos al umbrío patio andaluz a tomar un refresco y enterarnos de las instrucciones que había dado el jefe. Sonó el móvil de Nadia y me lo pasó enseguida. Era Chafik. Estaba en Casablanca y no se podía ausentar en los próximos días, pero nos había organizado un viaje que esperaba que nos gustara. Sí, las cuentas de los hoteles iban todas a su cargo. Yo sólo tenía que pagar las comidas que hiciéramos fuera, las tarifas de los guías y los regalos que compráramos en los zocos. Y que le llamara todos los días, que quería saber si a mi mujer y a mi hija les gustaba Marruecos.
- ¿Con vosotras también es tan autoritario? -pregunté.
- Más aún -respondió Zamira que acababa de bajar de las habitaciones y me indicaba con el pulgar enhiesto que todo estaba en orden-. Por favor, no anule las reservas de hotel que le hemos hecho porque el señor Chafik nos echaría la culpa a nosotras, ¿prometido?
- Tranquilas, que no os pondré en apuros. Ya sabía yo que tanto interés para que viniera de vacaciones con mi familia era una invitación sin reservas. En Marruecos sabéis practicar la hospitalidad con mucha elegancia.
- Pues disfrútela. Y no se preocupe por los gastos, que su amigo es muy rico.
Llamaron a la oficina y el chico de los recados les leyó un fax con aparente dificultad. Íbamos a estar una noche en Tánger. Al día siguiente, me traerían un coche de alquiler y con él iríamos a Fez para pasar allí dos días. Un viaje de más de trescientos kilómetros, por carreteras cruzadas a menudo por rebaños y transitadas por burros, caminantes solitarios y algún coche destartalado, requiere calma, prudencia y no ir con prisas. Este, al menos, era uno de los consejos que me daba Chafik en su fax, que un recepcionista acababa de poner sobre nuestra mesa.
Apuramos los refrescos y nos despedimos de las chicas.
- Gracias por vuestra acogida. Ahora id a la tienda, que no están los tiempos para perder ventas. Hasta la semana que viene.
Mi hija se hubiera ido con ellas, de simpáticas que eran, pero comprendió que tenían que hacer su trabajo, ya que no estaban de vacaciones como nosotros.
Camino de la habitación nos cruzamos en el pasillo con una pareja, ella vestida con chador y velo, y él con un rico caftán que le cubría por completo, a pesar del calor que hacía en el exterior. Ante esta visión y la de todos los empleados del hotel, que iban uniformados con indumentaria folclórica, mi hija decidió que dormiría en nuestra habitación. Elegimos la del cestillo de frutas y anulamos la segunda.
Un hotel como el Minzah en una ciudad como Tánger invita al viajero a disfrutarlo más que a salir a la calle. El noble inglés que se mandó construir el palacete como residencia privada, allá por los años veinte o treinta, debía ser un príncipe de la exquisitez y andar con la cartera holgada. Pero le debió fallar lo uno o lo otro porque pronto lo puso en venta y una sociedad hostelera lo reformó para el disfrute de quienes en él se alojan. Las habitaciones son exclusivas; el servicio, festivo; los restaurantes, caros; y el patio de los naranjos, envolvente y acogedor.
La calle es distinta: sucia y ruidosa en general, pero, en algún lugar concreto, bella como una fachada de estilo colonial, o sibarita como la terraza del bar donde tomamos un té verde con hierbabuena y un briuat de almendra molida, canela y huevo, bañado en miel aclarada en agua de azahar.
- ¿Qué es aquello? -pregunté a mi vecino de mesa, que vestía una chilaba blanca con gemelos en los puños, señalando al otro lado del Estrecho.
- Es Gibraltar, en Europa. Aquí es Tánger, en África -respondió en voz baja como si nos estuviera desvelando un secreto. Lo dijo en francés, como la breve conversación que mantuvimos con él.
- ¿Te gusta África? -preguntó a mi hija.
- No tengo la sensación de estar en África. Menos usted, casi todo el mundo viste con pantalón y camisa. Y se oye hablar en francés y español tanto como en árabe.
- Pero huele a África. Aspira -le dijo, aspirando él mismo mientras se tocaba la nariz con el índice. Un extraño y agradable olor de ajonjolí, proveniente de una vecina pastelería, acarició nuestra pituitaria.
De vuelta al hotel, elegimos cenar con música porque teníamos más curiosidad que hambre. Fue un acierto. En el más castizo de los tres restaurantes del Minzah, éramos unos pocos comensales. La disposición de las mesas convergía hacia un centro entarimado que pronto ocuparon los músicos de un conjunto bereber. Tocaban bien, con esa sorprendente maestría que se logra con la práctica diaria más que con los años de conservatorio. O, al menos, eso es lo que uno se imagina, quizá porque no suele ser frecuente ver a músicos profesionales con faltas en la dentadura y, en cambio, tres de ellos estaban ostensiblemente mellados. Pero tocaban bien y llevaban en volandas a las bailarinas de la danza del vientre que, una tras otra, nos electrizaron con sus temblores. Cuando salió la primera, mi hija me llamó la atención sobre sus prominentes michelines. Tuve que explicarle en voz baja y con disimulo que la danza del vientre es más sensual si la bailarina está entradita en carnes. Que ninguna se tomara a mal nuestros cuchicheos nos quedó probado porque todas se acercaron a recibir con regocijo la propina que tímidamente enganché en la goma de sus sostenes. Claro, que la fiesta no estaba en nuestra mesa sino en la del rincón, hacia la que iban a exhibirse las artistas, sin duda porque el saudí que la ocupaba las requería sin cesar y les dejaba suculentas propinas en todos los pliegues de su anatomía.
La sobremesa duró lo que el espectáculo y Lara observó que sólo en nuestra mesa no se consumía alcohol, pese a que ni la religión ni la cartera -los gastos no corrían de nuestra cuenta- ni el estómago nos lo impedían, mientras que en otras mesas abundaban las bebidas espiritosas, cuyo consumo estaba prohibido por su religión y desaconsejado por su estómago. Algunos rictus de dolor, evidentes en sus caras, se alternaban con muchas conductas estúpidas, impropias de gente con educación en colegios de pago.
Dormimos bien y desayunamos mejor. Por si no fuera suficiente la variedad de ofertas que había en el bufet, un simpático cocinero nos sugería otras tantas que estaba dispuesto a prepararnos con sólo pedirlo. No le dimos mucha opción para el lucimiento, pero aún recuerdo aquella tortilla con queso rallado como un pequeño monumento culinario a la perfección.
Alguien preguntó por mí en recepción y me dio las llaves del R-25 que Chafik había alquilado para nosotros. Releí el fax con las instrucciones del viaje y enfilé la calle de Fez hacia el aeropuerto, Larache y Suk el Arba. Cuando puse el aire acondicionado, me percaté de que no funcionaba. No me sirvió de consuelo pensar que el alquiler me resultaba gratis, porque el calor del sol era ya insoportable cuando en una bifurcación abandoné la carretera nacional que discurre por la costa hacia Rabat y Casablanca y me dirigí hacia el interior, camino de Meknés y Fez. Las detalladas instrucciones del fax no habían previsto ningún tipo de avería y, por tanto, no teníamos otro medio de aliviar el calor que viajar con las ventanillas bajadas, con lo desagradable que resulta ese tipo de viajar tan rumoroso. Sí que habían previsto, en cambio, la escasez de restaurantes en la carretera, por lo que en el Minzah habíamos cargado con el suficiente acopio de sándwiches y agua que nos permitiera llegar a Fez sin necesidad de repostar. Me resultó simpático que mi amigo, previendo que no íbamos a encontrar lugar adecuado para comer y beber, diera por hecho que tampoco encontraríamos unos servicios en condiciones. Su sugerencia era lógica: el inmenso campo marroquí, escaso en agua y abonos orgánicos, recibiría con provecho nuestro pequeño óbolo. Así, al amparo de la escasa circulación, unos árboles junto a la carretera nos acogieron para aliviarnos en tres o cuatro ocasiones. En uno de esos "oasis", un gracioso y ocurrente turista francés había clavado en un árbol un letrero que decía: Toilettes.
Antes de llegar a Meknés, el croquis de mi amigo sugería desviarnos para visitar las ruinas romanas de Volubilis y saludar allí a su amigo Karim, que estaba construyendo un hotel con materiales suministrados por nosotros.
- ¿Entramos a ver las ruinas o seguimos camino? -pregunté a mi mujer que, desde hacía rato, iba dando señales de cansancio.
- Sigamos -contestó-. Al señor Karim no es seguro que lo encontremos ni sabemos siquiera para qué. Hoteles en construcción he visto muchos, y ruinas romanas, algunas. El Arco de Cabanes nos cae más cerca y no entramos a verlo cada vez que pasamos por allí. Sin hablar del Teatro de Sagunto, que aún no he ido a verlo.
Llegamos a Fez a la hora prevista y, apenas entrar en la ciudad nueva, divisamos nuestro hotel. Era como tantos otros de la cadena francesa a la que pertenecía, pero estaba decorado con motivos marroquíes que le conferían un encanto especial.
Antes de cenar llamé a Chafik y le di cuenta del penoso viaje que acabábamos de hacer por culpa del calor. Como suponía, montó en cólera. Durante la cena hicimos planes para el día siguiente, pero nos sirvieron de bien poco.
El taxista casi nos sacó de la cama. Ni lo habíamos llamado ni teníamos previsto contratar a uno hasta las diez, pero a las nueve ya nos estaba dando prisas y se adivinaba que obedecía órdenes. Nos llevó a la medina y con él visitamos una medersa, que es como el seminario donde estudian los "curas" musulmanes, y la mezquita Carauyín, una de las mayores del mundo, capaz para albergar el doble de fieles que la basílica de San Pedro en año de jubileo, pero tan sólo la quinta parte que un gran estadio de fútbol en la ceremonia "religiosa" de una tarde cualquiera de domingo. En ella han estudiado y rezado miles de alumnos desde el siglo XII y fue tan famosa en la Edad Media como las universidades de Bolonia, Oxford y La Sorbona. Pero lo que más nos gustó de la medina fue su zoco, un laberinto de callejuelas donde se alternan las puertas de las casas con todo tipo de tiendas. Unas calles tienen el suelo de barro pisado, surcado por hilillos de agua dudosa, y el cielo cubierto por esteras o cañizos; otras, siempre muy estrechas, tienen el cielo raso y el suelo empedrado. En ellas se pasea, se vive, se negocia, se conversa, se riñe. Decenas de niños, muchos de ellos descalzos, nos abordaban saludándonos en castellano y pidiéndonos conversación, cariño o alguna moneda con la palma de la mano extendida hacia nosotros.
- En cuanto volvamos a casa -sentenció Lara- guardaré en una caja todos los llaveros, bolígrafos y mecheros de propaganda que encuentre y la próxima vez que venga repartiré jirones de felicidad entre todos estos niños.
- A fe que estáis harto literaria, mozuela. ¿No has desayunado bien?
- No te rías, papá. Es que me da mucha pena ver a tantos niños pidiendo limosna. Ellos no tienen la culpa de haber nacido aquí.
- Tranquila. No parecen desgraciados. Yo creería más bien que son felices, a juzgar por sus caras y la pasión que ponen en sus juegos.
La visita al zoco nos dejó con ganas de volver y regresamos al hotel planeando una nueva visita. Como estábamos cansados, dimos la tarde libre a nuestro guía y nos regalamos una siesta reparadora. Tras el descanso, nos pusimos a buscar una cena agradable con la ayuda de unos folletos turísticos que había en recepción. A las afueras del barrio histórico había un restaurante junto a la muralla que ofrecía justamente lo que buscábamos: comida tradicional fasí y música en la sobremesa. Era el más recomendado y no dudamos en elegirlo. Mientras nos arreglábamos, sonó el teléfono de la habitación. Era el señor Karim. Nos invitaba a cenar y pasaría a recogernos en media hora.
- Me había extrañado que el taxista se marchara tan tranquilo sabiendo que necesitaríamos otro taxi para salir a cenar -comenté a mi mujer.
Llegaron en Mercedes. Eran una pareja de mediana edad, no llegaban a los cincuenta, y vestían como cualquier matrimonio elegante de Castellón. No era constructor, como yo me había imaginado, sino restaurador. Tres de los mejores restaurantes de Fez y Rabat eran suyos, y le estaban haciendo un hotel en Volubilis, pero hicimos bien en no entrar a verle porque no lo hubiéramos encontrado. Sólo iba una vez por semana para dar solución a los problemas que la constructora le planteaba a diario. Entramos en la medina por unas calles que no recordaba haber transitado por la mañana. Paró su coche donde le convino y, sin sacar la llave del contacto, lo dejó en manos de un empleado que se hizo cargo de aparcarlo correctamente. Sobre el dintel de una puerta de la estrecha calle leímos el nombre de su restaurante. Era el segundo de nuestra lista, y no lo habíamos elegido porque nos pareció que sería difícil encontrarlo. Tras la puerta, recorrimos un largo pasillo y subimos una escalera que nos llevó al restaurante, una gran sala redonda, con bóveda transparente, rodeada de arcos encortinados que separaban del centro otros tantos saloncitos privados.
- Este es nuestro restaurante -dijo Karim-. Supongo que no esperabais hallar aquí dentro un salón de estas dimensiones, pero habéis de saber que la medina está llena de mansiones y palacios ocultos a la curiosidad del paseante. Si paseáis por las calles del Albaicín, en Granada, tampoco adivináis la grandiosidad y belleza de los cármenes que se esconden tras cualquier puertecilla sin relieve. En España tenéis casas bonitas por fuera y por dentro. Aquí no es posible. Los antiguos habitantes de la medina pensaban más en vivir bien que en aparentar.
Nos habíamos sentado en la mesa del centro y, desde que entramos, todo indicaba que Karim era el dueño. Él no se decía dueño sino gestor del restaurante y, aún charlando con sus invitados, no cesaba de dar órdenes mudas a los camareros. Debió encargar el menú degustación y era tan variado y abundante que no llegamos a probar ni la mitad de las fuentes que sacaron. Recuerdo una harira con lentejas en la que, además del tomate triturado que le daba el color, reconocí pequeños dados de carne de cordero, abundante zumo de limón, cilantro, perejil y mucha pimienta.
- La harira se ha de servir caliente y muy especiada -explicaba Zaída a mi mujer con la que hablaba sin cesar-. Así se combate el calor más eficazmente que con vuestros gazpachos fríos. Y ha de servirse untuosa. Si espesa, es mejor no servirla.
También recuerdo varias bandejas de briuats, salados al principio, dulces a los postres, doblados en triángulo, en rectángulo, o presentados en bolsita, como los monederos de las películas de época.
- El secreto del briuat es el punto de fritura que lo deje crujiente sin llegar a endurecerlo -seguía explicando Zaída-. Con una fina hoja de bastela envuelves un poco de kefta, cualquier carne picada, o unos sesos y ya tienes el briuat listo para freír.
- ¿Cómo conociste a nuestro amigo común? -me preguntó Karim.
- Vine a visitarle para venderle azulejos. Sabía, por la aduana, que era un gran importador y con paciencia y honradez me fui ganando su confianza para ofrecerle los materiales que necesitaba. De la buena relación comercial nació el afecto que nos profesamos. Y tú, ¿cómo lo conociste?
- Somos miembros de la junta del club de Rotarios de Marruecos y nos vemos con mucha frecuencia. Nuestras familias también se han hecho amigas. ¿Te gusta Fez, Lara?
Mi hija dudó un segundo y respondió:
- Sí, pero esta mañana me ha dado mucha pena ver a tantos niños caminando descalzos en el zoco y pidiendo limosna.
- No te debes apenar, mujer, porque muchos de esos niños que has visto son muy felices. Yo también soy un niño del zoco y, de pequeño, jugaba en esas mismas callejuelas. Hasta los doce años no tuve zapatos, pero recuerdo mi infancia como una época muy feliz. Iba a la escuela, jugaba, nunca me faltó de comer, tenía el cariño de mis padres. Has de pensar que los niños están ahora de vacaciones y no pueden pasar todo el día encerrados en casa. Y no piden limosna sino lo que quieras darles para tener un recuerdo, como un trofeo del turista que pasó: un bolígrafo, un llavero... Seguro que más de cuatro se han quedado enamorados de ti.
La conversación de las señoras -mi mujer llevaba rato tomando notas en su agenda- era totalmente culinaria: cómo se hacía el cuscús que acababan de sacar a la mesa y se lograba que sus granitos estuvieran sueltos; que la tajine no era el nombre de una receta sino la bandeja en que se presentaba con su tapadera en forma de cono, alguna tan bonita como la de barro esmaltado que había en nuestra mesa con un guiso de cordero con cebollitas, almendras, aceitunas verdes y cortezas de limón confitadas.
Al final de la cena, nuestra anfitriona regaló unas pulseras de plata, típicas de los bereberes del desierto, a mi mujer y mi hija, y nos invitó a ocupar uno de los saloncitos privados, desde el que presenciamos el espectáculo musical, cómodamente recostados en dos amplios sofás que nos podían dar la privacidad de una alcoba con sólo correr las cortinas. La sobremesa fue larga, pero hubo en ella tantos tramos de conversación cortés que nos distrajimos del espectáculo central y acabamos cansados. Nos devolvieron al hotel y nos despedimos con cariño y gratitud..
La mañana del día siguiente la pasamos en el barrio antiguo de la ciudad visitando palacios y mezquitas, unas veces, y zambulléndonos, otras, en algunas de las infinitas tiendas de la kisaria practicando el antiguo arte del regateo. Las lecciones que nos daba nuestro taxista eran tan fáciles de entender como difíciles de practicar: pregunta al vendedor cuánto vale lo que quieres comprar; piensa cuánto pagarías por ello si fuera un chollo y ofrécele la mitad de lo pensado. No te ablandes y no subas tu oferta. Al fin conseguirás lo que quieres. O sea, un imposible ejercicio de psicología que acababa siempre adquiriendo objetos inútiles a un precio excesivo. Allí fue donde compramos el bongo de dos timbales, hecho con madera de ébano y piel de estómago de camella, que nunca ha tenido sitio en el armario; o los killims bereberes que nos parecieron ideales para decorar cualquier suelo pero que nunca han decorado ninguno; o los vasos para tomar el té, pintados con pan de oro, que regalamos a la asistenta; o las cajitas de henna, para hacerse tatuajes delebles en manos y tobillos, que nunca se han utilizado.
Por la tarde, el guía se empeñó en llevarnos a la montaña para sacarnos del calor de la ciudad. Por una carretera ondulante que ascendía hacia el Atlas, pronto alcanzamos los mil metros de altitud y llegamos a Ifrane, un pueblo-balneario muy frecuentado por turistas franceses que están como en casa cuando visitan las antiguas colonias. El hotel que elegimos para cenar no necesitaba aire acondicionado. Caía la noche y empezaba a sentirse el fresco. Nos refugiamos en el interior y cenamos a la europea rodeados de franceses de la tercera edad. El camarero nos explicó, sin que nadie se lo hubiera pedido, que días antes había servido la cena, allí mismo, al presidente español y su señora. Me extrañó, porque sabía que pasaba sus vacaciones en Doñana, pero, al regresar a España, ojeé la prensa atrasada y vi que el camarero no había mentido. Espero que pusiera mayor celo en el servicio del presidente que en el nuestro, porque a nosotros nos tuvo abandonados. Lógicamente, no hubo propina, aunque salió a despedirnos reclamándola tácitamente hasta el último momento.
Cuando a la mañana siguiente, temprano, abandonamos Fez, la nostalgia ya había hecho mella en el corazón de mi mujer y de mi hija. Sintieron decir adiós a una ciudad tan bonita y a un hotel tan acogedor, sin saber si algún día estarían de regreso. Hasta el adiós al taxista fue doloroso, pero no era hora de sentimentalismos sino de rehacer el camino hasta Meknés y enfilar desde allí la carretera hacia Rabat y, luego, la autopista hasta Casablanca. El viaje, de más de trescientos kilómetros, nos iba a ocupar gran parte del día y lo hicimos aprovechando la experiencia pasada en cuanto a comidas, bebidas y paradas de ocio, recreo y alivio. Nada extraño sucedió durante el mismo a excepción de la "emboscada alauita", que así la calificó Chafik cuando le expliqué mi peripecia. A pocos kilómetros de Rabat, un polizonte nos echó el alto. No fue en carretera abierta sino ante la puerta de entrada de una enorme finca cuyo muro protector lindaba con la carretera en, al menos, dos kilómetros. Además de los soldados que hacían guardia en la puerta y en las garitas, había allí un grupito de militares ociosos, uno de los cuales se adelantó hacia mi coche parado y, tras acomodarse el quepis, me pidió la documentación.
- He de ponerle una multa por exceso de velocidad -dijo, en actitud indiferente.
- No he visto ninguna señal de limitación. Además, iba a sesenta por hora cuando usted me ha dado el alto. Ya ha visto que he frenado con suavidad.
- ¿No sabe que está circulando frente a un palacio del monarca alauita? -preguntó como si de un profesor se tratara.
- No lo sabía. Pero no hay señal alguna de limitación y, por tanto, no he cometido ninguna infracción punible.
- Tranquilo -intentó calmarme en tono amistoso-. Usted no conoce las leyes del país, pero ha cometido una falta muy grave que merece sanción. Yo se lo puedo arreglar, a menos que prefiera seguir viajando sin pasaporte.
- Necesito mi pasaporte. ¿Quiere hacer el favor de devolvérmelo? -tercié contrariado y bastante cabreado.
- Son cien dólares. Déme el billete y le devuelvo su pasaporte.
- ¿Me dará un recibo de la multa? -pregunté con ironía.
- ¿Está usted loco? -respondió sonriendo-. Venga, dése prisa y desaparezca de aquí enseguida, no sea que salga alguno de mis jefes y le ponga otra multa.
Cien dólares me costó recuperar mi pasaporte y ésta fue la respuesta de Chafik al explicarle mi contratiempo desde el teléfono de una gasolinera:
- Has caído en una emboscada alauita porque, aunque no la practique la casa real, la motiva y la tolera. Si el rey pagara mejor a los funcionarios, no tendría que consentirles las extorsiones que continuamente hacen al pueblo y, sobre todo, a los incautos turistas que nos visitan. Pero puedes darte por satisfecho. Cien dólares te son mucho menos necesarios que el pasaporte.
- Pero duele que te los roben -le contesté-. Siempre podré decir que la policía de tu país me ha robado.
- Y eso que el rey no estaba en palacio. Pero olvídalo ya y oye bien lo que voy a decirte. Estoy liadísimo de faena y mi mujer está ingresada. Nada grave. Ha ido al hospital a hacerse una revisión y ha quedado ingresada hasta mañana en espera del resultado de un análisis. El caso es que no puedo recibirte como quisiera. Será cuando vuelvas de Marrakech. Estás en Rabat, ¿no? Pues coge la autopista y ven al almacén de Berrechid. Pasaréis la noche en un hotel que ya conoces y mañana seguiréis viaje. Hasta ahora.
Sabía que era un hombre muy ocupado, pero también muy atento y detallista. Por eso me extrañó que no viniera a recibirnos en Tánger y que ahora pospusiera nuestra visita a Casablanca. ¿Estaría su mujer más enferma de lo que me decía?
En su almacén de Berrechid había estado ya otras veces y no me fue difícil llegar. Por fin podía abrazar al amigo y agradecerle cara a cara su generosidad. Él sólo se interesaba por mi mujer y mi hija: si no estaban muy cansadas, si les había gustado Fez, si habían quedado satisfechas de la cena con sus amigos Karim y Zaída, si habían practicado ya el arte del regateo en las compras del zoco... Yo le pregunté por la salud de su mujer y su respuesta tranquila me confirmó que sólo era prisionera de un chequeo rutinario. Él, a quien no veía desde hacía tres meses, estaba en perfecto estado, como siempre, y atento a todos los detalles.
- Mañana, a primera hora, alguien te llevará al hotel un coche de alquiler en condiciones para que no sufráis calor en el resto del viaje.
- Me fastidia incomodarte -le dije-, teniendo a tu mujer en el hospital. Vete a tus obligaciones, que me apaño solo para llegar al hotel.
- Recuerda: el miércoles por la tarde os espero de nuevo en Casablanca. Os alojaréis en casa y así pasaremos el fin de semana en familia. Son doscientos cincuenta kilómetros de carretera buena y recta. Salid después del desayuno, preparados para hacer picnic a mediodía, y a primera hora de la tarde os espero en casa.
- A tus órdenes, chef. ¿Manda usted algo más?
- Sí. Irá un taxista-guía a recogerte al hotel para enseñarte Marrakech. Si quieres visitar la ciudad tranquilamente, no lo dejes ni a sol ni a sombra. Un guía a tu lado es el mejor antídoto contra las decenas de otros guías que acechan en todas partes para ponerse a tu servicio. Que tengáis buen viaje y buena estancia.
El hotel estaba junto a la carretera, en un polígono industrial, y no carecía de nada que fuera preciso a un viajero, pero, por primera vez en el viaje, no nos sobraron los lujos. Eso sí, el servicio fue impecable, tanto que ni hubimos de cambiar el equipaje de maletero ni de asegurarnos que el aire acondicionado funcionaba correctamente. Todo había sido ya hecho cuando fuimos al párking después de desayunar, y emprendimos viaje sin prisa pero sin pausa.
La carretera era tan recta y el campo tan abierto que teníamos la impresión de estar adentrándonos en el corazón de África. La escasez de tráfico nos hacía celebrar con regocijo el encuentro fugaz con algún solitario corredor de fondo o con algún pastor de cabras que, cubierto con una chilaba y un turbante a pesar del calor extremo de la canícula, guardaba su ganado con silbo amoroso. Siempre nos hacíamos la misma pregunta: ¿de dónde venían y a dónde iban esos solitarios del desierto? Sin duda que se movían por los pueblos vecinos, pero nos parecía raro que esos pueblos no estuvieran junto a la carretera. Algunos sí que cruzamos y en todos ellos era día de mercado, anunciado desde lejos por mujeres que caminaban con enormes fardos en la cabeza llevando en ellos cosas para vender o géneros que ya habían comprado.
El hotel de Marrakech, como el de Fez, estaba a la entrada de la ciudad, en el barrio francés, y tenía un espacioso párking privado. Tenía también habitaciones grandes y refrigeradas, restaurante marroquí y una piscina redonda, grande como una plaza de toros y rodeada de árboles frondosos, con una isla rocosa en el centro de la que manaba el agua a borbollones.
- Papá, yo de aquí no me muevo -dijo Lara al verla-. Hace un calor insoportable.
- ¿Ves que hemos hecho bien en viajar sin tu hermana? -apostilló mi mujer-. Se hubiera derretido, la pobre.
- ¿Dónde fue que estuviste en una cena con Chafik y te presentaron como su secretario? -preguntó mi hija.
- Fue aquí en Marrakech, pero no en este hotel sino en La Mamunia. Era una cena del club de rotarios y, como Chafik había venido conmigo por un tema de trabajo, no quiso dejarme solo y me invitó a cenar. Una vez sentados, el presidente del club fue nombrando en voz alta a cada asistente y señora y, cuando tuvo que presentar a Chafik, sonrió y dijo que traía de acompañante a su secretario. No sé por qué, pero a todos les hizo mucha gracia y rieron a placer.
- Podía haber alguna pareja gay, ¿no? -dijo Lara.
- No sé si en la buena sociedad marroquí de entonces podía haberla, pero en aquella cena no la había. Por eso, aún no sé por qué les hizo tanta gracia que me anunciaran como el secretario de Chafik.
A la mañana siguiente llegó nuestro guía y nos propuso un programa de visitas que nadie le había pedido. Pretendía no sólo que visitáramos la ciudad sino llevarnos también a lugares tan peregrinos como una estación de esquí que hay a unos cien kilómetros de Marrakech y al pico más alto del país, siempre cubierto de nieve, que vigila, desde sus cuatro mil metros de altitud, la llanura al sur de la ciudad. Le pedí que no se empeñara en impresionarnos con las bellezas del país, porque ya sabíamos que las tenía.
- Entonces, ¿prefieren conocer la ciudad roja, maravilloso oasis en medio del desierto, la vida de sus gentes y la historia de sus monumentos?
- Has adivinado -le dije-. Sobre todo, la vida de sus gentes.
- Pues vamos enseguida a la plaza. ¿Han oído hablar alguna vez de la plaza Djemaa El Fna, la más famosa del mundo? Puesto que todo en Marrakech confluye en ella más pronto o más tarde, vayamos cuanto antes a verla.
Aunque también era algo petulante, nuestro guía era un hombre erudito que no desaprovechaba ninguna ocasión para soltar sus peroratas. Al caer de la tarde fuimos a tomar un té en la terraza del Café de France y desde allí contemplamos el bullir de la gente. Todo el embrujo del sur, el alma del desierto, el delirio y la magia del pueblo están en aquellos bailarines ácratas, en los contorsionistas, en aquel macaco que alguien te pone en el hombro para cobrarte la foto a precio de oro, en los gimnastas sin escuela que ejecutan imposibles piruetas en medio de un círculo de curiosos, en los charlatanes que dicen cosas tan bonitas que nadie entiende. ¡Ah!, y en los encantadores de serpientes que, sentados junto a sus cestos de mimbre, abren uno del que sale una cobra negra de fina cabeza, y la miran fijamente a los ojos con el rostro sudoroso, el cabello apelmazado y un ribete de saliva espumosa dibujando el contorno de sus labios. Ni la noche pone fin a tanto espectáculo. Y, cuando en la madrugada empieza a apagarse el resplandor de la plaza, la vida sigue hirviendo en los zocos cercanos, enjambre de callejuelas inacabables cubiertas de esteras de cañas trenzadas, donde con curiosidad y paciencia se puede encontrar de todo. Los oficios están agrupados por barrios. Aquí se venden mantas hechas a mano con rayas de colores al estilo bereber. Allí, chilabas, tapices, babuchas, bolsos, pufs, puñales en tahalíes repujados, fíbulas de plata, cruces del sur. El buen hacer de nuestro guía nos abría todas las puertas, pero él no entendía que no aceptáramos tomar el té al que nos invitaba, de tanto en tanto, el vendedor de una tienda.
- Si aceptamos, nos vemos obligados a comprar -le decía mi mujer.
- No. Comprar es libre, pero si un vendedor te invita, debes aceptar. Y puedes regatear cuanto quieras. Regatear es un pretexto para dialogar y conocerse -insistía nuestro profe particular.
- El caso es que nosotros no tenemos muchas ganas de conocer a un desconocido. Yo sólo quiero saber el precio de lo que me interesa. Y sobre ese precio estoy dispuesta a regatear hasta la muerte, pero el regateo como ejercicio dialéctico y pretexto para conocerse no me interesa.
Ni mi mujer lo convencía, ni él a ella, ni falta que hacía.
La visita a un taller de curtidores nos dejó un recuerdo imposible de borrar. Su hedor aún persigue a mi hija cada vez que lo recuerda. Los curtidores sumerjen las pieles de camello, cordero o vaca en redondos depósitos de cemento, llenos de líquidos viscosos de todos los colores y un único hedor, y las trasvasan de uno a otro cogiéndolas con largas horcas de madera o con las propias manos. Aunque el taller que visitamos estaba al aire libre, el mal olor del ambiente era insoportable para cualquier visitante que no hubiera tomado la precaución, al entrar, de coger de un cesto ad hoc unas ramitas de hierbabuena y restregarlas con sus manos junto a la nariz intentando solapar con el perfume de la menta aquella hediondez que hería como un dardo. En nuestra apresurada salida, la vista tuvo un regalo parejo al agravio que había recibido el olfato cuando, en el patio contiguo y en las calles adyacentes, contemplamos centenares de telas de mil colores que el gremio de tintoreros tendía al sol, a guisa de banderas, sobre hilos de alambre atados a largos mástiles.
La belleza geométrica de los jardines del palacio de Bahía nos ayudó a recobrar la calma, que más tarde completamos con un paseo en calesa por la ciudad vieja.
- ¿Qué es esto, papá? Se parece a la Giralda.
- Es su hermana mayor, la Kutubia, el minarete más alto de Marrakech -aclaró el calesero, obligado por la pregunta a adelantar su explicación.
Por la noche, fuimos a cenar al Palmeral, en visita contratada en el hotel. Micrófono en ristre en el moderno autocar, el guía explicaba con insistencia que aquel bosque de más de cien mil palmeras datileras se extendía sobre una superficie de quince mil hectáreas en donde gente adinerada de todo el mundo tenía sus chalets de lujo en medio de gigantescas parcelas acotadas por sólidas tapias. Pero nosotros andábamos más preocupados en tomar asiento en primera fila que en saber si el palmeral era mayor o menor que el de Elche. Y lo conseguimos. Nuestra mesa estaba en un palco que daba al escenario. Y el escenario era una pista en el desierto en la que diestros jinetes, montando lustrosos y bien domados caballos, escenificaron, a los postres, un ruidoso espectáculo musical de fantasía. Al ritmo de una música atronadora, veinte caballos en formación avanzaban a galope tendido y sus jinetes descabalgaban sincronizadamente con saltos a derecha e izquierda en un imposible ejercicio de agilidad. Luego de atronadoras descargas de arcabuces, decenas de caballos, lanza en ristre sus jinetes, galopaban con estrépito hacia otros tantos caballos y jinetes y, al cruzarse, se oían estentóreos alaridos guerreros, como si el suelo hubiera de quedar poblado de caballos malheridos y jinetes ensartados como brochetas. Pero no hubo accidentes. Todos los cruces fueron milagrosamente incruentos y el espectáculo volvía a empezar después de cada embestida. Tanto trajín de caballerías levantaba densas polvaredas y todos salimos de allí con un dedo de polvo rojo sobre las cejas. Regresamos al hotel, literalmente ansiosos de recuperar la paz del guerrero, y en recepción nos pasaron nota de una llamada de Chafik:
- Os espero mañana por la tarde en casa. ¡Feliz viaje!
Los marroquíes abrevian siempre el nombre de su ciudad más populosa, Casablanca, y, cuando dicen "casa", uno no sabe si se refieren a ella o han querido tener la deferencia de decirte en castellano su palabra maison. De cualquier modo, la nota era clara: al día siguiente teníamos que regresar a Casablanca y a media tarde nos esperaban en su casa.
La vuelta fue tranquila, por la ausencia de tráfico, y confortable, porque nuestro coche era como un iglú sobre ruedas cortando el denso calor del desierto. No faltaron los sobresaltos, porque un carro, primero, y un rebaño, después, invadieron indebidamente la carretera en nuestras propias narices.
La ciudad de Casablanca, que durante el siglo XX ha crecido de veinte mil habitantes a tres millones y ha llegado a ser la segunda ciudad del continente africano, sólo inferior en población a El Cairo, se ha hecho grande de un modo más inteligente que la mayoría de las ciudades españolas. Junto a barrios donde los bloques de viviendas cuadriculan el suelo, hay otros donde impera la vivienda unifamiliar. Chafik tenía su casa en un barrio de grandes áreas de parques y jardines, aislada de la calle por un alto muro cuyo único hueco era la puerta de entrada a la finca, una reja maciza de pesado hierro.
Cuando aparcamos junto a la puerta, alguien estaba descargando de una furgoneta unos grandes altavoces y un juego de timbales. La reja estaba abierta y entramos al jardín sin llamar. Enseguida fuimos vistos y la calurosa bienvenida que nos dio toda la familia parecía formar parte del trasiego que reinaba en aquella casa. Mientras Zoraida, la hija pequeña, secuestraba a Lara como si fueran amigas de toda la vida, Abdelatif, el mediano, metía mi coche en el garaje y dos electricistas instalaban guirnaldas con bombillas de colores por todo el jardín. Mi amigo y su mujer, mientras tanto, se ocupaban de nosotros ofreciéndonos una bebida fresca antes de pasar al interior de la casa.
- Pero, ¿queréis explicarme qué es todo este follón? -pregunté, ya que no entendía nada de lo que estaba viendo.
Fatma sonreía pícaramente, satisfecha de ver que no se nos había desvelado el secreto, pero fue mi amigo quien nos hizo toda la explicación:
- Mañana por la noche celebraremos la fiesta familiar de la boda de Latifa. Se casaron hace dos meses, ¿recuerdas que te lo dije?, pero entonces no pudimos hacer la celebración familiar porque el abuelo de Omar acababa de fallecer. Pospusimos la fiesta a mañana y por eso hemos estado tan ocupados en preparativos.
- Esto sí que ha sido una emboscada alauita -le dije a Chafik con sorna-. ¿Ya tienes el resultado de tus análisis, Fatma?
- ¿De qué me estás hablando?
- O sea, que tampoco has estado ingresada -les dije como cayendo de una nube por tanta mentira piadosa-. Mejor así.
Reímos largo rato celebrando la discreción con que habían guardado el secreto.
Pasamos el final de la tarde charlando en el amplio salón donde Chafik y Fatma no cesaron de recibir visitas de amigos que venían a darles la enhorabuena, a muchos de los cuales volvimos a ver la noche siguiente, durante la fiesta y el baile.
La cena fue ligera y la sobremesa, a pesar del cansancio y de lo que nos esperaba el día siguiente, estuvo muy animada y se prolongó hasta bien entrada la noche. El trabajo de la cocina y de la casa estaba atendido por dos sirvientas eficacísimas, que trabajaban fijas en el hogar, y otras contratadas para la ocasión, que continuamente obedecían órdenes.
Cuando por la mañana bajamos a desayunar, la casa estaba tan limpia y ordenada como si nadie la hubiera visitado la noche anterior. Y en un rincón del gran salón, sobre una tarima, estaban ya instalados los instrumentos que por la noche utilizarían los músicos.
Empezaron a llegar los familiares y algunos amigos, todos vestidos como se viste uno cuando va a una boda. Las mujeres, sin excepción, llevaban la túnica tradicional, ceñida a la cintura por dorados cíngulos. Mi mujer y Lara vistieron las túnicas que Fatma les había hecho confeccionar para la ocasión y que aún conservan. Los hombres, en cambio, iban casi todos en mangas de camisa. Las chaquetas y las corbatas eran abandonadas sobre cualquier silla y una sirvienta se las iba llevando al guardarropa. A pesar de la ilusión que me hubiera hecho, no hallé excusa para "disfrazarme" y permanecí todo el día en mangas de camisa, muerto de envidia cuando saludaba a algún pariente de Chafik o Fatma, vestido con impoluta chilaba.
Karim también llegó vestido con traje. Zaída, en cambio, lucía una túnica preciosa y estaba deslumbrante. Nos alegramos mucho de verlos de nuevo, lo mismo que a Nadia y Zamira, que acababan de llegar de Tánger, cargadas de regalos para Lara.
A mediodía, alguien hizo sonar una campanilla invitándonos a pasar al comedor. Una sirvienta de aspecto orondo y piel muy morena -luego supe que era sudanesa- se acercó a Chafik con un aguamanil de plata repujada para que se lavara las manos. Después se las lavó Fatma. La mayoría de nosotros hicimos lo mismo en los lavabos.
En el comedor había seis mesas, tres para los veinte hombres y tres para las veinticinco mujeres. Las mesas eran redondas y bajas; los asientos, pufs muy confortables, pero incómodos para comer. Una sirvienta puso una gran tajine sobre la mesa de Chafik que, por suerte, era también la mía. La destapó y todos exhalamos un suspiro de admiración al contemplar el humeante mechui. Callaron todos y Chafik murmuró el bismillah que el cabeza de familia reza antes de comer pidiendo a Alá que dé pan a los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan. Pusieron una tajine sobre cada una de las mesas y empezamos a comer. Vi que nadie usaba los cubiertos de plata e imité su ejemplo. Con los dedos pulgar, índice y corazón de la mano derecha fui cogiendo trocitos de cordero, los más dorados y crujientes, alternados con hojas de lechuga y virutas de zanahoria. A veces Karim ponía en mi plato, con sus dedos, trozos exquisitos de carne, la que está junto a los huesos, y me indicaba que la comiera untada en comino molido, del que había varios platitos sobre la mesa. Se notaba que tanta ceremonia era un poco postiza, pero seguíamos con gusto la tradición. Se comió poco y se habló mucho, de modo que las tajines se iban retirando de las mesas con mucha comida en ellas. A la tajine del mechui siguió la de la caza de pluma, la de la bastela y la de los briuats. El cuscús se sirvió al final, pero más que comer no hice sino probarlo. Después de cada plato, uno a uno nos retirábamos a lavarnos las manos, menos Chafik, su mujer y los novios a quienes se acercaba la sirvienta sudanesa del aguamanil y les presentaba toallas secas de hilo blanco cada vez que se enjuagaban las manos. Las bebidas no aparecieron hasta mitad de la comida y se servían a petición del comensal: zumos de frutas, leche de almendras y agua de azahar. Para no prolongar la incomodidad de los tradicionales pufs, Chafik propuso subir al salón a tomar los postres y el té. Le seguimos algunos comensales. Los otros, más habituados al uso de los pufs, se encontraban bien cómodos y no abandonaron sus sitios.
El salón estaba fresco y perfumado con madera de sándalo. La repostería -no hace falta decir que todo estaba hecho en casa- era exquisita. Fatma, que llevaba puesto un caftán precioso para la ocasión, nos sirvió el té a la menta. Aguanté despierto mientras hablaron en francés. Cuando pasaron al árabe, eché una cabezada.
Al caer la tarde empezaron a llegar los invitados a la fiesta. Saludaban a los anfitriones y a los novios y se instalaban donde más les apetecía. Pronto el salón estuvo lleno a rebosar y empezaron a ocuparse las mesas del jardín. Todas las puertas de la casa estaban abiertas. También las de la verja de entrada. Vi que Fatma y unas sirvientas, cargadas con grandes cacerolas, salían a la calle. Allí fueron repartiendo porciones de la comida sobrante a algunos menesterosos del barrio que, sabedores de que se celebraba una boda, habían acudido a recoger la caridad de los dueños cumpliendo con la tradición musulmana.
A un lado del salón, sobre un podio con baldaquino, se sentaron los novios en sillones dorados. Sólo se movieron de allí para saludar y hablar con los invitados, para bailar en la pequeña pista que había ante ellos y para ser objeto de algún agasajo ritual. Al principio de la fiesta empezó la sesión de fotos. Quien quiso una foto con los novios se acercó a su trono y un fotógrafo profesional plasmaba el momento con rapidez. Todos quisimos nuestra foto y los pobres novios hubieron de soportar más de una hora de flashes.
Las sirvientas no cesaron en toda la noche de ofrecer dulces y bebidas a los convidados, en grandes bandejas que transportaban de aquí para allá. Como no había bebidas alcohólicas, Chafik me preguntó si quería un whisky on the rocks. Naturalmente, le dije que no y me limité a tomar zumos.
Aquella orquestina tocaba muy bien, pero no hizo ninguna concesión a ningún ritmo que no fuera música tradicional marroquí. La pista de baile, frente a los novios, se quedó pequeña apenas empezó la música. Quienes primero la ocuparon fueron, sobre todo, mujeres mayores que se contoneaban con gracia y buen ritmo. Los pocos hombres que salieron se movían torpemente y demostraron tener poco sentido del ridículo. Los jóvenes se animaron entrada ya la noche y fueron los reyes hasta que acabó la fiesta. Zoraida enseñó a Lara la técnica del contoneo de caderas, esencial para ese tipo de danza, y a la segunda canción Lara se desenvolvía con tanta soltura como Nadia y Zamira, que nos deleitaron con sus interpretaciones. Casi ningún chico bailaba -quizá esos aires no son adecuados para que los bailen hombres-, pero, sorpresivamente, Abdelatif se unió a la orquesta y tocó una pieza con los músicos haciendo un espléndido solo de laúd. En un descanso, los amigos de los novios ocuparon la pista y pusieron en ella una gran bandeja circular de bordes elevados, en la que Latifa y Omar se sentaron en cuclillas. Coordinados a la perfección, los amigos levantaron la bandeja a la de tres y pasearon a los novios por el salón exhibiéndolos brevemente ante cada grupo de familiares, que aplaudían emocionados y lloraban sin vergüenza. Algunas señoras mayores emitían ante ellos ese grito vibratorio que tanto se oye en las fiestas marroquíes, tapándose la boca con la mano, nunca supe si para ocultar las mellas o el lujurioso e incitante movimiento de la lengua.
La orquesta tocó hasta el amanecer, pero los invitados fueron retirándose a medida que se iban cansando. Como no se bebió alcohol, nadie tuvo excusa para hacer tonterías tales como pellizcar el culo a las muchachas o retirar la silla del que se va a sentar.
El viernes todos nos levantamos tarde. El cansancio de la víspera, unido a la celebración del día de descanso semanal, nos hizo pasar el día haraganeando, charlando y dormitando. Menos mal que el servicio no dejó de trabajar. A pesar de comer sobras, disfrutamos de la comida más que el día anterior. Comer sentados en sillas colaboró no poco a que así fuera. Chafik y Fatma quisieron que comiéramos con cuchillo y tenedor, pero no lo consiguieron. Comimos con los dedos de principio a fin.
Y el sábado, después de una larga y emotiva despedida, emprendimos el regreso a Tánger para coger el avión a primera hora de la tarde. Nadia y Zamira habían regresado la víspera para abrir la tienda a primera hora, pero Chafik quiso acompañarnos porque tenía cosas que hacer en la tienda. Como su coche era mejor y más espacioso que el nuestro, propuso que devolviéramos el alquilado y viajáramos con él hasta Tánger. Lo agradecí, porque no me imaginaba cómodo siguiendo a un coche más potente que el mío y a un chófer más experto que yo en viaje de casi cuatrocientos kilómetros a través de carreteras con obstáculos previsibles y de ciudades como Rabat y Kenitra. Una multitudinaria manifestación contra Occidente pudo entorpecer nuestro paso por Rabat si el imponente coche de Chafik y sus modales poco fraternos en el trato con sus hermanos de la calle no se hubieran abierto paso a golpes de claxon.
- Menos mal que viajáis conmigo -dijo Chafik una vez hubimos dejado atrás la manifestación-. En vuestro coche y con esa pinta de guiris hubierais tenido serios problemas para salir de aquí sanos y salvos.
- ¿Quieres decir que por llevar pantalón corto y este sombrero americano de cazador de búfalos ya no parezco marroquí? -bromeé.
- En efecto, no lo pareces, aunque tu piel sea tan morena como la mía.
Al llegar a Tánger fuimos directamente a su tienda, aunque sólo faltaban dos horas para la salida de nuestro vuelo. Mientras Chafik se ocupaba de sus cosas -siempre hablando por teléfono, a gritos, como dando órdenes-, mi mujer y Lara tomaron un ligero refrigerio que Nadia y Zamira nos habían preparado en el despacho y yo intentaba convertir siete bolsas de compra en un solo bulto que pudiera ser embarcado. Cuando ya todo estuvo hecho y Lara acabó de ver el tercer álbum de fotos que sus amigas le habían traído, Chafik colgó el teléfono y salió corriendo de la tienda mientras con una sonrisa nos pedía tiempo al estilo de los partidos de baloncesto. Aún faltaba una hora y media para el vuelo, pero ya no podíamos perder ni un minuto más. Y Chafik se demoró aún media hora. Cuando regresó, los tres viajeros estábamos al borde de un ataque de nervios. Del centro de Tánger al aeropuerto hizo un eslalon lleno de infracciones. Hasta se permitió el lujo de saludar sonriente a un gendarme que -seguro que lo había reconocido- se echó las manos a la cabeza en gesto de estupor. Cuando llegamos, la puerta de embarque ya estaba cerrada, pero nos esperaba en ella un señor en traje y corbata -me fue presentado como "mi amigo, el señor director"-, que nos acompañó hasta un coche aeroportuario, donde un empleado etiquetó nuestras maletas, nos dio los resguardos y nos condujo hasta el avión. El murmullo que nos recibió cuando entramos en cabina no fue de aprobación. Todos los pasajeros clavaron sus ojos en mi sombrero de cazador de búfalos con manifiesto reproche. Algunos no disimularon su desprecio.
- Papá, esto nos pasa por tener amigos ricos, poderosos y fardones. Chafik se ha pasado de principio a fin del viaje.
- Por encima de todo, hija, Chafik ha demostrado que nos quiere y debemos estarle agradecidos.
Cuando aterrizamos en Barajas, ya nadie se acordaba de haber salido con retraso por culpa de tres viajeros que llegaron tarde. Nosotros, tampoco.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España