Naranjas de la China
- ¿Prefiere a Mao o al presidente Deng?
No, no era una pregunta capciosa para recabar información sobre la ideología política del extranjero que era yo. Quien me la hacía era mi vecino de asiento, un venerable anciano de larguísima barba rala, enjuto de cara y vestido con túnica, junto al que Tony y yo nos habíamos sentado apenas subir al tren en la estación de Kowloon. Un vendedor uniformado, con su carrito lleno de refrescos, chucherías y suvenires, esperaba la respuesta del anciano, que me quería regalar, como recuerdo de nuestro encuentro, uno de los dos relojes que tenía en la mano, con la imagen de Mao en la hora 12 uno de ellos, y el otro con el relieve del presidente Deng. Antes de contestar a mi dadivoso vecino, desperté a Tony, que roncaba a mi lado, y le pedí ayuda con disimulo y discreción. No, no era una pregunta política. Podía elegir con libertad.
- Prefiero a Mao -le contesté sonriendo-. En Europa todos conocemos a Mao. Su Libro rojo fue un superventas entre la juventud. A Deng Xiaoping no lo conocen ni en los restaurantes chinos. Sólo los estudiosos de la historia moderna y algunos militantes de izquierda saben que Deng es el presidente de la República Popular China.
- ¿Y usted lo sabe porque es de los primeros o de los segundos?
- Modestamente, de los primeros. Carezco del necesario sentido de la disciplina para ser de los segundos.
Con gesto ceremonioso me regaló una perfecta copia de Rólex, hecha enteramente en China, y me pidió que escribiera mi nombre en un libro que llevaba en sus manos. Saqué mi Cross y crucé las columnas de caracteres chinos con esta dedicatoria horizontal: En recuerdo de un viaje a Cantón con un compañero inolvidable. Le regalé el bolígrafo y lo aceptó con alegría.
- Vale más tu boli que su reloj -sentenció Tony desde su aparente sopor.
- Tú duerme, que nadie te ha dado vela en este entierro -le dije acercándole al cuello el pequeño cojín que se le había deslizado hasta el asiento.
De buena mañana, Bei Ng -Tony para los amigos occidentales- me había llamado al hotel y citado en recepción a la media hora. Nos íbamos a Guangzou, la antigua Cantón, a visitar a unos clientes.
- Menos mal -me dije-. Al menos hoy no perderemos el tiempo recorriendo sastrerías donde uno puede encargarse un traje de seda y tenerlo listo en veinticuatro horas.
Nunca me he hecho un traje a medida, y menos de seda, pero Tony se empeñaba, cada vez que iba a verle, en llevarme de visita a algún sastre por si quería hacerme uno.
Al llegar a la estación, revisé mi pasaporte y vi que tenía el visado caducado. Por un momento sentí enfado conmigo mismo por dejar cosas tan importantes en manos ajenas. Pero a Tony, el verdadero causante del fallo, por su imprevisión, pareció no importarle. Tomó el pasaporte de mis manos y entró en una salita atiborrada de gente sudorosa, se saltó las dos colas que había ante sendas ventanillas y en pocos minutos me devolvió mi pasaporte en regla. Tony era un maestro en el delicado arte del pequeño soborno y consideraba normal que un funcionario recibiera un poco de dinero a cambio de pequeños favores que no requerían esfuerzo alguno. Era manifiesto que el hombre de la ventanilla conocía a Tony y estaba acostumbrado a redondear sus fines de mes con las propinas.
Sacamos los billetes y nos dirigimos al tren. Debía ser hora punta o aquella era la plaza del pueblo en día de fiesta mayor o empezaba la operación salida de la Semana Santa de Hong Kong, tal era el gentío que deambulaba arriba y abajo por los andenes. Siguiendo las indicaciones de un porteador, nos instalamos en un cómodo, limpio y espacioso vagón de primera clase. Y tomé asiento junto al venerable anciano que tenía un libro en las manos. Me saludó en inglés y se dispuso a darme conversación sin ningún disimulo. Sabía de España y de algunos de sus músicos: de Albéniz, Falla y Turina. De este último, del que yo apenas conocía la existencia, me contó vida y milagros. Supuse que él también era músico, pero no quise preguntárselo para no darle pie al discurso erudito y poder así echar una cabezadita, como ya estaba haciendo Tony, sentado frente a mí. Quizás fuera sociólogo, a juzgar por los detalles que me daba de aquellos enormes bloques de viviendas que se veían por la ventanilla, antes de llegar a la frontera, donde varias decenas de miles de personas compartían casa durmiendo en horarios diferentes; o por la definición que me dio de parque público como lugar abierto donde las familias entran en contacto con el campo, los niños juegan sin freno y los ancianos hacen gimnasia como es debido. O quizás fuera un filósofo, por el empeño que puso en hacerme ver, mientras el tren cruzaba quedamente un inmenso arrozal, que la figura humana forma parte del paisaje rural chino. En efecto, los pardos traseros de centenares de campesinos inclinados sobre el suelo punteaban la brillante planicie de campos anegados que el sol empezaba a dorar. Claro, que también podía ser arquitecto, por la precisión con que me describió la gran "casa de piedra" que había en su barrio, que yo identifiqué como una catedral católica y que luego supe que era la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.
Tras dos horas de viaje, en las que Tony no hizo otra cosa que dormitar y yo que platicar con el anciano, llegamos a Cantón y nos instalamos en un lujoso y céntrico hotel, de los muchos que se han hecho en la era post-Mao en las grandes ciudades chinas. No pertenecen a ninguna cadena internacional de hostelería pero saben dar al viajero lo que espera: tiendas de lujo, restaurantes de cocina local e internacional, salones de Spa con saunas y bañeras de hidromasaje, duchas finas y gruesas, frías y calientes, y muchas cabinas de masajes corporales atendidas por solícitas fisios para que ningun músculo del visitante se quede ocioso. Y por la noche, espectáculos danzantes interpretados por las más bellas señoritas que uno haya visto nunca, llegadas de la vecina, fría y misteriosa Rusia. Y todo a precios soportables para el bolsillo de cualquier viajero acostumbrado a tener que pagar en otros países mucho más por muchísimo menos.
Desde mi habitación, en la vigésima planta, se divisaba una parte de la gran ciudad. Del inmenso bosque de letreros que cubrían la ciudad como cielo luminoso, sólo tres eran legibles: Hitachi, Salem y Lucky Strike. Los restantes estaban escritos en caracteres chinos y eran, sin duda, anuncios de conocidas marcas internacionales de electrodomésticos, bebidas y tabaco. Saben muy bien que el que quiere vender ha de hacer de manera que se entere el que puede comprar. Pasé largo rato contemplando el tránsito del gran puente que, a los pies del hotel, cruzaba el río. Los cuatro carriles del centro, dos de ida y dos de vuelta, eran para coches y motos. Al lado de éstos, otro ancho carril servía para que circulasen las bicicletas. Y en los bordes del puente había otro carril en cada sentido para los peatones. Me llamó la atención que hubiera tantas bicis y tantos peatones en una ciudad donde a pie no se llega a ninguna parte y donde las bicis sólo sirven para moverse de día, porque ninguna lleva faro. También que, cuando el semáforo cambiaba a verde, los coches y las motos se pusieran en movimiento con lentitud y torpeza, mientras que las bicis y los peatones se movieran en bloque, como un enjambre de abejas o una bandada de vencejos.
Las visitas a los clientes eran tan parsimoniosas como los actos sociales. Cuando fuimos a ver al señor Cheung en su vieja tienda de un barrio antiguo y cutre, tuve la impresión de ser el primo que regresa de América después de largos años de ausencia. Tal fue la efusión y cariño con que me vi abrazado. Tony fue interrogado prolijamente sobre su salud y la de su familia. Yo, sobre mi viaje, pues el conocimiento que Cheung tenía de mí no era sino el de mi propia persona. Su despacho era oficina y salón-comedor a partes iguales. En él pasaba dieciséis horas diarias ininterrumpidas recibiendo a clientes y charlando con amigos, tomando té, comiendo, pagando y cobrando, yendo de su mesa, adornada con objetos kitsch, al tresillo tapizado con sufrido y desgastado terciopelo. Mientras Tony contaba con portentosa habilidad y rapidez grandes fajos de mugrientos yuanes, una empleada rellenaba las diminutas tazas de té cada vez que habíamos bebido de ellas. Debía ser bueno aquel té -dulce sí que era-, porque, distraído y ocioso, estuve dos horas tomando sorbitos y acabé temblando como un flan. Como Tony andaba entretenido en lo suyo y el lenguaje de Cheung no tenía ni una tilde en común con el mío, nos hacíamos compañía sentados el uno junto al otro como dos enamorados pelando la pava. Alguien llamó a la puerta. Eran unos muchachos que querían cobrar.
- ¿En qué trabajan? -pregunté a Tony.
- Reparten pedidos en bicicleta.
Salí a ver cómo lo hacían y admiré su destreza. Con unos viejos cordeles llenos de nudos sujetaban dos cajas de azulejos -unos cuarenta kilos- al "portamaletas" de la bicicleta y, manteniendo con la mano libre su equilibrio indiferente, las transportaban a la otra punta del barrio y volvían por más hasta que la entrega quedaba totalmente servida. Aunque la paga era exigua, nunca faltaban voluntarios para hacer el trabajo. Viendo cómo aquellos jóvenes y chapuceros transportistas operaban con la misma seriedad que si fueran chóferes de camiones con tráiler, comprendí que China avanzaba con rapidez imparable hacia el club de los dragones que mueven la economía de Extremo Oriente y pronto se convertiría en el centro manufacturero del mundo.
Aprovechando que Tony y Cheung llevaban rato conversando sobre temas que no me concernían, me di una vueltecita por el barrio, atento a no perder la orientación, no fuera a extraviarme en aquel laberinto de callejuelas. Me paré ante una tienda de alimentación. En la acera había grandes jaulas con animales vivos: gallinas, tortugas y serpientes. Una clienta, que salía con el cesto de la compra lleno, se paró en la puerta y llamó al interior. Señaló una jaula. El dueño de la tienda metió la mano en ella y, en no más de quince segundos, cogió una serpiente, le cortó la cabeza, escurrió la sangre en un vasito de plástico, se lo ofreció a la clienta para que se la bebiera "calentita" si quería -que no quiso-, peló la serpiente con gesto enérgico y la metió, aún enroscada como un ovillo, en una bolsa de plástico. Ni que decir tiene que no la pesó. El precio era por unidad, ya que todas eran del mismo o parecido calibre.
Las visitas a clientes en Cantón, Foshan y otras ciudades del sur se sucedían a diario. Tony iba cobrando sus facturas en abundantes fajos de yuanes que le llenaban de contento. Con ello, el primer paso estaba dado. Pero faltaba dar el segundo para respirar tranquilos. Sacar aquellos billetes de China era ilegal. Conseguir allí su equivalente en dólares, imposible. No había más remedio que pasarlos por la aduana camuflados en la ropa, en los zapatos, en un cartón de tabaco vacío de cajetillas, donde fuera. Nos hubiera servido el típico saquito de tela a cuadros azules que usan los campesinos para llevar la merienda, pero no lo teníamos. Tampoco disponíamos de un maletín de doble fondo, que nunca suele faltar a las personas que han recorrido mundo, porque, aunque entonces anduviéramos en apuros, éramos gente honrada. Había, pues, que jugarse el tipo y Tony no era de ésos que le ahorran problemas a uno. Yo también tenía que ayudarle, aunque no me agradara la idea de cometer ilegalidad en terreno tan peligroso. A veces es difícil negarse a las peticiones de un amigo. Decidió que saliéramos de China no por donde habíamos entrado, sino por la frontera de Macao, donde tenía amigos expertos en cambiar fajos de yuanes por fajitos de dólares. Tomamos un taxi y allá nos dirigimos en larga carrera de tres horas. Ya en la frontera, entramos en la recepción de un hotel para tomar un refrigerio y preparar el camuflaje de los billetes: seis fajos en la cartera de mano, dentro de la funda de la agenda electrónica, en medio de paquetes de clínex, salteados en diversos dosieres; un fajo en cada bolsillo del pantalón, que son cuatro, y otro en cada bolsillo de la chaqueta, que son cinco; y cuatro fajos más, envueltos en plástico, debajo del eslip, marcando paquete como los toreros cuando visten de luces. Según Tony, este último escondrijo era totalmente seguro ya que, tratándose de un viajero occidental, la policía de aduanas no iba a extremar los palpamientos en semejante lugar. Ya equipados, entramos en el edificio de la aduana y allí mismo empezó mi calvario. La cola era doble, una para los genéricamente chinos y otra para los extranjeros del resto del mundo. Tony desapareció de mi vista en un santiamén, porque su cola, la primera, era de tráfico fluido. La mía avanzaba muy lentamente. En completo silencio, miraba a los que me precedían y seguían y todos parecíamos estar avergonzados y asustados. Yo me sentía como un contrabandista al que en unos instantes iban a detener y confiscarle el cuerpo del delito. Tenía las manos sudadas. Un vaho agrio y espeso castigó mi olfato con despiadada crueldad. Cuando, por fin, me llegó el turno, entregué el pasaporte y esperé. El agente lo examinó con desdén, me lo tiró a la cara y me empujó hacia la puerta de entrada. Me resistí, enfadado por haber malgastado mi tiempo en aquella cola inútil y nervioso porque tenía que pasar la aduana como fuera y reunirme con Tony en Macao según lo convenido. Me puse en la otra cola y también fui rechazado con energía. Desesperadamente, requerí la presencia de algún funcionario con el que pudiera hablar en inglés. No fue fácil, pero lo conseguí.
- Su visado lo dice bien claro -me explicó con calma aquel hombre uniformado de rostro hierático-. Es válido para una sola entrada y estancia máxima de cinco días en Shenzhen.
Cerró el pasaporte y me lo devolvió con una leve inclinación de cabeza. Me miró lentamente con lástima, como si me estuviera perdonando la vida. Y sí que me la estaba perdonando, porque yo llevaba siete días en China, dos más de los que me permitía el visado, y había salido de la ciudad fronteriza, en la que no llegué a poner los pies, y viajado a Cantón, Shantou y otros lugares sin tener licencia para ello. Y ahora pretendía salir de China por una frontera a la que no podía haber llegado. Sí, aquel capitán de aduanas me estaba perdonando la vida o la cárcel o alguna multa edificante; y a Tony, los fajos de dinero que yo llevaba escondidos y que me hubieran quitado -no impunemente, por cierto- si alguien me hubiera sometido al más mínimo registro. Aquel día estuve de suerte y nadie me registró. Di media vuelta y salí a la calle verificando de reojo que ningún policía me siguiera. Me puse a pensar qué tenía que hacer que no quebrara el razonamiento lógico de Tony. ¿Tomar un taxi y marcharme a Shenzhen de donde nunca tuve que haber salido? Por dinero no sería. Como si quisiera coger una limusina. Pero no, no era razonable pensar que Tony no extrañara mi tardanza y no volviera a ayudarme. Tenía que esperarle. ¿Y dónde mejor que en el único sitio donde habíamos estado juntos? Volví al hotel, me arrellané en un sofá, me pedí un refresco e intenté tranquilizarme.
- Tengo demasiado dinero suyo para que me olvide -pensé-. Volverá a buscarme.
Entre la preocupación por el embrollo en que me había metido y la alegría por verme lejos de cualquier policía, lo segundo llenaba mi ánimo. Comprendí el miedo al tricornio que, según dicen, tienen algunos gitanos. Pasé media hora ordenando mis pensamientos, como piezas de un puzzle sobre la mesa, y, al cabo, apareció Tony como si mi drama no fuera con él. Estaba enfadado porque en Hong Kong no tenía tantas facilidades como en Macao para cambiar dinero.
- Yo también estoy enfadado contigo -le espeté-. ¿No sabes leer chino, burro? Mira lo que dice el visado que me sacaste.
Al ver mi pasaporte, se echó a reír. Le conté lo sucedido y, para no perder más tiempo, tomamos un taxi y rehicimos parte del largo camino que habíamos hecho unas pocas horas antes. Adiviné que en Macao había contactado con su gente, porque volvía ligero de equipaje. Y no logré que me aliviara ni siquiera de uno solo de los fajos que llevaba en el suspensorio. Con el cuello dolorido por las cabezadas que di en el trayecto, llegamos a la frontera correcta. Por suerte, el control policial fue rutinario. Tomamos el primer tren de cercanías y, en noche cerrada, llegamos a la estación de Kowloon sanos y salvos. Un taxi nos condujo, por el túnel subterráneo que une el continente con la isla, a la oficina de Tony en Wanchai. Allí me liberé de todos los fajos de billetes que llevaba encima desde hacía cinco horas. Los que marcaban paquete me los arranqué como si fueran una costra purulenta y, al fin, pude mear a gusto.
- Vamos a la sauna -dijo Tony como si tal cosa.
Fuimos andando hacia una cercana y rutilante fachada que anunciaba relajamiento total para los cuerpos cansados.
- Eres un mariconazo -concluí siguiendo sus pasos.
Aquella noche sólo dormí cuatro horas. Muy de mañana salía mi avión para Pekín y tuve que madrugar.
-Adiós, colonia británica de Hong Kong. Disfruta, el poco tiempo que te queda, de ser el país con la renta per cápita más alta del mundo. La próxima vez que pise tu suelo ya estarás unida a China y seréis, en acertada fórmula propagandística, "un país, dos sistemas".
Hanna me esperaba en el aeropuerto de Pekín, a donde llegué sin contratiempo alguno. El nuevo visado que me había conseguido Tony no tenía los defectos del anterior, sacado con prisas y propinas.
- Bienvenido a Pekín -me dijo con una leve inclinación de cabeza.
- Bien hallada, bella Wang Jin Ding -le dije al tiempo que la besaba-. Cada vez que te reencuentro estás más guapa.
Y era verdad. Aunque debía rondar los cincuenta, parecía una lozana y joven señora de treinta y pocos. Como nunca había tenido que adelgazar, tenía una piel tersa y sin arrugas. Y un aire encantadoramente despistado que el uso caprichoso de unas gafitas de présbita ponía de relieve.
Además, Hanna tenía una biografía de novela. Había nacido en el hogar de unos importantes funcionarios de la República Popular China. Su padre, veterano de la Larga Marcha, tuvo mucho poder al principio de la revolución, pero más tarde fue represaliado y torturado por supuesto revisionismo. Como otras compañeras, Hanna fue guardia roja durante la revolución cultural y tuvo que dejar la universidad para marcharse a una aldea, a dos mil kilómetros de su casa, a aprender la verdadera cultura del campesinado. Fue como una mili, pero a lo bestia. Hanna era tan espabilada que pronto comprendió el camelo y, por si tanta cultura no fuera a serle útil en la vida, apenas regresó a Pekín se las arregló como pudo para acabar sus estudios de economía en la universidad. Se casó con un joven director de cine de animación, tan famosillo como mujeriego, al que pronto dejó plantado. Cuando yo la conocí, vivía con su hija sin ataduras de pareja. Trabajó en un ministerio y ascendió en el funcionariado hasta que un día perdió por completo la fe en el sistema y desertó, se fue a su casa y empezó a ganarse la vida, como cualquier diablo, al más puro estilo capitalista, trabajando para empresas europeas. Siempre le dije que no me creía su versión, pero ella juraba que era cierta y que, desde que tomó la decisión de pensar por su cuenta, se sentía liberada.
Viajar con Hanna era un lujo porque no sólo hacía de guía sino también de maestra.
- China es tan compleja que las diferencias de unas provincias con otras son tan grandes como las de cualquier país europeo con sus vecinos.
- Vosotros, al menos, habláis igual, escribís igual, coméis lo mismo.
- Estás equivocado. En las provincias del sur el idioma oficial es el cantonés. Aquí, en el norte, hablamos mandarín. Escribimos los mismos signos, pero los leemos de manera diferente. Hablamos dos idiomas distintos.
- Pero tú entiendes a Tony. Muchas veces te he visto hablar con él.
- Porque él sabe hablar un poco de mandarín. Pero cuando habla con un cliente del sur, no los entiendo.
- O sea, que si te digo un piropo que me han enseñado en Cantón no lo entiendes.
- Pero si me lo escribes, entonces me pongo colorada.
Tan china era que, aunque viajaba regularmente a Europa por su trabajo de representación, nunca había reparado en la fascinación que siente Occidente por algunos símbolos chinos. En plena plaza de Tiananmen, llena mi cabeza de imágenes que eran por sí solas historia del siglo XX, me decía con rubor:
- La Plaza Mayor de Salamanca es más bonita.
- Toma, y la de Madrid, y la de mi pueblo. Porque son pequeñas y se ven, y puedes pasear bajo sus soportales y tomarte una cañita y unas tapas de rechupete al sol de primavera, aunque a ti te dan asco los chipirones en su tinta y las virutas de jabugo, que no te comes nada si antes no lo has sumergido en un tazón de salsa de soja.
Aquella plaza es tan grande que no se ve. La Puerta de la Paz Celestial, el mausoleo de Mao, el Parlamento, el Museo de la Revolución, todo en una explanada descomunal frente a la tapia de la Ciudad Prohibida. Pero para un occidental, la plaza de Tiananmen es el símbolo de las revueltas estudiantiles del 89 y, en cualquier punto de ella, uno se puede imaginar a un muchacho con los brazos en alto frente a una hilera de tanques. Conviene ensoñarlo cuando aún tiene los brazos en alto y los tanques están detenidos, porque, una vez que el furor del fanatismo doctrinario levanta el pie del embrague, es conveniente no imaginar nada, devolverle a aquel niño que corretea el balón que se le ha escapado y no alcanza, y seguir silbando esa milonga que le viene a uno a la garganta desde que sonó el despertador.
En las visitas que hacíamos a nuestros clientes, todos trataban a Hanna con el cariño propio de una vieja amistad.
En Dalian, ciudad de amplias avenidas y pocos semáforos, a medio camino en el mapa entre Pekín y Seúl, visitamos a su amigo Chan, que era un alto funcionario, director de un gran hospital o residencia de ancianos o casa de acogida, que nunca supe lo que era exactamente aquel conjunto de bloques grises y espaciosos. La categoría política de Chan debía ser elevada porque tenía tarjeta de crédito de papá-estado y tiraba de ella con alegría y desparpajo. Cualquier trato con él se hacía en el restaurante, siempre uno de lujo con saloncito privado, karaoke y compañía de amables señoritas que no le dejaban a uno comer tranquilo, tan solícitas eran en mantener siempre llenos los platos y las tacitas de té y en hacer lo que fuera para que el cliente se encontrara a gusto: quitarle la chaqueta, aflojarle la corbata, sacarle a bailar en cuanto sonaban las primeras notas del karaoke.
- Lo que coméis en los restaurantes chinos de España es una pequeña parte de la oferta gastronómica cantonesa -me explicaba Hanna que, en su papel de maestra, nunca perdía la ocasión de expectorar tesis-. Aquí, como puedes probar, comemos deliciosa sopa de aleta de tiburón, crujientes tendones de venado en salsa agridulce, gelatinosas patas de gallo, tallos de verdura escaldados al gusto en hornillo individual. Olvida los rollitos de primavera y el arroz tres delicias hasta que vuelvas a España.
Las explicaciones y consejos que Hanna me daba no tenían desperdicio y me ayudaban, puesto que sólo yo la entendía cuando me hablaba, a comportarme en la mesa como si fuera un experto gurmet. Siempre comí con sticks y evité caer en el ridículo de pedir un tenedor. Sólo probé, en cantidades insignificantes, el arroz y la sopa que me presentaban al final de las comidas para dar a entender a mi anfitrión que había quedado saciado. Del pato laqueado comí sólo la piel, que es lo que hacen los chinos con clase.
- La grasa es lo más perjudicial del pato y pone el colesterol por las nubes -le reprochaba yo a menudo.
- Peor coméis vosotros, que os hartáis de foie en cuanto se os presenta la más mínima ocasión, y os quedáis tan tranquilos con vuestros michelines.
Hanna tenía una bellísima voz de ópera china, impensable si sólo se la oía hablar, y el karaoke le gustaba más que el caviar. Ponía en marcha el televisor y empezaba a soltar gorgoritos. Aunque de la ópera china se puede decir lo que se quiera, menos que sea música bailable, Chan me mostraba el ejemplo a seguir y me invitaba a desinhibirme. Hanna, mientras cantaba, me miraba con ojos de reproche como si en vez de mi amiga fuera mi novia, pero mi geisha, siguiendo instrucciones de Chan o quizás improvisando, me mantenía constantemente ocupado.
- ¿Estás envidiosa? -le pregunté-. Pídele a Chan que te traigan un boy y dile a gritos a toda China que no sea tan machista. ¿O quieres bailar conmigo?
- Ni con un boy ni contigo. ¡Toma! -me gritó poniendo el micrófono en mis manos.
A Chan y a las chicas les pareció bien que yo cantara.
- Manos a la obra -me dije mientras ojeaba la carpeta de las partituras.
De los títulos no escritos en chino sólo conocía It's now or never y la ataqué con premura. Pese a que mi pareja no cesaba de estorbarme y pretendía seguir bailando sin importarle que yo tuviera que mirar la pantalla porque no me sabía la letra de memoria, y pese a que el tono de la canción era demasiado alto para mi voz, que uno no es Elvis, conseguí cantarla hasta el final con más pena que gloria, a mi juicio, pero no al de la compañía, que aplaudió con agrado mi actuación.
En Shenyiang, aún más al norte y más cerca de Seúl, nuestra clienta era íntima amiga de Hanna y también directora de una empresa estatal. En su trato amistoso y familiar no se notaba ni un ápice que ideológicamente estuvieran tan lejos las dos amigas. O quizá no lo estaban tanto como debieran. Su tarjeta de crédito era tan traviesa y juguetona como la de Chan, y servía para pagar no sólo en lugares elitistas y reservados, sino también en comedores populares de ni se sabe cuánto el menú. Fuimos a uno donde podían estar comiendo mil personas a la vez. Ocupamos mesa y el camarero nos pasó enseguida a una gran sala, contigua al restaurante, llena de innumerables peceras donde los comensales elegían a dedo lo que deseaban, desde la langosta más bien parecida a la lamprea más pavorosa. En algunas peceras había serpientes, pero no pequeñas como las que vi en la tienda de Cantón, sino gruesas como maromas. Manjar exquisito, delicatessen, boccata di cardinale. Para no pecar de gula, me elegí una pequeña langosta. Pecaría ahora de fantasía si dijera que vi a alguien que se pidiera una serpiente de cascabel.
Paseamos por la ciudad y nos hicimos fotos, siempre ante alguno de los incontables monumentos a Mao que la habitan. Luego fuimos a Shanghái y cruzamos la bahía en barco hasta Ningbo sobre las aguas más sucias que imaginarse pueda en mar abierto. Desde el pequeño camarote que ocupamos, veíamos flotar ingentes cantidades de maderas, plásticos, cañizos, telas y ramas de árboles que, en algunos momentos del trayecto, cubrían por completo las aguas muertas y sin oleaje.
La última vez que Hanna vino a España, fui a esperarla al aeropuerto. Como siempre, apareció en la puerta de llegadas con cara de infinito despiste. Me situé frente a ella con mi tarjeta de visita entre las manos, le hice una reverencia y se la entregué con una ligera y forzada sonrisa al más puro estilo chino. No se inmutó. Mi fría y distante bienvenida le habría parecido lo más normal del mundo si a los pocos segundos yo no hubiera roto el hielo con un par de besos y el regalo de costumbre: un sostén de su marca preferida. Ella también me había traído un presente: dos bolas cantarinas, que se hacen girar en el cuenco de la mano y liberan del estrés con la suave musiquita que emiten. Cenamos poco y hablamos mucho. No cantamos porque en aquel restaurante del Grao no había salitas privadas con karaoke ni señoritas de compañía. Sólo había comida; buena, pero comida al fin y al cabo, lo que menos le gustaba de los restaurantes. De postre, le pedí un par de mandarinas.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
El Guerrero del Antifaz dijo
Me ha gustado,tío.
4 Noviembre 2010 | 07:17 PM