Publicidad:
Terra
La Coctelera

vigarpita

Reflexiones y relatos

5 Noviembre 2010

Tierra Santa para infieles

Nahum estaba en la puerta de salida de pasajeros y sonreía burlonamente. Sabía lo que le iba a decir porque siempre le decía lo mismo al llegar a Tel Aviv:

- Esta será la última vez que venga a verte. Ni una más. Ningún otro aeropuerto del mundo es tan desagradable como éste. Controláis hasta la ropa interior de los pasajeros, pero no les miráis a la cara. La cara es el espejo del alma, amigo, y en ella se ven las buenas y también las malas intenciones.

- Shalom. Dame un abrazo, hombre, y no te enfades tan pronto, que acabas de llegar a Israel.

Esta vez la culpa había sido mía. No se puede, ni siquiera por motivos comerciales, viajar a Israel desde Dubai con escala en El Cairo.  Y yo lo había hecho y había pagado por la osadía. Fui aislado en una sala de espera y tuve que explicar repetidas veces de dónde venía, a dónde iba, para qué, si era la primera vez que visitaba el país -yo estaba decidido a que fuera la última-, qué llevaba en la maleta, qué información contenía mi agenda electrónica, qué había hecho en Dubai y en El Cairo. Los minuciosos controles me habían sacado de quicio y casi se me agotó la paciencia cuando, después de esperar media hora, vi que no estaba en la cola correcta.

Nahum seguía sonriendo burlonamente a pesar de que llevaba más de una hora esperándome, ya que yo había sido el último pasajero del vuelo en salir.

- Todos los controles son necesarios para salvaguardar nuestra seguridad. Estás en el aeropuerto más seguro del mundo y te quejas de las molestias que cuesta lograrlo.

- A mí me molestan las colas de todos los aeropuertos, pero las de éste me molestan el doble.

- Piensa en los controles que te harán cuando salgas, por si te sirve de consuelo.

No hacía falta que me lo recordara. Si entrar en Israel es un chequeo, salir es una tortura, como explicaré más adelante.

Enfilamos la autopista del norte y en una hora llegamos a Haifa. A la altura de Netania me había explicado que Yoná estaba allí haciendo la mili. Llevaba dos años y medio y sólo le quedaban unos meses para acabar. Edda, en cambio, estaba empezando pero, como todas las chicas, sólo tenía que hacer dos años de servicio militar y dormía todas las noches en casa.

- No es lo mejor que uno desea para sus hijos, pero el país necesita que los jóvenes velen por su seguridad. Tenemos el enemigo en casa y hemos de hacer lo posible para convivir en paz.

Al hotel, situado en el Carmelo francés, accedimos por una calle empinada y llena de curvas, que más parecía una carretera de montaña que una vía urbana. Estaba en una zona tranquila y elevada, con vistas preciosas al casco antiguo de la ciudad y al puerto.

Como habíamos convenido la noche anterior, Nahum llamó a la puerta de mi habitación a las nueve de la mañana. Era un sábado primaveral de cielo azul y sol radiante.

- ¡Qué mal judío eres! A estas horas de la mañana ya has incumplido la ley talmúdica haciendo a saber cuántos de los treinta y nueve trabajos básicos prohibidos en sábado. Te has duchado, te has afeitado y perfumado -le dije, siempre en tono jocoso, husmeando su cuello- y has venido en coche a recogerme. Eres un pecador impenitente.

- Lo sé, pero voy a dejar de serlo enseguida. Vamos a pie a la sinagoga y pasaremos allí el día leyendo la Torá sin fumar ni comer ni hablar apenas.

Este era siempre el tono irónico de nuestras conversaciones desde que nos conocíamos, pero el respeto de cada uno por la cultura del otro era tanto que nunca habíamos tenido una discusión seria en doce años de amistad.

Por supuesto que no fuimos a la sinagoga. Preferimos irnos de excursión, pero -en esto Nahum era muy experto- no a visitar los lugares que cualquier cristiano conoce de Tierra Santa, sino los sitios turísticos del moderno estado de Israel. De camino hacia el lago Tiberiades pasamos por Nazaret -Nazerat le llaman ellos- y emprendimos el descenso. Al salir de una curva, una placa como las de tráfico nos informó que estábamos al nivel del mar Mediterráneo. Seguimos bajando hasta Tiberias, doscientos metros bajo el nivel del mar, y desde allí las aguas del lago discurren por el Jordán hasta el mar Muerto que está cuatrocientos metros por debajo del nivel del mar. Bordeamos el lago por el sur y empezamos a subir hacia los altos del Golán. De tanto en tanto, un monumento junto a un mirador conmemoraba una acción militar de la guerra del 73. Nahum me traducía con todo detalle las inscripciones de cada lápida y me hacía ver la importancia estratégica del lugar para los planes de aquella guerra.

- En nuestras excursiones por el Maestrazgo -le dije, harto de tanta explicación militar- nunca me he entretenido contándote las correrías de Cabrera durante la guerra carlista. Así es que corta ya, vamos a un sitio de paz y olvidemos los malos recuerdos.

- Elige, subimos al monte Hermón, la única estación de esquí que tenemos en Israel, o bajamos a En-Gev y comemos tranquilamente junto al lago.

- Por mayoría absoluta, queda elegido En-Gev.

De joven tuve en mis manos el folleto de un kibutz y estuve tentado de apuntarme para vivir una experiencia de producción y consumo comunitarios, pero me faltó idealismo y me quedé en casa. Ahora tenía la ocasión de visitar uno como turista y al llegar me pareció un camping inmenso con mucho personal de servicio y muchas instalaciones. Había también muchos niños jugando en completa libertad. Por las respuestas que Nahum iba dando a mis numerosas preguntas pude deducir que el sistema de los kibutz era para él un proyecto acabado que actualmente servía de refugio a mucha gente falta de valentía para enfrentarse en solitario a los problemas de la vida moderna. Elegimos una mesa al aire libre y nos dispusimos a comer. En la mesa de al lado un hombre solo, de aspecto orondo, comía con buen apetito un enorme pescado. En el cinto llevaba sin disimulo una pistola de gran tamaño.

- ¿Es un policía fuera de servicio? -pregunté.

- No. Es un particular que va armado. Completamente normal. Yo también llevo pistola. Me la he dejado en el coche. Puede plantearte algún problema con la policía, pero vas más seguro.

Como hacía yo con él en España, Nahum eligió el menú sin consultarme: una ensalada variada para empezar y un pescado como segundo, el mismo que se estaba zampando el vecino del pistolón.

- Es un pescado típico del lago, "el pez de san Pedro". Está riquísimo.

- Y además -añadí-, debe ser un pescado limpio, que vive en aguas medias, no como el marisco que se arrastra por los fondos y come toda la suciedad que encuentra.

Para los judíos, incluso para los no practicantes, el tema de la comida es importante. Las normas talmúdicas sólo autorizan a comer alimentos kosher.

- ¿Y cuáles son esos alimentos? -pregunté con ganas de saber.

- Los que venden en las tiendas de judíos. Es el criterio más práctico para no equivocarse. El carnicero pregunta al rabino qué animales puede matar y cómo lo ha de hacer para no incumplir la ley. El cliente no pregunta nada. Sólo compra, cocina y come.

Kosher o no, nuestra comida tenía muy buen sabor y la comimos con fruición. El lugar y la temperatura invitaban a una larga sobremesa que compartimos con quien se nos puso a tiro. El camarero que nos sirvió era de Haifa, pero estudiaba medicina en Budapest y había venido a pasar unos días de vacaciones con los suyos.

- Sirviendo te sacas unos cuartos para los pequeños vicios, ¿no?

- En el kibutz nadie cobra un duro. Vengo para ayudar y pasar unos ratos con mi chica, que también trabaja aquí.

En una mesa cercana un matrimonio de argentinos disfrutaba como nosotros de aquella tarde primaveral. Eran de Córdoba, médicos los dos, y vivían también en Haifa.

- ¿Os conocéis? -pregunté a Nahum-. Aquí sois todos de Haifa.

- Piensa que Haifa es una ciudad grande, la tercera del estado de Israel, con más de doscientos cincuenta mil habitantes -me dijo el médico mientras me daba su tarjeta de visita-. Vinimos de Argentina hace quince años y aquí nos quedaremos para siempre porque es la patria de nuestro pueblo. Por nuestra profesión hemos podido cumplir el sueño que nuestras familias no pudieron realizar. Nuestros antepasados huyeron de Israel a Polonia, luego de Polonia a Argentina y nosotros hemos podido volver a la patria. Todá, gracias sean dadas a Yavé.

- Tengo un cliente polaco que lleva tu mismo apellido -le dije mirando su tarjeta.

- ¿De dónde es?

- De Lublin.

- Allí vivieron también nuestros antepasados y quizá seamos de la misma familia, pero no guardamos ningún contacto en Polonia.

La vuelta a Haifa nos ocupó toda la tarde porque fuimos parando en muchos sitios. Como las visitas de la mañana habían sido laicas, Nahum quiso darme mi ración religiosa por la tarde. Bordeando el lago por el norte paramos en Cafarnaún, la ciudad de Jesús, como dice un letrero con muy poco fundamento, ya que, como todos saben, Jesús nació en Belén. Al poco, una flecha anunciaba que el montículo hacia el que apuntaba era la montaña de las bienaventuranzas. En una tienda de suvenires junto a la carretera Nahum me hizo comprar una botellita con agua del Jordán, recogida en el lugar del bautismo de Cristo, para que se la trajera a mi madre.

- Y no has visto el monte Tabor porque, cuando esta mañana hemos pasado cerca, estabas dormitando y no he querido molestarte.

- Nahum, el papel de guía turístico en Tierra Santa no te va en absoluto. Y, además, lo haces muy mal. Así es que deja de enseñarme lo que crees que me interesa y muéstrame tu país como tú lo conoces.

Antes de llegar a Haifa me preguntó tímidamente:

- ¿Quieres subir al parque Carmelo y visitar la cueva de Elías? Se puede ir en funicular desde el puerto. Hay vistas fantásticas sobre la ciudad y ruinas de algunas fortalezas de los cruzados.

- Lo de los cruzados no me interesa. Y lo del profeta Elías es más tema tuyo que mío. Se narra en el Antiguo Testamento, ¿no?

- Sí. La cueva de Elías es el lugar desde donde el profeta emprendió viaje a los cielos en un carro de fuego. Volverá al fin de los tiempos.

- Espero no estar yo aquí cuando vuelva. ¿Te imaginas el susto que puedes llevarte viendo bajar de las nubes un carro de fuego?

El domingo por la mañana acompañé a Nahum a visitar a un amigo. No sé si fue realmente una visita de cortesía o una excusa para que su amigo me enseñara el centro mundial bahái. En la ladera de una colina que baja hacia la ciudad vieja y el puerto, hay una finca inmensa en cuyo centro destaca una cúpula de oro que corona un grupo de edificios singulares, semejantes a un capitolio. El amigo de Nahum era, como él mismo, un comerciante instalado en una oficina del puerto, desde la que manejaba con soltura la entrada de materiales del sector de la construcción. Creo que su amistad nacía sólo del trabajo y del trato diario. Quiero decir que el hombre que nos recibió en el centro bahái no era un judío, pero bromeaba alegremente con Nahum mientras me daba mil y una explicaciones sobre el centro, del que él era miembro destacado.

- Nuestra religión fue fundada hace apenas ciento cincuenta años por un persa de mente privilegiada, elegido de Dios como Jesucristo y Mahoma, que nos inculcó el cultivo de lo más noble y generoso que anida en el corazón del hombre. Si nuestra posición social y nuestra economía nos lo permiten -que sí se lo permiten, vaya si se lo permiten-, procuramos influir en la sociedad que nos rodea llevándola hacia el máximo desarrollo económico y social. Aspiramos a la alianza de todas las civilizaciones bajo un gobierno único que dirigiera los destinos de la humanidad.

- Ya sabía que erais una organización altruista, como la masonería, más o menos. ¿Sois también humanos o vais siempre disfrazados de naturaleza angélica?

- Somos humanos y practicamos la moderación sobre todas las cosas. Ayunamos un mes al año y cuidamos tanto nuestro cuerpo que lo mantenemos alejado del alcohol, del tabaco y de las drogas. Promovemos el matrimonio de un hombre con una mujer y, fuera de él, renunciamos a cualquier actividad sexual.

El amigo de Nahum siguió explicándome lo guapos que eran y el buen tipo que tenían los fieles de su religión. No en vano los Estados Unidos son el país donde más se han desarrollado. Después de deslumbrarme con el fasto de todas las instalaciones interiores -salas de conferencias, salones de confraternización, bibliotecas, capillas de reflexión y aprendizaje- me llevó al exterior y remató la faena mostrándome los jardines que, colina arriba y abajo, rodean el centro. Comparados con éstos, los jardines colgantes de la antigua Babilonia no eran sino un ribazo lleno de zarzales. El encuentro con otros visitantes y sus guías daba lugar a breves conversaciones en las que cada uno averiguaba que al otro todo le iba bien y se alegraba por ello.

El contacto con la fe bahái me subió la moral y el apetito. Nuestro anfitrión nos invitó a comer en un refectorio comunitario donde, arrullados por la lectura en inglés de unos textos de espiritualidad intimista, degustamos en silencio una colación tan exquisita como sencilla.

- ¿Qué te ha parecido? -me preguntó Nahum luego de despedirnos de su amigo.

- Magnífico. Ha sido una visita fuera de guión pero sorprendente. Estos bahái son tan progres en unas cosas como carcas en otras. Me ha quedado claro algo que siempre he sabido: que los humanos, en cuanto dejamos de lado las cuatro o cinco chorradas que nos creemos definitorias -lenguas, banderas, himnos, colores, fronteras-, pensamos todos igual y aspiramos a lo mismo.

El lunes tocaba trabajar un poco.

- Vamos a Yenín, a visitar a nuestro cliente Ibrahim, que tiene muchas ganas de verte. ¿Recuerdas que le cediste tu despacho para que pudiera hacer sus rezos en soledad? Pues con eso te lo ganaste para siempre. De verdad que te aprecia mucho.

En el moderno estado de Israel, quien avanza desde la costa al interior antes o después ha de tropezarse con una frontera que, en contra de lo que indica su nombre, no separa dos países sino dos mentalidades. Con el coche nuevo de Nahum bajamos hasta Baka el Garbia para saludar a otro cliente y desde allí avanzamos hacia Yenín por una carretera secundaria. Pronto vimos la frontera. De lejos creí que acababa de suceder un accidente porque había varios coches parados y un hormigueo de gente moviéndose a derecha e izquierda. De más cerca distinguí a varios policías empuñando con firmeza ligeras ametralladoras.

- Son muy jóvenes, Nahum. ¿No temes que se pongan nerviosos?

- Procura no ponerte nervioso tú cuando te encañonen por la ventanilla. Son muchachos que están haciendo el servicio militar y son tan eficaces como la policía profesional. No les opongas ninguna resistencia y no pasará nada. Tendremos que identificarnos y quizá también nos cacheen. Así estarán seguros de que no vamos a provocar ningún incidente al otro lado.

Todo pasó como Nahum me había explicado. Hubo inspección de documentos, registro del coche y una ametralladora a un palmo de mis narices. Cuando nos dieron vía libre, Nahum cruzó unas palabras con uno de aquellos muchachos, dio media vuelta y aparcó el coche a cincuenta metros de allí junto a la carretera.

- No quiero entrar con mi coche. Temo que me lo destrocen. Dice el muchacho que hoy el personal está especialmente soliviantado. Llamaré a Ibrahim al móvil y vendrá a recogernos.

No tardó ni diez minutos. Apenas le vimos, cruzamos a pie la frontera sin ninguna oposición y nos dimos efusivos besos y abrazos de bienvenida como es costumbre hacer entre la gente bien educada. Subimos en su coche -comprobé que su matrícula no era del mismo color que la del coche de Nahum- y nos llevó a su casa. Yendo con él, nadie nos haría daño porque éramos amigos de un palestino notable y, sin duda, gente pacífica.

La casa de Ibrahim, como otros hogares musulmanes, era espaciosa y cómoda, aunque su decoración no andaba sobrada de buen gusto. El jardín exterior era también grande, pero carecía de ese cuidado meticuloso tan aparente en los jardines de las villas de postín. En cambio, la hospitalidad que nos dio merecía un sobresaliente cum laude. Con poco esfuerzo y mucha naturalidad, Ibrahim consiguió que al poco de llegar me sintiera tan a gusto como en mi propia casa. Los anchos sillones del salón invitaban a recostarse en ellos más que a sentarse. No osé descalzarme pero vi con envidia lo cómodo que andaba mi anfitrión sobre la mullida alfombra. Menos aún llegué a hurgarme los dedos de los pies como hizo mi amigo con una naturalidad que denotaba buena forma física a pesar de su edad. Me llamó la atención que las bandejas del aperitivo sólo contenían frutos secos, pero recordé el apetito con que se comía en Castellón las virutas de jabugo y los langostinos a la plancha. Nahum, que, como muchos miembros de familias que nunca abandonaron Israel, hablaba indistintamente en hebreo y en árabe, llevaba el peso de la conversación y de tanto en tanto me traducía la orden del jefe de que comiera más cacahuetes y bebiera más cerveza.

- Dile que el alcohol se sube a la cabeza aunque no esté prohibido. Dale las gracias, pero voy a reservarme para probar la comida.

- Enseguida llega -me calmó Nahum creyendo que tenía hambre.

A pesar de que por aquella casa se movían al menos una docena de personas, a la mesa sólo nos sentamos cinco: nosotros tres, un yerno y el hijo pequeño, que no tenía más de quince años, pero era, a las claras, el preferido de su padre, con edad de ser su abuelo.

- Es el hijo de su tercera y última mujer, que es más joven que su hija mayor, esposa de este señor que nos acompaña.

- ¿Está enfadado? -le pregunté, pues me extrañaba lo malcarado que era y lo ausente que estaba de cuanto acontecía en la mesa.

- Está cogiendo las riendas del negocio y se cree muy importante. Además, no le gusta que su suegro tenga buenas relaciones con un judío como yo y se abastezca de proveedores cristianos como tú.

La comida nos fue servida por las mujeres de la casa. Vi enseguida que tenía que degustar en vez de comer y así lo hice. Todo estaba exquisito. Aunque Ibrahim era un musulmán de buena posición y rondaba ya los setenta, las costumbres de su casa eran bastante europeas en las formas y rigurosamente cumplidoras de los preceptos del Corán en el fondo. Comimos cordero halal, presentado de varias formas, y una pastelería deliciosa, hecha en casa, de la que recuerdo unos rollitos con pistacho como no he comido dulce mejor en ninguna parte. Con los postres tomamos café turco, que allí llaman árabe y en Grecia, griego. Al acabar, Ibrahim invirtió mi taza y leyó mi destino en los posos del café. No se prodigó en explicaciones pero me preguntó por mi salud. Le dije que era buena, que la que estaba enferma era mi mujer. Desvió la conversación y hasta que nos fuimos no habló de otra cosa sino de la relación comercial que nos unía. Cuando, meses después, murió mi mujer, se lo hice saber. Creí rendir culto, así, a los ritos ancestrales que manejan curanderos y adivinos.

Pasamos la tarde entre la casa, el almacén y la tienda viendo y tocando toda clase de materiales de construcción. Ibrahim me agradeció la cortesía de mi visita con un generoso pedido a pesar de que su yerno se entrometía continuamente para intentar arruinar el encuentro. A la hora de marchar, vi con sorpresa que el malcarado iba a ser quien nos acercara a la frontera a recoger nuestro coche.

- Despídete de Ibrahim -me dijo Nahum-, que tiene que asistir a un consejo de comerciantes de la ciudad y no podrá acompañarnos.

Le di un prolongado abrazo seguido de los besos de costumbre. Le recuerdo cogiéndome las manos y mirándome con bondad. Sí, su mirada era bondadosa. Todo lo contrario de la mirada de su yerno que nos metió en un todoterreno lleno de suciedad y nos condujo a la frontera. Nahum trató de convencerle de que nos dejara bajar antes de llegar a los soldados. Él se empeñó en llevarnos hasta nuestro coche. Se alzaron la voz, discutieron y paró con cara de perro desafiante ante el primer control.

- Es un provocador -dijo Nahum-. Quiere que le registren para reírse de ellos cuando reconozcan no haber encontrado nada peligroso en su coche. Pero van a registrarnos, aunque se ría de ellos, porque éstos son los viajes más sospechosos, los de un palestino que al principio o final del día entra en Israel con su propio coche y puede llevar escondida una trampa mortal para hacerla estallar en el primer poblado que encuentre.

Por la expresión de la cara y sus gritos comprendí que el yerno le decía al soldado que aun gracias que nos traía hasta nuestro coche. Ni el muchacho ni Nahum entraron en su juego. El policía hizo su trabajo hasta el final y en pocos minutos fuimos descargados junto al coche nuevo de Nahum que había pasado el día al sol y estaba lleno de polvo. El yerno se despidió con educación, pero su mirada no era bondadosa ni al darle la mano a Nahum ni al abrazarme a mí.

- ¡Qué ganas de buscarse motivos de enfado!

- Es un follonero -dijo Nahum-. Le gusta la provocación y el enfrentamiento. Palestina está llena de tipos así. Por eso la paz no llegará nunca.

- ¿Y ahora volverá a tener problemas para entrar?

- No creo. El soldado lo reconocerá y lo hará pasar. Además, hay muchos coches que vienen a trabajar a este lado y por la noche regresan a casa. El regreso no es peligroso, no van a tirar piedras contra su propio tejado. El control es necesario cuando vienen hacia nosotros porque no sabes qué intenciones traen.

De regreso a Haifa, Nahum quiso que tomáramos una cerveza junto al mar Mediterráneo en la playa de Cesarea. Señalando con el dedo la puesta del sol, dijo: -Ahí delante vives tú- como yo se lo decía cuando en Benicàssim mirábamos el horizonte sentados en la terraza del Voramar. Las dos terrazas eran igual de bellas, pero en la de Cesarea no paraba de sonar, como música de ambiente, el concierto que, a pocos metros de allí, había dado poco antes Emma Shapplin, en el teatro construido por el rey Herodes hace más de dos mil años. Aquella cerveza, rubia como las notas de Spente le stelle, me supo a gloria.

- Mañana, cuando venga a recogerte, ten la maleta preparada. Iremos hacia el sur y nos quedaremos en un hotel de Tel Aviv hasta el fin de semana. Tenemos visitas que hacer en Jerusalén, Belén, Hebrón y Tel Aviv.

-¿Se repetirán los trámites fronterizos?

-Sí. Menos en Tel Aviv, podemos tener controles en cualquier parte. ¿Quieres quedarte el fin de semana en En Gedi, junto al mar Muerto? Conozco al director de un hotel-balneario y te hará un buen precio.

-Eso no te lo crees ni tú. Además, no me entusiasma la idea de bañarme en aguas espesas ni de leer el periódico acostado en ellas. Eso es lo que dice la publicidad, ¿no?

-Hay muchos balnearios y puedes elegir el tipo de cura que más convenga a tu salud. Tenemos clientes de todas partes del mundo.

-Pues a mí no me verán. He venido a trabajar, no a pasar unas vacaciones.

El martes nos instalamos en Tel Aviv, cerca del aeropuerto Ben Gurion. Desde allí fuimos haciendo todas las visitas programadas y nos quedó tiempo para hacer algo de turismo.

En Hebrón presenciamos una algarada popular que nos obligó a refugiarnos en un bar para evitar ser alcanzados por las piedras que lanzaban un grupo de mozalbetes contra unos militares que pasaban por la calle escoltando y protegiendo a tres matrimonios norteamericanos en edad de jubilación, que no tenían nada mejor que hacer sino visitar un cementerio judío, famoso por los jaleos que se armaban siempre que alguien lo visitaba. Quizá los pensionistas americanos tuvieran a algún ser querido enterrado allí y los manifestantes no lo supieran. O quizá los folletos turísticos que llevaban en las manos señalaban el cementerio israelita como la visita más importante a hacer en Hebrón. Lo cierto era que aquellos chiquillos no paraban de tirar piedras contra los soldados que, ametralladora en ristre, avanzaban vigilantes para que los americanos saciaran su curiosidad o rindieran emotivo homenaje a sus muertos.

Poco más recuerdo de Hebrón sino que me pareció una ciudad sucia e insegura donde todo parecía y era palestino menos los uniformes de los soldados israelíes. Y descubrí que mi cliente no era sólo aquel joven de andar acelerado y sonrisa fácil, sino también sus otros seis hermanos, de los que él era el menor y el encargado de las relaciones de la empresa con el mundo. Su imagen de poco hablador y duro en la negociación se me vino abajo viéndole hablar por los codos -en árabe, claro, el único idioma que conocía- y ausente de la negociación que sus seis hermanos mantuvieron con Nahum. Al despedirnos, el hermano mayor me regaló una kefia, ese pañuelo que popularizó Arafat, me la colocó en la cabeza y mandó que me hicieran una foto. Nunca he visto aquella foto, pero Nahum me jura que está colgada en la pared de aquel despacho destartalado donde nos hartamos de té y pastitas. Conservo la kefia como uno más de los objetos inútiles que todos solemos traernos de los viajes, pero nunca me la pongo ni siquiera como bufanda, aunque es de un algodón muy suave, porque el dibujo que lleva estampado tiene unas connotaciones con las que no quisiera ser identificado.

En Belén visitamos a un cliente en la misma explanada donde está la basílica de la Natividad y, al terminar, Nahum me propuso entrar en Jerusalén e ir a la Via Dolorosa a comprar suvenires para los amigos.

- Yo no me voy de aquí sin entrar en la basílica y tocar con mis manos la estrella que señala el lugar donde nació Jesús de Nazaret. ¿Te has enterado?

- Es por ahí -dijo, poniendo cara de condescendencia con el capricho de un niño-. Te espero en el coche.

La puerta es tan pequeña que no se puede entrar sin agachar la cabeza. Supongo que la basílica tendrá una fachada principal acorde con su fama, pero estaba lloviznando y no la busqué. Entré. Fuera por el mal tiempo o porque no era día de peregrinaciones, la iglesia estaba casi vacía.

- Aproveche. Tan solo como hoy no volverá a estar nunca en este lugar.

Era un fraile quien se había dirigido a mí en perfecto castellano.

- ¿Y usted quién es y cómo ha sabido que soy español? -le pregunté.

- Soy el padre Tarsicio, de la orden de frailes menores, y pertenezco a la comunidad franciscana que tiene a su cargo la custodia de esta basílica. Recibimos a muchos peregrinos españoles y me ha parecido que usted era un compatriota. ¿Viene solo o en grupo?

- Estoy solo y he entrado por curiosidad. Mi amigo es judío y se ha quedado fuera.

- Sabrá usted que para ellos Jesucristo fue poco menos que un impostor. Pero allá cada cual con sus creencias.

- Tengo un primo cura, el padre Leonardo, que hace de guía de peregrinos en Tierra Santa. Es carmelita descalzo. A lo mejor le conoce usted.

- Es poco probable. Vienen tantas peregrinaciones...

- Y al obispo auxiliar de Valencia ¿tampoco le conoce? Es primo de un amigo mío. Se conoce Israel mejor que el barrio del Carmen.

- Recibimos cada día feligreses de todo el mundo con sus pastores y a la mayoría ni siquiera los vemos. Creo que le estoy entreteniendo. Tómese su tiempo y visite el templo con tranquilidad. Al fondo hay una escalinata que baja a la cripta. Allí podrá besar la estrella. Pida a Dios por todos nosotros y por la paz del mundo.

- ¿Puedo hacerle una foto como recuerdo?

- Claro que puede, pero fotografíe sobre todo los Santos Lugares. En una mezquita o una sinagoga no le dejarán hacer fotos, pero a nosotros no nos molesta, bien al contrario. A los popes ortodoxos y a los rabinos no les haga fotos, no les gusta. Y tampoco a los judíos integristas ¿sabe?, a esos señores siempre vestidos de negro, con sombrero, barba larga y trencitas. Se lo digo por si visita en Jerusalén el barrio Mea Shearim, donde viven muchos de ellos.

El padre Tarsicio era un tipo de esos con quien te tomas una copa y acabas sabiendo mil cosas que antes no sabías. Pero tenía prisa y hube de bajar a la cripta solo. No daba crédito a lo que veía. En uno de los lugares más emblemáticos de la Cristiandad, yo estaba prácticamente solo. Ante la estrella de plata que marca en el suelo el lugar donde, según la tradición cristiana, nació Jesucristo no había más que dos ancianas en oración. Yo también me arrodillé y besé la estrella.

- ¿Me hace una foto? -dije a una de ellas, que era argentina. No se negó, pero no era diestra con la cámara y no apretó el botón hasta el fondo. Lo supe porque no se disparó el flash. Insistí y volvió a suceder lo mismo. Para no quedarme sin foto del lugar, la hice posar y quedó inmortalizada en mi álbum.

- Vos sos español, ¿sí? ¿Sabés que el veinte por ciento de la población de Israel es capaz de hablar en español como nosotros?

No lo sabía ni sé si es cierto, pero ¿a qué venía una observación tan pagana en un lugar tan sagrado como aquél? Cuando acabé de hablar con ella, que no era una turista cualquiera sino que conocía muy bien el lugar que visitaba, salí de la basílica y me reuní con Nahum en el coche, convencido de haber estado hablando con una anciana sabia o enferma, tal era la impresión que daba de estar empezando a perder la cabeza.

- ¿Podemos visitar a algún cliente antes de regresar al hotel? -pregunté, viendo en el mapa de carreteras que estábamos a pocos kilómetros de Jerusalén.

- Ya no, es demasiado tarde.

- Pues vayamos al muro de las lamentaciones. Sabes que no me puedo privar de esa visita.

- A sus órdenes, mi capitán -dijo Nahum ceremoniosamente soltando las manos del volante.

En pocos minutos llegamos a Jerusalén y aparcamos fuera del recinto amurallado. Por una rampa empedrada bajamos a la explanada del muro. Era ya de noche y el muro estaba iluminado. Avanzamos lentamente y en silencio. Nahum sacó del bolsillo de la chaqueta su kipá y se la puso en la cabeza. Era un solideo de seda granate, con ribetes bordados en hilo de oro, que se sujetó al pelo con un clip para que no se le cayera. Cerca del muro había un gran cesto lleno de kipás de cartulina a disposición de los que no teníamos la propia para rezar. Cogí una y me cubrí la cabeza. Avanzamos unos pasos más y me situé justo detrás de unos judíos ortodoxos embutidos en sus caftanes que leían a coro algunos pasajes de la Torá, la ley que Yavé dictó a Moisés. Todos sostenían en sus manos el mismo libro viejo y, sin dejar de hacer continuas y aceleradas reverencias al muro, leían la Torá en monótona cantinela. Eran la atracción del lugar pero nadie se fijaba en ellos excepto yo, que los miraba con embeleso y con la secreta esperanza de verlos levitar, como dicen que levitaba santa Teresa cuando rezaba.

- ¿No dejas tu plegaria en el muro? -preguntó Nahum en un susurro casi inaudible.

Saqué mi agenda y escribí mi petición a Dios. Arranqué la hoja, hice con ella una bolita y la presioné contra otros miles de bolitas que llenaban las juntas de las piedras de cantería que forman la base del muro. Nahum no imitó mi ejemplo, pero vi que miraba hacia la pared quieto y muy serio. Aunque raro en él, estaba rezando. Más tarde me explicó que la policía vigila mucho aquel lugar, especialmente sagrado, para que nadie profane el ambiente.

En la explanada que hay encima del muro se levanta la mezquita de Omar, inconfundible por su cúpula dorada.

- La mezquita de la Roca es lugar sagrado para judíos y musulmanes. Allí Avraham quiso sacrificar a su hijo Itzjak para aplacar la ira de Yavé. Los mahometanos dicen que desde allí Mahoma ascendió al cielo a lomos de un caballo.

Para chincharme, Nahum insistía siempre en darme explicaciones de lugares y hechos que no concernían a los cristianos.

Antes de volver al parking de pago donde teníamos el coche, me propuso de nuevo comprar recuerdos de Jerusalén para los amigos en la Vía Dolorosa. Esta calle del barrio musulmán por la que, según la tradición cristiana, Jesucristo arrastró la cruz en la que iba a ser crucificado, nace junto a la explanada del muro y está llena de bazares que mueven a cualquier cosa menos a la devoción. Sus paredes están sucias o llenas de grafitos. Junto a una chapa de propaganda de Coca-Cola, una baldosa de cerámica informa al paseante que aquella es la quinta estación del viacrucis y que en aquel lugar Simón de Cirene tuvo compasión de Jesús, extenuado y lleno de sangre, y le ayudó un rato a arrastrar la cruz. Un poco más arriba, Verónica le limpió la sangre de la cara con un paño de algodón que llevaba en la bolsa de la compra. Pero al tendero que regenta el bazar de la sexta estación sólo le interesa advertirnos que vayamos con cuidado al comprar iconos rusos, que hay mucha falsificación, que los auténticos son los que se venden en su tienda.

Al final de la Via Dolorosa está la iglesia del Santo Sepulcro, levantada sobre el lugar que ha inspirado cientos de crucifixiones que cuelgan de las paredes de los mejores museos del mundo. El aire bizantino que tiene la decoración interior contrasta con las estaciones finales del viacrucis, que están dentro del templo.

Era ya muy tarde pero los bazares seguían abiertos.

- Estos no cierran ni en viernes -comentó Nahum con ironía-. No quieren dejar de ganar ni un solo shekel. En cambio las tiendas de judíos cierran todas en shabat; y las de cristianos, en domingo.

Sólo compré un suvenir, un portatarjetas de plata con el nombre de Yerushalayim y su traducción al castellano: la ciudad de la paz.

Nahum nunca me dejaba acabar mis visitas a Israel como peregrino de Tierra Santa. Por eso, antes de finalizar mi viaje, quiso acompañarme de nuevo a su Jerusalén. A la izquierda de la escarpada autovía, en varios lugares de la antigua carretera nacional, restos bélicos jalonan las laderas de los barrancos: aquí, un tanque oxidado y casi irreconocible por el paso del tiempo; allá, un carro de combate patas arriba tal como lo dejó la bomba que acabó con él; más allá, restos de camiones militares y de tanquetas ametralladoras tal como quedaron después de la campaña del 48. Los sucesivos gobiernos de Israel no han querido limpiar aquellos montes para que todo el que pase vea o recuerde lo dura que fue la lucha por la libertad.

Ya en la ciudad, me llevó al Parlamento, la Knesset, creyendo que aquel día había sesión parlamentaria, pero estaba confundido y no la había. Me hizo una foto junto al monumento a la menora que hay enfrente, para que la guardara como recuerdo.

- Yo también te haré una junto a los leones del Congreso la próxima vez que nos veamos en Madrid.

Y luego fuimos a comer y a tomar copas a la zona peatonal. Paseamos por Ben Yehuda, Yafo, Salomon Mall, calles sin tráfico con amplias terrazas y las mismas tiendas, los mismos pubs y la misma música que en cualquier zona peatonal de cualquier ciudad abierta de cualquier parte del mundo. Un camarero me explicó en sefardí que el rincón donde estábamos fue lugar preferido de Rubinstein cuando pasaba por aquí. Otro, que en mi silla había estado sentado unos días antes no sé qué artista famoso. Para no ser menos erudito, les dije que hacía tres mil años el rey David también había estado por aquí. Y que poco después, hacía sólo dos mil años, Jesucristo había nacido a pocos kilómetros del bar donde estábamos tomando aquella cerveza. Y que ayer mismo, hacía unos mil años, hordas de locos, guerreros sin escrúpulos, fanáticos de todo tipo y algún devoto habían estado aquí en cruzada para evitar que el infiel siguiera profanando este sagrado lugar.

Al final de la tarde fuimos al aeropuerto. Nahum no quería marcharse hasta que yo no hubiera desaparecido tras la puerta de vuelos internacionales. Menos mal que no me dejó solo. De pronto sonó una sirena y los altavoces lanzaron mensajes estentóreos en tono imperativo.

- Amenaza de bomba -dijo Nahum empujándome hacia la puerta-. Salgamos corriendo.

Me volví para coger mi maletín de viaje.

- Déjalo -gruñó Nahum- y vámonos de aquí.

Corrimos los dos juntos durante diez o quince segundos hacia el aparcamiento de coches, pero mucho antes de llegar a ninguna parte Nahum se paró en seco y dijo con la respiración entrecortada:

- Fin de la amenaza de bomba. Volvamos.

- ¿Cómo lo sabes?

- Lo han dicho por altavoces.

Volvimos sin perder el paso porque yo quería recuperar cuanto antes mi maletín. Todo estaba en el lugar donde cada cual lo había dejado. Disciplinadamente rehicimos las colas. Como pasa siempre, la mía era la más lenta. Nahum me explicó lo que ya sabía, que aquella soldado jovencita que hablaba español con acento sudamericano me haría una entrevista personal para intentar averiguar si yo era un terrorista camuflado de pasajero o simplemente un pasajero que quería viajar en paz. Cuando al fin me llegó el turno, empezó el interrogatorio: a qué había venido a Israel, por qué había ido a Hebrón, a quién visité allí, qué relación mantenía con él, qué papeles llevaba en mi maletín, qué era una proforma, por qué guardaba la factura del hotel... Las preguntas se sucedían de modo inquisitorio. A veces, me repetía una pregunta ya hecha para ver si yo daba la misma respuesta. Como llevaba la lección bien aprendida, ni me equivoqué ni me puse nervioso. Podía irme sin levantar sospecha.

Quise dar el abrazo de despedida a Nahum pero mi bella centinela no me dejó. Le envié un beso con la mano. Se tocó la boca con la suya y esbozó una sonrisa burlona.

 

Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.

servido por vigarpita 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

e.masip

e.masip dijo

Delicioso, como siempre. Tus relatos de viajes son perfectos.
Un abrazo.

7 Noviembre 2010 | 11:46 PM

PRINCES/a

PRINCES/a dijo

No defraudas nunca.

Un beso.

8 Noviembre 2010 | 04:45 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí


Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.com

Castellón, España

Fotos

vigarpita todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera