La sirena Elena y el farero alfarero
(Este cuento lo escribí para contárselo a mis nietos Éric y Gael. A ellos va dedicado, aunque en poco tiempo se han hecho tan mayores que ya no se creen que lo que narro haya sido realidad).
Érase que se era, y el cuento es verdadero, una sirena muy bella que vivía en las orillas rocosas de las islas Columbretes. Se llamaba Elena y su marido era el farero. Ella se pasaba el día nadando y él, además de encender y apagar el faro, modelaba arcilla en su torno y hacía macetas, tinajas y cántaros. La sirena Elena y el farero alfarero vivían felices en la soledad del mar y una vez a la semana recibían la visita del tendero que llegaba desde Benicàssim en catamarán. Cuando esto sucedía, la sirena Elena, que era muy vergonzosa, se escondía en la cavidad de alguna roca, a resguardo de las olas, y el farero hacía la compra para toda la semana. Compraba, sobre todo, pan, carne, verduras y fruta. El pescado lo tenía en el mar y lo pescaba con caña. Como nunca había visto a la sirena, el tendero creía que el farero vivía solo y ocioso, y se extrañaba de que, comiendo todo el pan y toda la carne que compraba, estuviera tan delgado. No sabía que tanto pan y tanta carne eran para dos personas y menos aún podía imaginar que el farero tuviese siempre hambre porque trabajaba muchísimo, ya que cada mañana, cada mediodía y cada tarde bajaba del faro al agua y subía del mar al faro a su esposa la sirena que, como no tenía piernas sino cola de pez, necesitaba que su marido la llevara en brazos. Se cansaba mucho, pero la ayudaba con gusto. Él también necesitaba que su esposa la sirena lo llevara a la grupa cuando iban de excursión hacia la playa del Voramar y contemplaban desde lejos el Desert, les Agulles y el Bartolo.
Como hacían ejercicio saludable y comían alimentos sanos, los dos gozaban de muy buena salud. Pero un día la sirena enfermó de un mal desconocido. Empezó a perder escamas y a sentir por todo el cuerpo molestos picores que, lejos de aliviarse cuando nadaba en el mar, eran insoportables a todas horas, tanto dentro como fuera del agua. Tal era la desesperación e impotencia de la sirena Elena, que el farero alfarero tuvo que pedir ayuda. Entró en internet y pasó la noche entera buscando médicos de sirenas que pudieran curar a su esposa y devolverle la salud y la alegría. Así supo que el mejor especialista del mundo en picores y caída de escamas de las colas de las sirenas era el doctor japonés Yokuro Kasitodo. Le mandó un e-mail explicándole el problema de su esposa y recibió inmediatamente la siguiente contestación:
- Está usted de suerte, amigo, porque el mal de Elena ya ha empezado a curarse. Lo mismo que ella sufre ahora lo vienen sufriendo desde hace años mis amigas y pacientes la sirena de Chafarinas, la de las islas Medas, la de Pula y la de la isla de Lípari. Hace unos días recibí también un e-mail del marido de Synera, la sirena de Arenys, explicándome que a su esposa le pasa lo mismo que a Elena. Le diré, amigo, que el origen del mal que sufren todas es la contaminación de las aguas del mar Mediterráneo. Llevo muchos años exigiendo a los estados ribereños que dejen de verter residuos tóxicos al mar. Cuando las aguas estén limpias, Elena podrá volver al mar y estará en su medio natural como pez en el agua. Entretanto, le daré una receta que dará alivio a sus picores y frenará la pérdida de escamas: caliente agua del mar a los rayos del sol; vierta en ella abundantes flores de camomila y déjelas macerando tres días y tres noches; empape un copo de algodón en el agua resultante y moje con él la parte enferma de la cola cada ocho horas hasta que se acabe la tinaja. A los pocos días empezará a mejorar.
Por suerte, en los alrededores del faro había abundantes flores de camomila que el farero recogió con cuidado. Para que el agua que se calentaba de día a los rayos del sol no se enfriara de noche, el farero alfarero se sentó en su torno e hizo una enorme tinaja con tres paredes que hicieran de cámara aislante. Cuando estuvo acabada, la llenó de agua del mar, echó en ella las flores de camomila que había recogido y la expuso a los rayos del sol desde que salía por la mañana hasta que se ponía por la noche. Al cabo del tercer día, aquella infusión estaba templada y tenía el color amarillento de las flores de camomila. Con el mismo mimo que pone la madre al curar a su pequeño que ha caído en el parque y se ha hecho un rasguño en la nariz, el farero mojó un puñado de algodón en el agua de la tinaja y untó con él la cola de su esposa. Después de la primera cura, los picores amainaron y la sirena dejó de rascarse. Después de la segunda, las rojeces de la piel desaparecieron. Después de la tercera, ya no cayeron más escamas. Después de la cuarta, la sirena sonrió y dijo a su marido:
- Ya estoy mejor gracias a ti y al doctor Yokuro Kasitodo.
A los veinte días del tratamiento, después que el farero hubo mojado el último copo de algodón en la última agua marina de camomila que quedaba en la tinaja, Elena pidió a su marido que la bajara de nuevo al mar porque sentía que ya estaba curada. No fue fácil bajarla, porque llevaban un mes entero comiendo, viendo la tele y durmiendo, sin hacer ejercicio físico, y los dos habían engordado unos kilos. Pero a trancas y barrancas consiguió llegar al mar con su esposa en brazos y la dejó sobre las olas para que no se hiciera daño.
Al rato, apareció el tendero de Benicàssim con su catamarán lleno de alimentos. Elena se escondió, porque era muy vergonzosa, y el farero compró la comida de la semana. Los paquetes de algodón ya no los compró porque no le iban a hacer falta. En su lugar, compró una caja de esponjosas galletas recubiertas de confitura de naranja y chocolate negro, y una botella de champán.
- ¿Sabéis para qué?
Para celebrar que la sirena Elena ya estaba curada.
A mediodía pusieron la mesa con el mantel de flores, los cubiertos de plata y la vajilla de porcelana fina, y se regalaron con unas deliciosas setas que habían encontrado en el tronco de un árbol y unos solomillos de pollo con salsa de queso y pimienta verde. Luego, sacaron las copas de cristal de Bohemia y brindaron con champán a la salud de Elena y comieron las galletas de naranja y chocolate. Cuando el tapón de la botella hizo ¡pum!, una ráfaga de viento se llevó el estampido hasta el Voramar justo en el momento en que llegaba a la playa el tendero con su catamarán.
- ¿Hay tormenta en Columbretes? -le preguntaron unos bañistas que tomaban un refresco en la terraza y habían oído el ¡pum! de la botella de champán.
- No, -respondió el tendero-. Es el farero de Columbretes que ha descorchado una botella de champán que me ha comprado esta mañana para celebrar que el mar está cada día más limpio.
El tendero les dijo esto por decir algo, pero no estaba lejos de acertar porque, en sus cruceros de ida y vuelta, cada semana veía menos plásticos, menos colillas y menos basura flotando en el mar.
Al poco, un castillo de fuegos artificiales anunció a los vecinos de Benicàssim que se habían acabado las fiestas. Una ráfaga de viento se llevó el estruendo de los petardos hasta las Columbretes y el farero, al oírlos, le dijo a la sirena:
- ¿Oyes cómo se alegran en Benicàssim de que al fin estés curada? Han tirado unos fuegos de artificio para celebrarlo.
El farero le dijo esto en broma, por decir algo, pero no estaba lejos de acertar porque un final feliz merece siempre una gran celebración.
Y colorín colorado, rojo, azul, verde y anaranjado, este cuento se ha acabado.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
e.masip dijo
Vigarpita, precioso cuento de islas y sirenas. Estas narraciones breves dirigidas al público infantil, siempre me han parecido una creación muy complicada. Tus nietos seguro que están muy orgullosos del abuelo que tienen.
Un abrazo.
27 Noviembre 2010 | 10:44 AM