Corazón con corazón
Nació con una trisomía en el par veintiuno y con ella vivió toda su vida, o casi toda, como veremos luego. Una trisomía así no es cosa que agrade ni mucho ni poco a padres, hermanos, familiares y amigos, sino que los incomoda y los llena de tristeza, como si fuera, que no lo es, una enfermedad grave o una malformación. Aunque su cara denotó desde la infancia una cierta diversidad, ello nunca le impidió dormir en su cuna como un lirón ni berrear en los brazos de su madre como una muñeca malhumorada. Más traumático hubiera sido que, al enfundarla en su pijama, sobrara un pernil o faltara un brazo; o que, al sacarla a pasear, los rayos solares convirtieran su cuerpo en gelatina mocosa; o que tuviera aletas cartilaginosas en vez de manos y pies. Con cualquiera de estos problemas la vida hubiera sido mucho más complicada, si no del todo imposible. Ella no tenía ningún problema de éstos, sólo una trisomía -que no un problema- en el par veintiuno y daba gusto verla chapoteando en la piscina, aporreando el sonajero con sus manos y aplastando o engullendo cuantas galletas quedaban a su alcance.
Con el paso del tiempo, las diferencias con los bebés de su edad empezaron a acentuarse. Sutiles diferencias para bien o para mal, pero diferencias al fin. Al año, nadie podía esperar que aquel cuerpecito regordete empezara a caminar de un momento a otro, pero su sonrisa transmitía una calma más serena que las encolerizadas rabietas de otros niños. A los dos años, no corría tan segura como el resto de niñas de la guardería, pero sus besos calmaban la ansiedad mejor que ningún fármaco. A los cinco, justo empezaba a leer, pero su cara era un poema de amor tan bello que ningún poeta había escrito nunca uno mejor. A los diez, no cazaba pájaros ni atrapaba lagartijas, pero hablaba con su perro en lenguaje inteligible. A los quince, ni Dios sabe lo que hacía o dejaba de hacer, pero la lista de sus novios ocupaba ya dos folios con infinitas tachaduras.
Si paseaba por el parque sobre una alfombra de hojas muertas, quería saber quién las había matado. Si alguien la miraba con insistencia, se preguntaba si no habría espejos en su casa. Si el cielo anunciaba lluvia, buscaba los altavoces en los recovecos de las nubes. En días de tormenta, temía el trueno más que el fulgor del rayo precursor.
¿Dije ya que, cuando tocó ir a la escuela, fue a la escuela? Sus padres idearon para ella una praxis pedagógica que podía resumirse en una pegatina: "Enseñadme como a los demás, pero no os importen los resultados". Algunos profesores nunca llegaron a entender aquel método, pero el sistema funcionó bien e hizo de ella una muchacha de provecho.
Cuando acabó el colegio, tuvo la suerte de empezar a trabajar en un organismo público y, en un santiamén, se vio convertida en funcionaria. Pronto empezó a compararse con sus compañeras y las comparaciones le daban más de un dolor de cabeza, pero también alguna alegría. No era tan alta como Raquel ni tan delgada, pero todos le decían que era más guapa; y no tenía un solo novio como su amiga sino muchos, imaginarios, famosos, guapos y ricos. No tenía marido ni hijos como Carla, pero, cuando los tuviera, no viviría en un piso de ciudad como ella, sino en una casa de campo en la montaña, rodeada de un paisaje con infinitos verdes y tantos pájaros cantores que ni su amiga Olga, que era ornitóloga, sabría distinguirlos por su trino. Y, cuando viajara, no dejaría a sus hijos con los abuelos, como le contaba Ángela que hacía, sino que los llevaría consigo y estarían al cuidado de una nurse que dormiría con ellos en la habitación contigua a la de los papás.
Un día le salió un forúnculo en el ombligo, pero no como otros que había tenido, que salen, se tornan purulentos, revientan, remiten y se curan. Era una protuberancia que crecía y se endurecía de manera extraña. Como estaba en el ombligo, nadie más que ella lo supo al principio, pero pronto hubieron de saberlo sus padres porque aquella verruga iba tomando la rara forma de un pequeño enchufe acabado en corazón. Su hermana recorrió todas las tiendas de informática en busca de un cable que pudiera conectarla al ordenador, pero no lo encontró. Sí lo encontró, al fin, por internet, en una tienda de objetos raros -catalogue d'objets introuvables- y lo compró enseguida a pesar de que los gastos de envío eran muy superiores al precio del cable. Cuando recibieron el pedido, enchufaron corazón con corazón y la conectaron al ordenador. El monitor se fue llenando de cromosomas, veintitrés pares como espantapájaros al viento con los brazos al aire y las piernas colgando. Pero no eran iguales los veintitrés pares de cromosomas. En el lugar del par veintiuno había un trío, y un rostro colorado se encendía y apagaba sobre él, como pidiendo que alguien le pusiera el puntero encima e hiciera clic en su mejilla. Lo hizo ella, como dándole un tortazo, y el cromosoma pinchado empezó a desintegrarse en diminutas burbujas que en pocos segundos lo borraron de la pantalla.
Sorprendidos de lo que habían visto, sus padres y su hermana la desenchufaron del ordenador y le dieron las buenas noches. Se acostó, pero no le vino el sueño enseguida. Su cabeza se fue en volandas y notó que algo empezaba a cambiar en ella. Se dio cuenta que sus pensamientos eran claros y diáfanos, libres de polvo, telarañas y herrumbres. Veintisiete menos nueve eran dieciocho con claridad y sin dudas. De repente, empezó a oír una sinfonía de crujidos indoloros de músculos, cartílagos y huesos. Su cara se afinó. Sus brazos y sus piernas se alargaron. Sus ojos se pusieron de acuerdo para mirar en el mismo sentido: si el izquierdo hacia el mar, el derecho también; si el derecho a la montaña, el izquierdo hacia las cumbres borrascosas; y no como hasta entonces, que bizqueaban con descaro. A pesar de todo, la venció el sueño y se quedó dormida.
A las siete sonó el despertador, se levantó y se miró al espejo. Se vio ridícula con aquel pijama que le venía pequeño, pero pensó que no sería difícil quitarle uno a su hermana con disimulo. Se miró de nuevo y se gustó. Tenía un cuerpo como su hermana y podría compartir con ella la vestimenta. Pero había que darse prisa para no llegar tarde al trabajo.
─ ¿Qué le ha pasado a mi uniforme?─ se preguntó malhumorada.
No entraba en él, era evidente. La que había cambiado era ella.
Empezaban los problemas, pero no se amilanó. Pensó que tiempo habría de resolverlos poco a poco con el consejo de su familia. Fue a lo práctico. Se enchufó de nuevo al ordenador y la pantalla volvió a llenarse de cromosomas. Los pequeños espantapájaros bailaban alegremente y saludaban con picardía. Se quedó boquiabierta ante la pantalla, como hipnotizada, y no pudo reprimir la sonrisa que afloró a su rostro. Era una escena graciosa y la contempló largo rato. Al cabo, se dispuso a cerrar el programa y, al preguntarle si quería guardar los cambios efectuados, lo pensó un momento y dijo que no. Entonces, el cromosoma que la noche anterior se había volatilizado como aspirina efervescente apareció en pantalla y se colocó sobre el par veintiuno formando de nuevo un trío. Aún tenía los mofletes colorados del clic que recibió en la mejilla, pero estaba decidido a quedarse allí.
─ Date prisa o llegarás tarde al trabajo─ oyó que le gritaba su madre desde la cocina.
Intentó de nuevo ponerse el uniforme y vio que le quedaba bien aunque, esta vez, no había oído ninguna sinfonía de crujidos. Desayunó como siempre y salió a la calle apresurando el paso en dirección a su trabajo. Diez minutos caminando fueron suficientes para darse cuenta que su mente se había nublado de nuevo, que sus pensamientos volvían a estar cubiertos de polvo y de algunas telarañas y que los goznes de las puertas y compartimentos de su cabeza chirriaban cantarines. Veintisiete menos nueve seguían siendo dieciocho, pero ya no con la seguridad de la noche anterior, cuando esperaba en la cama que le entrara el sueño. Las cosas volvían a ser bonitas o feas, buenas o malas, agradables o desagradables. El mundo entero volvía a estar dividido en dos partes, habitada una por todo aquello que le caía bien, y la otra, por lo que le resultaba odioso.
Su lugar de trabajo le caía muy bien y allí estaba, como todas las mañanas, lista para repartir correo y prensa, para hacer favores y recados, para sonreír a unos y bromear con otros.
Cuando dejó en la mesa de Raquel la pesada caja de formularios, vio que su amiga estaba triste. Le preguntó el motivo y Raquel la abrazó con cariño y le dijo bajito, al oído, que había reñido con su novio. Tan triste estaba su amiga que una lágrima tibia rodó por su mejilla.
Al pasar junto a la máquina dispensadora de cafés, Carla la invitó a tomar uno en su compañía. Estaba muy disgustada y también triste. Le contó que su hijo mayor se portaba muy mal en casa y en el colegio y que ni ella ni su marido sabían qué hacer para que el chico no se descarriara.
Cuando a media mañana se cruzó con Olga en la segunda planta comprendió que algo malo le pasaba y, al saberlo, se entristeció también ella. Acababan de comunicarle que el estudio de campo que estaba realizando para catalogar todas las aves de la población había quedado aplazado y que, en consecuencia, procedían a rescindir su contrato.
Poco antes de acabar la jornada laboral, Ángela llegó corriendo junto a ella, le pidió un vaso de agua para tranquilizarse y salió como un rayo hacia el hospital donde, según acababan de comunicarle desde el cole, su hijo estaba siendo intervenido de una mala caída que había sufrido en el patio durante el recreo.
Sonó la sirena, fichó con sus huellas dactilares y salió a la calle para volver a casa. Iba triste y preocupada. Diez minutos caminando fueron suficientes para tomar la decisión más importante de su vida: no volvería a conectarse al ordenador esperando que el monitor se llenara de cromosomas y que aquel rostro colorado que convertía en trío el par veintiuno le hiciera guiños y carantoñas y le ofreciera la mejilla para que hiciera clic sobre ella. No lo haría porque no quería problemas. Quería ser feliz.
Cuando su madre le abrió la puerta de casa, aspiró con agrado el olor del hachis à la parmentier que estaba dorándose al horno. Se cambió de ropa, se lavó las manos y se sentó a la mesa para deleitarse con uno de sus cincuenta platos preferidos que mamá acababa de servirle. Y quedó satisfecha. Luego de la siesta, acabó un crucigrama con la ayuda de su padre, hizo punto de cruz con la ayuda de su madre y resolvió unos problemillas de matemáticas con la ayuda de su hermana.
Un día que su hermana quiso enseñar el cable raro a una amiga ingeniera informática, lo buscó y no lo encontró. Lo buscaron también sus padres y no lo encontraron. Le pidieron explicaciones de la desaparición y ella dijo que no sabía nada, pero se notó que mentía.
Aquel cable acabado en corazón pasó así a engrosar el elenco de las misteriosas desapariciones de la casa, tales como la preciosa muñeca que alguien le regaló y que no le cayó en gracia; o como el joyero que, al abrirse, liberaba a una estilizada bailarina de horroroso tutú; o como los pendientes con los colores de aquel equipo de fútbol que había dejado de ser el club de sus amores.
Había nacido con una trisomía en el par veintiuno y con ella viviría toda su vida.
Vicente García Pitarch. (2010). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
PRINCES/a dijo
Es una historia dulce y bonita.
Un besote muy fuerte.
5 Diciembre 2010 | 08:29 PM