El capo Colomo
Al pie del faro, sobre el acantilado, la estrecha carretera de acceso se hacía plazuela sin salida a ningún lugar. Cada mañana, Clemencia llegaba con su viejo todoterreno y sacaba de él algunos recipientes llenos de comida que colocaba, a prudente distancia los unos de los otros, sobre el bordillo circular de la placeta. Gatos y palomas se dirigían enseguida a la pitanza y comían unos junto a otros sin glotonería ni discusiones, como corresponde a animales de buena educación y buena casa. Clemencia era tolerante con los gustos de cada uno y les dejaba comer de los platos que eligieran, pero se mostraba intransigente en defender la comida de los más pequeños, comida que previamente había triturado con la túrmix. Y cuidaba de que los bebés comieran de todo y se lo comieran todo.
Mientras los animales comían y bebían -y no eran pocos, había al menos una veintena de palomas bravas y otros tantos felinos-, Clemencia les hablaba con su acento andaluz y no paraba de canturriar. La canción de Maricruz, la mocita más bonita del barrio de Santacruz, era su preferida y todos la sabían de memoria de tantas veces que se la oían cantar. Contemplaba también aquel altozano sobre las rocas, lleno de chumberas henchidas de higos rojos tentadores y traidores, de pitas elegantes y esbeltas con los brazos al viento y las manos abiertas, y de algunas oliveras acebuchenas con la cabellera al viento, verdes y hermosas cual modelos de pintor.
Un día, después de la comida, mientras recogía los cacharros vacíos y los cargaba en el auto, Clemencia vio que una paloma se le acercaba con disimulo.
─Clemen...
─No me llames Clemen, que parece que estás de guasa. Llámame Clemencia, que es un nombre con mucha enjundia, como se llamaban mi madre y mi abuela.
─Clemencia, ¿y tú esto por qué lo haces?
─¿El qué?
─Darnos de comer todos los días y tratarnos como nos tratas.
─Pues porque os quiero. ¿Por qué va a ser? Porque quiero a los animales y me da pena que paséis hambre.
─Así se habla─ dijo un gato, echando su cuarto a espadas, mientras se alejaba.
─¿Y a ti esto quién te lo paga, el Ayuntamiento?
─No me hagas reír. El Ayuntamiento no me paga nada. Ni siquiera deben saber que lo hago. Lo hago porque os quiero y ya está.
─Pues esto no puede quedar así. ¿Me dejas que te ayude?
─Vamos a ver, chiquillo. ¿Y tú por qué te metes donde nadie te llama? ¿Quién eres tú, dime?
─¿No me conoces? Todos me llaman el capo Colomo. Capo por mis dotes de mando y colomo por mis genes, porque es lo que soy, un palomo.
─Razones tendrán para llamarte como te llaman, que tú no pareces un Juan Palomo cualquiera. Pero dime, ¿cómo quieres ayudarme?
─Déjame hacer. Ya lo verás.
El capo Colomo esperó que el coche de Clemencia desapareciera en la curva y chasqueó los dedos para llamar la atención de aquella turba de vividores. Al instante los tuvo a todos pendientes de sus palabras. Como hacen los líderes, les preguntó si podía contar con ellos en ayuda de su benefactora, pero no les dijo para qué. La población gatuna se dispersó al instante y no le prestó ni un segundo más de atención. Ni uno solo se dignó decirle que no podía contar con él, pero todos ahuecaron el ala con excusas fútiles como el vuelo de una mariposa o el paso fugaz de una lagartija. Al capo Colomo no le extrañó la reacción. Conocía a los gatos, egoístas, sólo interesados en sí mismos, incapaces de tener siquiera la gentileza de los estómagos agradecidos. Sus congéneres, las palomas, eran otra cosa, al menos en teoría, porque en la práctica también se habían marchado de la reunión en cuanto se les preguntó si estaban dispuestos a colaborar.
El capo Colomo lo tuvo claro: reclutaría a mercenarios para su causa. A cambio de tripa llena y sábana limpia, encontraría palomas que quisieran ayudarle. Se puso manos a la obra. En vuelo rasante, casi suicida, llegó al alero arruinado de la granja abandonada donde dos o tres decenas de palomas sesteaban a diario arrulladas por continuos zureos en medio de montones de excrementos.
─Muchachos, necesito vuestra ayuda.
─¿De qué se trata, jefe?- preguntó uno.
─Tan sencillo como cambiar de palomera. En vez de holgazanear aquí, lo haréis en el balcón del Ayuntamiento.
─¿Y quién nos garantiza la seguridad?- dijo otro -. Aquel es un lugar público y de fácil alcance.
─Está garantizada. El concejal ecologista no consentirá que nadie haga un disparo ni tire un petardo ni haga estallar un globo cerca de vosotros.
─¿Y qué hacemos si nos aprieta lo que se dice una necesidad mayor?- dijo otro que se las daba de fino.
─Excrementos y defecaciones, todo allí mismo. Y alguna palomina sobre la cabeza del alcalde cuando entre, también. De eso se trata. Hasta que el barandal, los balaustres y la puerta principal se llenen de mierda.
─¿Y qué recompensa tendrá nuestra ayuda?
─Comida abundante y de buena calidad. Al pie del faro, en la plazuela que hay sobre el acantilado, cada mañana estaréis a mesa y mantel de Clemencia. Yo iré con vosotros. Todo está pactado.
Un tronco carcomido del salidizo se quebró de repente y les forzó a un vuelo corto que sonó a aplauso acalorado.
La amplia balconada del Ayuntamiento limitaba al vacío con una balaustrada de hierro colado que pronto fue perdiendo su forma y su color bajo la creciente capa de heces de aquella bandada que, de repente, sin motivo alguno, había sentado los reales en la fachada noble de la Casa Consistorial. El mal no hubiera sido tan visible si la mierda de paloma, más dañina para el gótico europeo que la indiferencia o el olvido, no hubiera empezado a chorrear sobre la alfombra de la entrada, a dos metros de la puerta remachada con grandes clavos de cabeza en flor de lis.
El concejal ecologista se erigió en buscador de soluciones.
Una mañana, tras haber examinado las ideas sugeridas por la base social, y mientras, cabeza en alto, contemplaba desde la calle la magnitud del desperfecto, el capo Colomo se posó a su lado en actitud chulesca. El edil contuvo su mano por no faltar a sus principios, más sólidos que sus reflejos, y se oyó decir:
─¿Solución es lo que buscas? Yo la tengo.
─Marcharos a otro lado es lo que tenéis que hacer. Con los sitios que hay en todo el pueblo y tenéis que venir a molestar justamente aquí. ¿Cuál es tu solución?
─Limpieza ─dijo el capo con aplomo.
─La mía es mejor: no ensuciar.
─Pero ya no es posible. ¿Pactamos?
─Pactemos ─se avino el concejal de Medio Ambiente, curioso por saber en qué consistiría el pacto.
─Contrata a Clemencia como mujer de limpieza del Ayuntamiento y verás cómo el problema se habrá acabado.
─Pero ya hay una mujer de limpieza. ¿Por qué otra?
─Porque, si no contratas a Clemencia, este problema tan fácil de resolver acabará con tu carrera política. Contrato o no hay tutía.
La actitud del capo Colomo era firme y convencida. El edil subió a su despacho y bajó con un cuestionario que entregó al palomo.
─Que lo rellene Clemencia y me lo traes firmado y fechado.
Dobló el papel, lo agarró con el pico y voló sin respiro hacia la plazuela del faro. En el camino se cruzó con sus compinches, que volaban alegres con el buche lleno.
─¿Dónde vais? ─les preguntó sin pensar, pues que ya sabía la respuesta. Lo dijo sin abrir la boca para que no se le cayera el cuestionario.
─A nuestro lugar de trabajo. ¿O no?
─Vale, vale.
Recogidos todos los recipientes vacíos, Clemencia acababa de cerrar de un golpe la puerta trasera del todoterreno, cuando vio que llegaba el capo Colomo con un papel entre los dientes. Aterrizó como pudo, porque no estaba acostumbrado a hacerlo con un alerón postizo, y le entregó el pliego. Solicitud de empleo, ponía en la cabecera.
─¿Pero qué es esto, chiquillo?
─Rellénalo enseguida. Tienes trabajo en el Ayuntamiento y te pagarán por ello.
─¿Más trabajo todavía? ¿Te parece poco trabajo dar de comer cada día a esa pandilla de hambrientos que me has traído?
─Tranquila, que trabajar, lo que se dice trabajar, no tendrás que trabajar mucho. Yo me encargaré de ello.
─¿Y qué haré, entonces, cazar moscas?
─Más o menos. Escúchame. Mi plan de ayuda tenía como objetivo que el Ayuntamiento te pagara todo lo que haces por nosotros. ¿Cómo conseguirlo? Creando un problema del que tú serás la solución. El problema ya está creado. La puerta principal del consistorio y su terraza superior están llenas de cagadas de paloma que cada día van en aumento. Te contratarán como mujer de limpieza y, en media hora y cuatro manguerazos a presión, solucionarás el problema.
─¿Y cada día lo mismo?
─No, porque mis chicos sólo irán a visitarte, pero no defecarán. Y así, tú te pasarás los días cazando moscas.
Viéndola rellenar el cuestionario con tanta rapidez y soltura, el capo Colomo pensó que pronto tendría que hacer algo para que la ascendieran a auxiliar administrativa con contrato indefinido.
Listo ya para la cita con el edil, el capo Colomo, para impresionarlo, se ajustó una escarapela a la cabeza ─parecía un tenista─ y voló con sosiego, asiendo el cuestionario con sus garras para no dañarlo con el pico. Antes de posarse en la repisa de la ventana de su despacho, vio con agrado que sus huestes seguían allí, todos al tajo, aliviándose cuando les venía en gana con tanto ingenio que sus chorreras espesas y negruzcas parecían un mural de pintura acrílica.
Las condiciones del contrato resultaron envidiables. Hubiera sido imposible mejorarlas: cinco horas diarias, de lunes a viernes, horario libre y, como descripción del puesto de trabajo, protección y limpieza exterior del Consistorio con cualesquier medios no perjudiciales para el medio ambiente.
Clemencia empezó a trabajar al tiempo que el colectivo columbita recuperaba el control absoluto sobre sus esfínteres. La fachada del Ayuntamiento volvió a brillar como las patenas, a pesar de que algunos abuelos seguían dando a sus nietos papelinas con comida para palomas.
Mientras tanto, en la placeta al pie del faro, cada mañana sonaba a la misma hora la llamada a refectorio. Clemencia no hacía distinciones ni en la cantidad ni en la calidad de los manjares, pero sabía premiar con un guiño y una sonrisa a sus más íntimos amigos: el capo Colomo y sus pandilleros. Y cada mañana, cuando levantaban el vuelo para acudir a su trabajo en el Ayuntamiento, los despedía con un hasta luego cariñoso y les cantaba:
Os quiero más que a mis ojos, os quiero más que a mi vida... No debía de quereros y, sin embargo, os quiero.
Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
PRINCES/a dijo
Me ha encantado este cuento de voladoras guarrindongas. Un besote.
7 Marzo 2011 | 07:26 PM