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La Coctelera

vigarpita

Reflexiones y relatos

11 Marzo 2011

La falla de la Camáldula

 

 

 

 

Quede dicho, para que no se alarme el lector apenas comenzada la lectura de este relato, que el vestidor no se mató, sólo se rompió una pierna, pero la caída hubiera sido mortal si las canastillas y andas florales depositadas al pie del tapiz del manto de la Virgen no hubieran amortiguado el golpe.

La comisión en pleno de la falla de la Camáldula estaba haciendo la ofrenda. Su fallera mayor, que lloraba sin cesar, iba del brazo del presidente, Vicentín, ─medias bajas, pantalón, camisa blanca con chorreras de bolillos, faja, chaquetilla corta de anchas solapas historiadas y malla en la cabeza─ que "bendecía" con una sonrisa y una leve inclinación el paso florido de cada uno de los miembros de su falla. Vivas histéricos, súplicas y lágrimas, muchas lágrimas. Fue entonces cuando un clamoroso ¡aaayyy! sobrecogió a los miles de figurantes y curiosos. Un vestidor, que remataba con flores rojas una hombrera del manto, cayó al suelo. La multitud estuvo a punto de salir de estampía. Una ambulancia se abrió paso entre gritos y temores y se llevó al herido.

Las fuerzas del orden se emplearon a fondo y siguió el acto.

─¿Le ha pasado algo a Vicentín? Está llorando.

Vicentín agotaba los clínex de su faltriquera.

 ─Será la emoción, como siempre. Y el susto, quizás, este año.

A Vicentín le pasaban las dos cosas, emoción y susto, y alguna más. Hacía cuatro meses que se había jubilado y uno que le habían diagnosticado

─demasiado tarde─ un cáncer de próstata.

Caminaba del brazo de su fallera mayor y no podía apartar de su cabeza los malos pensamientos que la habitaban: el año que la falla no ardió, el año que el casal se incendió, el año de la insólita granizada y los años en que todo fue bien pero hubiera podido ir mejor.

Todo había comenzado con una chiquillada. Alguien dijo que, si escribías un deseo sobre una oblea y te la comías mientras rezabas a los pies del Cristo de la Camáldula, el deseo se cumpliría. Vicentín cogió su bolígrafo de gel verde y escribió:

Que mi falla no se queme.

Y se comió la oblea en la oscuridad parpadeante de aquella capilla románica, único vestigio del antiguo monasterio que había albergado en la Edad Media a una comunidad de monjes camaldulenses. Temeroso de haber hecho algo malo, se sintió angustiado y se echó a llorar. Miró al Cristo y le pareció ver que movía los labios y oír que le decía:

─Tu deseo se cumplirá si me prometes que trabajarás por la falla toda tu vida.

Se sintió aliviado. Más que una obligación, aquello era un honor.

─Te lo prometo.

La noche de la cremà Vicentín estaba muy nervioso. Sin que nadie supiera  por qué, se sentía el protagonista de la noche. No es normal que una falla no arda, pero a veces pasa. Y aquel año pasó. La falla infantil no ardió y la falla grande, tampoco. Hubo un revuelo general en el barrio y el rumor se expandió por toda la ciudad. Fue una noche de desesperación y, en su afán de ridiculizar el motivo del desastre, el presidente de la falla estuvo a punto de consumar la tragedia. Acercó su puro al bidón de gasolina, seguro de que algún sañudo saboteador había puesto agua en él, y la explosión iluminó la noche, ya llena de luces y de color. Por suerte, nadie cobró mal. Y, por desgracia, la falla mayor y la pequeña seguían en pie, deteriorándose poco a poco por efecto de líquidos combustibles, espráis de ignición infalible y llamas de todo tipo que las asediaban por los cuatro costados. Y en pie siguieron toda la noche sin que pirómano alguno ni siquiera bombero fueran capaces de hacerlas arder.

Aquel año, San José había caído en viernes y los dos festivos siguientes no bastaron para saciar la curiosidad del mundo fallero, que nunca había conocido nada igual y visitó la calle cuarenta y ocho horas ininterrumpidas sin lograr despejar la incógnita maldita. Hubo quien pensó mal de la señora Amparo, vecina del inmueble más afectado por las llamas, que cada año pretendía ver la cremà desde su balcón sin tener que soportar la lluvia torrencial de los bomberos. Era una señora muy mayor, muy protestona y muy de iglesia y, días antes, había sido vista rezando a los pies del Cristo con fervor inusitado. Nunca quedó claro si los miembros de la comisión habían de ser tratados como héroes o como villanos. A unos parecía una cosa y a otros, otra. Pero como el domingo por la noche nadie ─ni la autoridad fallera ni la civil ni el clero─ había llegado a ninguna conclusión, el servicio de limpieza urbana retiró lo que quedaba de la falla y dejó la calle abierta al tránsito.

El episodio acabó en eso y la historia de la falla de la Camáldula quedó marcada para siempre. La historia de la falla y el corazón de Vicentín.

Le costó sobreponerse a las horas amargas en que se sintió culpable por la insensatez de su deseo cumplido. De una falla quemada siempre queda la semilla de la siguiente. De la suya que no ardió no quedó nada sino un mal recuerdo, una afrenta, una vergüenza. Apenas si se atrevió a guardar como recuerdo un pequeño caracol de yeso que paseaba tranquilo por la calva de un ninot. Lo puso sobre su mesilla de noche y aún debe de estar en ella. El caracol ─lento pero seguro─ era el toque de atención que le recordaba la promesa que había hecho al Cristo.

Presidente infantil a los doce años, Vicentín hubo de esperar hasta los treinta y tres para verse proclamado presidente de la comisión de la falla de la Camáldula. En la fábrica era ya don Vicente, el joven gerente que va donde va la gente, pero en la falla sería siempre Vicentín, el alma del casal, el adalid de la sociabilidad festera, el bunyol d'or que lucía con orgullo en la ancha solapa de su chaquetilla corta.

A los veintidós, a falta de tres asignaturas para acabar la carrera, Isolda lo dejó plantado por otro de la falla cuando sus regalos de Reyes aún les acariciaban las manos. El esprín final hasta las fiestas se presentaba de lo más complicado. El quince de marzo, después de trabajar todo el día como un obrero, no se sintió con fuerzas para acudir al sopar de la plantà. Aquella noche ─la cena duraba hasta la madrugada─ Vicentín solía alcanzar el éxtasis. Con el casal lleno a rebosar, recién duchados, perfumados y muertos de cansancio, todo eran abrazos, parabienes, langostinos y licores, y otra copa de coñac, y un chiste malo, y una tonada que perforaba los oídos, y más abrazos, y más aplausos. Todos los años igual, pero siempre diferente. Pensaba en todo eso, absorto y ensimismado bajo el agua de la ducha que comenzaba a salir tibia. No, no iría al sopar de la plantà por mucho que le echaran en falta. Por no encontrarse con ella y verla disfrutar con otro de la falla, no iría al sopar de la plantà. Salió de la ducha y se acostó, de malicia y tristeza que tenía. Y aquella noche, la cocina del casal prendió fuego y no pasó una desgracia mayor porque el Cristo de la Camáldula, san Romualdo y san Pedro Damián no permitieron que pasara. Para la despertà, Vicentín estaba de nuevo en pie y comprobó que, con el jaleo de la noche, nadie le había echado en falta. Él sí. Mientras limpiaba el casal  de tanta agua negra y tantas lágrimas de rabia, iba entendiendo cómo las gastaba el Cristo si no cumplías lo prometido.

A los treinta y dos, un año antes de acceder a la presidencia de la falla, no pudo desfilar en la ofrenda de flores a la Virgen de los Desamparados. Retenido en fábrica por la visita de un cliente ─tan bueno como inoportuno, según su entender, o tan bueno como oportuno, según el entender del amo de la fábrica, que sabía muy bien lo que para su gerente representaba la tarde del dieciocho de marzo y que, a pesar de ello, disfrutaba gastándole este tipo de putadas─, llegó al casal, avanzada ya la noche, y se enteró del drama que estaba en plena ebullición. La fina lluvia que había deslucido ─no impedido─ el desfile de la ofrenda había sido granizada destructora en un área pequeña de la ciudad, justo encima de la falla de la Camáldula. El daño fue irreparable y la lección, para no olvidarla: contra vientos y mareas, contra desánimos sentimentales y obligaciones profesionales, había que cumplir la promesa de trabajar por la falla.

Y al año siguiente lo hicieron presidente. Aceptó con emoción y orgullo, como final feliz de tantos años de sacrificios, pero, sobre todo, pensando en conservar su empleo, el amor de su mujer y la salud de sus hijos.

Y fue presidente de su falla treinta y dos años seguidos. Consiguió tres bunyols d'argent y uno d'or, multiplicó por mucho el presupuesto de la falla y la llevó a la Sección Especial, incrementó año tras año el censo de falleros, hizo del casal la plaza del pueblo, la oficina de empleo, el bufete de abogados, la asesoría de empresas...

En todo esto pensaba Vicentín mientras acababa la Ofrenda y no podía apartar de su cabeza el mal pensamiento que "seguramente" había estado a punto de cobrarse la vida del pobre vestidor de la Virgen:

Mañana, junto a los últimos rescoldos de la cremà, presentaré la dimisión de mi cargo por motivos de salud, por motivos de salud, por motivos de salud...

Se convocó asamblea extraordinaria. Acudieron todos. Don Vicente Centelles Chillida, de sesenta y cinco años, fue reelegido presidente por aclamación

 

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

 

 

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