La concertista de carillón
─Te invito a otro té. ¿Lo tomas en mi mesa y charlamos?
─Muchas gracias.
Y se sentó en su mesa.
Él le dijo que comenzaba el día pedaleando porque no tenía ninguna prisa en llegar al trabajo, era químico y el laboratorio funcionaba solo, de la mano de estudiantes en prácticas. Y la engañaba. Si a las nueve y media aún almorzaba en la terraza del Voramar era porque estaba en paro. Lo del laboratorio funcionando solo era historia de años pasados. Ahora no había tanto trabajo como antes y media plantilla causaba baja cuando la otra media empujaba la verja para entrar.
Ella le dijo que venía a tomar su tisana en la terraza del Voramar porque era la desembocadura de la vía verde y el lugar accesible en bicicleta con más encanto de cuantos conocía. Quizá fuera cierto lo que decía, pero era imposible de verificar porque a ella no la conocía de nada.
Hacía unos días que se cruzaban a mitad de la vía verde, al pie de la torre Colomera, él pedaleando hacia Oropesa y ella hacia el Voramar. Al cruzarse, él le decía bon dia y ella, buenos días, con unas eses largas como cuerdas que lo envolvían y lo iban enmarañando.
Era una mujer joven pero no una jovencita, tenía muy buen tipo y le resultaba muy atractiva. El moreno de su cara era excesivo para una rubia como ella y para un tiempo como el final del invierno. Y la hondura de sus ojos verdes le enamoraba. Y sus manos eran nudosas como las de un marino y bonitas como las de un pianista.
─¿Dónde vives?
─En el barco, en el puerto de Oropesa.
─¿Es más barato alquilar un barco para vivir que una caravana en un camping?
─Mi barco no es alquilado. Es mío. He venido con él desde Maastricht. Lo que alquilo es el amarre.
Acabó de un bocado el bocadillo y empuñó la copa de cerveza.
─¿Y eso cómo se come? Perdón, quiero decir, ¿cómo se viene en barco desde tierra firme hasta Oropesa?
─Se sale por el río y por los canales. Hay mapas muy bien detallados. Hasta que llegas al mar. Y entonces vas donde quieres. O donde puedes.
Hablaron un rato largo sobre sus viajes y sus vidas, ella con risas y desenvoltura y él con nerviosismo. Aquella mujer le gustaba como ninguna otra le había gustado nunca, ni la suya ni las de los amigos ni las modelos ni las actrices. La parte visible de sus pechos estaba muy bronceada y tenía pequeñas grietas que atraían su mirada de manera irrefrenable.
Qué casualidad, el verano anterior, antes que el fantasma del paro se abatiera sobre sus espaldas, él y su mujer habían estado en Maastricht. Ningún despilfarro: vuelo barato, pequeño apartamento alquilado por internet y comida casera. Recordaron que aquel día jugaba la selección holandesa ─eran los mundiales de Sudáfrica─ y la ciudad se vistió de color naranja. Al caer la tarde, acudieron a la Vrijthof, rodearon la basílica de san Servacio, tomaron asiento en su claustro y se dispusieron a escuchar el concierto de carillón. Un concierto de carillón se oye igual desde cualquier lugar que rodee la torre de las campanas, pero el bello centro del claustro era el mejor patio de butacas para espectáculo tan insólito. Hubo unas palabras de presentación, que no entendieron, y una invitación a mirar hacia la ventanita, en lo alto de la torre, donde una figura humana saludaba moviendo el brazo. Era ella, la concertista, la mujer encantadora que sorbía su tisana con aquellos labios tan sensuales. Aún recordaba el programa: un vals de Chopin, una sonata de Van Noordt, un allegro de Bach, el Verano porteño de Piazzola...
Hablaron de su ciudad, del río, de sus fuertes, de sus refugios, de la vecina Aquisgrán, de la vecina Lieja, de los recuerdos confusos de un viaje apresurado, el de él, y los recuerdos vitales que modulan la personalidad de los nativos como ella. Por estar allí juntos se hubiera quedado toda la mañana charlando y tomando. Tan a gusto se encontraba...
─Perdona, pero tengo que irme. ¿Me invitas a tomar café en tu barco?
─Con mucho gusto. Ven cuando quieras: pantalán seis, amarre uno. El barco se llama Grijze.
Sabía de sobra que resultaba muy atractivo para muchas mujeres. ¿Qué tenía de extraño que también lo fuera para aquella rubia?
El día se le hizo interminable. Fue a verla la mañana siguiente. Al salir del túnel, la vía verde discurre por un paso elevado que domina el puerto deportivo. Se bajó de la bici, se apoyó en el pretil e intentó adivinar cuál sería el barco de su amiga. Imposible. Aunque pequeño, en aquel puerto había muchos barcos ─así se llama a cualquier cosa que flote─ y cualquiera de ellos podía ser el de su amiga. Bajó al puerto y lo encontró enseguida. Era una cáscara de nuez, pero también una roulotte es una caja de cerillas y hay gente que vive dentro todo el año. Aquella mañana no se había puesto las mallas de ciclista, sino que iba vestido de persona. Golpeó el cristal con los nudillos. Una cara de viejo marino acercó primero su nariz a la ventana y luego abrió la puerta.
─Buenos días. ¿Está... su hija? Me ha invitado a tomar café.
El hombre habló hacia el interior y se asomó una señora que hablaba bastante bien el español.
─Buenos días. ¿Qué desea?
─¿No es este el barco de Kat... Katlijn? ─ preguntó mientras verificaba la dirección que llevaba escrita en un papelito─. Me ha invitado a tomar café.
─Pues pase, señor. Sea usted bienvenido.
Rieron los tres unos instantes mientras se sentaban, pero el enigma no se aclaró. Navegaban solos, sin ninguna hija que fuera con ellos, y sí, eran de Maastricht y habían bajado con su barco a pasar el invierno en la costa mediterránea, como hacían todos los años.
─¿Cómo desea tomar el café, solo o con un poco de leche?
Aquellos señores eran muy amables, pero la situación le agobiaba. Que ellos supieran, no había en el puerto otro barco de Maastricht con una inquilina joven en su interior.
Una voz de hombre reclamó desde fuera que alguien apartara la bicicleta que obstaculizaba el paso por el pantalán. Salió y la apoyó en el noray más cercano.
─Y qué, ¿le gustó Maastricht, navegó por el río, visitó la iglesia de san Juan, y la basílica de san Servacio, y los refugios de la guerra?
El habitáculo era reducido pero, una vez estuvo sentado, se sintió hasta cómodo. La calefacción lo hacía muy acogedor. Era el salón de aquella cáscara de nuez que casi no tenía otro espacio habitable. La pared mostraba una pequeña colección de aldabas clavadas en la madera. Sobre una muy original ─una mano tendida esperando que alguien la estrechara─ había una foto, un bello rostro de hombre joven y delgado, cuello largo y nuez prominente, cabello largo y amañadamente descuidado, y, coronando su camisa negra, una sonrisa serena y cautivadora.
─Es nuestro hijo. Le gustaba navegar en solitario y coleccionaba aldabas.
─¿Murió?
─Se lo tragó el mar el año pasado. Era músico, daba conciertos de carillón.
Se enjugó la lágrima que empezaba a resbalar por su mejilla, apartó a un lado un viejo portulano encuadernado en piel y puso sobre la mesa la cafetera, los dedales de crema, las galletitas de sésamo.
─¿Ha oído alguna vez un concierto de carillón?
─Una sola vez, en Maastricht, bajo la torre de Sint Servaas. ¿Lo he dicho bien?
─Allí tocaba él tantas veces, en su nido, con las águilas.
Seguía conversando a desgana porque se sentía mal, víctima de la ansiedad. Miró de nuevo la foto ─¿no era una foto en color, por qué ahora la veía en blanco y negro?- y le pareció estar viendo el rostro de su amiga ausente. El corazón le batía desbocado y, sin querer, vertió sobre la mesa el café que quedaba en la tacita. A pesar de la hospitalidad que le ofrecían, cortó la conversación en cuanto pudo y retomó la vía verde.
Bajó a la terraza del Voramar con el alma en vilo, temeroso ─¿o ansioso?- de encontrarla con la tisana en los labios.
─Hoy viene usted guapo, ¿no ha ido en bici? ─le preguntó la camarera.
─Sí que he ido, pero esta mañana no me apetecía equiparme.
Acabó su poleo y, al levantarse, le preguntó en voz baja:
─¿Hoy no ha venido?
Le tenía confianza. Y ella a él. Por eso le respondió también en voz baja y cómplice:
─¿Espera a alguien?
Sonrieron los dos, ella por deber profesional, y él para disimular que estaba al borde de un ataque de pánico.
Llegó a su casa. Ante la puerta de entrada quiso morir. Alguien había arrancado el picaporte y en su lugar sólo quedaba un agujero negro babeando tizne.
Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
PRINCES/a dijo
"Vigar", que sepas que te sigo leyendo. Un besote.
28 Marzo 2011 | 01:56 PM