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La Coctelera

vigarpita

Reflexiones y relatos

7 Abril 2011

La fugitiva del Euromed

Tenía un timbre grave y aflautado y no cesaba de hablar, pero se agradecía que lo hiciera en voz baja y no como aquel señor del fondo del vagón que no paraba de gritarle a su móvil con voz destemplada sin decir una a derechas, ni como aquella señora de delante que, con los auriculares puestos, hacía ridículos y sonoros comentarios a la película que cualquier pasajero podía ver en las cuatro pantallas del coche 6, turista, del Euromed proveniente de Murcia del Carmen con destino a Barcelona-Sants.

Por grave, parecía que su voz fuera de hombre, pero no, era la voz aflautada de aquella chica que, como yo, acababa de subir al tren en Castellón. Su asiento estaba justo detrás del mío y aún no tenía yo mis posaderas bien ajustadas al asiento cuando ella ya estaba dando la tabarra a su vecino sin apenas haberlo saludado. Presentí que no sería un viaje confortable y me resigné a pasar las próximas dos horas calándome bajo la fina lluvia ─no imaginaba que por momentos sería torrencial─ de aquella voz abrumadora, incontinente y desmesurada.

Lo mejor sería olvidar el libro sobre la ménsula abatible y dormitar, pues que no soy dado a oír música con auriculares ni capaz de entender lo que leo si alguien habla a mis espaldas.

Su vecino de asiento venía de Valencia en fallas y hasta Benicarló-Peñíscola casi no le oí la voz.  Por la estrecha franja que separa los asientos vi que tenía el pelo bien peinado, que iba afeitado y que llevaba corbata. Y, gracias a la insistencia de ella, pude saber que era médico y que iba al hospital de Bellvitge para una corta estancia de prácticas en traumatología de rodilla. De ella supe enseguida un montón de cosas puesto que las contaba sin rubor alguno y en lenguaje callejero, sin darse un respiro pero sin subir el tono, allegretto pero piano: que había sido adoptada y que, apenas tuvo uso de razón, si es que alguna vez lo tuvo, puso tierra de por medio con sus padres adoptivos y que ahora, que ya andaba por los treinta y siete, no tenía familia ni nada de nada. Total, ¿para qué? Bueno, tenía a los colegas, aunque a veces te meten en líos y sería mejor no tenerlos. ¿Que qué le habían hecho sus padres de adopción? Nada malo, eran muy buena gente, pero muy antiguos, con ellos todavía andaría con faldita plisada.

─Pero tendrías una familia, un hogar, unos abuelos para tus hijos.

─Es que no quiero nada de eso. Me gusta ir a mi aire, ser libre.

Él casi no hablaba, quizá porque no fuera hablador ni curioso o porque la conversación le venía impuesta sin buscarla o porque se le daba un higo lo que su vecina se había empeñado en contarle desde que se sentó.

Cuando el tren cruzó el Ebro, lloviznaba. Y supe que acudía a Barcelona a una cita a ciegas. ¿Que no sabes lo que es eso? Algo divertido, excitante. ¿Te imaginas lo que es quedar con alguien sin haberlo conocido? Cuando lo pensaba, se le erizaba el vello, sentía como escalofríos. Su acompañante no pensaba lo mismo y se lo manifestaba en voz muy baja y mortificada, pero ella le rebatía dándole lecciones de comunicación y sociabilidad, que sois muy reservados y no habláis con nadie, que no conocéis a los vecinos de escalera ni a los compañeros de viaje. Hay que hablar, tío, y pedir si no tienes y dar si te sobra. Además, que una cita a ciegas no es nada malo, es como las lentejas, que si las quieres las tomas y si no las dejas.

Hubiera hecho bien en bajarse del tren en Tarragona y olvidarse de la cita a ciegas o acudir a ella dos horas más tarde en un tren de cercanías, porque, al paso por Torredembarra, empezó a desvariar y a desbocarse como potro salvaje que lleva a su amazona a la ruina. Le confesó al médico valenciano, al pasmado compañero de asiento y confidente, que, de paso que acudía a una cita a ciegas, huía. Se lo dijo sin bajar la voz, como si su asiento fuera un diván y el traumatólogo un psiquiatra. Entonces abandoné mi postración catatónica, pasé al estado de vigilia y apreté el REC en la grabadora de mi IPhone. Entiéndanme, soy policía, policía de paisano. Aunque no estaba de servicio e iba a Barcelona al entierro de un familiar, el espíritu policial y el propio instinto me pusieron en alerta. Ahora mismo estoy escuchando la grabación y oigo su voz atropellada. Huía porque tenía miedo. Los colegas se habían desmadrado.

Al principio se distraían con pequeñas cosas, ¿sabes?, joyerías, tiendas de ropa cara, alguna cartera distraída, cosas sin importancia. Luego se centraron en los bancos, sólo sucursales bancarias, coge el dinero que puedas y escapa rápido que, si no, te pillan. Cada mes o dos meses, un atraco, hoy aquí y mañana allá, siempre en movimiento, sin parar en ningún sitio. Todo legal ¿eh?, que quitar al que tiene nunca ha sido malo. Pero en el último atraco se desmadraron. Y tuvo que ser Perales, su tronco, el que se pasó de la raya. Por ahí ella no pasaba. La cajera no opuso ningún reparo a sus peticiones. Y el imbécil de Perales le disparó a bocajarro y la mató. Y se armó un pitote de mucho cuidado y todo el mundo clamaba por desarticular una peligrosa banda de atracadores y no era sólo la policía y la guardia civil los que te buscaban como perros hambrientos sino que los mossos d'esquadra y la ertzaintza también te perseguían alborotados. Hacía ya dos meses que estaban calmados y ahora al Perales se le ocurría que había que hacer otro atraco en Castellón, en plenas fiestas de la Magdalena, con las calles abarrotadas de día y de noche, que no puede una levantar los brazos si anda rascándose el ombligo ni bajarlos si los tiene en alto aplaudiendo al paso de las majorettes.

No esperé más. Con disimulo envié un mensaje al comisario informándole que viajaba delante de una pasajera que, en alto grado de excitación, desvelaba a su vecino de asiento que alguien por ella conocido estaba a punto de atracar un banco en Castellón. El comisario me pidió que describiera a la pasajera que levantaba mis sospechas. ¿Cómo iba a hacerlo si casi no la había visto? Aprovechando que sonó su teléfono y ella lo atendió, me levanté del asiento y avancé unos pasos hacia el servicio. Me pareció que la gente del vagón descansaba con placidez, ajena al argumento que se estaba escenificando en los aledaños de mi asiento.

─El viaje, muy bien. No lleva retraso, no. Pues mira, soy tirando a bajita y llevo un pantalón negro muy gastado y camiseta lila. Y un bolso más grande que yo.

De vuelta a mi asiento, reparé en que el médico era muy joven y tenía el rostro atribulado y abotargado por el rubor. Ella, hundida en su asiento, parecía ser como se describía. Me senté e informé al comisario que era tirando a bajita y que llevaba un pantalón negro muy gastado y una camiseta lila con una araña negra en mitad del pecho. Y le dije que quien iba a cometer el atraco era la banda del Perales. Pero que ella no colaboraba. Al contrario, huía. El comisario me dio las gracias y me dijo que estaban en la pista, pero, que supieran, en la banda del Perales no había ninguna mujer. Que le siguiera informando de lo que fuera oyendo.

Cuando la luz del servicio se puso en verde, la chica se levantó y avanzó hacia la puerta dejando en su asiento el enorme bolso y, a la vista, un billetero repleto de papeles. Le pregunté al joven médico que qué le parecía aquello y me respondió que creía que estaba haciendo una crisis de esquizofrenia. Me identifiqué y así no encontró extraño que abriera el billetero y anotara el número de su documento de identidad.

─No me parece una persona peligrosa ─me confesó─, sino enferma.

Mientras comunicaba su número de identidad al comisario, ella volvió recién peinada ─sí, era muy bajita─ y ocupó su asiento.

─¿Qué me has dicho que eras? Ah, sí, médico del corazón. Pues podrías curarme el mío, que lo tengo más partío que el de la canción esa... ¿Te gusta la música? Lo de Perales sólo me pasa a mí, siempre tengo que enamorarme del más golfo. Pero se acabó, que no me gusta jugar con fuego. Él se lo pierde.

El traumatólogo o cardiólogo o lo que fuera empezó a hablar cuando el tren pasaba por Vilanova i la Geltrú y ya no se calló hasta el final del trayecto. Le habló como si en realidad fuera un buen amigo o un psiquiatra a punto de poner fin a la escena del sofá. Le dijo que evitara mezclarse en asuntos turbios, que no podían traerle nada bueno. Y que fuera valiente y denunciara a la policía todo lo que sabía sobre los componentes de la banda atracadora de bancos. Buenos consejos, uno detrás de otro, mientras ella al fin callaba.

Cuando el tren llegó a Barcelona-Sants, las puertas del coche 6, turista, estaban bloqueadas y nadie pudo bajar como hacían los pasajeros de los otros coches. Alguien abrió la puerta delantera y subieron dos hombres, colegas míos, supongo. Mientras avanzaban por el pasillo, iban invitando a bajar a los pasajeros que quedaban a sus espaldas. Cuando estuvieron a mi lado y uno de ellos me señaló la puerta para que saliera, vi que el otro tenía la mirada fija en la araña negra que había en mitad del pecho de la camiseta lila.

No pude esperar al médico en el andén porque dos agentes del orden nos hacían caminar hacia la escalera mecánica. Lo esperé arriba. Me dijo que se habían quedado con ella y que, al abandonar su asiento, les había advertido que quizá necesitara asistencia médica. Arqueó las cejas, me estrechó la mano y se fue.

Entre las personas que esperaban no vi a nadie que pudiera ser el hombre de la cita a ciegas.

 

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

 

 

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Angel Fabregat i Pitarch

Angel Fabregat i Pitarch dijo

Vicent: ¿com ho fas per a escriure tan bé, per a fer-ho tan interessant i amb eixa ironia i humor que m'encanten? Vindré més vegades a llegir-te. Un abraç. Besos de M.T. i meus a Déborah.

29 Enero 2012 | 09:11 AM

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