La amiga de mi amigo
Me pareció que no les vendría mal salir de su rutina diaria y les ofrecí algo excepcional. Llamé a mi amigo Rabadán y, una vez me hubo confirmado que la masía estaba libre y que podía ir cuando quisiera a pasar en ella el día o la noche, les propuse subir conmigo a la montaña para comer una barbacoa.
─Y, de paso, pondremos en práctica una vieja tradición: alfombraremos el camino con ramitas de romero y flores silvestres y, al paso de los peregrinos camino de Les Useres, hincaremos la rodilla en el suelo, humillaremos la cabeza y rezaremos con respeto, como siempre hicieron los antiguos habitantes de la masía.
─Para misas y procesiones no cuentes conmigo ─me dijo Latorre─. Eso son cosas de mi mujer. Y tuyas.
─Está bien. La tradición la guardaremos nosotros, que tú eres demasiado ignorante para saber que, con un gesto del espíritu, puedes convivir con tus antepasados.
Latorre no se enfadaba porque le llamara ignorante. Es más, presumía de serlo y muchas veces se comportaba adrede como un paleto.
─De todas formas, tú no saldrás al camino. Te quedarás en la masía atizando el fuego para que esté en brasa viva cuando pongamos las chuletas, no vaya a ser que te dé un soponcio si te expones al paso de la cruz.
El sábado por la mañana sacó su Mercedes del garaje y nos fuimos al mas. La compra la hacía yo siempre en el pueblo, en una tienda donde vendían de todo sin encargo previo y, con encargo, unas chuletas de cordero lechal, preparadas para trincharlas a mano, que nunca habían dejado indiferente a ninguno de mis invitados.
La masía se la vendí a Rabadán años atrás, cuando yo trabajaba en una inmobiliaria y no pasaba mes que no vendiera cinco a seis pisos o casas o lo que se terciara. Lo encontré vendiendo juguetes chinos en las páginas de anuncios de Las Provincias y le vendí una masía en l'Alcalatén. Así de sencillo. Ni sé cómo lo convencí, pero me la compró, aunque en diez años no ha ido a comerse ni cinco paellas. Desde el principio me dio las llaves y el usufructo, y no pienso renunciar al privilegio aunque a veces me dé algún trabajo. Para muchos yo soy el amo y no me prolijeo con nadie en darle explicaciones o digresiones innecesarias. Cuando hubo un incendio en el monte, la Guardia Civil me llamó de inmediato. Cuando la carcoma se comió la puerta, tuve que ser yo quien llamara al carpintero para cambiarla. Cuando el vendaval derribó la chimenea y dañó el tejado, busqué a un albañil que lo arreglara. Como su amo no va nunca a verla, yo me he creado la obligación de guardársela y mimársela. Eso sí, siempre que he de ir al mas, solo o acompañado, le pido permiso a su dueño y luego le doy parte de las incidencias, si las ha habido.
A Latorre, el manisero, lo encontré vendiendo frutos secos en las páginas de anuncios de Los Sitios y le vendí un piso en mi rellano, justo el que tiene la puerta frente a la mía. Más vecinos no podemos ser, pero viene tan poco que también me veo en la obligación de guardárselo: limpiarlo y airearlo cuando van a venir y cerrarlo cuando se van. Nunca están más de cinco días seguidos ni más de dos veces al año. Les tira mucho más el apartamento de Candanchú que el de la mar. Y, cuando vienen, sólo salen de casa para bajar a la playa a pasear y a tomar una cerveza con cacahuetes ─por eso y por su negocio le llamo el manisero─ y ahuecan el ala antes que las gallinas.
Me pareció que llevarme a la masía a los Latorre era hacerles un gran favor a ellos y otro no menos grande a Rabadán.
Paramos para hacer la compra, nos tomamos un café y seguimos ruta. Pasada la encina monumental, viramos a la izquierda y, por camino de pezuña, nos adentramos en el monte. A Latorre no le hizo ninguna gracia ir por camino pedregoso y protestó vomitando sapos y culebras que es mejor imaginar que reproducir.
─Deja de jurar en arameo y ve más despacio. Son sólo dos o tres kilómetros. Y tranquilo, que tu Mercedes no se romperá. Los hacen a prueba de bomba.
Nos paramos en el cruce.
─Aquí es donde alfombraremos el suelo con las hojas y flores silvestres que hay alrededor ─le dije a su mujer, no a Latorre─. En cinco minutos lo tendremos arreglado. Vamos primero a la masía a descargar el coche y echar un vistazo y luego vendremos a ver pasar a los peregrinos.
De pie sobre una roca, Latorre parecía un almirante.
─¿Eso es tu masía? ─me preguntó con sorna señalando hacia ella.
─Sí.
─Pues tienes okupas, tío.
Me sobresalté, subí a la roca y vi que por la puerta abierta salía una mujer, indiferente a la presencia de un coche parado al comienzo del camino de entrada.
─Habrá que echarlos, ¿no? ─dijo Latorre, que ya estaba gritando demasiado─. Yo llevo siempre la escopeta cargada. ¿La saco?
─Te he dicho que la masía no es mía, sino de un amigo que vive en Valencia. Habrá dejado las llaves a alguien y no me lo ha dicho. Vamos a ver. Pero no te pongas borde y déjame hacer a mí, no sea que la liemos.
Subimos al coche y avanzamos los cien o doscientos metros que nos separaban del mas. En la pequeña explanada frente a la puerta había una moto de gran cilindrada, una GoldWing color calabaza igual que la mía. Y, apoyada en la balaustrada, una mujer joven, desaliñada pero guapa, que por la liviana vestimenta que llevaba puesta parecía que acababa de levantarse.
─Buenos días ─le dije─. Yo soy amigo de Rabadán, el dueño de esta masía, y tengo llaves para entrar. Venía a hacer una barbacoa con estos amigos. Y tú, ¿quién eres?
Ella sonrió. Su cara me era muy familiar.
─A ti te conozco yo. ¿Eres...Isi?
Afirmó y nos dimos dos besos. Isi trabajó conmigo en la inmobiliaria y la recordaba como objeto de deseo inalcanzable. En una cena de Navidad, o algo así, conseguí bailar con ella y aún recuerdo las sensaciones placenteras que tuve al roce con su cuerpo.
─Qué pasa, que conoces a Rabadán y te deja las llaves a ti también, ¿no?
─No sé de qué me hablas. Yo he venido con un amigo, el de la moto, pero aún duerme. No sé si la masía es suya o si le han dejado las llaves.
Por suerte, Latorre no abrió la boca ni siquiera salió del coche. Isi no hizo ninguna señal de avenirse a compartir la barbacoa y, aunque la hubiera hecho, yo no hubiera aceptado, tengo muy desarrollado el sentido del ridículo. Así que le dije adiós, le deseé suerte ─sonrió, no sé por qué─ y subí al coche. Cuando Latorre iniciaba la marcha atrás, en la puerta de la masía apareció un tipo alto y joven, a medio vestir, de largo pelo canoso recogido en coleta, que nos saludó con la mano como despedida. Era evidente que allí sobrábamos.
Comimos en una fonda del pueblo, el único sitio donde encontramos mesa. Los peregrinos de Les Useres atraen a muchos excursionistas que suben a verlos pasar o a caminar con ellos y ese fin de semana el monte está lleno a rebosar. Durante la comida, Latorre dio rienda suelta a su socarronería. Si habitualmente se reía de todos y de todo, hasta de sí mismo y de sus tonterías, en la comida yo fui el blanco de sus burlas por creer que tenía un amigo que me dejaba las llaves de su masía para mi disfrute y no tener mas que las llaves de un picadero que se alquilaba a parejitas para encuentros casuales en plena naturaleza. Yo me desternillaba de risa, pero su mujer sufría con rubor que no se oyera otra voz en la fonda que la de su marido. A la hora de pagar, le explicó a la dueña, que nos había servido e invitado al chupito de la casa, que el pagano era yo, por haberle hecho subir al monte a asar carne y no llevar cerillas para encender el fuego. Era de justicia que pagara y así lo hice, pero no consiguió que llamara desde allí mismo a Rabadán y le contara lo bien cuidada que tenía la masía y lo calentitas que debían estar las sábanas después del revolcón. Le prometí a su mujer que la tradición de florear el cruce de caminos, como siempre hicieron los dueños de la masía al paso de los peregrinos, la recuperaríamos el año próximo.
Regresamos a casa ─menos de una hora a pesar de las curvas─ y las chuletas nos las comimos el domingo a la mañica.
A mediados de mayo fui a Valencia a ver un espectáculo de tango ─me gusta el tango, no afino al cantar pero ejecuto los pasos con precisión matemática─ y aproveché para pasarme por su despacho y saludar a Rabadán. En una de las mesas estaba Isi. Hizo como si no me hubiera visto y yo correspondí con la misma discreción para no incomodarla. Entré al despacho de mi amigo y nos abrazamos con efusión. Las fotos de la estantería me pusieron al corriente de la familia: su mujer, guapa y sonriente como siempre; sus dos hijos, unos hombretones; y él, babeando a chorros con su nieta en brazos, más feliz que un gato con cascabeles. Quedamos en que vendrían todos un día a la masía y les haría una paella de las mías. Quedamos en ello como tantas veces, aunque luego nunca se cumplía el buen deseo.
Al marchar, le dije algo que no era cierto pero, cuando me di cuenta que no debía haberlo dicho, ya era tarde para callar:
─Vi a tu amigo, el de la moto, y me dio saludos para ti.
─¿De qué amigo de la moto me hablas? Yo no tengo ningún amigo que vaya en moto.
─Sí, hombre, ese que lleva coleta.
─¡Isi! ─la llamó en voz alta desde la puerta.
Entró, nos presentó formalmente y le preguntó:
─Cariño, di la verdad, que la oiga este hombre: ¿tenemos algún amigo que lleve coleta y vaya en moto?
─Que yo sepa, no ─respondió ella con gesto mohíno.
En el retén de bomberos que había en los bajos del edificio chirrió una sirena.
Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
e.masip dijo
Vigarpita, las cosas del amor son inescrutables y cuando no lo son, mejor que lo sean. Y es que la pasión no entiende de compromisos incondicionales.
Saludos y salud descarada.
24 Abril 2011 | 10:48 PM