Els pelegrins de Les Useres
(Hoy no os invito a leer uno más de mis relatos sino una evocación de Els pelegrins de Les Useres. Se trata de una de las más antiguas romerías que se celebran en la Comunidad Valenciana y la protagonizan, en representación de todo el pueblo, trece vecinos de Les Useres que, el último viernes de abril, probablemente desde el siglo XIV, suben por caminos de herradura a la ermita de Sant Joan de Penyagolosa, donde pasan la noche en condiciones eremíticas, y regresan el sábado al pueblo, con lo que dan por cumplida la promesa anual. Han recorrido setenta kilómetros, pero no creáis que son excursionistas, no, son peregrinos penitenciales ─así de claro, por extraño que parezca─ que avanzan en absoluto silencio, alentados por las ancestrales salmodias de tres cantores que los acompañan).
Cuando a las cinco y media de la mañana, aún de noche, he visto cómo el guía recogía uno por uno a los doce peregrinos en la puerta de sus casas, me han brotado las primeras lágrimas y he quedado atrapado por la celada del rito secular. Luego, cuando a las ocho en punto han ido abandonando el pueblo, absortos en su papel histórico e indiferentes al entorno, he caminado tras ellos, pero ya no era dueño de mis sentimientos. En cada piedra del camino veía huellas de abarcas -a veces rotas, a veces ensangrentadas- de peregrinos que cada año las transitan. El lejano canto penitencial me sonaba a quejido urgente, a grito desesperado. Pero, insensible a mi soledad, alzaba la vista del suelo, enjugaba el sudor que impregnaba mi fieltro y sentía cómo la primavera me abrazaba con sus diminutas flores y me hería con las espinadas hojas de las aliagas.
Hasta Sant Miquel de les Torrocelles he caminado ajeno al paso de las horas. Luego, las piedras han dejado de ser huellas para convertirse en rostros demacrados que, uno a uno, han ido contándome sus cuitas.
- Mi nombre es Pere Xemeno y no sé si mañana, cuando regrese a casa, seremos tres de familia o me habré quedado solo. No he dormido en toda la noche. Mi mujer ha roto aguas cuando ya me había puesto el sayal, pero yo no podía renunciar al camino. Las vecinas le ayudarán a parir. Ojalá que sea chico y crezca sano y fuerte y con su ayuda pueda recoger más talegas de cebada y criar más gorrinos para no pasar hambre en invierno.
- Soy Bernabé de la Font y no sé si mañana, cuando regrese a casa, seguirá mi mujer oliendo a romero como olía esta mañana al despedirla. Se murmura en el pueblo que el rico hacendado Perot Renovell bebe los vientos por ella y la ronda cuando va al lavadero a hacer la colada. Nadie la conocía cuando la desposé y ahora todos babean cuando la ven pasar.
- Me llamo Nadal Segaler y no sé si mañana, cuando regrese a casa, se le habrán ido las fiebres a mi hijo o seguirá delirando, postrado en el lecho con el cuerpo lleno de sangoneras hasta que llegue el curandero. Ojalá que cure pronto, pues lo voy a necesitar en la herrería, siquiera no sea que para herrar las caballerías.
He hablado también con Bernat Pedrol, con Bertolí Calvet, con Mateu Mingot. Todos caminaban con los pies descalzos y la cabeza arrebolada de problemas: la cosecha incierta, los aperos maltrechos, el tejado quebrado por la nieve. La Lloma de Bernat hace rato que quedó atrás y ascendemos ahora el Tossal de Marinet. A lo lejos, los cantores se desgañitan bajo la fina lluvia que al fin nos empapa:
─ Da nobis salutem et pacem et pluviam de coelis ─cantan, así, en latín, para que Dios les entienda.
Arnau aprovecha la última parada para sentarse a descansar. Me siento a su lado.
- No puedes seguir así. Tienes las alpargatas rotas y los pies ensangrentados. Ponte mis calcetines y mis botas y podrás acabar el camino.
Me descalzo y visto sus pies con amoroso cuidado para no hacerles daño. Se levanta, me sonríe aliviado y echa a andar con mis botas de gore-tex y suela vibram, mientras yo quedo varado al borde del camino, como inútil bajelero.
- Da nobis salutem et pacem et pluviam de coelis.
La lluvia y la salud ya están llegando. La paz es más esquiva a los rezos y tardará en llegar, pero anidará, al fin, en el corazón de los peregrinos.
Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
e.masip dijo
Vigarpita, hay añoranza en tu escrito, recuerdos que fijan huellas de melancolía. Me gusta como vuelcas las sensaciones en tu pagina. Y es que cuando se está como espectador en esa romería santa, uno puede llegar a abandonarse en la espiritualidad y llegar a vivir sensaciones difíciles de explicar. Y pasado el tiempo, rememorar aquellos momentos se hace necesario. Sólo los que buscan algo más en el silencio del camino ven los paisajes etéreos. Y tu seguro que fuiste uno de los suertudos.
Un abrazo, saludos y salud descarada.
29 Abril 2011 | 05:39 PM