Publicidad:
Terra
La Coctelera

vigarpita

Reflexiones y relatos

16 Mayo 2011

La Santa Cena de doña Dorotea

(Dedico este relato al amigo Àngel Fabregat i Pitarch, a quien me unen los fríos vientos del Maestrazgo, la calma de un largo y elocuente silencio, el disfrute de sus artículos en diariocriticocv.com, la brisa del Mediterráneo que sopla igual en su ventana que en la mía y un gran afecto).

 

El paso de la Santa Cena de Nuestro Señor el Plantao era la joya de la cofradía del Suspiro. Y la cofradía era el orgullo del barrio y la depositaria de una tradición que, desde hacía más de doscientos años, mantenía encendida la fe de sus numerosos cofrades. Sobre una plataforma tan ancha como las estrechas callejuelas del barrio, caprichosamente zigzagueantes unas y escalonadas otras, iban la mesa de roble macizo, las doce sillas a juego ─Jesucristo no tenía silla, estaba toda la procesión de pie, de ahí su nombre, así lo había decidido el imaginero que lo esculpió─ y las trece figuras de los comensales. Y, sobre la mesa, manjares humeantes prestos para iniciar un banquete que, a buen seguro, tenía poco parecido con la cena frugal que Jesucristo debió ofrecer a sus apóstoles para despedirse de ellos y darles los últimos consejos.

Por tradición, un benefactor de la Hermandad pagaba cada año la cena y este año, por fin, le volvía a tocar el turno a doña Dorotea. Dos sirvientas de la casa ─la casa era ella sola y no viene a cuento explicar ahora por qué una familia con tanto dinero y fervor era tan exigua─ acudieron con sigilo, a primera hora de la tarde del Jueves Santo, a la capilla de los Labradores para vestir la mesa de la Santa Cena. Los costaleros iban y venían sin parar, mezclados aún con la gente del barrio que tenía prohibida la entrada a la capilla, sumidos en un profundo nerviosismo que la negrura del cielo y el ronroneo del trueno no hacían sino incrementar.

Una furgoneta de la compañía de catering paró en un lateral de la capilla y dos hombres de blanco ─quizá eran ellos los cocineros─ descargaron y entraron una gran bandeja tapada, dos bandejas menores también tapadas y abundante vajilla y cubertería. En el interior de la capilla, a solas, las dos sirvientas de doña Dorotea empezaron a poner la mesa según las órdenes recibidas pero sin convencimiento. El mantel y las servilletas los habían traído de casa, así como las salsas, recién hechas para evitar cualquier riesgo de intoxicación. El resto, la comida propiamente dicha, lo había encargado aquel año doña Dorotea a una empresa de catering. Así, sin rehuir el gasto, minimizaba su trabajo. A su edad no podía hacerse cargo de todo como le constaba que hacía su madre, pues así lo dejó escrito en uno de los dietarios que no quemó antes de morir. El cordero asado lo pusieron en el centro y las dos bandejas rebosantes de langostinos, una en cada extremo de la mesa. Piñas frescas con su penacho al aire, racimos de plátanos y mangos maduros rellenaban los huecos de la mesa mezclados con las salsas y con flores de variado color. Dado que el paso iba a sufrir fuertes vaivenes durante la procesión, en la mesa no se ponía cristalería y, por tanto, no se precisaban vinos ni licores. Aunque la piedad de doña Dorotea podía asumir mayores gastos, la tradición de la casa era esa y así se había hecho siempre y nunca nadie se había quejado. Una mesa para trece queda bien vestida con los manjares relatados.

Cuando la mesa estuvo preparada y el capataz le hubo dado el visto bueno ─técnico, se entiende, que no cualitativo, eso no formaba parte de las atribuciones de Manuel─ entraron los costaleros para admirar la obra de arte que iban a procesionar si Dios no paraba en aquel mismo instante el aguacero que empezaba a caer con fuerza. Y Dios no lo paró ni al instante ni en toda la tarde-noche, o quizás las nubes estaban en otra faenas y no se habían percatado de que aquella tarde era del Jueves Santo,/ tarde triste y amarilla,/ llena de miedo y de llanto,/ cuando van, por maravilla,/ las mujeres con mantilla/ y los obispos a pie, como en algún poema dejó escrito Pemán. Las nubes, a veces, tienen la cabeza donde no toca.

Y la procesión no salió. El desencanto fue enorme, pero no por eso dejó de cumplirse la tradición de cada año: después que los costaleros hubieron admirado la mesa servida, Manuel dio paso a la admiración de los cofrades que, a centenares, entraron en fila de a uno, subieron al camarín de la Virgen ausente y escudriñaron la mesa puesta valorando unos modosamente y en voz alta la mayoría si el benefactor de turno se había rascado el bolsillo más o menos que los benefactores de los años anteriores.

A las diez de la noche la capilla de los Labradores parecía un lodazal y la rampa del camarín un tobogán de parque acuático. El agua y el barro de los parterres habían invadido la pequeña iglesia. Y los cofrades del barrio entraban y salían chapoteando, pechos y solapas llenos de escapularios y filacterias, hablando entre sí y con los costaleros, llorando unos, fotografiándose otros para tener un recuerdo, haciéndose todos a la amarga idea de que sus ilusiones habían quedado anegadas.

A las doce de la noche, los miembros de la Junta decidieron ahogar sus penas en un mesón cercano mientras el cielo seguía vomitando chuzos de punta. El capellán cerró la iglesia y le dijo a un Manuel entristecido:

─Augusto, coge ahora las flores de doña Dorotea y llévatelas a casa para que estén a salvo. Mañana ven temprano y me ayudarás a limpiar todo esto para los Oficios de la tarde.

Augusto obedeció en silencio y se marchó cojeando bajo la lluvia.

Todos en la Hermandad le llamaban Manuel el gitano, pero no se llamaba Manuel, sino Augusto, y no era gitano sino medio-gitano. Él se dejaba llamar como fuera, sin protestar. Manuel era muy conformado. La vida se había portado muy mal con él y él con la vida, según reconocía. Como el cura lo tenía de sacristán en la capilla, hacía años que la Hermandad lo había hecho capataz. Así que Manuel el gitano era el maestro de escena, el coreógrafo, el capataz del paso de la Santa Cena de Nuestro Señor el Plantao, aunque no se llamara Manuel ni fuera gitano. Este año convalecía de una rotura de cadera, pero igual hubiera llevado el timón de la nave si el cielo no se hubiera abierto en chorreras. Decían que ningún otro capataz de la ciudad voceaba las órdenes con la sobriedad y precisión con que lo hacía Manuel. Y eso le llenaba de orgullo más que ninguna otra cosa.

La mañana del viernes, temprano, Manuel le llevó las flores a doña Dorotea. Aunque este año no habían procesionado, doña Dorotea las agradeció igualmente y recompensó el gesto con generosidad. Con eso contaba Manuel todos los años y con las propinas que otras señoras le daban, agradecidas por tener en casa unas flores que habían desfilado con el paso.

Al marcharse, doña Dorotea le preguntó:

─¿Y qué vais a hacer con la comida, Manuel?

─Yo no sé. Lo que diga el capellán.

─Dile de mi parte que me gustaría que se repartiera entre los más pobres del barrio.

─Así lo haré. Y gracias por lo que me ha dado, señora. Que Dios se lo pague.

Cuando llegó a la capilla, aún temprano, como le había pedido el capellán, ya casi todo volvía a estar limpio por obra de dos vecinas que, fregona en mano, se afanaban alborotadas. El capellán estaba fuera de sí, pero no por el agobio de los trabajos de limpieza.

─Hemos sufrido un robo, Augusto. Han forzado la verja de la sacristía y se han llevado la comida y las flores. Han cometido sacrilegio por robar en lugar sagrado algo que era sagrado. Que Dios los perdone.

─Peor hubiera sido que hubieran robado las figuras del paso, ¿no, padre?

─Calla. No quiero ni imaginarlo.

─Pues doña Dorotea también se disgustará. Me ha dicho que le diga a usted que le gustaría que se reparta la comida entre los más pobres del barrio.

─Ojalá que los que la han robado sea gente necesitada. El robo tendrá menor gravedad, aunque el sacrilegio será el mismo.

El día había amanecido soleado y fresco y las callejuelas del barrio olían a limpio. La noticia del robo se propagó como la pólvora y alimentó disparatadas y variopintas suspicacias, pero nadie se atrevió a señalar con el dedo. El capellán hubo de emplearse a fondo para quitar hierro al suceso y serenar los ánimos. Y a fe que lo logró. Cuando acabó el breve Oficio de la tarde del Viernes Santo, todos los mayorales y cientos de cofrades bajaron al centro para participar en la procesión del Santo Entierro, compatible con su devoción por la Santa Cena.

Manuel no bajó. Aunque tenía un puesto destacado al frente de sus costaleros, no bajó. Todos pensaron que se había quedado en casa por prudencia, para no entorpecer la convalecencia de su cadera, y nadie lo echó en falta.

El capellán, sí. Y fue a su casa al caer la noche porque no era normal que Augusto faltara a sus obligaciones sin avisar. Lo encontró sentado en la taza, dolorido a rabiar, con goterones de sudor frío perlando su frente y la mirada turbia de quien siente que la vida se le está escapando por los desagües. El conductor de la ambulancia que lo bajó a urgencias comentó al capellán:

─Es el cuarto servicio que hago esta tarde. Y todos graves y todos por lo mismo: intoxicación alimentaria. Y todos en este barrio.

Antes de bajar de la ambulancia, el capellán le dio la absolución, por si acaso.

 

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

servido por vigarpita 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Angel

Angel dijo

Estimat Vicent: després de parlar i superar un silenci i un desconeixement mutu de 50 anys, viag llegir el teu magnífic relat sobre els Pelegrins. Em va agradar tant que va reforçar el meu desig de participar-hi com expectador meditatiu i fidel. Vaig recordar el meu amic Mossén Gervasi, veí del meu carrer de Vilafranca i cunyat del meu amic Benjamí. Quan jo estudiava llatí a quart de batxiller, ell, seminarista llavors, m'ajudava a fer les traduccions que ens manaven de treball de vacances. Va ser rector d'Adzaneta i va fer eixe pelerintge moltes vegades, cosa que jo no he pogut fer mai. Hui, Vicent, m'has desbordat amb la dedicatòria del teu magnífic relat. M'agrada eixa preciosa manera que tens de contar les coses, amb eixe toc d'ironia. Si el mig gitano haguera dut gorra de visera i haguera respost al nom de Vicent, no haguera acabat a la tassa del comú. Haguera acabat fumant-se un puro, i cantant amb un amic, un tango. Un abraç. Angel.

21 Mayo 2011 | 08:17 AM

Escribe tu comentario


Sobre mí


Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.com

Castellón, España

Fotos

vigarpita todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera