Réquiem por Olivia
Desde entonces, cada vez que abandono la habitación de un hotel, me aseguro de dejar la puerta bien cerrada con llave, no sea que la policía venga a buscarme cuando contemplo extasiado el cielo de la Capilla Sixtina o medito horrorizado frente al paredón de ejecuciones del campo de concentración de Auschwitz.
─Tampoco te pongas trágico, que eso te pasó una vez y quizá no vuelva a pasarte nunca más.
─Ojalá no, pero, por si acaso, yo siempre cierro la puerta de la habitación con llave, si la hay, que ahora, en los hoteles modernos, las habitaciones se abren con una tarjeta y se cierran solas.
─Pues yo ni la cierro con llave ni la dejo abierta. Nunca he dormido en un hotel. Y mira que ahora lo ponen fácil para ir a Benidorm por cuatro duros. Pero tan bien como en casa no se está en ningún lugar.
Mi vecino no había salido casi nunca del pueblo, pero me atendía con curiosidad cuando le explicaba aventuras que me habían pasado en la vida. Le estaba contando ahora que una vez regresaba de Milán ─era representante de grifería italiana─ y, al paso por Arles, caída ya la noche, sentí sueño, hambre y cansancio, todo al mismo tiempo. Como soy persona sensata, paré en el primer hotel que divisé desde la autopista y reservé una habitación. Me refresqué la cara para despabilarme y bajé a cenar. Por suerte, el encargado me dejó pasar aunque llegaba al límite del tiempo de admisión. En Francia y en invierno, las nueve y media es noche más que cerrada, cerradísima. En el pequeño e impoluto restaurante ─no había indicios de que hubiera cenado allí mucha gente─ sólo quedaban dos mesas ocupadas: en una, la del fondo, una pareja mayor acababa su ración de Brie y su botella de Beaujolais; y una señora joven aguardaba en otra mesa, revuelta como si en ella hubiera cenado más gente, el momento de subir a la habitación. Yo cené lo que me sugirió el camarero: Fricandeau à l'oseille ─mejor sería explicarlo que traducirlo, pero no viene al caso hacer ni lo uno ni lo otro─ y una compota de rhubarbe, que tampoco precisa de traducción si no se ha comido nunca el ruibarbo. Me pareció que, habiendo llegado a la hora intempestiva que llegué, tenía que aceptar su sugerencia. Y acerté. Cuando el matrimonio mayor se levantó de la mesa y abandonó el saloncito, la señora joven me sonrió. Le devolví la sonrisa y seguí comiendo. Para disimular mi timidez, me puse a hojear el bloc de notas que tenía abierto sobre la mesa. Al poco, la miré de reojo y vi que me sonreía de nuevo. Me pidió permiso para acercarse a mi mesa y se lo di. Vino con su copa de vino y se empeñó alborozada en que brindara con ella con mi vaso de agua. Hablamos o, mejor dicho, habló. Soy del tipo de hombres que carecen de gracia para galantear a una mujer, pero que les gusta ser cortejados y seducidos. Mi repentina amiga rebosaba de gracia, valor y ganas. Lo tuvo muy fácil conmigo. Puesto que no lo necesitábamos, el camarero entendió que lo mejor sería marcharse y así lo hizo. Nosotros nos marchamos poco después cuando Olivia me propuso seguir charlando en mi habitación. Primero fue a la suya, en el mismo pasillo que la mía, y volvió con una botella de Armagnac, ya casi vacía, y en salto de cama sobre la ropa interior. Tuve que rendirme a la evidencia y afanarme en contentarla, aunque no anduviera sobrado de recursos. Excusas no me faltaron. Estaba cansado y preocupado, sin poder apartar del pensamiento los inalcanzables objetivos de ventas que se me habían marcado aquella misma mañana. Ella, por su parte, no es que fuera el ideal de belleza femenina que uno guarda en sus adentros, capaz de encabritar al potro más manso. Además, tenía el aliento de quien ha consumido mucho alcohol en las últimas horas. Y lo más paralizante ─si aún necesitaba algún pretexto o evasiva─ era su desenvoltura, que chocaba con mi timidez enfermiza. Después de un rato largo de empeñarse ella en recibir lo que yo no era capaz de darle y rehusar lo que le daba pero que no la satisfacía, dimos por acabada la tienta y regresó a su habitación flotando sobre la moqueta del pasillo para no hacer ruido, "que mi marido está encubando una melopea descomunal, no sea que se despierte y la arme".
─Pues a mi no me hubiera pasado eso. Yo la hubiera dejado bien acontentada.
─Pues yo no la dejé, ya ves qué distintos somos los unos de los otros.
A la mañana siguiente abandoné la habitación sin cerrarla con llave, bajé a recepción, liquidé mi cuenta y salí zumbando en dirección a Montpellier y la frontera. En el área de servicio de Sète, paré a repostar y almorzar. Pensando en lo que me había sucedido hacía unas pocas horas, me sentía ridículo. Lo bueno, tomado en su justa medida, suele dar satisfacción, pero el abuso harta y la inopia te deja insatisfecho. Sí, me quedé con hambre y me reía de mí mismo mientras acababa la segunda tostada de mantequilla y mermelada.
Cuando llegué a la aduana francesa ─entonces la gendarmería controlaba los pasaportes y documentaciones de los coches desde sus pequeñas garitas con ventanilla─ me invitaron a salir de la fila y me pusieron a disposición de unos policías que me introdujeron en su coche y aparcaron el mío junto a la caseta del cambio de divisas.
─¿Qué ha pasado? ─les pregunté asustado.
─Han encontrado un cadáver en su habitación.
─No es posible. No sé de qué me hablan.
─Hemos de llevarle a la Gendarmería de Perpignan para prestar declaración. Vamos.
Al poco llegamos a destino, yo nervioso e indignado, pero dueño de mis gestos y palabras, y ellos con la tranquilidad e indiferencia que da la rutina del trabajo diario. Quedé aislado en un cuarto sin comodidades durante dos o tres horas que se me hicieron eternas. Pedí explicaciones y sólo recibí invitaciones a la calma. Al fin, me hicieron pasar al despacho del jefe.
─¿Conoce usted a la señora Olivia Deschamps?
─Anoche conocí en el hotel a una señora que me dijo llamarse Olivia, pero no me dijo su apellido.
─¿Estaba alojada en su hotel?
─Me dijo que sí, en una habitación cercana a la mía.
─Usted ha salido del hotel a las siete y treinta y cinco, ¿cierto?
─Sí.
─A las nueve, la chica de la limpieza ha encontrado en su habitación el cadáver de la señora Olivia Deschamps. Ha muerto estrangulada.
No podía creerlo ni siquiera imaginar cómo había podido suceder. Intenté controlar mis nervios y lo conseguí a duras penas. El interrogatorio fue largo y mortificante. A sus preguntas, hube de explicarle cómo entablé conversación con ella, quién propuso subir a mi habitación, si sabía yo que su marido estaba durmiendo en una habitación de la misma planta, de qué hablamos, qué hicimos, sí, qué hicimos, quiso saber con todo detalle qué hicimos, si hubo violencia en nuestra relación, si pude causarle alguna herida aunque involuntaria, si ingerimos sustancias peligrosas...
El interrogatorio fue, sobre todo, mortificante, pero yo guardé la compostura porque no tenía nada que reprocharme.
─¿Y te retuvieron varios días en el calabozo?
─No, me soltaron al caer la noche. Me llevaron de nuevo al despacho del jefe y me dijo que el marido había confesado y que yo quedaba libre de cargos y sospechas.
─¿Te pediría perdón, digo yo?
─No lo hizo. Será que debe ser norma no pedir perdón al encausado por las incomodidades propinadas. Pero me agradeció que hubiera colaborado con la justicia francesa.
─¿Y qué fue en realidad lo que pasó?
─Pues no lo sé porque no me lo dijeron. Pero supongo que, al despertar, discutirían por algo, él se pondría violento y ella escaparía de su habitación buscando refugio en la mía donde creería que aún estaba yo para protegerla. Y, al encontrarla abierta, entraría corriendo sin poder evitar que su marido la viera y la siguiera y, ya dentro, aquel borracho asqueroso la seguiría pegando y la estrangularía. Y el tío debió volver a su habitación, como si nada hubiera pasado, y, a lo mejor, hasta siguió durmiendo, o quizá intentó escapar sin pasar por recepción, pero la policía lo detendría como a mí y lo interrogaría como a mí y, al final, lo hallaría culpable, o él confesaría el crimen, o las pruebas encontradas lo delatarían sin remedio. El caso es que a mí me llevaron a la frontera, me devolvieron las llaves de mi coche y me desearon buen viaje.
Quedaban cuatro horas hasta llegar a mi casa, eran las diez de la noche y yo estaba en vilo y en ayunas desde las nueve de la mañana.
─¿Que si me paré a cenar y dormir en el camino? Ni loco. ¿Imaginas que hubiera vuelto a encontrar compañía y a la mañana siguiente me hubiera marchado del hotel sin cerrar la habitación con llave?
Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
Magalí dijo
Pobre Olivia.
Al menos espero que su última cena fuese como la suya, señor. Lo que daría por ese "Fricandeau à l'oseille" y esa compota de rhubarbe.
Por si acaso, a partir de ahora, me aseguraré de dejar la puerta de la habitación del hotel bien cerrada con llave.
Besos.
Mag
26 Mayo 2011 | 09:33 PM