Querida mamá
El caso no me hubiera sido encomendado si el único escrito que hallaron en los bolsillos del muerto no hubiera sido una carta en español. Por muy ciudadano alemán que uno sea, por mucho que uno hable el idioma como lo hablaría Goethe si hubiera nacido español y, luego de servir a la Patria, se hubiera marchado a Alemania a buscar trabajo y lo hubiera encontrado en una fábrica de golosinas, si uno se llama Pérez García y trabaja en la comisaría de Aachen, lo normal es que a uno le encomienden los casos que requieren conocimiento del español.
Querida mamá, comenzaba la carta. Las cartas que uno escribe a su madre empiezan siempre así. Esto, que parece tan evidente, no lo sabe casi nadie porque casi nadie escribe ya cartas a su madre. La gente se manda mensajes con ortografía infame y se queda satisfecha porque no necesita más. Por lo que se ve, el muerto cultivaba el género epistolar. En eso nos parecíamos. Yo también lo he cultivado siempre y sigo creyendo que no hay manera más exquisita de decirle a una madre que la quieres que una carta escrita a mano con estilográfica sobre papel blanco sin pautar. La del muerto estaba escrita a mano, sí, pero no sobre un folio blanco sino sobre un trozo de basto papel de envolver, color mostaza, manchado de grasa.
Te escribo esta carta para que no sufras por mí. Estoy bien y confío que tú también. Aunque no puedo estar a tu lado para cuidarte, sé que las monjas lo hacen mejor que yo, que nunca he sabido hacer otra cura que poner un apósito sobre la piel dañada. Pronto volveré y me ocuparé de ti como te mereces.
Más que una carta para ser enviada ─aquel papel arrugado no parecía escrito para ser metido en un sobre─ el texto parecía un desahogo o una justificación. Por cierto, el pordiosero tenía buena letra y trazo firme y se expresaba sin faltas de ortografía, quizá porque en su edad escolar le enseñaran caligrafía y ortografía, artes marciales con las que uno aprende los recovecos de su lengua y se respeta a sí mismo.
Te escribo sobre la mesa de un bar, en una terraza floreada de la Plaza Mayor. El camarero me acaba de traer una copa de cerveza y, antes de acercar su espuma a mis labios sedientos, brindo por ti.
Me parece poco creíble que aquel mendigo indocumentado hubiera compartido espacio, poco antes, con los ociosos pobladores de la plaza que empezaba a describir. Esto de emboscar los males propios es el recurso que usan muchos para no hacer sufrir a la persona querida. Ojos que no ven, corazón que no siente, aunque, a veces, no ven pero intuyen y adivinan.
Deja que te cuente todo lo que veo a mi alrededor. Cerca de mí hay un puesto de venta de flores, muy frescas y coloridas, que un jardinero orondo y campechano refresca con una manguerita que les pulveriza el agua cual si las perfumara con un espray.
Para apreciar esos detalles su madre debía ser una de esas mujeres que se rodean de flores porque tienen floreada el alma, que ponen macetas con flores desde el umbral de su casa hasta la cancela, los alféizares de las ventanas y los balcones, que pueblan de jardineras las aceras de su entorno, como si marcaran territorio.
Al lado del bar en que me siento, hay una casa grande que es tienda y restaurante a la vez. Nunca vi un negocio así en España, pero aquí parece que funciona bien. La comida se presenta en bandejas de colores y se sirve en platos de colores: pastas y arroces en bandejas verdes, ensaladas y verduras en bandejas amarillas, carnes y pescados en bandejas rojas, pasteles y frutas en bandejas blancas. Y se paga al peso. Cada color tiene un precio por kilo. Y no es cara. Por unos diez euros se come bien, aunque no tanto como en casa.
El dato que me permitió iniciar la investigación fue el trozo de la tarjeta de embarque que llevaba en un bolsillo del pantalón. Había salido del aeropuerto de Reus doce días antes de su muerte y no llevaba consigo la tarjeta de vuelta ni su documento de identidad, lo cual me hizo pensar que ya había renunciado no sólo a ser quien era sino sencillamente a ser. De lo que hizo en la ciudad antes de su muerte me hablaron algunos callejeros que lo habían frecuentado. Sin descartar a priori ninguna posibilidad, parecía que su muerte no hubiera sido violenta sino natural o, quizás, provocada por alguna sustancia venenosa que se hubiera tomado voluntariamente. Estaba cualificado para elegir cuál, puesto que al paro había llegado desde un laboratorio de farmacia. Quizá fuera titulado superior, ya que su trabajo le permitió llevar una vida holgada. Se había casado y tenía una hija, pero poco más pude saber al principio sobre los detalles de su vida familiar. Cuando uno se va es porque le echan o porque quiere irse. Cuando uno se muere es porque el corazón ha dicho basta o porque un gendarme cruel le da el alto.
Alrededor de la plaza, pero sin impedir el paseo de los caminantes por las aceras, hay cuantiosas casetas en las que se venden productos de artesanía: juguetes de madera como los de antes, mantelerías bordeadas con aguja de gancho, sombreros para guardarse del sol o adornarse la cabeza, hasta abrigos de piel para señora o caballero. Todo lo que se te ocurra comprar lo puedes encontrar en estas casetas que las brigadas del ayuntamiento montan y desmontan cada día, como hacen los muchachos con las tiendas de campaña cuando van al monte.
Antes de esfumarse, ya hacía tiempo que no vivía con su familia, sino sólo con su madre, cuidándola. Parece ser que su mujer y su hija lo echaron de casa cuando se le acabó el subsidio del paro. Él no puso impedimento porque nada malo quería para ellas, pero también sentía la obligación de cuidar a su madre. Se quedaron con todo lo suyo y se aprestaron a vivir una nueva vida sin grandes carencias, puesto que la mujer ejercía algún tipo de funcionariado bien remunerado y la hija estaba opositando para emular a su madre.
La idea de internarla no nació de él sino de un amigo médico:
─Mientras ella sepa que eres su hijo, nada será mejor que tu presencia, tu sonrisa, tu mano y tu palabra. Cuando deje de saberlo, el cuidado profesional será más efectivo que tu cariño.
En el centro de la plaza un grupo de chicos baila sobre el suelo numeritos imposibles girando su cuerpo sobre el frágil apoyo de un brazo o de la cabeza. Por la calle pasa una calesa tirada por dos bellísimos caballos, cuyas riendas gobierna una chica uniformada, ocupada por una pareja sudorosa que se empeña en localizar en su guía las maravillas que podrían ver son sus ojos si los alzaran del libro. Ahora es un triciclo motorizado el que pasa junto a mí, transportando en su minúsculo habitáculo a unos enamorados que se besan con embeleso y no miran otra cosa que a sí mismos.
Pronto averigüé que, antes de marcharse, había conseguido ingresarla en una residencia de ancianos regentada por monjas de la caridad, quizá por la influencia de su tía Reme, la hermana menor de su madre, que era monja de la misma congregación, pero en otra residencia, y acaso porque la pensión íntegra que le quedaba de su marido satisfacía las exigencias de la casa de acogida. Aunque ya hacía tiempo que su madre no sabía quién era ni dónde estaba, él se sintió aliviado cuando la vio ingresada y liberado de amarras que lo ataran a este mundo donde ya nada le quedaba.
Una abuela jipi, vestida con ropa ibicenca y una cinta roja en la frente, se acerca a mi mesa y me tiende la palma de la mano pidiendo limosna que no le doy. Lleva en sus brazos a un crío moreno que podría ser su nieto si no se le pareciera como un hijo, o quizá no sea ninguna de las dos cosas. Tres músicos gitanos pasan por las mesas interpretando canciones populares con un saxo, un violín y un acordeón. No tocan mal, aunque lo mejor del grupo son los gitanillos que recogen las propinas con profesional afán recaudatorio.
Seguramente, como su madre ya no le necesitaba, y su mujer y su hija ya no le querían, y él ya no tenía de qué ni para qué vivir, tomó la decisión de excluirse de la mala vida que le esperaba. Si buscó otro escenario donde interpretar el final de su papel, fue por pudor.
Cuando mis colegas hubieron concluido que su muerte había sido voluntaria y que el hondo surco que tenía en el cuello había sido causado por el elástico que le oprimió con fuerza el saco de basura que se puso en la cabeza y que alguien debió quitarle cuando lo encontró inerte, yo presenté mi informe al comisario y me vi liberado de cualquier ulterior investigación. Su madre, sumida en el oscuro pozo del alzhéimer, nunca recibió la carta cariñosa de su hijo ni hubiera sentido alegría o tristeza si la hubiera recibido. Su mujer y su hija se habrán, al fin, enterado del finamiento por el volar de una libélula o el silbido del viento, pero no por mí, que tenía que haberlas avisado y no lo hice.
Un grupo de chicos recorre calles y plazas en monopatín o en tabla y, aunque tienen asustada a la población foránea, milagrosamente no chocan con nadie. Otros se desplazan en bicicletas suicidas haciendo imposibles eslálones en continuo desafío contra sí mismos.
Ya poco más decía la carta, que acababa bruscamente, sin despedida ni firma, como la vida.
Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
e.masip dijo
Saludos de un admirador que vuelve a la vida cotidiana después de unas vacaciones familiares.
14 Septiembre 2011 | 11:02 PM