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Reflexiones y relatos

15 Septiembre 2011

La papallona del Papa Luna

 (Dedico este relato a mi amigo Toni, que me ha prestado el argumento. Se lo devuelvo, al fin, versionado a mi manera, mientras le pido que me preste un caracol para escribir un próximo relato con la plateada y tortuosa caligrafía de sus pasos).

Si, al menos, hubiera imaginado la decisión que, al oírle, iban a tomar el arquitecto de la obra y el comisario de la exposición, Aquenarre no hubiera bajado al bar para contárselo. Pero no podía sustraerse a su obligación de hablar con ellos, después de haber visto lo que vio tras el tabique horadado y sabido lo que supo de labios del doctor Benabarre, su viejo profesor de biología en la universidad del Sobrarbe.

Desde que el anciano Pedro Martínez de Luna eligiera el castillo de Peñíscola como residencia papal, sus salones han vivido periodos de total abandono y otros de aprovechamiento compartido. Una reciente exposición en uno de ellos -nada que ver con la Capilla Sixtina o las Estancias de Rafael- acabó con los cuadros deteriorados por la humedad de las paredes y el ambiente. Así fue cómo Aquenarre recibió el encargo de sanear el lugar para albergar la siguiente exposición. Al perforar un tabique de ladrillos, accedió por el boquete a un recóndito habitáculo ocupado por un cajón rectangular lleno de arena negra mezclada con algunos huesos mondos y lirondos y una calavera con orificio en la frente. Lo más llamativo de la calavera, más que su mondez y su lirondez, era el orificio en la frente, prueba de que el pobre sujeto había recibido un preciso disparo a quemarropa.

Aquenarre afrontó con serenidad el macabro hallazgo porque estaba acostumbrado a tratar con personajes de ultratumba. En algunas restauraciones de castillos y palacios quiso el azar que tuviera que liberar a más de un emparedado. Aunque los motivos de tan siniestras marginaciones no tenían importancia alguna en su trabajo, a él le gustaba imaginar razones que explicaran lo extraño de tales soterramientos. Esta vez, antes de pergeñar la urdimbre de una nueva novela negra, decidió comunicar el hallazgo al arquitecto-jefe de las obras del castillo. Bajó al bar que en sus visitas le servía de despacho, donde poco antes lo había dejado hablando con el comisario de la nueva exposición, pero allí ya no estaban ni uno ni el otro. La papallona del Papa Luna se llamaba el bar y en él había un solo cliente sentado junto a una tisana humeante y absorto en la lectura de un libro raído, tan inmóvil que parecía una momia. Pasados unos minutos sin que apareciera el camarero, Aquenarre se acercó al cliente único, inmóvil y absorto en la lectura de un libro raído, y con unos golpecitos en el hombro lo despabiló.

─Perdone que le saque de su ensimismamiento ─le dijo en cuanto hubo vuelto la cara─. ¿No hay camarero en este bar?

─No lo sé. Yo no lo necesito, no he venido aquí para tomarme unas copas.

Calló, pero enseguida le volvió de nuevo la cara.

- Perdone que le diga: su cara me suena. ¿Acaso no será usted mi aventajado alumno Aquenarre?

─¿Y usted mi avejentado, antañón y difunto profesor, doctor Benabarre?

─El mismo que viste y calza.

Y se dieron un abrazo o eso le pareció a Aquenarre.

─¿Qué hace usted por aquí, mi viejo profesor?

─Yo siempre estoy aquí, amigo. Desde que fallecí, no me he movido de Peñíscola y espero que algún día encontraré lo que busco.

─¿Algún amor de juventud?

─ Sigue usted tan bromista como siempre, pero no es esa mi búsqueda. Busco los restos de mi padre para darles cristiana sepultura. Antes de morir, recibí una carta timbrada en Peñíscola en la que el firmante decía ser un albañil que sustrajo de la fosa común el cadáver de mi padre y lo tapió a escondidas en una de las dependencias del castillo.

─¿Por qué lo haría?

─Por gratitud a la familia. Mi padre era el médico de este pueblo cuando estalló la guerra y muchas familias recibían su atención médica por importe superior al de la iguala que pagaban. Cada uno se lo agradecía como podía: conejos, huevos, hortalizas...

─¿O como ese albañil que lo tapió a escondidas?

─O como el hijoputa de Facundo, que no cejó en su empeño hasta que consiguió que lo fusilaran.

─¿De un tiro certero en la frente?

─ Si el tiro mortal salía orillado, los ponían bocarriba en la cuneta y les disparaban a bocajarro.

─El tal Facundo no debía recibir asistencia por lo que pagaba, ¿o qué?

─Recibía más que nadie porque tenía una hija tísica que requería de mucho cuidado. Y mi padre se lo daba.

─¿Y entonces?

─Oyó que mi insensato padre gritaba ¡Viva Cristo Rey! cuando se llevaron al cura del pueblo y aquel grito rubricó su sentencia de muerte.

─Olvide al hijoputa de Facundo y piense sólo en su padre. Sígame.

Quedó sobre la mesa la tisana aún caliente y ellos subieron por la calle empinada hasta el castillo. Cuando vio la calavera agujereada en la frente, el doctor Benabarre sacó de su bolsillo un metro de costurera y midió el perímetro del cráneo.

─Sin duda es mi padre. Una testa de sesenta y dos centímetros requiere sombreros que nadie puede heredar para su uso. Y los de mi padre siguen intactos por inservibles.

El viejo profesor empezó a quitar la arena negra del cajón hasta que su alumno le mandó parar con cortesía.

─Convendrá que lo sepan las autoridades, ¿no le parece?

─Haga usted lo que deba o lo que le plazca, que yo esperaré paciente. Tengo toda la eternidad para enterrarle.

Se despidieron y Aquenarre bajó corriendo a La papallona ─con camarero ahora, pero sin taza de tisana humeante─, donde arquitecto y comisario hacían anotaciones sobre un plano. Les informó del hallazgo y acudieron los tres a visitar al galeno emparedado, aunque aún nadie supiera con certeza quién fuera. Sólo el comisario tuvo dificultad en pasar por el boquete porque estaba entrado en carnes e iba entrajado. En el minúsculo habitáculo no encontraron nada, ni cajón ni huesos ni calavera perforada en la frente. Aquenarre se vio obligado a contarles el encuentro previo con su viejo profesor, la visita de ambos al lugar y el reconocimiento de los restos del padre médico, cabezón donde los hubiera. Para él no cabía otra explicación que la desleal y apresurada intervención de su viejo profesor, que no esperó pacientemente como le había prometido. En cambio, el arquitecto y el comisario diseñaron con sólo mirarse otra explicación más fiable. Agarraron a Aquenarre de ambos brazos -no como agarra el policía al delincuente, sino al enfermo o accidentado- y bajaron con él a pasitos cortos hasta el bar de sus amores. No le dejaron que hablara de su fortuito hallazgo y le centraron en cuestiones técnicas, básicamente en cómo solucionaría el problema de la humedad. Aquenarre les explicó con autoridad que la humedad no provenía del suelo y descartó, por tanto, la aplicación de la electroósmosis como solución al problema. En su lugar, instalaría un sistema que redujera la humedad del ambiente hasta el nivel óptimo que los cuadros requerían, ni más ni menos, no fuera a resecarse la pintura o a enmohecerse, que no sabe uno qué es peor.

Le dejaron hablar sin interrumpirle y, al despedirse, le recomendaron que se tomara unos días de descanso, que la exposición podía esperar y la salud es el bien más preciado que tenemos y no conviene dilapidarlo en premuras y embarazos.

Ya solo, Aquenarre asumió que estaba cansado y estresado y se propuso relajarse en un Spa cercano para recuperar su salud con tratamientos termales. Pero antes tenía que reencontrarse con el doctor Benabarre y pedirle explicaciones. Los dos días siguientes oteó con sigilo la puerta de La papallona por ver si le sorprendía. Y no vio ni rastro de él. Al tercero entró a tomarse una horchata y le preguntó al camarero si seguía viendo al anciano señor de la tisana humeante. El camarero le dijo no saber de qué le hablaba. Conocía al arquitecto, al comisario, a él mismo, pero no sabía nada de alguien con pinta de profesor que leyera libros raídos y tomara tisanas humeantes.

No esperó a llegar a su oficina. Paró el coche, sacó su móvil y reservó desde allí mismo.

-Serán cuatro noches, sí. Salida el domingo. Un solo huésped, pero habitación doble, sí. Cama grande, por favor, por si pudiera ser de utilidad.

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Toni Toni

Toni Toni dijo

... "requiere sombreros que nadie puede heredar para su uso. Y los de mi padre siguen intactos por inservibles" Ja ja ja ja ja ja ja, qué bueno!

Muchas gracias Vicente, es un gran regalo. Ahora no recuerdo con claridad si la cama grande fue de utilidad...

16 Septiembre 2011 | 02:09 PM

Toni Toni

Toni Toni dijo

... "requiere sombreros que nadie puede heredar para su uso. Y los de mi padre siguen intactos por inservibles" Ja ja ja ja ja ja ja, qué bueno!

Muchas gracias Vicente, es un gran regalo. Ahora no recuerdo con claridad si la cama grande fue de utilidad...

16 Septiembre 2011 | 02:12 PM

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