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vigarpita

Reflexiones y relatos

29 Septiembre 2011

El médico del general y su asistenta

En la frutería no había pasado desapercibida la presencia de un nuevo vecino en el barrio. Y en la escalera, menos. El sexto b tenía nuevo inquilino y los primeros temores quedaron rápidamente apagados por la discreción y la buena educación del general retirado -el cajero del banco no podía precisar si de infantería o de artillería- que entraba y salía sin molestar a nadie. Algo raro sí era. Rehusaba compartir el ascensor con cualquier otro vecino y, por eso, muchas veces era el último en tomarlo, o el primero, si se topaba con una vecina condescendiente. Quizá temía que, de cerca, alguien pudiera descubrir que bajo el sombrero usaba un bisoñé manifiesto. De cerca y de lejos todos le veían como un tipo afeminado. En la cola de la pollería se juraba que iba siempre con la cara maquillada, y en la pastelería, que su mostacho era postizo. Pero en la calle, cualquiera podía ver que vestía con elegancia, siempre con traje y corbata, siempre con sombrero, siempre con bastón, siempre con gafas oscuras, como si, además de dandi, fuese alérgico a las radiaciones solares.

El sexto b tenía dos asiduos visitantes cuya presencia no extrañaba a nadie: la asistenta del general y su médico.

Debía ser la asistenta no porque así lo dijeran en la cola de la pollería, sino porque sólo se la veía comprando en el supermercado y en las tiendas cercanas. Pero no era una asistenta al uso. Si algo llamaba la atención en ella era su prestancia, su acicalada manera de maquillarse y sus andares y gestos hombrunos. Ya era mayor, pero se adivinaba que de joven debió ser un bellezón. Se adivinaba, porque, al igual que el general, se cubría cuidadosamente del sol con una pamela y unas gafas oscuras algo extravagantes.

El galeno era el más normal de aquella "familia". Era de talla similar al general y a su asistenta, pero no le importaba pasear al sol con la cabeza descubierta y, aunque vestía siempre con elegancia, aparecía informal y relajado. Nunca lo vio nadie con el maletín de urgencias ni con el fonendoscopio colgando del cuello sobre la bata blanca, pero se sabía que era el médico del general porque él mismo se lo había confesado al cajero del banco de la esquina:

-Es mi médico.

-¿Está usted enfermo?

-No, pero viene a casa para curarme las heridas de la guerra.

No se puede insistir preguntando a alguien que te contesta así y el cajero sólo quería ser amable con su cliente. Ni Dios podía saber de qué heridas se trataba, pero nadie negará que las heridas de la guerra necesitan curación si no se quiere que permanezcan siempre abiertas.

El movimiento de los habitantes del piso era similar un día que otro.

A primera hora salía de casa el general, tomaba el ascensor si no le venía ocupado y salía a la calle a hacer gestiones materiales o espirituales. Si materiales, iba al banco de la esquina y tomaba la vez en la cola de su cajero, siempre el mismo, con el que a veces hablaba y le hacía confidencias tales como la del médico que le curaba las heridas de la guerra. Si alguna vez le hizo otras confidencias, el cajero nunca lo dijo a nadie. Un cajero de banco ha de ser discreto, que a nadie importa si este cliente tiene mucho dinero y aquél poco, o si éste ordena transferencias y aquél ingresa cheques. Si espirituales, iba a la biblioteca a devolver y recoger libros, o a alguna sala de arte donde expusiera un pintor figurativo, ya que abstractos y naífs no eran de su agrado. A la iglesia, aunque el rezo es actividad espiritual si se practica en silencio, no iba. No debía ser un hombre muy religioso, que la milicia y la guerra endurecen los sentimientos.

Al poco de regresar a casa el general, salía la asistenta, a la que nunca nadie vio entrar, tomaba el ascensor si le llegaba vacío y salía a la calle con el carrito de la compra que arrastraba con pareja dignidad que si hubiera llevado un perrito faldero y pachón bien perezoso. La compra era siempre meticulosa pero escasa, ya fuera porque el general estuviera a dieta de jilguero o porque sus visitantes llegaran de la calle bien comidos y bebidos.

Al final de la mañana paseaba el médico, sin haber entrado en el piso ni salido de él. Simplemente paseaba, con la cabeza descubierta si el sol no era acuciante, o tocado con sombrero de jipijapa, como si fuera un indiano, si hacía un sol de justicia.

Por la tarde uno no se entretenía en gestiones bancarias ni la otra iba a la compra ni el tercero paseaba siquiera. El general debía ser hombre de largas sobremesas en duermevela y lecturas salpicadas de cabezadas indolentes, hojaldres de anís y sorbitos de Oporto Tawny, ligeramente frío, envejecido allí donde el Douro, Duero entrado en carnes y en saudade, se ve engullido por la inmensidad del océano. O debía dormir siestas de persiana bajada y pijama puesto o ver series televisivas, quién sabe, a nadie importa lo que cada uno haga cuando le vence el sueño.

De repente, no hubo más general ni más asistenta ni más médico del general. En su lugar sólo había un Mercedes blanco habitado por un cuerpo de mujer granada con largas piernas morenas y nervudos brazos firmes. Entraba y salía del aparcamiento siempre con prisa pero sin atolondrarse y, como a nadie conocía, a nadie saludaba.

Luego, también de repente, no hubo más Mercedes blanco ni mujer granada, sino un coche funerario negro con coronas de flores y estolas al viento como brindis al cielo: Tus hijos y nietos no te olvidarán (sólo dos, ambos varones, de la mujer granada y su marido altísimo, todos vestidos de riguroso negro que, cuando no es frivolidad, duele en el alma), Tus compañeros de la Facultad (muchos y de todos los colores), Tus amigos y enemigos (los hay con ganas de significarse)...

Había muerto el general y lo llevaban a enterrar. A su asistenta y al médico nadie los vio en la comitiva fúnebre. Al cajero del banco de la esquina, sí. En el supermercado del barrio alguien dijo que había muerto la asistenta. Los paseantes del final de la mañana creían que el finado era aquel señor que parecía un indiano, a veces con sombrero de ala ancha y otras con la frente lampiña y reluciente al sol.

 

Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados

servido por vigarpita 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Magalí

Magalí dijo

Pero la asistenta ¿era del médico o del general? ¿Y era el médico de la asistenta o del general? Jo, vaya lío. Habrá que volverlo a leer para salir de dudas.
Besitos.

29 Septiembre 2011 | 03:25 PM

Jonás de la Cierva Blanca

Jonás de la Cierva Blanca dijo

Yo creo que la asistenta se entendía con el médico y de esa relación salió el general.

12 Octubre 2011 | 12:22 PM

vigarpita

vigarpita dijo

Agradezco a Jonás que se haya unido al grupo de lectores de mis relatos cortos.
Magalí es lectora habitual de mis publicaciones y le agradezco también que lo sea.

12 Octubre 2011 | 06:56 PM

e.masip

e.masip dijo

Deliciosa historia.

Un abrazo.

12 Octubre 2011 | 09:44 PM

angel

angel dijo

M'ha encantat. Per fi he pogut trobar uns minuts per a llegir-te. Ja m'agradaria escriure com tu. El llibret que em vas regalar de Gaby (Gabriel Larreta) podría tindre semblances amb els teus textos. En llegiré més i trauré minuts d'on siga. Un abraç.

18 Octubre 2011 | 05:11 PM

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