El testamento de Borja
La costalada fue sobrecogedora porque nada la hacía presagiar. La sinuosa carretera, circuito de desfogue en otras ocasiones, no era esta vez sino un lugar de tránsito obligado para llegar al mesón, en cuya terraza iban a tomar unos montaditos como quien cena. Además, Borja y Adolfo llevaban a sus novias de paquete y, como siempre en semejantes casos, se comportaban como caballeros, sin acelerones bruscos ni derrapadas de canguelo. Pero aquella furgoneta, parada en el camino esperando que pasaran las dos motos para entrar en la carretera, se avalanzó sobre la de Borja y la derribó con horrísono y dramático estruendo. Cloe salió por los aires y su grito desgarrado quebró el húmedo anochecer. Adolfo y Dana, que seguían a Borja, pararon en medio de la carretera y saltaron de la moto. Por instinto, Adolfo corrió hacia Cloe, que ya se levantaba alocada, y Dana se agachó junto a su hermano que yacía palpándose el costado con las manos en sangre y agarrando su pierna desgajada del cuerpo. Un coche que paró tras ellos llamó al hospital. Cuando llegó la ambulancia, el payés de la furgoneta seguía llorando como un niño y pedía a Dios que rebobinara la escena y así vería que no embistió porque quiso sino porque le resbaló el pie enfangado que apretaba el freno. Y Borja, primero, con el cuerpo a trozos, y Cloe, después, casi indemne pero angustiada o presa de un ataque de nervios, ingresaron en urgencias.
Los médicos no pudieron hacer nada por salvar a Borja, tal era la magnitud de los graves traumatismos con que ingresó. Falleció al alba, cuando los hombres jóvenes y sanos como él apagan el despertador de un manotazo y entran en la ducha medio dormidos. Ni un chorro de agua fría lo hubiera despertado ahora ni pudo despertarlo la mano cariñosa de Dana que lloraba impotente el tránsito imparable de su hermano. Apenas certificado el óbito, en presencia y con el consentimiento de Dana, un médico de oficio le hizo una punción sobre la oreja y salió de la habitación con la jeringa por trofeo.
Cloe salió del batacazo aparentemente ilesa, pero las pruebas que le practicaron durante toda la noche detectaron que el golpe en su cabeza había lastimado su hipófisis, un recóndito y diminuto órgano alojado en la silla turca del esfenoides y cubierto por el diafragma de la duramadre. Nada grave de inmediato, pero potencial causante en el futuro de una pérdida de la visión sin remedio o de una alteración de las secreciones hormonales que pueden interferir no sólo sobre el soma sino sobre los sentimientos.
Explicaciones como éstas interesaron por igual a Adolfo y Dana, que pasaron la noche yendo de aquí para allá, del dolor a la esperanza, de la vida a la muerte.
Y, puesto que el remedio era tan natural, Dana autorizó que extrajeran unas gotas humorales del cerebro de su hermano y Adolfo que las inocularan en el cerebro de su hermana.
Cuando le practicaron la microcirugía, Cloe estaba rota por la muerte de su novio. Al despertar, era una mujer nueva y no tardó en dar pruebas de ello a cuantos la rodeaban. La "herencia" de su novio la enajenó por completo y, en menos que escampa una niebla fina, se transformó su carácter. Pronto surgieron las primeras desavenencias con su cuñada por la propiedad de la casa donde vivía, del chalet que por Navidad disfrutaba en la nieve y de las acciones del laboratorio de sus suegros, los difuntos padres de Dana.
El chalet de la montaña era un bien mancomunado de los hermanos y Dana no puso ningún inconveniente para seguir disfrutándolo juntos, pero no revueltos. La casa de sus padres y las acciones de la empresa eran de Dana, heredera única de su hermano Borja. O, al menos, eso es lo que decían los abogados. Pero Cloe no pensaba lo mismo.
Adolfo, ajeno a los cambios que las gotas humorales de Borja habían causado en la hipófisis de su hermana, esperaba imparcial el resultado de las artimañas que se llevaban entre manos las cuñadas, seguro de que, de un modo u otro, todo revertiría en su propio beneficio.
Las discusiones entre las cuñadas se alzaron a mayores, tanto que un juez con bigotillo pardo hubo de sentenciar que Dana era la dueña de la casa de sus padres y que Cloe podía enmarcar las acciones de la empresa y colgarlas en el salón de su casa, si así le placía, pero que la titularidad de las mismas era también de Dana.
Nadie obligó a Cloe a abandonar la casa que había compartido con Borja. Lo decidió ella misma, para marcharse a vivir, velis nolis, en la casa cuya propiedad compartía con su hermano y que Adolfo habitaba con su novia. La convivencia de los tres en la misma casa, bien que holgada y laberíntica, se hizo insoportable, y los continuos y enojosos enfrentamientos tensaron tanto el arco que se rompió la cuerda. Cada una reprochaba a Adolfo que no se pusiera de su parte y él les reprochaba a ambas que lo apremiaran a elegir entre lo que más quería. La cuerda se rompió por el lado de los sentimientos. Dana dejó de querer a Adolfo y regresó a su casa, ahora libre por la muerte de su hermano y el desalojo de su cuñada. Y Adolfo se quedó sin saber a quién quería, desorientado y dolido por la muerte de su mejor amigo, por la pérdida de su novia y por la invasora presencia de su hermana bajo un techo que no había cobijado otro amor que el de Adolfo y Dana.
De la nueva convivencia de los hermanos no podía esperarse nada bueno, pero surgió la sorpresa. Cloe empezó a sentir los efectos de las gotas humorales de Borja en su cerebro y se despertaron en ella no sólo sentimientos de amistad hacia su hermano sino los propios impulsos amorosos que movieron el corazón de Dana. Al principio consiguió dominarse, pero no por mucho tiempo. Adolfo se sentía acosado por su hermana y no sabía cómo desembarazarse de ella. Se lo contó a Dana y supo, con sorpresa, que ella lo seguía queriendo. Tramaron un plan: Dana renunciaría a la decisión judicial sobre su casa y reconocería ante Cloe que los haberes de su novio le pertenecían porque ése hubiera sido el testamento de Borja.
El plan satisfizo a Cloe. Dana volvió con Adolfo y disfrutó de su amor, de su casa recuperada, de los paseos en moto y de las barbacoas con los amigos. Y Cloe empezó una nueva vida en el escenario que le dio felicidad junto a Borja, con el corazón arrobado por el amor de una morena de cabello corto, sosegada adentro y bulliciosa afuera, cocinera delicada de platos para dos, amante del jazz y de las setas y de haraganear en casa los domingos y fiestas de guardar.
El chalet en la nieve no los volvió a ver ni juntos ni revueltos. La morena de esta copla no gustaba de esquiar.
Vicente García Pitarch. (2011). Todos los derechos reservados.

Vicente García Pitarch vigarpita@gmail.comCastellón, España
Magalí dijo
Pese al tremendo y desgraciado inicio de la historia, fabuloso y feliz final. Ojalá hubiera en la vida más finales como éste...
23 Octubre 2011 | 09:48 PM