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La Coctelera

vigarpita

Reflexiones y relatos

6 Febrero 2012

La furia de los cormoranes

En los rostros del público asistente se leía con claridad la veneración que sentían por el abuelo, de cuerpo presente, bien que velado por la recia tapa de la caja mortuoria, y el desprecio incontenible por su hijo, al fin cabeza de lo que antes fuera un imperio y hoy un edificio en ruinas.

El viejo había levantado la empresa conservera con el trabajo leal de cuantos vecinos del pueblo quisieron ayudarle y ayudarse. Su hijo estaba arruinando la herencia familiar porque de sus libros de estudio se habían caído las viejas páginas que aprendiera su padre. Hacía tiempo que las malas compañías le llevaban por un camino funesto, gente fría de toga con puñetas que sabía muy bien lo que no le convenía pero nunca le habló del talión y los despechos.

Los que exudaban veneración por sus rostros preocupados eran, al fin, los únicos asistentes al sepelio del hombre que jugó a los cromos con sus padres y siguió haciéndolo con ellos, cambiando trabajo por dinero, sacrificio por vivienda, esfuerzo por comodidades.

Antes del funeral, el cura le había comentado que, con su permiso, al final de la misa rogaría a los asistentes que dieran la ceremonia por acabada para evitar, así, las escenas lacrimógenas y dolorosas que se dan en cualquier pésame. El cura no obtuvo su permiso y hubo de callarse después de la bendición a los fieles.

Por el pasillo central de la iglesia, repleta de vecinos que eran, además, operarios, comerciales, contables, limpiadoras, salía él, seguido de su familia enlutada hasta los pensamientos, con un extraño rictus en la cara, ni de dolor ni de alegría, ese rictus tirante de quien se ve blanco de todas las miradas. Caminaba despacio y con pasos cortos. No miraba fijamente a nadie, pero todos tenían la sensación de que estaba pasando revista de armas. Cuando llegó al atrio del templo, formó como general en incómoda posición de firmes y se dispuso a recibir el pésame de cuantos abandonaban el recinto eclesial, estrechando las manos de unos, abrazando a otros y besando a cuanta mujer pasaba por sus narices, joven o vieja, guapa o fea, conocida o por conocer.

A Rosildo ni le dio la mano ni lo abrazó ni lo besó. Rosildo no estaba allí. Decían que había perdido la cabeza y que ya no hablaba con las personas, sólo con los pájaros

La iglesia se fue vaciando y sus manos estaban cada vez más sudorosas y sucias. Se las limpió con un clínex y se dispuso a presidir la comitiva funeraria que, tras el féretro, empezó a desfilar a diez kilómetros por hora en coches que fueron fabricados para alcanzar los cien en siete segundos y ponerse, a los quince, a una velocidad de doscientos kilómetros a la hora.

El pueblo seguía la comitiva a pie. Hacía un frío del carajo y soplaban malos vientos, pero el pueblo seguía a pie, con ropa de mucho abrigo y las manos guarecidas en los bolsillos, no por devoción al vivo sino al muerto. Caminaban en grupos, algunos en silencio, los más hablando por no callar y sólo unos pocos haciéndose reflexiones con enjundia y fundamento. Rosildo no estaba allí. Nadie sabía dónde estaba. De seguro que el muerto hubiera extrañado su ausencia si hubiera vuelto la cabeza y no lo hubiera visto acompañándole al cementerio. Rosildo siempre se llevó bien con el muerto, discutiendo con él cada día los derechos de sus compañeros, pero hablándole de usted y con respeto, como le enseñaron sus padres que se había de hablar al amo. Cuando el muerto dejó de ir por la factoría y calló, Rosildo dejó de hablar, lo prejubilaron, perdió la cabeza y ya no volvió a comunicarse con nadie sino con los pájaros.

El corto camino al camposanto discurría junto a la tapia de la antigua ladrillera, solar polvoriento, que sólo conservaba enhiesta la emblemática chimenea. Al fondo y en lo bajo, junto al mar, estaba la conservera –sólo el vivo sabía por cuánto tiempo aún- y la piscifactoría, o lo que quedaba de ella, que era casi nada. Su cierre había dejado sin trabajo a algunos operarios y sin comida a muchos cormoranes, o los dejó a todos enojados, sin trabajo y sin comida. Los cormoranes tuvieron la comida fácil hasta que el vivo cerró la piscifactoría. De ahí su enojo. Por eso, tampoco asistían al sepelio, se ve que pesó en ellos más el desprecio por el vivo que la veneración por el muerto. Como en Rosildo, que había perdido la cabeza y ya sólo hablaba con los pájaros.

Por efecto del fuerte viento, como de proa, la distancia entre los coches familiares y el andar cansino del pueblo a pie se había agrandado. De repente, una espesa bandada de cormoranes resueltos avanzó en escuadrilla desde los acantilados, circunvoló el cementerio y se abalanzó suicida contra la copa de la chimenea que se inclinó lentamente y cayó a plomo sobre el camino dejando en el suelo un amasijo de plumas, ladrillos y carne en piltrafas y levantando una polvareda que envolvió la huida en estampía del pueblo a pie y se detuvo, al fin, sano, salvo, sucio y tembloroso. Aquella chimenea, que había resistido en cien años el embate de vientos huracanados y aguaceros torrenciales, no pudo soportar la furia de los cormoranes, presa, quizás, de un impulso suicida, o adoctrinados, tal vez, por alguien de inteligencia superior.

Los bomberos trabajaron hasta la noche para desalojar el lugar. De los coches de la comitiva fúnebre sólo el del muerto quedó incólume. El del vivo –es un decir, lo llamo así para que ustedes me entiendan- quedó reducido a ferralla y los restos de su ocupante formaron amasijo con la carne en piltrafas de los cormoranes suicidas y asesinos.

De Rosildo nadie supo nada. Hacía tiempo que había perdido la cabeza y ya no hablaba con nadie, sólo con los pájaros.

 

Vicente García Pitarch. (2012). Todos los derechos reservados. 

servido por vigarpita 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

e.masip

e.masip dijo

Se mucho de los cormoranes, en mis travesías a vela siempre los he observado. Me han parecido siempre muy sociales. Me gusta verlos posados sobre algo flotante, impertérritos, con las alas desplegadas y quietos frente al sol, secándose las plumas. Pero está claro que cuando hay motivos para alzarse contra el causante de tus miserias, hasta los cormoranes se olvidan de sus buenas maneras y se vuelven ruines "suicidas y asesinos". Por lo tanto, hay que tener mucho cuidado de no putearlos demasiado si no quieres ser pasto de su violencia.

Vigarpita, me ha encantado. Muy buen final. ¿ Estás seguro que los cormoranes no llevaban turbantes?

Saludos y salud descarada.

13 Febrero 2012 | 06:51 PM

e.masip

e.masip dijo

Vigarpita, estoy dándole vueltas a tu impactante relato pensando que: un cormorán normal suele pesar alrededor de los tres kilógramos y su vuelo de paseo suele rondar los sesenta kilómetros a la hora. Si pensamos que un cormorán cabreado y suicida puede ingerir un motón de peces hasta incrementar su peso considerablemente (quizás los cinco kilógramos) y alcanzar los cien kilómetros a la hora dejándose caer en picado, está claro su poder destructivo a la hora del impacto. Si además, añadimos el resto de la gran bandada, todos igualmente cabreados, el poder destructivo es la leche. Capaz de tirar lo que se les ponga por delante. Las leyes físicas no fallan. Saludos y salud descarada.

13 Febrero 2012 | 07:11 PM

cormorán

cormorán dijo

Sr. Vigarpita, un cormorán ha puesto las cosas en su sitio.
Un abrazo.

EQM

13 Febrero 2012 | 08:50 PM

Vicente García Pitarch

Vicente García Pitarch dijo

Gracias, EQM, por poner las cosas en su sitio. Ahora mi relato es más legible y muestra mejor la cólera infinita y desesperada de los cormoranes contra el causante de sus males y los de algún humano que andaba por allí. Gracias también, e.masip, por tus comentarios. El cálculo de potencia de impacto que apuntas corrobora que mi visión fue certera. Fue un golpe seco y la chimenea cayó a plomo sobre quien tenía que caer. Al día siguiente de publicar mi relato leí en el periódico que en la playa del Arenal, Burriana, había aparecido una bandada de cormoranes muertos. Sugerí a las autoridades encargadas de la investigación que trataran de localizar a Rosildo y pactaran con él. No sé si lo habrán hecho. Si no leyeron mi relato, ni siquiera debieron entender mi sugerencia.

13 Febrero 2012 | 10:25 PM

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